sábado, 5 de diciembre de 2015

Poema: Ansia


Por Javier Brown César
 
Qué tanto ansío tus miradas
No lo sé
Me evaden como sombras nocturnas

A estas alturas
en que la vida es breve
Extraño los días
Extraño las horas
en que juntos conjurábamos
olvidos presentes

No siento emoción
no siento entusiasmo
Sólo añoro
momentos pasados

Te miro ahora
con ojos extraños
ahora que somos
amantes lejanos
sólo me miras
para desear instantes
que están sepultados
en el recóndito celo
de recuerdos distantes
 
Diciembre 4, 2015

 

Diciembre 4 de 2015

sábado, 31 de octubre de 2015

Poema: Negra noche

Por Javier Brown César
 
Qué negra es la noche de mi desconcierto
Negra y profunda
Abismal pero serena
Y a la vez amenazadora
 
Es una penumbra que me inunda
Que me hostiga
Que me hace rehén y me aniquila
 
Qué negra es la noche de mi desconcierto
Y a ella voy unánime
Franco, directo
Y sin consuelo

Octubre 28 de 2015

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Cuento: Manteniendo vivo lo que queda de mí


Me diagnosticaron cáncer hace unos meses. Desde entonces me han intervenido quirúrgicamente en varias ocasiones y han llenado mi cuerpo de sustancias devastadoras que me tienen cimbrado de pies a cabeza; todo para satisfacer los sueños de una familia que cree que voy a vivir más tiempo del que debiera. Pero sé que todos sus anhelos son vanos y que fueron engañados por un sistema que está diseñado para ordeñarle a uno hasta el último centavo. Quisiera tener el derecho a morir con dignidad, y eso significa dejar que la enfermedad acabe conmigo sin que una ansiosa turba de médicos ambiciosos quieran extraer el dinero que mi familia ahorró con tantos esfuerzos durante años y años de trabajo. Dicen que las probabilidades de sobrevivir son remotas, pero a la vez alimentan los sueños ingenuos de una familia que me adora, con la vana promesa de que tal vez pudiera ser un caso entre un millón que supere la enfermedad; con esta esperanza alimentan los sueños de mi familia que día a día ve cómo pierdo gradualmente la dignidad, además de mi cabello, mis dientes y partes de  mi cuerpo. Ya me han amputado extremidades, jugando a ser dioses que más bien parecen niños dándole toques eléctricos a un casi cadáver para mantenerlo vivo unos instantes más, mientras el cáncer me sigue acabando. Todo porque mi familia trata de mantenerme vivo unos días más. Qué vida es esta que vivo ahora, un tiempo extra en el que ya no soy consciente de quién soy, ni de qué quiero; ya no pienso, ni amo, sólo sufro de forma interminable una nausea de existencia que no termina y que sólo vale la pena de ser vivida cuando me dan un poco de sedante. Y vuelvo al principio y pienso que si no me hubieran presionado con sus estúpidas ideas de que podía ser un caso entre un millón, habría decidido morir con dignidad y dejar que el implacable cáncer terminara poco a poco con mi vida; de esta forma en lugar de que mi familia gastara una fortuna en tratamientos inútiles hubiera invertido un poco de sus ahorros en una droga como la morfina que hace que tus últimos días sean como un sueño en el paraíso, mientras el cáncer te corroe poco a poco, tal como el ser humano está acabando con este planeta que pronto no podré ver, porque mi cuerpo mutilado e intervenido químicamente no podrá resistir los tratamientos de estos médicos sádicos que tratan de mantenerme vivo a toda costa, a pesar de que todo indica que mañana voy a morir.

 

Septiembre 8 de 2015

domingo, 6 de septiembre de 2015

Cuento: Confesiones de un Demiurgo

Por Javier Brown César

- El primer experimento que hice fue un fracaso. Traté de construir un ser que utilizara sus extremidades para algo diferente a la defensa y el ataque, le di la capacidad de transformar su entorno gracias a nuevas habilidades motrices, y mira lo que ha hecho: se dedicó a devastar su medio natural de vida, se volvió el peor ser de su mundo, asesinó y torturó; le di la razón y la utilizó para inventar fantasmagorías inútiles, creó seres irreales y perversos, entidades absurdas a su imagen y semejanza. Ha diseñado ideas desquiciadas para acabar con poblaciones enteras, todo en aras de sus locas especulaciones y elucubraciones. Y ahora no sé que hacer con él. ¿Lo matamos?

 - No, mejor déjalo sufrir, porque es peor matarlo lentamente y a pellizcos que darle la soga para que se ahorque en el acto, porque al final de cuentas, creaste un ser cobarde y pusilánime, incapaz de acabar con su propia vida.

