LOS FANTASMAS DEL SIGLO XXI
Por Javier Brown César
Cada milenio tiene sus fantasmas y sus fórmulas mágicas,
rituales, consignas y recetas para neutralizar a los malos espíritus y para
lograr la simpatía de los buenos[1].
Nuestro milenio no está exento de fantasmas, sólo que ahora no los nombramos,
ni los describimos: se trata de fantasmas sin identidad, sin rostro, sin
características, tanto más amenazantes cuanto que los ignoramos abiertamente y
los evadimos, aun a costa de renunciar a los privilegios de nuestra propia
conciencia; esta huída graciosa tiene un nombre certero: ignorancia culpable,
ignorancia que en muchas ocasiones es promovida por los nuevos dioses del
dinero, el prestigio, el placer y el poder y que en otras ocasiones es una
venda que intencionalmente nos ponemos para no percibir con claridad lo
dolorosa e injusta que puede llegar a ser la realidad.
Para las mayorías manipuladas los fantasmas visibles, son
la tradición, el prejuicio y los dogmas; sus grandes aliados en la lucha
exorcizarte son la apariencia atractiva, el afán y la búsqueda de lo nuevo[2],
y todo lo que huela a juventud. Pero no sólo los aliados son frágiles, también
lo es la conciencia de los verdaderos fantasmas: la tradición sólo es enemiga
de quienes carecen de conciencia histórica, el prejuicio sólo es enemigo de
quienes creen que todos los juicios se pueden emitir sin supuestos, y los
dogmas sólo son enemigos de quienes creen que no existe verdad alguna. Los
auténticos fantasmas son menos visibles, más manipuladores y amenazantes y
potencialmente aniquiladores de lo mejor del género humano.
El siglo XX consolidó sus propios mitos, la industria del
cine los popularizó y con esto pretendió ahuyentar a los verdaderos fantasmas,
pero son precisamente esos fantasmas los que amenazan con destruir, en este
milenio, cuatro ámbitos de la vida humana que se han construido con grandes
sacrificios y esfuerzos a lo lago de miles de años: la búsqueda desinteresada
de la verdad, la promoción de los valores de la persona, la fuerza sin igual
del espíritu y sus ideales, y la unidad y el orden en la convivencia entre los
seres humanos. Cada uno de estos ámbitos tiene sus propios fantasmas.
Analicémoslos con ojos atentos y con mente dispuesta.
LA ABOLICIÓN DE LA PERSONA
En su obra, La abolición del hombre, C.S. Lewis
advierte con claridad meridiana que la reducción de la razón a su vertiente
experiencial, científica, constatativa, es el principio de la destrucción de
aquello que la humanidad tiene como más característico, por lo menos en el
pensamiento aristotélico-tomista: la posibilidad de comunicarnos y discutir
acerca de lo justo y lo injusto, de lo bueno y lo malo. La anulación de los
juicios morales equivale a mermar la voluntad de manera irreversible, a
aniquilar la libertad y a inaugurar el imperio de la barbarie elemental en los
asuntos humanos. La persona está siendo amenazada de manera brutal por fuerzas
anónimas e impersonales y por personas carentes de escrúpulos y mal orientadas
en sus valores y fines. De manera gradual, pero segura, el egoísmo, el
narcisismo, el individualismo y el hedonismo, obran de manera conjunta para
reducir a la persona humana al nivel de la animalidad más grosera, nivel en el
que el condicionamiento operante de Skinner funciona a la perfección.
Cuando condicionamos a la persona con base en sus
tendencias por la preocupación excesiva de sí misma, por el excesivo
auto-apego, por la defensa a ultranza del yo y por la necesidad de
autogratificación permanente, la convertimos en una máquina trivial y predecible,
en el ser ideal para todos aquellos que promueven una sociedad sin seres
humanos. Entonces, la persona llega a ser aquello que ningún humanista quisiera
llegar a ser. La preocupación excesiva por uno mismo, raíz del egoísmo, del
egotismo, de la egolatría, de la megalomanía y en última instancia, de la
soberbia, pone los cimientos para la destrucción segura de la relación entre el
yo y los otros, y por ende, también fundamenta la caída del yo en la
impersonalidad anónima, insípida y enajenante; fomenta la debilidad ontológica
primaria (Laing) y por ende, es causa de la esquizofrenia, que se manifiesta en
la incongruencia entre el pensamiento, la palabra y la acción, entre los
ideales y las realidades del yo, entre “el principio del placer” y el “principio
de realidad” (Freud).
