domingo, 16 de febrero de 2014

La ética en la función pública


LA ÉTICA EN LA FUNCIÓN PÚBLICA

 

Por Javier Brown César

 

Escrito inédito inconcluso [circa 1997]

 

Introducción

 

En la actualidad, el bajo desempeño de la administración pública en muchos países del mundo ha llevado a que la mayor parte de los gobiernos enfrenten una crisis de confianza generalizada. Aunado a ello, la naturaleza de la administración pública ha cambiado y la actividad del gobierno se ha vuelto más compleja. Uno de los factores que ha elevado los niveles de descrédito han sido los constantes escándalos de corrupción, magnificados muchas veces por los medios de información. Al mismo tiempo, el desprestigio de la autoridad se ha convertido en un obstáculo más para la acción gubernamental, ya que al perderse la credibilidad se pierde también la aquiescencia ciudadana y la disposición a cooperar. Restaurar la confianza en los ciudadanos y mejorar el desempeño de la administración pública se ha convertido en uno de los retos de los gobiernos que tratan de llevar a cabo modificaciones sustantivas que incrementen sus capacidades de gestión.

 

La discusión sobre la ética en la administración pública surge precisamente por la necesidad de reintegrar la confianza en la autoridad –su legitimidad social- sobre la base de un conjunto de estándares de conducta, es decir, de la formulación de códigos y procesos que reorienten las relaciones que tienen los titulares de los órganos que realizan las funciones administrativas con los ciudadanos y con el resto de los titulares de los órganos públicos. El debate en torno a una ética para la administración pública –o de las organizaciones públicas, como le llamaremos más adelante- tiene que ver, entonces, con los valores que los gobiernos están promoviendo para la formación de funcionarios públicos que permita elevar su capacidad para enfrentar y entender las obligaciones y las demandas de un gobierno democrático. Debido al redimensionamiento del Estado que se ha dado en las últimas décadas, el papel de los funcionarios públicos y la opinión general al interior de la administración pública acerca de los roles y valores apropiados en la administración, junto con el advenimiento de nuevas expectativas de la sociedad, mantendrá en constante discusión qué debe ser reconocido como un comportamiento ético.

 

Desde luego, el debate en torno a la ética de la administración pública no se da de manera aislada, ya que forma parte de lo que se conoce como “éticas aplicadas”, las cuales, entre otras cosas, nacen con la idea de moralizar a la sociedad. La ética de la sociedad civil[1] (v. gr. La bioética, la ética empresarial, la ética de la ciencia, etc.) surge por la vital necesidad de “restituir a las diversas actividades la naturaleza que les es propia, recuperando con ello la legitimidad social”[2]. Se trata de recuperar el crédito de una profesión o actividad social, perdido por el abuso de malas prácticas, a través de la implementación de códigos éticos de conducta.

 

Para analizar la ética en la administración pública, partiremos de una premisa: que la concepción e instrumentación de procedimientos de ética debe examinarse en el marco de lo que se conoce en la Teoría de la Organización[3] como los espacios institucionalizados, es decir, el contexto en el que la organización vive y, sobre todo, del modelo de administración dominante. Sobe este último, existe en la actualidad un fuerte debate sobre el sentido y finalidad de la administración pública, producto en buena medida de la transformación del Estado de bienestar y de las reformas económicas internacionales. Dicha discusión cuestiona el modelo tradicional de la administración pública, el cual está centrado en la importancia de los procedimientos como la clave para obtener buenos resultados. Según las nuevas tesis del llamado new manageralism, el mero cumplimiento de los procedimientos no genera por sí mismo buenos resultados. Al contrario, muchas veces los limita e impide la acción eficiente y eficaz de las organizaciones públicas. La reforma administrativa que promueve esta corriente se justifica debido a que los gobiernos deben encontrar fórmulas que les permiten enfrentar los retos de una sociedad en la que surgen múltiples y variados problemas; muchos de ellos de carácter global. Ahora, se presume, la administración debe estar orientada a resultados, es decir, hacia la eficiencia. Desde luego, este es un modelo que se encuentra a prueba y sujeto a modificaciones.

