martes, 11 de febrero de 2014

Los fantasmas del Siglo XXI

LOS FANTASMAS DEL SIGLO XXI

 

Por Javier Brown César

Artículo originalmente publicado en Palabra 
Cada milenio tiene sus fantasmas y sus fórmulas mágicas, rituales, consignas y recetas para neutralizar a los malos espíritus y para lograr la simpatía de los buenos[1]. Nuestro milenio no está exento de fantasmas, sólo que ahora no los nombramos, ni los describimos: se trata de fantasmas sin identidad, sin rostro, sin características, tanto más amenazantes cuanto que los ignoramos abiertamente y los evadimos, aun a costa de renunciar a los privilegios de nuestra propia conciencia; esta huída graciosa tiene un nombre certero: ignorancia culpable, ignorancia que en muchas ocasiones es promovida por los nuevos dioses del dinero, el prestigio, el placer y el poder y que en otras ocasiones es una venda que intencionalmente nos ponemos para no percibir con claridad lo dolorosa e injusta que puede llegar a ser la realidad.
 
Para las mayorías manipuladas los fantasmas visibles, son la tradición, el prejuicio y los dogmas; sus grandes aliados en la lucha exorcizarte son la apariencia atractiva, el afán y la búsqueda de lo nuevo[2], y todo lo que huela a juventud. Pero no sólo los aliados son frágiles, también lo es la conciencia de los verdaderos fantasmas: la tradición sólo es enemiga de quienes carecen de conciencia histórica, el prejuicio sólo es enemigo de quienes creen que todos los juicios se pueden emitir sin supuestos, y los dogmas sólo son enemigos de quienes creen que no existe verdad alguna. Los auténticos fantasmas son menos visibles, más manipuladores y amenazantes y potencialmente aniquiladores de lo mejor del género humano.
 
El siglo XX consolidó sus propios mitos, la industria del cine los popularizó y con esto pretendió ahuyentar a los verdaderos fantasmas, pero son precisamente esos fantasmas los que amenazan con destruir, en este milenio, cuatro ámbitos de la vida humana que se han construido con grandes sacrificios y esfuerzos a lo lago de miles de años: la búsqueda desinteresada de la verdad, la promoción de los valores de la persona, la fuerza sin igual del espíritu y sus ideales, y la unidad y el orden en la convivencia entre los seres humanos. Cada uno de estos ámbitos tiene sus propios fantasmas. Analicémoslos con ojos atentos y con mente dispuesta.
 
LA ABOLICIÓN DE LA PERSONA
 
En su obra, La abolición del hombre, C.S. Lewis advierte con claridad meridiana que la reducción de la razón a su vertiente experiencial, científica, constatativa, es el principio de la destrucción de aquello que la humanidad tiene como más característico, por lo menos en el pensamiento aristotélico-tomista: la posibilidad de comunicarnos y discutir acerca de lo justo y lo injusto, de lo bueno y lo malo. La anulación de los juicios morales equivale a mermar la voluntad de manera irreversible, a aniquilar la libertad y a inaugurar el imperio de la barbarie elemental en los asuntos humanos. La persona está siendo amenazada de manera brutal por fuerzas anónimas e impersonales y por personas carentes de escrúpulos y mal orientadas en sus valores y fines. De manera gradual, pero segura, el egoísmo, el narcisismo, el individualismo y el hedonismo, obran de manera conjunta para reducir a la persona humana al nivel de la animalidad más grosera, nivel en el que el condicionamiento operante de Skinner funciona a la perfección.
 
Cuando condicionamos a la persona con base en sus tendencias por la preocupación excesiva de sí misma, por el excesivo auto-apego, por la defensa a ultranza del yo y por la necesidad de autogratificación permanente, la convertimos en una máquina trivial y predecible, en el ser ideal para todos aquellos que promueven una sociedad sin seres humanos. Entonces, la persona llega a ser aquello que ningún humanista quisiera llegar a ser. La preocupación excesiva por uno mismo, raíz del egoísmo, del egotismo, de la egolatría, de la megalomanía y en última instancia, de la soberbia, pone los cimientos para la destrucción segura de la relación entre el yo y los otros, y por ende, también fundamenta la caída del yo en la impersonalidad anónima, insípida y enajenante; fomenta la debilidad ontológica primaria (Laing) y por ende, es causa de la esquizofrenia, que se manifiesta en la incongruencia entre el pensamiento, la palabra y la acción, entre los ideales y las realidades del yo, entre “el principio del placer” y el “principio de realidad” (Freud).
 