- Este ser ha ido de mal en peor. Al principio asesinó a su vecino para quedarse con sus tierras, sus animales y su mujer, después ambicionó más y al día de hoy extermina a pueblos enteros, sin piedad y sin miramientos, y lo que es peor, sin que le remuerda la conciencia. Antes era un pequeño delincuente común, ahora es parte de una gran organización criminal que mata y extermina al por mayor. Hace mucho tiempo desarrolló armas para defenderse de las fieras y de quien pudiera quitarle lo suyo, luego utilizó las armas para cazar fieras por deporte y para quitarle lo suyo al vecino, y después extinguió especies, colonizó vastos territorios y violó y ultrajó a quien se le confrontara. Desde hace milenios el mal triunfó. Eso pasó cuando asesinaron a un emisario divino. Desde ese entonces estos seres han ido de mal en peor.

- Te reitero lo dicho: déjalo sufrir. Al final de cuentas las armas que diseñó acabarán por exterminarlo, entonces la faz del mundo creado quedará libre de ese ser asqueroso y repugnante.
 

Septiembre 9 de 2015

viernes, 31 de julio de 2015

Cuento: Abandona el pueblo o muere en él

Por Javier Brown César

Hay que abandonar el pueblo. Aquí ya no hay futuro. Hasta el cura nos pide un impuesto disfrazado de diezmo según que para ayudar a los pobres, y el alcalde, qué se puede decir de él, nos ha quitado hasta el último peso, para construir obras y “beneficiar a la comunidad”, mientras que no hace nada y la policía lo protege; pero al final ya sabemos que se lo quedan todo para su alcohol, sus drogas, sus putas y sus juegos. Han enviciado a los jóvenes, prostituido a las mujeres e hipotecado nuestro futuro. Dicen que la deuda es tan grande que la van a tener que pagar los que todavía no nacen. Y por si fuera poco, nos quieren quitar a nuestros animales, nuestras tierras y nuestros ahorritos según para dedicarlos a sacar de la pobreza a los más pobres, o sea a nosotros, y cada vez hay más pobres y menos comida y más borrachos, vagos, vividores, drogadictos y prostitutas. Piden dinero para la escuela, pero el maestro lo usa para irse de borracho todos los días, además de que llega a dar clase con una resaca tan infame que tiene que sacar su anforita para que no le den temblores y sudores. Dicen que el alcalde tiene tanto dinero que no sabe qué hacer con él, ya puso moteles, prostíbulos, cantinas, desarrollos habitacionales y gasolineras, además de que trafica con drogas y mercancía ilegal y todavía quiere más. Y el empresario más importante se la pasa brincándose la ley con su runfla de abogados y evadiendo impuesto con su nómina de contadores. Y nuestro diputado bien gracias, allá en la capital cobrando un montón de dinero, según de la dieta, pero por aquí ni lo vemos y todos estamos a dieta. Y cada vez nuestros hijos están más mugrosos y hambreados, nuestras escuelas están más deterioradas y sucias, nuestros médicos son cada vez más flojos e irresponsables y nuestro cura sigue cobrándoles a todos un dinero que nada más no vemos. Todos nos quitan dinero. Nos envidian y ponen el pié si nos va bien, y si nos va mal nos escupen en la cara y nos echan tierra en los ojos. Así que para qué nos quedamos, vámonos antes de que esto se ponga más feo, porque aquí ya no hay futuro para nuestros hijos, que van a tener que nacer y vivir en la calle, muertos de hambre y sin educación, además de enfermos y sin futuro. Qué esperas, abandona el pueblo o muere en él, porque yo ya me voy de aquí a otro lado, al fin que si no mueres en el camino, dicen que encuentras el paraíso, y para infiernos, con este pueblo maloliente, mugroso y corrupto tenemos suficiente.


Julio 29 de 2015

lunes, 20 de julio de 2015

Cuento: Johnny Botarga

Por Javier Brown César

Un día llegó al orfanato una botarga, o por lo menos eso creyeron en su momento las monjas que vieron el pequeño cesto de mimbre. Pensaron que era una broma hasta que la botarga bostezó. Le pusieron Johnny, nadie sabe en honor o en recuerdo de quién y desde pequeño todos lo conocieron como Johnny Botarga.

Todos tenemos una misión en la vida, que tarde o temprano se revela a las inteligencias más lúcidas, y que en el caso de la mayor parte de la humanidad puede llegar a no ser descubierta jamás. Un hombre sabio me dijo un día: tu misión en la vida es aquello en lo que eres mejor que todos los demás, descubre esa habilidad o talento que te hace único y explótala al máximo, porque ahí está el sentido de tu existencia. Es una lástima que muchas personas, por vivir en la miseria y en la opresión no puedan desarrollar al máximo sus potencialidades; otras encuentran ese talento, pero por desidia, estupidez o mediocridad no lo desarrollan.

Johnny fue el tipo de persona capaz de desplegar al máximo su misión: era una botarga. A donde fuera hacía lo mejor que podía hacer, que era representarse a sí mismo. Él era su mejor personaje, su obra maestra. Hay que alabar la congruencia de su vida, siempre fue una persona confiable hasta las últimas consecuencias.

Un buen día, Johnny se quiso deshacer de sí mismo para encontrar su verdadera identidad. Ese día se dio cuenta, muy tarde, de que no podía dejar de ser botarga. Vagó por las calles sin que nadie le hiciera caso. Había perdido la gracia que tenía para todos quienes se quedaban pasmados en las plazas y jardines ante su impactante presencia y que luego comentaban entre sí la experiencia de haber visto a la más extraordinaria botarga de todas. Parecía tan real, que no era posible pensar que debajo hubiera un ser humano, se solía comentar.