 

Generalmente, los administradores han actuado sin un sentido de la ética durante muchos años. La concepción de lo público, el papel del administrador y las expectativas de la sociedad, han evolucionado hasta el punto de hacer necesario volver la atención hacia la conducta pública y la finalidad de ésta, junto con los cambios que tales desarrollos requieren. Todo ello enmarcado en un contexto donde el estudio de la administración pública se ha dividido en varias corrientes (la institucional, la de políticas públicas y la de gestión pública, principalmente) y la actividad gubernamental ha crecido en complejidad, acompañada por un crecimiento de la discrecionalidad por parte de la autoridad y de los propios administradores públicos.

 

En los apartados que siguen, se discutirá cómo estos modelos afectan, tanto la concepción como la instrumentación de criterios de ética al interior de la administración pública. El objetivo de investigar la ética en el servicio público es el de proveer de elementos analíticos que, entre otras cosas, coadyuven al control de la corrupción. Desde esta perspectiva, la ética en la administración pública es solo una parte de una “infraestructura ética”, es decir, de un conjunto de valores, virtudes, mecanismos y políticas generales encaminadas a formar y controlar el ejercicio y las condiciones adecuadas para el servicio público. Por ello, se discutirá la pertinencia de formular procesos y contenidos éticos que sirvan como mecanismos externos capaces de reorientar las conductas públicas y asistir a los mecanismos de control para la disminución de la corrupción política. Primero se presentará el contexto filosófico general en el cual se da el debate en torno a la dimensión ética de lo público. Segundo, se realizará una breve revisión del desarrollo del debate en los últimos años, para entender cómo surge la necesidad de discutir la ética en el seno de las organizaciones públicas. Tercero, se discutirá cuáles son las consecuencias que se desprenden de la creación de incentivos al comportamiento ético, de acuerdo a las corrientes de la administración. Cuarto, se analizarán las medidas exitosas, encaminadas a garantizar una gestión pública guiada por criterios éticos, en distintos países. Finalmente, se considerará el contexto actual en México y la necesidad de contar con criterios de ética para la administración pública.

 

I. ÉTICA Y POLÍTICA

 

Las relaciones entre ética y política han sido una cuestión problemática desde hace ya más de 20 siglos: ¿es la política una actividad éticamente neutral o acaso tiene una ética propia e inmanente? ¿debe la política subordinarse a la ética o viceversa? ¿pueden ser calificados los actos públicos como inmorales o cabría hablar mejor de actos públicos injustos? 

 

Una de los motivos fundamentales del pensamiento platónico es el esclarecimiento de las virtudes necesarias para la vida pública. Diálogos como el Critón (sobre el deber), Laques (sobre el valor), Cármides (de la templanza), Lysis (de la amistad) y Gorgias (de la retórica), contienen planteamientos que toman forma en la República. Pese a que este último diálogo tiene una fuerte carga utópica, contiene reflexiones fundamentales sobre  la realización de la justicia y del bien al interior de la comunidad política. La idea de plantear un proceso pedagógico cuidadosamente escalonado y sumamente selectivo y el ideal del gobernante filósofo buscan ante todo que quienes ejerzan el poder tengan el conocimiento de las ideas del bien y de la justicia, para poder administrar con justicia y gobernar con rectitud. En estas reflexiones platónicas se constata la preocupación del filósofo ateniense por una polis en la que los ideales éticos de la vida buena y justa sean realizados plenamente; la política tiene para Platón una fuerte carga ética y un fin trascendente innegables.

 

Las relaciones entre ética y política fueron estudiadas con cierta profundidad por Aristóteles. Al inicio de la Etica Nicomaquea parece plantearse con toda claridad la subordinación de la Etica a la Política: “… por más que este bien sea el mismo para el individuo y para la ciudad, es con mucho cosa mayor y más perfecta la gestión y salvaguarda del bien de la ciudad. Es cosa amable hacer el bien a uno solo; pero más bella y más divina es hacerlo al pueblo y las ciudades”[4]. Por otro lado, en algunos pasajes de la Política parece haber una confusión entre la finalidad propia del individuo y la de la sociedad política: “Nos queda aún por ver si podrá afirmarse que la felicidad de cada uno de los hombres es la misma que la de la ciudad o que no es la misma. Pero esto también es evidente, y todos estarían de acuerdo en que es la misma”[5]. Y en el mismo libro VII se afirma que : “… manifiestamente el fin es el mismo tanto para la comunidad humana como para cada uno en particular, y que necesariamente ha de ser la misma la norma para el hombre mejor y para el mejor gobierno…[6]”.