El excesivo auto-apego, es también el cauce para la pérdida del yo, como sucedió con Narciso. De tal manera se vio Narciso fascinado por el reflejo de su rostro en las aguas, que se perdió en el reflejo y se ahogó. El excesivo auto-apego le costó la vida a Narciso. La fuente del auto-apego excesivo es en realidad el desconocimiento de la realidad más íntima del yo personal. La divisa Socrática del conocimiento de sí mismo es negada por el auto-apego llevado a sus limites, porque la realidad del conocimiento personal arroja la nota del yo como plexo de relaciones, como entidad abierta al mundo y que sólo a través de los otros adquiere sentido y realidad plenos. La compenetración y el compromiso con la realidad íntima del yo lleva a un proceso de éxtasis, a un salir de uno mismo para abrirse a los otros, lleva a encontrar el sentido de la vida en el vivir para los otros, no para uno mismo. Nota distintiva de la personalidad madura es su capacidad para salir de sí misma, para descentrarse: la madurez es apertura afectiva, vínculo solidario, donación libre. Narciso desconoce esta realidad fundamental y se pierde en una auto-imagen del yo distorsionada, la cual es reflejada por las aguas, y en la infatuación por esta imagen superficial pierde la vida. Así, aquellos que se pierden en su imagen, que viven de los espejos y de lo que los demás reflejan de uno, pierden la vida en aras de lo vano, superficial y accesorio. 
 
La negación del vínculo y su indisolubilidad lleva al aislamiento del yo, génesis del individualismo exacerbado. No sólo el vínculo matrimonial tiene la nota de lo indisoluble, todo vínculo social es así: la persona se encuentra indisolublemente unida a los otros y sólo a través de los otros adquiere relevancia, sentido como proyecto y significado como ámbito expresivo. El individualismo se hermana con el solipsismo, con el aislacionismo, con la paranoia y con la huida. El individuo recluido en su yo, tarde o temprano llegará a la negación de su identidad: a la locura, al delirio y a la perdición. Y sin embargo, los imperativos del consumo y del ocio improductivo tienden a la búsqueda de experiencias individualistas, aisladas, a un placer exaltado que ya no se comparte, que se disfruta en la soledad, como sucede con las perversiones sexuales o con el abuso del alcohol y las drogas.
 
Se instala así un obliterado cálculo de los placeres al interior del cual se pervierten los valores tradicionales de la escuela de Epicuro, ya que si bien Epicuro inauguró el cálculo de los placeres con el fin de buscar los mayores y mejores, supuso que éstos placeres superlativos eran de naturaleza espiritual. Pero ahora, los máximos placeres están profundamente arraigados en el cuerpo, de tal forma que la prioridad se da a todo aquello que niegue los placeres del espíritu -la meditación sobre los altos ideales, la búsqueda desinteresada de la verdad, el servicio amoroso, la búsqueda de la belleza, de la proporción y de la unidad y el orden. Al final, egoísmo, narcisismo, individualismo y hedonismo aniquilan la intimidad personal, poco a poco, como un suicidio a punta de pellizcos, destruyendo gradualmente la conciencia de los otros, del valor real del yo, de la necesidad de apertura y de la elevación del espíritu humano a alturas insospechadas. 
 
LA ABOLICIÓN DEL ESPÍRITU
 
Un universo en el que sólo existe la materia no es posible; y sin embargo, para los materialistas este es precisamente el único universo concebible. He aquí una de las grandes contradicciones del materialismo: la inteligencia, facultad netamente espiritual, concibe al mundo como materia pura, lo que significaría negar el propio valor de la inteligencia; esto se llama paradoja: el materialismo construye las condiciones para su propia destrucción, de manera inocente e ingenua. Así es, no hay mejor forma de calificar al materialismo y a los materialistas que como ingenuos e incautos: el auténtico materialista no puede afirmar nada, porque el hecho de afirmar es ya una actividad que supone procesos mentales típicamente inmateriales.
 