Pero ahora Johnny vaga sin sentido ni identidad, es uno más de esa masa anónima e impersonal que se encuentra todos los días en las calles y que no tendrá ningún efecto ni consecuencia en nuestras vidas. Si alguien, en algún momento, encuentra a Johnny ya no lo sabrá reconocer. Esa es la tragedia de quien una vez fue gloria para muchos y ahora es nada para nadie.

Descanse en paz, Johnny Botarga.

Julio 20 de 2015

martes, 14 de julio de 2015

Ensayo: El peor ser humano de la historia

Por Javier Brown César

El siglo XX dio a luz al peor ser humano de la historia. No me refiero a una sola persona, sino a una multitud innumerable de personas que hicieron del pasado milenio el más violento, cruel, criminal, sin sentido y absurdo en la historia del género humano.

La vida y la prosperidad se vivieron como juegos de suma cero: unos pocos lograron condiciones dignas para ellos y sus familias a costa de la miseria de millones. Nunca antes hubo tanta prosperidad ostentosa al lado de masas sumidas en la más terrible pobreza. De la nada surgieron fortunas inmensas, prácticamente incalculables, con cifras que cuesta trabajo leer y más trabajo todavía pronunciar. La riqueza de unos cuantos se construyó sobre los huesos de multitudes que murieron de hambre y sed.

El animal humano se volvió el ser más violento de la creación: diseñó mortíferas armas de guerra de tal manera sofisticadas, que bastaba con oprimir un botón para acabar con naciones enteras. Las ideas cerradas, el fanatismo exacerbado, la xenofobia incomprensible, la envidia recalcitrante y la intolerancia hacia el diferente, fueron los ejes en torno de los cuales giró la vida de millones de personas.

Como resultado de sistemas educativos fraudulentos, se formó a un ser iletrado, inculto, analfabeto funcional, fácil víctima de las ilusiones creadas por los medios masivos y de los discursos absurdos de hordas de demagogos ineficaces.

Por todas partes proliferó el tipo de humano petulante, pretencioso, pendenciero que multiplicó el odio, el egoísmo, la vanidad; en todos los ámbitos del actuar humano constatamos la realidad de un ser incapaz de resolver problemas, Inútil, insoportable, incompetente, en fin unánimemente imbécil y absolutamente estúpido.

La mediocridad, la desidia y la incompetencia pulularon en las estaciones del transporte público y en los estacionamientos privados; en las verbenas populares y en las fiestas de los pudientes; en los colegios privados y en las escuelas públicas; en los mercados populosos y en los grandes complejos comerciales.

Tanta fue la estupidez que la cadena de guerras parecía interminable: guerras en nombre de la raza y el color de piel, en aras de ideologías e ideales, por afanes expansionistas y comerciales, y para terminar “legítimamente” con otras guerras. Familias, etnias y pueblos enteros desaparecieron, generaciones enteras se perdieron, obras de arte y monumentos de valor incalculable fueron destruidos. Una larga estela de muerte y desolación se extendió sobre todos los pueblos, en todos los continentes, en todas las latitudes.

La mercantilización generalizada de la vida dio al traste con los valores y tradiciones seculares, implantando en su lugar la religión del dinero. Todo se ha reducido a su valor monetario, incluso la dignidad humana. Nunca como antes había sido posible intercambiar la vida de tantos por unas pocas monedas. La industria surtía las armas para la guerra con el único afán de enriquecer a unos cuantos sobre los cadáveres de millones, se construyeron viviendas en zonas de riesgo alimentando así la especulación y la prosperidad inmobiliarias, se abrieron escuelas para amaestrar y condicionar a las masas, vinieran de donde vinieran. Todo por el miserable y anónimo dinero.

Al final del siglo pasado, el Estado comenzó a desaparecer en todo el mundo, incapaz de proteger la vida y la propiedad de sus propios ciudadanos, en algunas partes se volvió contra sus mismos ciudadanos, fomentando el exterminio genocida, el odio xenofóbico y la intolerancia ideológica y religiosa. Al final, las instituciones diseñadas por la modernidad demostraron su obsolescencia.

El Estado ha sido tomado por corporaciones que controlan los medios masivos, la industria de la guerra, la economía informal, la delincuencia organizada. Se trata de un ente impersonal, sin rostro, sin valores y principios que diariamente secuestra nuestras libertades, escamotea la prosperidad, mata el orgullo y aniquila nuestras más queridas esperanzas.


La peor noticia es que los moldes con los que se “diseñó” este ser humano perverso y estúpido que convirtió al siglo XX en la peor novela de horror, en el más dantesco de los infiernos, en la más extrema distopía, siguen vigentes hoy. Con esos modelos caducos se pretende ahora moldear al ser humano del nuevo milenio. El resultado está a la vista de todos: nuestro milenio está repitiendo otra vez la misma historia a escala magnificada. ¿Cuándo aprenderemos?