 

La solución del complejo problema planteado por las relaciones entre Etica y Política puede lograrse si partimos de las siguientes consideraciones: 1ª. Las interferencias que se dan entre Etica y Política en el Libro VII citado pueden resolverse si se piensa que el libro VII es una elaboración temprana del pensamiento político de Aristóteles, notablemente influido por el pensamiento platónico, mientras que lo asentado en la Etica Nicomaquea refleja el pensamiento posterior de Aristóteles[7] y por lo tanto, y siguiendo la tesis de Jaeger, la mayor evolución del pensamiento del Estagirita. 2ª. Partiendo del orden de las ciencias aristotélico la forma de ordenación de la Etica a la Política se clarifica ya que, como se establece en los inicios del Libro I, toda acción humana tiende a algún bien, por lo que al bien mayor de todos tiende la comunidad más importante de todas las que existen y que comprende a las restantes comunidades: la comunidad política. En el proemio a la Política, Sto. Tomás clarifica esta cuestión en el mismo sentido ya apuntado: “… si la ciencia más importante es la que estudia lo más noble y más perfecto es necesario que la política sea, entre las ciencias prácticas, la más importante y la que dirige a las demás, en la medida en que estudia el último y perfecto bien para el hombre. Por este motivo Aristóteles dice al final del libro X de la Etica [Nicomaquea] que la filosofía se perfecciona con la política, en tanto que la filosofía trata de las cosas humanas”[8].

 

La ordenación de la Etica a la Política implica la ordenación de los bienes particulares y su subordinación a la realización de un bien de carácter superior. El bien individual se subordina, en la comunidad política, al bien de la comunidad particular, de ahí entonces que bajo esta concepción, la ética individual es heterónoma desde el momento en que los actos de los ciudadanos se deben ordenar a  un ideal de vida buena. En todos los casos, el bien está henchido de moralidad, y por lo tanto, al hablar del plano individual y social  es importante referirse a una ética individual y a una ética social.

 

La ordenación de la ética a la política no significa que la política deba oprimir a la ética arguyendo razones de Estado, sino que la política es la culminación de la vida ética y por lo tanto todo acto público está transido de connotaciones éticas. Entre ética y política hay para el pensamiento aristotélico-tomista un doble orden de prioridad[9]: la ética debe anteceder a la política en el orden pedagógico y del tiempo, pero la política antecede a la ética en el orden de la perfección y de lo que complementa a la sustancia ética. Así, la política es el ámbito donde se da la máxima realización del ideal ético de vida buena (que no de buena vida).

 

En los albores de la modernidad se da una importante y significativo rompimiento con la doctrina clásica de la política[10], la cual implicaba el que ésta entendida como doctrina para la vida buena y justa y por ende continuación de la ética. “el comportamiento político (por el que se interesa Maquiavelo) y el orden social (por el que se interesa Moro) ya no serán explicitados en atención a aquella vida virtuosa de los ciudadanos. Los pensadores modernos  ya no se preguntan, como hacían los antiguos, por las relaciones morales de la vida buena y excelente, sino por las condiciones fácticas de la supervivencia. Se trata directamente de la afirmación de la vida física, de la más elemental conservación de la vida. Esta necesidad práctica, que exige soluciones técnicas, está al comienzo de la moderna filosofía social. A diferencia de la necesidad ética de la política clásica, no exige ninguna fundamentación teórica de las virtudes y de las leyes en una ontología de la naturaleza humana… Ciertamente, la filosofía social, por encima del aseguramiento de la nuda supervivencia, se ocupa también del mejoramiento, facilitación y elevación de la vida. Sin embargo, esto se diferencia esencialmente de una perfección moral de la vida”[11].