Pero el materialismo es muy efectivo cuando se trata de defender los valores de una sociedad mercantilizada, para la cual lo único que vale es el dinero, expresión netamente material, pero francamente artificial y meramente representativa, del valor de las cosas. Cuando el dinero sustituye al valor se instaura él mismo en valor absoluto, en fin y en panacea. La mercantilización general de la vida equivale, a largo plazo, a la anulación de la misma[3]. Esta observación vale para las esferas culturales del hombre: la economía, la política, el arte, la ciencia y la religión; cuando se da la mercantilización generalizada de los intereses, cuando lo que predomina es el afán de lucro, se inicia el proceso de declive cultural acelerado: la política lucrativa se vuelve ámbito de corrupción, la economía lucrativa se vuelve causa de injusticias, el arte lucrativo se vuelve anti-arte, la ciencia lucrativa se vuelve refugio de mediocres, la religión lucrativa se vuelve intermediación monetaria espiritual. 
 
Materialismos y mercantilismos florecen en el medio de una sociedad volcada al consumo en la que las personas viven para trabajar y descansan para gastar lo ganado con el sudor de su frente. La cultura consumista niega el ocio productivo[4], es por ende, enemiga acérrima de la filosofía y de cualquier aventura del pensamiento con un mínimo de pretensiones e ideales; el ocio improductivo es el gran logro de la sociedad consumista, que coloniza el tiempo libre para imponer necesidades que sólo hacen perder el tiempo a las personas; quizá las haga más bellas o atractivas físicamente, pero espiritualmente produce una merma considerable en cuanto a potencial de desarrollo humano. Pocas evidencias tan contundentes que la medición actual del desarrollo humano, la cual se basa en variables típicamente consumistas: es más rico quien tiene televisor o automóvil que quien ha leído buenos libros.  
 
LA ABOLICIÓN DE LA VERDAD
 
El gran enemigo de la verdad y del diálogo es el relativismo, fantasma que es promovido a ultranza por algunos defensores de lo étnico, lo tribal y lo multicultural; se dice: si cada cultura es valiosa, entonces no debe haber cultura ideal, pero esto no es cierto. El ideal de cultura humana no consiste en el arte y la técnica sino en los valores que permiten construir un proyecto de humanización al interior de una comunidad. La afirmación de que no hay una cultura ideal se basa en la tesis de que la cultura es un conjunto de procesos en constante construcción, que involucra el desarrollo de sujetos humanos plenos, éticamente realizados; sin embargo, esto no equivale a afirmar que no debe haber ideales de cultura. Por ello, si decimos que es absurdo hablar de los griegos como nuestra cultura ideal, esto no significa que debamos prescindir de sus ideales de cultura; son dos cosas diferentes.
 
Lo relacional es distinto de lo relativo. Lo relacional dice apertura, plexo de vinculaciones, lo relativo dice contingencia, variabilidad. La verdad y el bien son relacionales, nos ponen en contacto con otros, nos abren al mundo y son condición y fin para el ejercicio de la inteligencia y la voluntad; la mentira y el mal son relativos, se dan sólo en función de las circunstancias y en relación con la verdad y con el bien, son carencia en algo debido, no presencia positiva; no son ser, sino carencia de ser. Quienes defienden la relatividad de la verdad no saben lo que dicen: defender que cada quien tiene su verdad equivale a quitarle a la verdad su ser, a dejarla sin fundamento alguno. Si como dicen, no hay verdades absolutas, entonces tampoco es posible afirmar que cada quien tiene su verdad, porque esta ya es una verdad absoluta, aunque se exprese en términos aparentemente relativos.
 