El excesivo auto-apego, es también el cauce para la
pérdida del yo, como sucedió con Narciso. De tal manera se vio Narciso
fascinado por el reflejo de su rostro en las aguas, que se perdió en el reflejo
y se ahogó. El excesivo auto-apego le costó la vida a Narciso. La fuente del
auto-apego excesivo es en realidad el desconocimiento de la realidad más íntima
del yo personal. La divisa Socrática del conocimiento de sí mismo es negada por
el auto-apego llevado a sus limites, porque la realidad del conocimiento
personal arroja la nota del yo como plexo de relaciones, como entidad abierta
al mundo y que sólo a través de los otros adquiere sentido y realidad plenos.
La compenetración y el compromiso con la realidad íntima del yo lleva a un
proceso de éxtasis, a un salir de uno mismo para abrirse a los otros, lleva a
encontrar el sentido de la vida en el vivir para los otros, no para uno mismo.
Nota distintiva de la personalidad madura es su capacidad para salir de sí
misma, para descentrarse: la madurez es apertura afectiva, vínculo solidario,
donación libre. Narciso desconoce esta realidad fundamental y se pierde en una
auto-imagen del yo distorsionada, la cual es reflejada por las aguas, y en la
infatuación por esta imagen superficial pierde la vida. Así, aquellos que se
pierden en su imagen, que viven de los espejos y de lo que los demás reflejan
de uno, pierden la vida en aras de lo vano, superficial y accesorio.
La negación del vínculo y su indisolubilidad lleva al
aislamiento del yo, génesis del individualismo exacerbado. No sólo el vínculo
matrimonial tiene la nota de lo indisoluble, todo vínculo social es así: la
persona se encuentra indisolublemente unida a los otros y sólo a través de los
otros adquiere relevancia, sentido como proyecto y significado como ámbito
expresivo. El individualismo se hermana con el solipsismo, con el
aislacionismo, con la paranoia y con la huida. El individuo recluido en su yo,
tarde o temprano llegará a la negación de su identidad: a la locura, al delirio
y a la perdición. Y sin embargo, los imperativos del consumo y del ocio
improductivo tienden a la búsqueda de experiencias individualistas, aisladas, a
un placer exaltado que ya no se comparte, que se disfruta en la soledad, como
sucede con las perversiones sexuales o con el abuso del alcohol y las drogas.
Se instala así un obliterado cálculo de los placeres al
interior del cual se pervierten los valores tradicionales de la escuela de
Epicuro, ya que si bien Epicuro inauguró el cálculo de los placeres con el fin
de buscar los mayores y mejores, supuso que éstos placeres superlativos eran de
naturaleza espiritual. Pero ahora, los máximos placeres están profundamente
arraigados en el cuerpo, de tal forma que la prioridad se da a todo aquello que
niegue los placeres del espíritu -la meditación sobre los altos ideales, la
búsqueda desinteresada de la verdad, el servicio amoroso, la búsqueda de la
belleza, de la proporción y de la unidad y el orden. Al final, egoísmo,
narcisismo, individualismo y hedonismo aniquilan la intimidad personal, poco a
poco, como un suicidio a punta de pellizcos, destruyendo gradualmente la
conciencia de los otros, del valor real del yo, de la necesidad de apertura y
de la elevación del espíritu humano a alturas insospechadas.
LA ABOLICIÓN DEL ESPÍRITU
Un universo en el que sólo existe la materia no es
posible; y sin embargo, para los materialistas este es precisamente el único
universo concebible. He aquí una de las grandes contradicciones del
materialismo: la inteligencia, facultad netamente espiritual, concibe al mundo
como materia pura, lo que significaría negar el propio valor de la
inteligencia; esto se llama paradoja: el materialismo construye las condiciones
para su propia destrucción, de manera inocente e ingenua. Así es, no hay mejor
forma de calificar al materialismo y a los materialistas que como ingenuos e
incautos: el auténtico materialista no puede afirmar nada, porque el hecho de
afirmar es ya una actividad que supone procesos mentales típicamente
inmateriales.