 

La ruptura con tradición política clásica tiene importantes consecuencias para la percepción de los actos del gobierno. La interpretación de la política como técnica lleva a priorizar los criterios de eficiencia y eficacia sobre valores éticos como el bien y la justicia. Los actos de gobierno son calificados de acuerdo a criterios que se basan en resultados y no de acuerdo a criterios éticos. Esto resulta sobre todo claro en las visiones utilitaristas de la ética, como la preconizada por John Stuart Mill o por Jeremy Bentham.

 

La ruptura con la tradición lleva también añeja la concepción de que la ética y la política son dos esferas separadas, con ámbitos propios. La ética sólo se concibe al nivel de la actuación individual, privada y autónoma, mientras que la política se refiere a actos de carácter colectivo, públicos y sujetos al derecho. La distinción teórica fuerte se da propiamente en Kant al establecer con toda claridad que la esfera de la ética es absolutamente autónoma y se rige por criterios diferentes a la esfera política.

 

En su crítica al imperativo categórico kantiano, Hegel retoma la idea central de la tradición política clásica que percibe a la política como la culminación de la ética. Así, se puede leer en la Filosofía del derecho que “El Estado es la realidad de la Idea ética; es el Espíritu ético en cuenta voluntad manifiesta, clara para sí misma, sustancial, que se piensa y se sabe, y que cumple lo que sabe y cómo lo sabe”[12]. La política en Hegel es el ámbito donde se da la plena realización de la sustancia y de los ideales éticos, de ahí que en su concepción filosófica, la ética anteceda a la política en el orden lógico y pedagógico.

 

Además, el Estado es en Hegel el lugar donde “la libertad alcanza la plenitud de sus derechos”[13]. Por lo tanto, el derecho debe garantizar la libertad individual, y la acción política debe tener como cometido el generar un espacio mínimo a todos los hombres donde la amplitud de las oportunidades devenga extenso ámbito donde concurran las libertades. Tanto la izquierda como la derecha hegelianas concentran sus esfuerzos más en la idea del Estado que en la conexión entre ética y política. Ya en nuestro siglo Max Weber habla de una ética de la responsabilidad y los neotomistas, como Maritain, retoman las ideas de la política clásica y ponen el acento en la enorme carga ética que tiene lo público y en que es posible hablar de una ética individual y de una ética social. Por último, en su revisión de la ética kantiana, John Rawls hace énfasis en una posición original donde se da por hecho que existen un conjunto de criterios fundamentales respecto a lo que es justo e injusto.

 

1. LA DIMENSIÓN ÉTICA DE LOS ACTOS PÚBLICOS

 

Para analizar la dimensión ética de los actos públicos hay que partir de una tesis importante: los actos públicos no son, desde el punto de vista de la ética y de los valores, neutrales; o dicho de otro modo, la vida pública presupone una concepción del quehacer político que se basa en valores y en una visión particular que se afianza en concepciones éticas. Ciertamente puede haber regímenes cuyos valores sean en el fondo valores de carácter negativo o inclusive desvalores, por ejemplo el dar prioridad al dinero sobre la persona.

 

Además la concepción ética que está detrás del ejercicio del poder puede ser sumamente variable: una ética utilitarista que se enfocaría ante todo a resultados, una ética hedonista que se centra en los aspectos placenteros del ejercicio del poder, una ética eudemonista que busca ante todo la felicidad o una ética heterónoma basada en fines trascendentes.

 

Existen varias dimensiones del quehacer público que tienen una eminente carga ética, así por citar sólo algunos ejemplos:

 

1. Las decisiones sobre el gasto público y sus prioridades pueden tener repercusiones importantes en la distribución del ingreso y en el combate a la pobreza.

 

2. En el diseño de planes y programas de gobierno pueden privilegiarse sectores o grupos en detrimento de otros.

 

3. Ciertas acciones que se realizan desde el gobierno pueden ser causa de injusticias o atropello a los derechos de terceros.