Julio 14 de 2015

viernes, 3 de julio de 2015

Cuento: El banco nunca pierde

Por Javier Brown César

No amigo, el negocio de los bancos es como el de los casinos, la casa nunca pierde. Trabajé 30 años en un banco. La vida en ese trabajo es la de un esclavo, comienza muy temprano en la mañana y termina después del cierre. Hay días en que las filas son interminables y días en los que no sabe uno qué hacer para no aburrirse porque la gente nada más no llega. Pero no puedes ver la televisión o jugar en la computadora porque tu terminal está destinada sólo a los servicios financieros y la televisión pasa interminables anuncios que enaltecen las bondades del banco. Se puede hablar con el compañero de al lado, pero después de algunos meses de pláticas interminables conocemos los milagros, gracias y obras de todos en la oficina y después sólo nos queda hablar de las noticias, de los chismes, romances, aventuras y dislates de los colegas. Si tienes suerte y puedes estudiar asciendes, en caso contrario te quedas ahí, porque además el banco te encadena con los préstamos para casa y automóvil, a tasas preferentes ciertamente, pero con el magro salario que te pagan terminas liquidando el capital después de décadas de horripilante trabajo.

Todos los días tienes que enfrentarte a la tortura de los arqueos de caja y si las cuentas no te cuadran estás frito. Todos los días ves circular una cantidad impresionante de personas, toda una geografía humana de la ciudad, en la que puedes descubrir tanto la desesperanza del pobre que cobra un cheque por cantidades miserables, como la arrogancia del rico que llega rodeado de sus secuaces y que te exige y demanda el mejor servicio y la mejor de las sonrisas, aunque tu hijo esté en el hospital gravemente enfermo o aunque tu padre haya muerto el día anterior. Tienes que procesar la diaria inconformidad de una pléyade de clientes que, con justa razón, se queja de un servicio ineficiente por el que además se pagan altas comisiones.

Como te decía, el banco nunca pierde. Si crees que depositando todos tus ahorros en una cuenta obtendrás los altos rendimientos que te anuncian, estás equivocado, porque al final del año tendrás menos dinero del que invertiste; la inflación se habrá devorado una parte de tus ahorros. ¿Y qué crees que hace el banco con tu dinero? Se lo presta a otros a tasas altas de tal forma que lo único que hace es intermediar entre la riqueza de algunos y las aspiraciones y las necesidades de otros. El banco gana si compras divisas, porque las paga a un precio más bajo del que las vende; también gana con cada transacción en la que se cobran comisiones; gana con los seguros, porque el riesgo está calculado y la prima es siempre proporcional al riesgo, por lo que si alguna vez te roban, habrás pagado más por el seguro que lo que el banco te da a cambio del bien robado. Y al final, después de tanto perder con los bancos, si éstos llegan a quebrar siempre hay un gobierno o un banco central que los rescate de la quiebra. Pero si tú quiebras no habrá nadie que te ayude. Así de crueles son los bancos, son maquinarias impersonales, egoístas, movidas por la usura y al servicio de la mercantilización generalizada de la vida.

Y aquí me tienes, después de 30 años, deseando no saber nada del mundo, habiendo visto que mis mejores años pasaron sin que apenas me diera cuenta. Encerrado ahora en esta pequeña oficina trato de vivir como siempre he querido, pero las fuerzas me abandonan y las ideas no llegan a mi mente. Es una desgracia que la vida transcurra así y que vea que lo que me queda de vida no será suficiente para disfrutar del dinero, que con tanto trabajo ahorré y de la casa que tanto sudor compré. Porque ¿sabes una cosa querido amigo? Ayer me dijeron que tenía cáncer y que no viviré más de un año.