Pero el materialismo es muy efectivo cuando se trata de
defender los valores de una sociedad mercantilizada, para la cual lo único que
vale es el dinero, expresión netamente material, pero francamente artificial y
meramente representativa, del valor de las cosas. Cuando el dinero sustituye al
valor se instaura él mismo en valor absoluto, en fin y en panacea. La
mercantilización general de la vida equivale, a largo plazo, a la anulación de
la misma[3].
Esta observación vale para las esferas culturales del hombre: la economía, la
política, el arte, la ciencia y la religión; cuando se da la mercantilización
generalizada de los intereses, cuando lo que predomina es el afán de lucro, se
inicia el proceso de declive cultural acelerado: la política lucrativa se
vuelve ámbito de corrupción, la economía lucrativa se vuelve causa de
injusticias, el arte lucrativo se vuelve anti-arte, la ciencia lucrativa se
vuelve refugio de mediocres, la religión lucrativa se vuelve intermediación
monetaria espiritual.
Materialismos y mercantilismos florecen en el medio de una
sociedad volcada al consumo en la que las personas viven para trabajar y
descansan para gastar lo ganado con el sudor de su frente. La cultura
consumista niega el ocio productivo[4],
es por ende, enemiga acérrima de la filosofía y de cualquier aventura del
pensamiento con un mínimo de pretensiones e ideales; el ocio improductivo es el
gran logro de la sociedad consumista, que coloniza el tiempo libre para imponer
necesidades que sólo hacen perder el tiempo a las personas; quizá las haga más
bellas o atractivas físicamente, pero espiritualmente produce una merma
considerable en cuanto a potencial de desarrollo humano. Pocas evidencias tan
contundentes que la medición actual del desarrollo humano, la cual se basa en
variables típicamente consumistas: es más rico quien tiene televisor o
automóvil que quien ha leído buenos libros.
LA ABOLICIÓN DE LA VERDAD
El gran enemigo de la verdad y del diálogo es el
relativismo, fantasma que es promovido a ultranza por algunos defensores de lo
étnico, lo tribal y lo multicultural; se dice: si cada cultura es valiosa,
entonces no debe haber cultura ideal, pero esto no es cierto. El ideal de
cultura humana no consiste en el arte y la técnica sino en los valores que
permiten construir un proyecto de humanización al interior de una comunidad. La
afirmación de que no hay una cultura ideal se basa en la tesis de que la
cultura es un conjunto de procesos en constante construcción, que involucra el
desarrollo de sujetos humanos plenos, éticamente realizados; sin embargo, esto
no equivale a afirmar que no debe haber ideales de cultura. Por ello, si
decimos que es absurdo hablar de los griegos como nuestra cultura ideal, esto
no significa que debamos prescindir de sus ideales de cultura; son dos cosas
diferentes.
Lo relacional es distinto de lo relativo. Lo relacional
dice apertura, plexo de vinculaciones, lo relativo dice contingencia,
variabilidad. La verdad y el bien son relacionales, nos ponen en contacto con
otros, nos abren al mundo y son condición y fin para el ejercicio de la
inteligencia y la voluntad; la mentira y el mal son relativos, se dan sólo en
función de las circunstancias y en relación con la verdad y con el bien, son
carencia en algo debido, no presencia positiva; no son ser, sino carencia de
ser. Quienes defienden la relatividad de la verdad no saben lo que dicen:
defender que cada quien tiene su verdad equivale a quitarle a la verdad su ser,
a dejarla sin fundamento alguno. Si como dicen, no hay verdades absolutas,
entonces tampoco es posible afirmar que cada quien tiene su verdad, porque esta
ya es una verdad absoluta, aunque se exprese en términos aparentemente
relativos.