 

4. Las reformas o adecuaciones de ciertas leyes pueden tener efectos nocivos o ser también causa de injusticia.

 

5. El nombramiento de funcionarios para ocupar cargos públicos puede crear situaciones de privilegio en las que se margine a personas competentes o capacitadas para el cargo.

 

6. Los discursos que se pronuncian desde el poder público pueden dañar la reputación de otros o ser causa de división y descontento sociales.

 

7. Las decisiones respecto a la política fiscal pueden ser causa de iniquidades e inequidades, etc.

 

Para concluir puede decirse que, en definitiva, los actos públicos no son neutralmente éticos o valorativos desde el momento en que:

 

1. Pueden afectar intereses de los particulares o causar injusticias.

 

2. Tienen como trasfondo una visión ética del poder público (aunque sea una ética utilitarista o hedonista).

 

3. Todo acto público se realiza a partir de una cultura política que tiene como referente un conjunto de principios y valores socialmente aceptados.

 

II. EL DESARROLLO DEL DEBATE DE LA ÉTICA EN LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

 

El estudio de la ética en la administración pública presenta una dificultad: hay un vacío importante en la literatura sobre un marco de referencia general para la investigación y la práctica[14]. La forma en la que se ha planteado la necesidad de discutir una ética al interior de la administración ha cambiado a lo largo del tiempo. Desde 1940 (año en que aparecen los primeros trabajos que hablan explícitamente del tema)  se pensaba que la forma en como la ética podría servir a la administración pública sería proporcionándole un marco para la acción en el que el administrador examinara y cuestionara los estándares bajo los cuales las decisiones administrativas son tomadas, más que contar exclusivamente con las tradiciones o las costumbres. Estas últimas habían llegado a sustituir la manera en que se pensaban los problemas de las políticas públicas.

 

Más adelante, en la década de los 50, algunos teóricos señalaron que las cuestiones éticas no podrían ser reducidas exclusivamente a la formulación de políticas públicas sino que debían abarcar a todas las decisiones administrativas. Los patrones bajo los cuales se tomaban las decisiones debían reflejar, en algún grado, los valores más fuertes de la sociedad y no solamente las costumbres y tradiciones. Para la década siguiente, se da un salto en el enfoque: en medio de una reflexión general sobre el papel del individuo y de las instituciones, se reconoce que existe una moral que define los patrones absolutos de lo bueno, difícil de conocer, mientras, por otro lado, se acepta también la existencia de un conjunto de estándares o patrones de conducta correctos en un punto del tiempo que pueden cambiar, pero que sí pueden ser conocidos. En esa medida, el administrador puede ser ético sólo si logra identificar qué estándares de conducta son aceptables.

 

Desde la década de los setenta se desarrolla una “nueva administración pública” que da una interpretación renovada de las responsabilidades del administrador. Esta escuela de la administración pública comienza a enfocarse en los aspectos normativos: a tratar de acomodarlos valores del administrador público individual a las teorías de la responsabilidad administrativa. Esta corriente trataba de volver a enfocar el papel de los administradores en sus instituciones pero tratando de incorporar un nuevo marco normativo. Mientras que el antiguo paradigma señalaba que la norma que debía guiar el comportamiento del administrador era la “imparcialidad”, la “equidad social” apareció como la alternativa para guiar la conducta del administrador público y como la fuente de legitimación y operacionalización del paradigma de la ética de la administración pública. De esta forma, se cuestionaban los antiguos patrones bajo los cuales los administradores tomaban decisiones y se sugería una nueva moral orientadora. La cuestión central era que el administrador debía ser forzado a tomar decisiones sobre la base de un sentido del interés público.

 

Así, se creía que si para actuar de manera ética un administrador debía examinar y cuestionar los patrones por medio de los cuales las decisiones administrativas eran tomadas, y que esos patrones podrían cambiar a lo largo del tiempo, el administrador debía estar atento para responder a las nuevas demandas puestas al día por esos patrones; en última instancia el contenido de los patrones de los administradores debería reflejar un acuerdo con los valores duros de su sociedad y el administrador debía reconocer que él iba a ser al final el que abrazaría la responsabilidad por los patrones por medio de los cuales tomaba sus decisiones.