Julio 3 de 2015

sábado, 20 de junio de 2015

Ensayo: Usted no es bienvenido aquí


Por Javier Brown César

El diseño del Estado moderno se debe en gran medida a Hobbes: su justificación fue la base para la cesión del poder de las masas, mediante el contrato para consolidar el poder radicado en un "hombre" o en una asamblea de "hombres". Después del 11 de septiembre de 2011 junto con las Torres Gemelas de Manhattan cayó por tierra la justificación del Leviatán: la nación más poderosa del planeta, en términos de poderío militar y económico, fue incapaz de proteger la vida y la propiedad de sus ciudadanos. El pacto fundacional del Estado falló: se demostró que se había construido sobre una serie interminable de falacias, entre ellas la representación que es hoy una de las grandes mentiras de los sistemas democráticos: los políticos no representan a la ciudadanía, sino a intereses inconfesables y a afanes mezquinos. Las bases del Estado moderno se han venido a pique y en su lugar estamos ante una debacle mundial de las instituciones forjadas en la modernidad: la educación ha fracasado, el mercado mundial ha multiplicado a los hambrientos, los sistemas de salud no pueden evitar que las personas mueran de gripe, los abogados no han llevado la justicia a quienes la necesita y los economistas no han podido promover el pleno empleo y el crecimiento sostenido. En cambio, hemos devastado al planeta con inventos que han sofisticado la vida al costo de acabar con el medio ambiente, hemos "facilitado" la vida de clases acomodadas que se han vuelto inútiles dilapidadoras de cuantiosas fortunas en aras de una diversión caótica y potencialmente destructiva. Hemos regado el hambre, la sed y la miseria por todo el planeta. Se inventó la televisión para manipular a las masas citadinas y la radio para idiotizar a gentes rupestres. La sociedad se consume a sí misma en un afán desmedido de placer, sexo y dinero, socavando las bases de su propia felicidad. Derruimos los valores y principios construidos durante milenios, para edificar en su lugar falsos ídolos y para producir interminables pesadillas. Debemos regresar a la base de todo, a una modernidad que configuró instituciones que hoy sabemos que no sirven a la humanidad: el Estado, la fábrica, el asilo, el manicomio, la cárcel, el hospital y la escuela. Qué modernidad puede haber si somos peores que los humanos más salvajes que hayamos conocido, porque nosotros matamos a cientos de miles con una sola arma y ellos nunca tuvieron en sus manos el poder para aniquilar a comunidades completas. La política se ha convertido en la lucha de los más fuertes entre sí, para ver quién prevalece y aplasta a los más débiles. Vivimos tiempos difíciles en las que la decoración no vale la pena, porque nada nos puede ya hacer felices. Hemos perdido el gozo de vivir y sólo sobrevivimos como autómatas, porque sabemos que no hay un futuro promisorio para nosotros. ¿En qué clase de monstruos nos hemos convertido? Indiferentes a la miseria y al dolor humano, lucrando con la ignorancia y el miedo, manipulando sin miramientos a masas indolentes y sumisas. La humanidad de hoy no tiene futuro, porque vaga desmemoriada por el mundo, aniquilando su pasado y guiándose con descomunal ignorancia en el presente.

 

Junio 19 de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Ensayo: La educación que no queremos

Por Javier Brown César

Muchos estamos convencidos de que no queremos para este siglo el modelo educativo que prevaleció en el siglo XX. El fraude educativo del siglo pasado fue una de las más grandes estafas operadas por una maquinaria impresionante que absorbió cuantiosos recursos y entregó magros resultados. A los padres de familia el Estado les prometió educar a hijos exitosos y ciudadanos ejemplares y a cambio, generalizó el fracaso y el autoritarismo.

El Estado se arrogó la función de educar a la sociedad bajo un modelo iluminista que postulaba la existencia de masas ignorantes y de élites ilustradas que sacarían de la ignorancia a generaciones enteras. Durante los primeros años, el modelo funcionó bien, hasta que la masificación creció a niveles incontrolables y el aparato se convirtió en un gigantesco engendro que devoró dinero a raudales, construyó escuelas a diestra y siniestra, hizo crecer el aparato burocrático y se convirtió en un jugoso negocio estatal que engullía cerca de 1 de cada 3 pesos del presupuesto.

Los empresarios se aliaron al gran negocio educativo: papelerías, productores de libros de texto, editoriales y maquiladores de materiales y recursos didácticos se enriquecieron a costa de ventas masivas; quienes ganaban licitaciones públicas para dotar de papelería o quienes producían libros de texto elevados al rango de oficiales, hicieron el negocio de su vida, a costa de la mercantilización de la educación.

La alianza público privada que se consolidó con el Estado educador produjo pingües ganancias y extensas redes clientelares y de corrupción, afincadas en obras, licitaciones y contratos exorbitantes y en muchas ocasiones inflados por al ansia desmedida de ganancia a costa del aprendizaje de millones de personas.

El Estado ha pretendido educir a los nuevos patriotas de cada alumno que toma a su cargo. Desde temprano en las mañanas forma a los estudiantes para rendir honores y acendrar y exaltar su patriotismo. Pero el complejo de Penélope opera de forma inflexible ya que el patriotismo nacionalista es destruido por la devastadora realidad de una nación en la que no es posible soñar con un mejor futuro, en la que no hay esperanzas para realizar los proyectos personales, en la que día tras día se constata la corrupción generalizada que permea todas las estructuras y estratos.

En la cabeza del Estado educador se ha colocado a “servidores públicos” a los que se les premia su lealtad o que hacen carrera en la administración pública saltando de una dependencia a otra. La estructura de los mandos superiores se caracteriza por la asignación patrimonialista de cargos en los que el gobernante en turno coloca a aquellos a quienes quiere recompensar. La falta de coordinación, la lucha de egos y la improvisación, prevalecen cada vez que un nuevo grupo político llega al poder. De esta forma se contraría el ideal platónico de que la educación pública debe estar a cargo de una persona ejemplar, poseedora de cualidades notables y caracterizada por ser uno de las más eminentes personalidades del país. La labor de quienes tienen a su cargo las decisiones del sistema educativo es de la mayor trascendencia, como para dejarla en manos de políticos arribistas, tecnócratas improvisados y militantes políticos.