En el extremo, la relación con la verdad puede volverse de
tal modo problemática que la duda se instale sistemáticamente, surgiendo
entonces la pregunta ¿qué es la verdad? La respuesta a esta pregunta ha sido y
seguirá siendo motivo de continuos desencuentros, porque los filósofos solemos
dar respuestas fáciles, respuestas que son meramente nocionales: la verdad es
la correspondencia entre el intelecto y la cosa, la verdad se da en el acto del
entendimiento mediante el cual se compone y se divide o incluso, de manera
simplista, la verdad es decir que lo que es, es y que lo que no es, no es,
verdadero es decir que hoy está lloviendo sí y sólo si hoy está lloviendo.
Todas estas son respuestas que en buena medida están alejadas de la
experiencia, se ha perdido el vínculo de la verdad con la vida: “conocerás la
verdad y la verdad te hará libre”.
La verdad es experiencial, se vive, no se define, porque
cuando se hace esto se le define de manera limitada. Es mejor decir, por
ejemplo: la verdad es lo que permite que nos comuniquemos, la verdad es la que
permite que nos pongamos de acuerdo y que podamos entendernos. Si no hay verdad
no hay comunicación, ni entendimiento, ni acuerdo. Y se me podrá replicar: sí,
pero esto es precisamente lo que hace el lenguaje, entonces estás afirmando que
la verdad está en el lenguaje. A lo que yo diría: no, al contrario, el lenguaje,
si sirve para comunicar, entendernos y llegar a acuerdos, es porque está
instalado en la verdad, el lenguaje está en la verdad, sí y sólo si nos permite
comunicarnos, entendernos y llegar a acuerdos.
Contrario a la verdad resulta el subjetivismo, según el
cual, cada quien es poseedor de verdades incuestionables. Sí, tal vez, pero
estas verdades incuestionables se refieren ante todo a aquellos fragmentos de
experiencia personal a los cuales tengo un acceso privilegiado. Es mi verdad
que sólo yo sé que en tal circunstancia hice esto y no lo que se me achaca,
pero sólo yo lo sé, porque no había testigos. De esta verdad subjetiva no
hablamos, porque estas, más que verdades, son fragmentos de experiencia
desconocidos para los demás: aquí no cabe el debate; inclusive, si yo tengo
dolor de estómago, nadie puede negar esta verdad, pero de esto a afirmar que
todas las verdades son del tipo “me duele el estómago” hay un paso gigantesco.
Pero muchos creen que las frases “me duele el estómago” y “estoy seguro que no
hay Dios” son equivalentes, lo cual es falso; la primera supone sensaciones que
sólo yo tengo, pero la segunda, creencias que quizá sólo yo tenga pero que
pretendo universalizar.
Relativismo y subjetivismo abren la puerta al exclusivismo
privatista: esta verdad es mi patrimonio y de nadie más, es mi posesión y de
nadie más. Pero la verdad no es un objeto que se pueda tener, no es una cosa
que entre por la puerta, sino una experiencia que produce cambios: la verdad no
se tiene, se vive. Desde hace varios siglos se ha dado una tensión irreductible
entre escuelas filosóficas: los racionalistas sostienen que la realidad sólo se
puede conocer con instrumentos mentales, los empiristas sostienen que la
realidad sólo se puede conocer con instrumentos sensoriales. Ni la mente ni la
sensación por sí mismos explican de manera total nuestro acceso a la realidad:
la realidad surge de la combinación de sensaciones y conceptos[5],
si sólo fuera resultado de la sensación sería incomunicable, no nos podríamos
poner de acuerdo acerca de lo que está fuera de nosotros, y si sólo fuera
resultado de conceptos entonces no habría ningún referente real, los conceptos
se moverían y se intercambiarían en el aire, sin ningún referente, digamos
empírico.
Ahora está de moda exaltar los placeres de los sentidos,
las experiencias místicas, el arrebato y el éxtasis, está de moda atacar a la
razón o por lo menos, considerarla con sospecha, pero quienes así lo hacen
utilizan los propios instrumentos de la razón: el sensualista auténtico no puede
hablar porque al hacerlo hace intervenir la razón, al tratar de sacar la razón
por la puerta de atrás, ésta hace su entrada triunfal por el vestíbulo
principal. Ni emociones puras ni ideas puras, la persona es un ser de
encuentro, en el que se dan las más variadas experiencias y en el que los
grandes logros resultan de la síntesis creativa lograda individual o
colectivamente.