 

La concepción actual de la ética a cambiado respecto a las que se han revisado, básicamente por reconocer que el comportamiento del administrador se encuentra sujeto a dos tensiones: la intraorganizacional y la del ambiente institucional (o el contexto, el cual se compone de otras organizaciones e individuos). Así, se señala que: 1) Para ser ético se requiere que un administrador sea capaz de llevar un proceso de examinación razonable de los patrones por los cuales las decisiones de los administradores son tomadas, como mínimo para ampliar la legitimidad de las decisiones al interior de la organización; 2) el contenido de los patrones puede cambiar a lo largo del tiempo, en tanto que nuevos valores o como expresión de nuevas preocupaciones sociales; 3) un administrador debe estar listo para adoptar patrones éticos de decisiones a partir de estos cambios, siempre reflejando un acuerdo con los valores fundamentales de su sociedad y reconociendo las metas de su organización; y, 4) el administrador debe abrazar responsabilidades personal y profesionalmente, tanto con las decisiones tomadas al interior de la organización como con los patrones éticos con los cuales toma esas decisiones[15].

 

III. ENFOQUE S EN EL ESTUDIO DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

 

Al interior de los estudios sobre administración pública se han desarrollado distintos enfoques de análisis. Sólo para fines esquemáticos señalaremos, brevemente, los más importantes. Primero, el enfoque institucional, que trata de regular el comportamiento administrativo mediante normas (derecho administrativo) y que se liga al valor de la legalidad. La ley es lo más importante. Segundo, el enfoque de las políticas públicas, que se enfoca a la eficiencia económica y que tiene como instrumento la decisión a partir del análisis de políticas (de los instrumentos analíticos que se necesitan para tomar la decisión). Finalmente, el enfoque de la gestión pública, que tiene como valor la flexibilidad en los ámbitos político, administrativo y legal y cuyo instrumento principal son los recursos humanos; tiene una concepción del gobierno como prestador de servicios, por lo cual se encarga de diseñar procesos orientados a prestar un mejor servicio al cliente.



[1] Cfr. Adela Cortina, “Ética de la sociedad civil ¿un antídoto contra la corrupción?, en La corrupción política, Madrid, Alianza, 1997. pp. 253-270.
[2] Ibid. p. 266.
[3] Sin embargo, como señala Arellano, la Teoría de la Organización alude, más que a un cuerpo de ideas sistematizadas que permiten explicar la realidad, a una multiplicidad de aproximaciones y enfoques, algunos antagónicos. Cfr. Cambio en organizaciones públicas: fuentes y perspectivas analíticas desde la teoría de la organización. México, CIDE. Documento de trabajo, No. 20.
[4] Aristóteles. Política.
[5] Aristóteles. Política. Libro VII, 2
[6] Ibid. Libro VII, 15.
[7] Cfr. Werner Jaeger. Aristóteles. México, Fondo de Cultura Económica. p. 271 ss
[8] Sto. Tomás de Aquino. Proemio a la Política de Aristóteles. 7.3
[9] En Los principios de la realidad natural, Santo Tomás establece como la anterioridad puede entenderse de dos maneras: “… se dice que algo es primero que otro, ora en el orden de la producción y del tiempo, ora en el orden de la substancia y de lo que la completa. Como la acción de la naturaleza procede de lo imperfecto a lo perfecto, de lo incompleto a lo completo, lo imperfecto es primero que lo perfecto en el orden de la producción y del tiempo; pero lo perfecto es anterior a lo imperfecto en el orden de la substancia…”.
[10] Cfr. Jürgen Habermas. Teoría y praxis. México, REI, 1993. p. 49 ss.
[11] Ibid. p. 58 ss.
[12] Hegel. Filosofía del Derecho.
[13] Ibid. Tercera parte. 258.
[14] Kathryn G. Denhardt. The ethics of public service. Resolving moral dilemmas in public organizations, Greenwood Press, 1988.
[15] Denhardt. Op. Cit., p. 26.

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