En la base del sistema encontramos una burocracia aséptica que llena formatos y formularios, ocupa escritorios, cobra salarios y no le rinde cuentas a nadie. Viven del sistema, pero no para mejorar los procesos, ni para encontrar oportunidades de mejora. Además les faltan parámetros adecuados para medir la eficacia del sistema. Por inercia burocrática se aplican los viejos parámetros de siempre: eficiencia terminal, reprobación y deserción. No se desarrollan nuevos instrumentos para medir la calidad o el valor agregado, dando así respuesta al urgente cuestionamiento de qué es lo que la escuela le da a la sociedad que no le puede dar cualquier otra forma de organización. Las evaluaciones permanentes se manipulan para obtener recursos económicos o como incentivos perversos. El sistema desarrolla una ceguera sistemática que le impide verse a sí mismo, volverse reflexivo y autocrítico.

En la organización escolar prevalece una estructura jerárquica y autoritaria en cuya cumbre se acumulan los privilegios y que opera para mantener un modelo verticalista, impositivo y extractor de rentas.  

Desde muy temprano se recibe a los niños como si fueran trabajadores de una fábrica que sólo genera frustración, descontento y desengaño: se enseña a leer a personas que una vez instaladas en una oficina no volverán a abrir un libro; se enseña arte para que al final se consuma la chatarra comercial que inunda el mercado; se enseñan deportes para que las personas se fanaticen con gigantescas “empresas” deportivas fraudulentas y pierdan de forma miserable el dinero ganado con tanto esfuerzo y sacrificio.

Se entrena para un mundo que ya no existe, para una sociedad que está en transición y que ya no encuentra en la educación la respuesta al problema del sentido de la existencia. Se han perdido los valores trascendentes que guían, como cartas de navegación, a la organización escolar.

Hoy día una importante cantidad de personas egresan de las universidades para nutrir las filas del desempleo o para incorporarse de manera indefinida a la economía informal y al subempleo. Los jóvenes talentos universitarios son víctimas de auténticos buitres empresariales que logran su margen de ganancia a costa de la subcontratación, la promoción de servicio social para realizar labores altamente especializadas, la evasión del pago de cuotas para la seguridad social y el uso de estratagemas legales para no dar prestaciones a los trabajadores.

El aula “moderna” está construida a similitud de la maquila y el call center, con pupitres apilados en torno a un centro de mando, como premonición del futuro que les espera a los educandos. En el salón de clases se generan mecanismos de discriminación, exclusión y segregación. La asignación de calificaciones con base en un rango y no en una norma estigmatiza a alumnos y condena a algunos al fracaso permanente.

Algunas de las peores escuelas y de los peores maestros están en los lugares donde hay más pobreza y marginación, reproduciendo así de forma interminable el perverso círculo de la pobreza generacional. Instalaciones educativas inadecuadas y escuelas multigrado se abren ahí donde hay recursos escasos, para que quienes están rezagados en el desarrollo humano, lo sigan estando por muchas generaciones. Así, el aula reproduce las desigualdades que se reflejan en la sociedad: es la gran reproductora de la inequidad y de la injusticia social.

El conocimiento se deposita en los alumnos como si se tratara de alcancías, bajo un modelo pedagógico perverso que supone que quien estudia es ignorante y no tiene nada que aportar. Se enseña a repetir datos enciclopédicos muchos de los cuales son potencialmente inútiles para la vida, en lugar de enseñar a construir conocimiento colectivo y de instalar la capacidad de aprender en los alumnos. Antes que enseñar a resolver problemas, se opera bajo un modelo de condicionamiento: Burrhus Frederic Skinner y el perro de Pavlov viven en nuestras aulas todos los días. No nos extrañe entonces que en las empresas y en el gobierno abunden personas incapaces de encontrar soluciones, pero con una sorprendente capacidad para crear problemas.

Muchos analistas aman las comparaciones entre sistemas educativos, pero casi todos los símiles son falaces. No hay un sistema educativo igual a otro. Todos son diferentes porque responden a necesidades y aspiraciones sociales diversas, así como a contextos, problemas y realidades profundamente disímiles.

De nada sirve comparar el colosal tamaño de un sistema educativo con tantos alumnos como la población entera de varios países. Hay naciones en las que tan sólo el número de maestros es superior a la matrícula total de sistemas educativos completos. Hay países que invierten tanta cantidad de recursos como el presupuesto total de otros.

Uno de los problemas fundamentales de la educación es la prevalencia de una organización sindical que garantiza el enriquecimiento desproporcionado y ofensivo de líderes que no están comprometidos con la calidad educativa. Esta organización da empleo a personas no aptas para cualquier otro tipo de empresa, ya sea por sus bajas cualificaciones o por su pobre perfil profesional.

Hoy enfrentamos la ineficiencia de una maquinaria gigantesca que se mueve con lentitud y que fue diseñada para el siglo XX. Su reforma sólo será posible con un gran acuerdo entre los diversos actores y sectores para replantear los supuestos pedagógicos, o sea, la filosofía educativa del sistema, así como para rediseñar a fondo la didáctica, o sea el diseño curricular. También se requiere un nuevo tipo de aula, una nueva forma de organización escolar y una burocracia profesional, honesta y dedicada, que encarne en sí misma los ideales educativos que pretende promover.