En el extremo, la relación con la verdad puede volverse de tal modo problemática que la duda se instale sistemáticamente, surgiendo entonces la pregunta ¿qué es la verdad? La respuesta a esta pregunta ha sido y seguirá siendo motivo de continuos desencuentros, porque los filósofos solemos dar respuestas fáciles, respuestas que son meramente nocionales: la verdad es la correspondencia entre el intelecto y la cosa, la verdad se da en el acto del entendimiento mediante el cual se compone y se divide o incluso, de manera simplista, la verdad es decir que lo que es, es y que lo que no es, no es, verdadero es decir que hoy está lloviendo sí y sólo si hoy está lloviendo. Todas estas son respuestas que en buena medida están alejadas de la experiencia, se ha perdido el vínculo de la verdad con la vida: “conocerás la verdad y la verdad te hará libre”.
 
La verdad es experiencial, se vive, no se define, porque cuando se hace esto se le define de manera limitada. Es mejor decir, por ejemplo: la verdad es lo que permite que nos comuniquemos, la verdad es la que permite que nos pongamos de acuerdo y que podamos entendernos. Si no hay verdad no hay comunicación, ni entendimiento, ni acuerdo. Y se me podrá replicar: sí, pero esto es precisamente lo que hace el lenguaje, entonces estás afirmando que la verdad está en el lenguaje. A lo que yo diría: no, al contrario, el lenguaje, si sirve para comunicar, entendernos y llegar a acuerdos, es porque está instalado en la verdad, el lenguaje está en la verdad, sí y sólo si nos permite comunicarnos, entendernos y llegar a acuerdos.
 
Contrario a la verdad resulta el subjetivismo, según el cual, cada quien es poseedor de verdades incuestionables. Sí, tal vez, pero estas verdades incuestionables se refieren ante todo a aquellos fragmentos de experiencia personal a los cuales tengo un acceso privilegiado. Es mi verdad que sólo yo sé que en tal circunstancia hice esto y no lo que se me achaca, pero sólo yo lo sé, porque no había testigos. De esta verdad subjetiva no hablamos, porque estas, más que verdades, son fragmentos de experiencia desconocidos para los demás: aquí no cabe el debate; inclusive, si yo tengo dolor de estómago, nadie puede negar esta verdad, pero de esto a afirmar que todas las verdades son del tipo “me duele el estómago” hay un paso gigantesco. Pero muchos creen que las frases “me duele el estómago” y “estoy seguro que no hay Dios” son equivalentes, lo cual es falso; la primera supone sensaciones que sólo yo tengo, pero la segunda, creencias que quizá sólo yo tenga pero que pretendo universalizar. 
 
Relativismo y subjetivismo abren la puerta al exclusivismo privatista: esta verdad es mi patrimonio y de nadie más, es mi posesión y de nadie más. Pero la verdad no es un objeto que se pueda tener, no es una cosa que entre por la puerta, sino una experiencia que produce cambios: la verdad no se tiene, se vive. Desde hace varios siglos se ha dado una tensión irreductible entre escuelas filosóficas: los racionalistas sostienen que la realidad sólo se puede conocer con instrumentos mentales, los empiristas sostienen que la realidad sólo se puede conocer con instrumentos sensoriales. Ni la mente ni la sensación por sí mismos explican de manera total nuestro acceso a la realidad: la realidad surge de la combinación de sensaciones y conceptos[5], si sólo fuera resultado de la sensación sería incomunicable, no nos podríamos poner de acuerdo acerca de lo que está fuera de nosotros, y si sólo fuera resultado de conceptos entonces no habría ningún referente real, los conceptos se moverían y se intercambiarían en el aire, sin ningún referente, digamos empírico.
 
Ahora está de moda exaltar los placeres de los sentidos, las experiencias místicas, el arrebato y el éxtasis, está de moda atacar a la razón o por lo menos, considerarla con sospecha, pero quienes así lo hacen utilizan los propios instrumentos de la razón: el sensualista auténtico no puede hablar porque al hacerlo hace intervenir la razón, al tratar de sacar la razón por la puerta de atrás, ésta hace su entrada triunfal por el vestíbulo principal. Ni emociones puras ni ideas puras, la persona es un ser de encuentro, en el que se dan las más variadas experiencias y en el que los grandes logros resultan de la síntesis creativa lograda individual o colectivamente.
 