LA ABOLICIÓN DEL ORDEN EN LA UNIDAD
El fundamentalismo entró por la puerta grande con la
revolución iraní de 1979, consagrando así una viciada unión simbiótica entre
religión y política. La característica esencial del fundamentalismo es el uso
de la religión como instrumento político: la religión se convierte en una más
de las estrategias para continuar la guerra con otros medios, con el fin de
mantener un sistema de creencias y rituales rígidos que faciliten la dominación
sobre las personas, convertidas en masas informes. La consecuencia visible del
fundamentalismo es el integrismo en sus diversas versiones, cada una de las cuales
tiene como eje la estrategia del divide et impera (divide y vencerás),
con argumentos sexistas, clasistas, racistas o sectaristas. Al interior de
grandes religiones como el Judaísmo, el Cristianismo o el Islam se han
desarrollado facciones integristas que operan como fuerzas centrípetas que
dispersan las grandes unidades territoriales, ideológicas y políticas.
El integrismo basa su fuerza en la invocación del nombre
de Dios para justificar la segregación, la guerra, la injusticia y la
discriminación. De esta forma se crea el binomio exclusivista perfecto:
integrismo-segregacionismo, y se refuerzan esquemas que funcionan como
reforzadores o correlatos: amigo-enemigo, familiar-extraño, nosotros-los otros,
creyente-hereje, próximo-distante, central-marginal, centro-periferia, etc. En
el fondo, el fundamentalismo es una forma de particularismo que pretende ser
universal, con sentencias cerradas que se consideran de aplicación
generalizada. Estas ideologías manipuladoras y excluyentes se refuerzan
mediante un complejo de dogmas subordinados que funcionan como un sistema
axiomático cerrado, que no admite paradojas y del que se pueden deducir
innumerables dogmas. El dogma, como el derecho, tiende a reducirse en su
contenido conforme evoluciona la cultura, llegando a niveles ideales de
contenidos mínimos y normas básicas. La mayor complejidad de la ley –y del
dogma- no necesariamente implica perfección y sí quizá, fragilidad y falta de
convicciones compartidas[6];
las religiones más perfectas son simples en su formulación externa, pero
complejas en términos de los ideales de vida espiritual interna, son ante todo,
materia de experiencia y no de elocuencia.
Una de las consecuencias no tan visibles del
particularismo se da al amalgamarse con el relativismo en lo que respecta al
ámbito de la moralidad. Según el credo relativista, la bondad, norma de toda
moralidad, carece de referentes: algunas cosas son buenas aquí y ahora y otras
en otro lugar y en otro tiempo; no existe, en consecuencia, un bien
trascendente, ni como fin de la historia, ni como fin de la política. El
formalismo kantiano socavó la base moral del derecho al desgajar de manera
definitiva la autonomía de la norma jurídica de la heteronomía de la norma
moral: toda norma moral viene impuesta desde fuera y al no ser dada por el
mismo sujeto, carece del valor positivo que tienen las normas jurídicas. La
moral, desde Kant, es vista como algo negativo, como imposición, coacción y
violencia.
Estos supuestos entrelazados colaboran para socavar el
orden social solidario basado en el amor, sustituyéndolo por normas de
corrección. El derecho aparece así como el mecanismo privilegiado de
integración social, constituyéndose así un orden frágil, inestable y con baja
cohesión. Los mínimos éticos exigibles postulados por el orden jurídico están
en la base de un orden mundial frágil, como lo fue el Imperio Romano en tiempos
de los jurisconsultos. Quizá podamos mantener un orden internacional estable
durante algunas décadas, pero tarde o temprano, la falta de moralidad en la
vida diaria llevará a la destrucción incluso de los lazos establecidos por las
normas jurídicas[7].
Cuando el derecho y la política están desvinculados de
supuestos morales, las sociedades se ven impotentes para luchar en contra de la
exclusión de las personas de los sistemas sociales. La sociedad contemporánea,
frágil en sus constitutivos morales arroja a las personas al entorno de la
funcionalidad sistémica, generando un afuera de los sistemas, una zona donde el
segregacionismo se reproduce sin cesar, hasta llegar al punto en que las
personas sean irrelevantes y prescindibles como presencias espirituales
luminosas, viéndose reducidas a apéndices de las diversas maquinarias que están
al servicio del orden social funcional y funcionalista.