La transformación de sindicatos en auténticos promotores de la calidad, la eficiencia y la transparencia en educación podría poner un alto al enriquecimiento desmedido de unos pocos, logrando que los recursos que se invierten en la nómina premien a los mejores docentes y promuevan un salario magisterial digno, que atraiga al capital humano.

No se trata de gastar más sino de gastar mejor, ni de generar más leyes, sino de hacer cumplir las leyes vigentes; de cada centavo invertido en educación, una parte importante debe destinarse a mejoras en nuestras escuelas y no a engordar los bolsillos de pillos y vividores; cada nueva ley debe promover el cambio, en lugar de propiciar interpretaciones torcidas y mañosas.


La educación, que debería ser el eje de las transformaciones sociales, es hoy el lastre que carga una sociedad injusta, improductiva y conflictiva. En suma: la educación que tenemos en estos momentos no es la educación que queremos. 

Junio 11 de 2015

miércoles, 3 de junio de 2015

Cuento: A Dios rogando

Tiene toda la apariencia de ser una buena persona: bonachona, con la sonrisa en la boca cuando se le mira, siempre agradeciendo a Dios o deseando que las cosas sucedan si Dios quiere. Es devota, suele leer todos los días un librito de oraciones y también tiene la Biblia a la mano como su libro de cabecera, que es tal vez es el único libro que ha leído en los últimos años. Se viste con recato y camina con modestia. Da la apariencia de ser una persona impecable en su actuar. No habla más que de temas espirituales y si alguien le menciona a Dios se desvive en emociones y palabras de alabanza.

En el fondo, es una mala persona, con muy mal genio. Durante su vida se ha dedicado a intrigar y a esparcir rumores. Siempre que puede habla mal de los demás. Es de ese tipo de personas que si uno oculta un diamante en medio de un montón de desperdicios, lo único que ve son los desperdicios. A todo le ve el pero y pocas cosas le parecen. Trabaja, pero dado que recibe la protección de su empleador, no se le puede pedir gran cosa. No suele esforzarse para hacer más de lo que usualmente hace que es ir a entregar documentos a otras oficinas. Ya no le interesa estudiar ni aprender nada más y su tiempo lo ocupa sólo para sí misma. Cada vez que uno le da la espalda comienza su crítica destructiva: que si uno llegó tarde, que si está mal vestido, etcétera. En el trabajo cumple las funciones de reloj de oficina y si alguien llega tarde, no para en sus críticas hasta destrozar al prójimo, sin detenerse a pensar si acaso los hijos se enfermaron o si la esposa falleció y por eso no se pudo ser puntual. Constantemente pide permisos para ausentarse y se los conceden, porque al final de cuentas, la mayor parte del tiempo es tan útil como una planta y tan agradable como un ogro. Eso sí, a Dios no se lo quita nadie de la boca. Es de esas personas que, como dice el dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”, sólo que esto último lo aplica en el sentido literal.

Junio 3 de 2015

lunes, 11 de mayo de 2015

Cuento: El científico


Por Javier Brown César

Se preguntarán qué hace un renacuajo inmundo como yo "gozando de la vida" en algún lugar de la Riviera Maya, cuyo nombre no puedo ni siquiera pronunciar. Un tipo sin ningún atractivo, bajito, con lentes, de apariencia repugnante, que nunca tuvo novias y que todos pisoteaban en la escuela, como vil escupitajo, está en el paraíso, mientras que la mayor parte de la humanidad sufre y padece. ¿Cómo es posible que esté rodeado de bellezas de todas las nacionalidades que hacen lo que les pida con tal de ganarse mis favores y que saben que si me disgusto con ellas, dejarán de ser parte de mi selecto círculo de amistades? ¿Cómo es posible que hombres mucho más altos, musculosos y "bien parecidos" tengan que estar solos en la playa en busca de una conquista efímera mientras que yo estoy rodeado de mujeres de indescriptible belleza y dispuestas a "todo" con tal de agradarme? Tengo a mi servicio todo un hotel, simple y sencillamente porque el hotel es mío. ¿Qué hice para merecer todo esto?

Soy un científico prominente, una de las grandes mentes del milenio, y el único creador de uno de los remedios más esperados de todos los tiempos. Durante años experimenté con múltiples virus y vacunas hasta que al final, logré aislar y contrarrestar el virus del resfriado. Sí, el molesto virus que causa tanto sufrimiento a miles de millones de personas cada año, que provoca dolores de cabeza, calambres, intenso flujo nasal, estornudos incontrolables, tos pertinaz, problemas estomacales, fiebres intensas y malestares insoportables. En mi laboratorio aislé la vacuna y anuncié el descubrimiento en un congreso local. Iba a registrar la patente cuando se me acercó un grupo de sujetos vestidos de gris y que me ofrecieron cuatro billones de dólares por la vacuna… ¡cuatro billones! Y se las vendí.