LA ABOLICIÓN DEL ORDEN EN LA UNIDAD
 
El fundamentalismo entró por la puerta grande con la revolución iraní de 1979, consagrando así una viciada unión simbiótica entre religión y política. La característica esencial del fundamentalismo es el uso de la religión como instrumento político: la religión se convierte en una más de las estrategias para continuar la guerra con otros medios, con el fin de mantener un sistema de creencias y rituales rígidos que faciliten la dominación sobre las personas, convertidas en masas informes. La consecuencia visible del fundamentalismo es el integrismo en sus diversas versiones, cada una de las cuales tiene como eje la estrategia del divide et impera (divide y vencerás), con argumentos sexistas, clasistas, racistas o sectaristas. Al interior de grandes religiones como el Judaísmo, el Cristianismo o el Islam se han desarrollado facciones integristas que operan como fuerzas centrípetas que dispersan las grandes unidades territoriales, ideológicas y políticas.
 
El integrismo basa su fuerza en la invocación del nombre de Dios para justificar la segregación, la guerra, la injusticia y la discriminación. De esta forma se crea el binomio exclusivista perfecto: integrismo-segregacionismo, y se refuerzan esquemas que funcionan como reforzadores o correlatos: amigo-enemigo, familiar-extraño, nosotros-los otros, creyente-hereje, próximo-distante, central-marginal, centro-periferia, etc. En el fondo, el fundamentalismo es una forma de particularismo que pretende ser universal, con sentencias cerradas que se consideran de aplicación generalizada. Estas ideologías manipuladoras y excluyentes se refuerzan mediante un complejo de dogmas subordinados que funcionan como un sistema axiomático cerrado, que no admite paradojas y del que se pueden deducir innumerables dogmas. El dogma, como el derecho, tiende a reducirse en su contenido conforme evoluciona la cultura, llegando a niveles ideales de contenidos mínimos y normas básicas. La mayor complejidad de la ley –y del dogma- no necesariamente implica perfección y sí quizá, fragilidad y falta de convicciones compartidas[6]; las religiones más perfectas son simples en su formulación externa, pero complejas en términos de los ideales de vida espiritual interna, son ante todo, materia de experiencia y no de elocuencia.
 
Una de las consecuencias no tan visibles del particularismo se da al amalgamarse con el relativismo en lo que respecta al ámbito de la moralidad. Según el credo relativista, la bondad, norma de toda moralidad, carece de referentes: algunas cosas son buenas aquí y ahora y otras en otro lugar y en otro tiempo; no existe, en consecuencia, un bien trascendente, ni como fin de la historia, ni como fin de la política. El formalismo kantiano socavó la base moral del derecho al desgajar de manera definitiva la autonomía de la norma jurídica de la heteronomía de la norma moral: toda norma moral viene impuesta desde fuera y al no ser dada por el mismo sujeto, carece del valor positivo que tienen las normas jurídicas. La moral, desde Kant, es vista como algo negativo, como imposición, coacción y violencia.
 
Estos supuestos entrelazados colaboran para socavar el orden social solidario basado en el amor, sustituyéndolo por normas de corrección. El derecho aparece así como el mecanismo privilegiado de integración social, constituyéndose así un orden frágil, inestable y con baja cohesión. Los mínimos éticos exigibles postulados por el orden jurídico están en la base de un orden mundial frágil, como lo fue el Imperio Romano en tiempos de los jurisconsultos. Quizá podamos mantener un orden internacional estable durante algunas décadas, pero tarde o temprano, la falta de moralidad en la vida diaria llevará a la destrucción incluso de los lazos establecidos por las normas jurídicas[7]. 
 
Cuando el derecho y la política están desvinculados de supuestos morales, las sociedades se ven impotentes para luchar en contra de la exclusión de las personas de los sistemas sociales. La sociedad contemporánea, frágil en sus constitutivos morales arroja a las personas al entorno de la funcionalidad sistémica, generando un afuera de los sistemas, una zona donde el segregacionismo se reproduce sin cesar, hasta llegar al punto en que las personas sean irrelevantes y prescindibles como presencias espirituales luminosas, viéndose reducidas a apéndices de las diversas maquinarias que están al servicio del orden social funcional y funcionalista.
 