¿QUÉ HACER DESDE LA POLÍTICA?
¿Qué es lo que se está perdiendo en estos momentos? Al
parecer hemos sacrificado demasiado en el altar de la ciencia. Ahora, gracias
al racionalismo exacerbado o al instintivismo puro, somos fáciles víctimas del
materialismo, el relativismo, el individualismo egoísta y el integrismo
religioso. Estamos dejando de lado tradiciones, ideales, normas y certezas que
durante siglos construyeron una forma de vida considerada deseable. La política
actual se ha liberado, aparentemente, de ataduras, el mundo se ha vaciado de lo
sagrado, gracias a un apresurado decantamiento, quedando profundamente
desencantado, desesperanzado. Ya ni siquiera somos profanos, o sea, ya no
estamos más a la puerta de lo sagrado, le hemos volteado la espalda; somos el
cautivo de la caverna platónica que regresa al mundo de las tinieblas y las
sombras después de haber dado la espalda al sol de la verdad. Sin fe, ni
siquiera en nosotros mismos, el mundo queda desesperanzado y sin esperanza, no
hay pie para las grandes obras realizadas por amor a los otros.
¿Acaso la política nos permitiría recuperar la perdida fe
en nosotros mismos? Ciertamente, no es cometido de la política formarnos en la
fe, pero sí lo es posibilitar un espacio de acción y reflexión en el que la fe
no se pierda por causa de las malas obras que resultan de pérfidas intenciones.
En el extremo, el mayor daño actual a la política se está causando de manera
casi inintencional, pero profundamente destructora, ya que muchas de las
decisiones y acciones se realizan desde la carencia total de valores firmes, de
convicciones claras, de ideas fecundas, de grandes aspiraciones y de nobles
ideales. Los fantasmas de este nuevo milenio no son espíritus traviesos que
jueguen a los dados con la política, son anti-valores que anidan en la mente y
el corazón de los políticos y que los inclinan a jugar a ser dioses desde la
política, causando grandes injusticias, esto es, dolor y sufrimiento humanos
que se podrían evitar. Todavía estamos a tiempo para luchar contra la inocencia
criminal de muchos y contra la maldad intencional de otros, pero debemos
comenzar a actuar, en caso contrario, quién sabe si todavía haya tiempo para
revertir la escalada de perversión que por todas partes está destruyendo lo
mejor de nuestra vida en común.
[1] En
estos momentos, en que como colectividad negamos las prácticas supersticiosas y
los rituales, como individuos nos comportamos como asiduos promotores de todo
aquello que queremos negar. La ciencia contemporánea misma se ha convertido en
uno de estos sistemas, encumbrado en sus pretendidas verdades absolutas, ha
inaugurado una era de supuesta ilustración de los mitos en la que
paradójicamente, y a pesar de la ciencia misma, predominan la astrología sobre
la astronomía, la mística barata sobre la caridad, las religiones orientales
sobre las tradiciones judeo-cristianas, la secularización del mundo sobre la
eminencia de lo sagrado, y las recetas y fórmulas para la vida feliz y exitosa
por encima de la sabiduría y la experiencia propias de muchas añejas
tradiciones. Como bien ha dicho Josef Pieper: “un mundo en el que no hubiera
más que especialidades científicas, sin pensamiento filosófico alguno sobre la
entera realidad vital; sólo investigación sin memoria ninguna; sólo la
manutención y la vida diaria hecha diversión, pero sin fiestas auténticas, ni
poesía mi música grandes, entonces tendríamos sencillamente que desesperarnos
por estar encerrados en un mundo desacralizado, en un mundo mundanal, sin la
posibilidad de ir, de vez en cuando, más allá del aquí y ahora de la actualidad
histórica, hacia un ámbito destinado verdaderamente para nosotros; e ir no sólo
en la reflexión filosófica, ni simplemente en la emoción musical, sino
realmente, en la vida misma: por ejemplo, y sobre todo, en la acción sagrada”. ¿Qué
significa sagrado? Madrid, Rialp. 1990. p. 40-41
[2]
Sartori reserva un nombre particular a este afán: novedismo El novedismo,
consiste en “la manía de ser nuevos y originales a cualquier precio, y cueste
lo que cueste”. Giovanni Sartori. La sociedad multiétnica. México,
Taurus, 2001. p. 17, nota 3.