¿QUÉ HACER DESDE LA POLÍTICA?
 
¿Qué es lo que se está perdiendo en estos momentos? Al parecer hemos sacrificado demasiado en el altar de la ciencia. Ahora, gracias al racionalismo exacerbado o al instintivismo puro, somos fáciles víctimas del materialismo, el relativismo, el individualismo egoísta y el integrismo religioso. Estamos dejando de lado tradiciones, ideales, normas y certezas que durante siglos construyeron una forma de vida considerada deseable. La política actual se ha liberado, aparentemente, de ataduras, el mundo se ha vaciado de lo sagrado, gracias a un apresurado decantamiento, quedando profundamente desencantado, desesperanzado. Ya ni siquiera somos profanos, o sea, ya no estamos más a la puerta de lo sagrado, le hemos volteado la espalda; somos el cautivo de la caverna platónica que regresa al mundo de las tinieblas y las sombras después de haber dado la espalda al sol de la verdad. Sin fe, ni siquiera en nosotros mismos, el mundo queda desesperanzado y sin esperanza, no hay pie para las grandes obras realizadas por amor a los otros.
 
¿Acaso la política nos permitiría recuperar la perdida fe en nosotros mismos? Ciertamente, no es cometido de la política formarnos en la fe, pero sí lo es posibilitar un espacio de acción y reflexión en el que la fe no se pierda por causa de las malas obras que resultan de pérfidas intenciones. En el extremo, el mayor daño actual a la política se está causando de manera casi inintencional, pero profundamente destructora, ya que muchas de las decisiones y acciones se realizan desde la carencia total de valores firmes, de convicciones claras, de ideas fecundas, de grandes aspiraciones y de nobles ideales. Los fantasmas de este nuevo milenio no son espíritus traviesos que jueguen a los dados con la política, son anti-valores que anidan en la mente y el corazón de los políticos y que los inclinan a jugar a ser dioses desde la política, causando grandes injusticias, esto es, dolor y sufrimiento humanos que se podrían evitar. Todavía estamos a tiempo para luchar contra la inocencia criminal de muchos y contra la maldad intencional de otros, pero debemos comenzar a actuar, en caso contrario, quién sabe si todavía haya tiempo para revertir la escalada de perversión que por todas partes está destruyendo lo mejor de nuestra vida en común. 

 



[1] En estos momentos, en que como colectividad negamos las prácticas supersticiosas y los rituales, como individuos nos comportamos como asiduos promotores de todo aquello que queremos negar. La ciencia contemporánea misma se ha convertido en uno de estos sistemas, encumbrado en sus pretendidas verdades absolutas, ha inaugurado una era de supuesta ilustración de los mitos en la que paradójicamente, y a pesar de la ciencia misma, predominan la astrología sobre la astronomía, la mística barata sobre la caridad, las religiones orientales sobre las tradiciones judeo-cristianas, la secularización del mundo sobre la eminencia de lo sagrado, y las recetas y fórmulas para la vida feliz y exitosa por encima de la sabiduría y la experiencia propias de muchas añejas tradiciones. Como bien ha dicho Josef Pieper: “un mundo en el que no hubiera más que especialidades científicas, sin pensamiento filosófico alguno sobre la entera realidad vital; sólo investigación sin memoria ninguna; sólo la manutención y la vida diaria hecha diversión, pero sin fiestas auténticas, ni poesía mi música grandes, entonces tendríamos sencillamente que desesperarnos por estar encerrados en un mundo desacralizado, en un mundo mundanal, sin la posibilidad de ir, de vez en cuando, más allá del aquí y ahora de la actualidad histórica, hacia un ámbito destinado verdaderamente para nosotros; e ir no sólo en la reflexión filosófica, ni simplemente en la emoción musical, sino realmente, en la vida misma: por ejemplo, y sobre todo, en la acción sagrada”. ¿Qué significa sagrado? Madrid, Rialp. 1990. p. 40-41
[2] Sartori reserva un nombre particular a este afán: novedismo El novedismo, consiste en “la manía de ser nuevos y originales a cualquier precio, y cueste lo que cueste”. Giovanni Sartori. La sociedad multiétnica. México, Taurus, 2001. p. 17, nota 3.
[3] Ya en Aristóteles puede rastrearse esta noción, cuando habla acerca de la distinción entre crematística natural y artificial. La crematística es para Aristóteles, el arte de proveer lo necesario para la administración doméstica (economía), o sea, la propiedad y la riqueza. Según Aristóteles, la crematística natural nace de la necesidad del cambio, mediante el cual los seres humanos convienen en dar y recibir entre ellos algo útil y de fácil manejo para los usos de la vida. Al instituirse la moneda por la necesidad de los cambios nació el comercio lucrativo, el cual se practicó al principio de manera sencilla pero después se sofisticó y se hizo más artificial bajo el imperativo del máximo lucro. Este afán desmedido de lucro llevó a la perversión de la crematística hasta convertirla en la indagación respecto a dónde se puede obtener mayor abundancia de dinero, esto es, riqueza. Así, cuando la economía doméstica se guía bajo el ideal de la acumulación de dinero con el fin de producir placeres en exceso, se hacen uso de medios diferentes al del cambio: como cuando la valentía está al servicio del dinero y no de la confianza o cuando la medicina no está al servicio de la salud sino de la producción de dinero. Política, I, 3. A esto podríamos denominar mercantilización generalizada. Santo Tomás comenta al respecto: “ricos son, propiamente hablando, quienes abundan en cosas necesarias para la vida, más que aquellos que abundan en monedas”. Comentario a la Política de Aristóteles. Libro I, lección 7.
[4] Por lo menos desde Aristóteles, el ocio productivo ha sido considerado como la actividad más noble del espíritu, si está volcado a la vida teorética: “lo mejor y más deleitoso para el hombre es… la vida según la inteligencia, porque esto es principalmente el hombre, y esta vida será consiguientemente la vida más feliz”. Ética a Nicómaco. X, 7. En Santo Tomás, encontramos la noción de ocio santo, el cual es propio de la vida contemplativa, ya que “busca la caridad de la verdad, de la verdad divina, que es el objeto principal de la vida contemplativa”. Suma de Teología. II-II. q. 182 a. 2.
[5] Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu. Este consagrado principio de la epistemología aristotélico-tomista implica no tanto la subordinación de la inteligencia a la sensación, sino la estrecha colaboración que hay entre ambas, colaboración que inicia (prius fuerit) en los sentidos (sensus) pero que continúa en la inteligencia (intellectus). Desde el punto de vista de la psicología genética de Piaget, el principio mantiene su fuerza: el estadio de las operaciones formales es posterior al dominio en el ámbito psicomotor. El orden de prioridad inteligencia-sensibilidad es doble: la sensación es anterior al intelecto en el orden del tiempo, ya que son los sentidos los que proporcionan el material con el que trabaja la mente, pero la inteligencia es anterior en el orden de la perfección, ya que el conocimiento intelectual es formal e inmaterial.
[6] Esto se puede constatar de manera clara en la evolución de los mandamientos, del viejo al nuevo testamento. El nuevo mandamiento del Evangelio es simple y viene a perfeccionar los preceptos del decálogo, pero su simpleza en la formulación no debe confundirnos, ya que su observancia es todavía más ardua que la de los preceptos ceremoniales.
[7] En la Ética a Nicómaco aparece la división entre una doble amistad: “Una, que consiste principalmente en el afecto con que amamos a otra persona. Tal amistad puede acompañar a toda virtud… Otra, que consiste exclusivamente en palabras o hechos externos, la cual, en verdad, no es amistad perfecta, sino cierta semejanza de ella. Esta forma de amistad es la que guarda las normas de decoro en el trato cotidiano de los hombres”. Citado por Santo Tomás en Suma de Teología. II-II q. 114. a. 1 ad. 1.

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