[3] Ya en
Aristóteles puede rastrearse esta noción, cuando habla acerca de la distinción
entre crematística natural y artificial. La crematística es para Aristóteles,
el arte de proveer lo necesario para la administración doméstica (economía), o
sea, la propiedad y la riqueza. Según Aristóteles, la crematística natural nace
de la necesidad del cambio, mediante el cual los seres humanos convienen en dar
y recibir entre ellos algo útil y de fácil manejo para los usos de la vida. Al
instituirse la moneda por la necesidad de los cambios nació el comercio
lucrativo, el cual se practicó al principio de manera sencilla pero después se
sofisticó y se hizo más artificial bajo el imperativo del máximo lucro. Este afán
desmedido de lucro llevó a la perversión de la crematística hasta convertirla
en la indagación respecto a dónde se puede obtener mayor abundancia de dinero,
esto es, riqueza. Así, cuando la economía doméstica se guía bajo el ideal de la
acumulación de dinero con el fin de producir placeres en exceso, se hacen uso
de medios diferentes al del cambio: como cuando la valentía está al servicio
del dinero y no de la confianza o cuando la medicina no está al servicio de la
salud sino de la producción de dinero. Política, I, 3. A esto podríamos denominar
mercantilización generalizada. Santo Tomás comenta al respecto: “ricos son,
propiamente hablando, quienes abundan en cosas necesarias para la vida, más que
aquellos que abundan en monedas”. Comentario a la Política de
Aristóteles. Libro I, lección 7.
[4] Por
lo menos desde Aristóteles, el ocio productivo ha sido considerado como la
actividad más noble del espíritu, si está volcado a la vida teorética: “lo
mejor y más deleitoso para el hombre es… la vida según la inteligencia, porque
esto es principalmente el hombre, y esta vida será consiguientemente la vida
más feliz”. Ética a Nicómaco. X, 7. En Santo Tomás, encontramos la
noción de ocio santo, el cual es propio de la vida contemplativa, ya que “busca
la caridad de la verdad, de la verdad divina, que es el objeto principal de la
vida contemplativa”. Suma de Teología. II-II. q. 182 a . 2.
[5] Nihil est in intellectu
quod non prius fuerit in sensu. Este
consagrado principio de la epistemología aristotélico-tomista implica no tanto
la subordinación de la inteligencia a la sensación, sino la estrecha
colaboración que hay entre ambas, colaboración que inicia (prius fuerit)
en los sentidos (sensus) pero que continúa en la inteligencia (intellectus).
Desde el punto de vista de la psicología genética de Piaget, el principio
mantiene su fuerza: el estadio de las operaciones formales es posterior al
dominio en el ámbito psicomotor. El orden de prioridad
inteligencia-sensibilidad es doble: la sensación es anterior al intelecto en el
orden del tiempo, ya que son los sentidos los que proporcionan el material con
el que trabaja la mente, pero la inteligencia es anterior en el orden de la
perfección, ya que el conocimiento intelectual es formal e inmaterial.
[6] Esto
se puede constatar de manera clara en la evolución de los mandamientos, del
viejo al nuevo testamento. El nuevo mandamiento del Evangelio es simple y viene
a perfeccionar los preceptos del decálogo, pero su simpleza en la formulación
no debe confundirnos, ya que su observancia es todavía más ardua que la de los
preceptos ceremoniales.
[7] En la
Ética a Nicómaco aparece la división entre una doble amistad: “Una, que
consiste principalmente en el afecto con que amamos a otra persona. Tal amistad
puede acompañar a toda virtud… Otra, que consiste exclusivamente en palabras o
hechos externos, la cual, en verdad, no es amistad perfecta, sino cierta
semejanza de ella. Esta forma de amistad es la que guarda las normas de decoro
en el trato cotidiano de los hombres”. Citado por Santo Tomás en Suma de
Teología. II-II q. 114. a . 1 ad. 1.
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