Mi vacuna habría terminado con el negocio de antigripales, analgésicos, antihistamínicos, vitaminas, médicos, tes, menjurjes, laboratorios e innumerables recetas y remedios contra la gripe normal, así como con el sufrimiento de incontables seres humanos; pero nunca se comercializó. Y ahora nada, nada impide que una vez que el virus radique en el cuerpo de un ser humano, cause los estrategos de siempre. Todos los "remedios" lo único que hacen es inhibir los síntomas, paliar el dolor, en fin, "atontar" al sistema nervioso central, pero el virus triunfa en todo lo alto y nadie lo puede evitar. ¿Qué lo que hice es inmoral? No me importa, porque gracias a tu resfriado soy millonario. ¿Y sabes? Pude evitar tu dolor, pero te burlaste de mí y me insultaste, humillaste y heriste. Y ahora ¿quién es el ganador? Al final de cuentas, cuatro billones de dólares es una cantidad de dinero tan grande que sería capaz darle a cada ser humano un poco de mi dinero… El que ríe al último ríe mejor. Soy egoísta y déspota, por lo que prefiero que la rubia que está cerca de mí me alabe por mi "hermosura" antes que remediar tus males. Al final de cuentas todo se reduce a negocio ¿No lo crees?
 

Mayo 11 de 2015

martes, 5 de mayo de 2015

Cuento: Mientras deliro


Por Javier Brown César

 
Estoy sentado en una banca con mesa anexa, que se parece a las que se ponen en lugares donde la gente pasa su día de campo, el mal llamado "pic nic". Estoy en un amplio patio y a mi izquierda están las habitaciones. En la banca de enfrente no hay nadie pero a mi lado hay un tipo gigantesco, con mandíbula prominente y cara de estúpido. Por alguna razón sé que este tipo es algo así como mi guardaespaldas. Esto parece un manicomio. El tipo se para, en realidad es enorme, mide más de dos metros de alto, me agarra como a un bebé y me carga a mi habitación. Estoy solo y duermo.

 
Despierto y estoy de nuevo en el patio, sé que no estoy loco y que las excrecencias que dicen que como son en realidad del gigante. El tipo se distrae y tiro con la cabeza el vaso de agua que sé que tiene alguna sustancia que me impide moverme y pensar. Pasan las horas y empiezo a pensar. Un par de mujeres que se han hecho pasar por mi madre y mi hermana me tienen aquí. En realidad no estoy loco, pero este es un manicomio especial, un lugar sin escapatoria. El gigante es mi guardián, ha sido comisionado para llevarme de la habitación al patio y para darme mi dosis diaria de alimento y somnífero.
 

Empiezo a reaccionar y a recordar, pero no me puedo mover. Hace tiempo recibí el premio nacional de ciencias por mis importantes contribuciones en el ámbito de la biopolítica. Me acompañaba la que sé que es mi esposa y a la que no he visto desde hace mucho tiempo, no sé cuanto. Empiezo a recordar y las ideas llegan a mi mente: descubrí la existencia de un gen que está presente en la mayor parte de la humanidad y que produce una condición parecida a lo que se denomina trisomía 21, con la gran diferencia de que esta última condición tiene rasgos fácilmente identificables. El gen, al que denominé omega está presente en un altísimo porcentaje en la humanidad, por lo que antes había pasado desapercibido. De hecho, la excepción a la regla es la no presencia del gen omega, pero esto sólo se da en un porcentaje marginal de los humanos. Omega es el causante de que los seres humanos digamos mentiras, asesinemos, robemos e incurramos en todo tipo de conductas que nos rebajan a niveles subhumanos, que nos "animalizan". Recuerdo haber postulado la constante de Burn según la cual, aunque se dé el mestizaje o diversas combinaciones aleatorias, omega no está presente, a lo largo de la historia, en sólo el .001 por ciento de la humanidad. Omega es el gen del mal. Ahora recuerdo que gracias a este descubrimiento me hice acreedor al premio de ciencias.

 
¿Qué pasó después? Ahí viene el gigantón y me va a llevar a mi habitación para dormir. No sé si sueño o estoy despierto. Desde que existe la humanidad, aproximadamente hace un millón de años según mis cálculos, los que no poseían el gen omega, fueron quienes evitaron la destrucción del género humano. Después de milenios de evolución las primeras civilizaciones se erigieron lideradas por quienes no poseían el gen omega y quienes eran considerados como semi dioses o como descendientes directos de los dioses gracias a sus cualidades superiores. Pues bien, estas "cualidades" no eran otra cosa que la ausencia del gen omega, el gen del mal, presente en la mayor parte de la humanidad. Así se erigieron Sumeria, Asiria, Babilonia, Egipto, China, India y Mesoamérica. Algo pasó en Grecia cuando se inventó la democracia, porque seres que no poseían el gen omega como Platón y Aristóteles criticaron un sistema político que le daba a los poseedores del gen omega un enorme poder. El filósofo de Atenas y el filosofo de Estagira sabían que Grecia caería por obra de la democracia y así fue. Este caso es tal vez uno de los primeros documentados en que la civilización cedió a la barbarie. En sus tiempos, Alejandro Magno y mucho después Napoleón lucharon para evitar que el poder lo tomaran quienes poseían el gen del mal, al primero lo asesinaron y al segundo lo recluyeron de tal forma que sólo podía aplicar sus geniales ideas jugando al ajedrez.

 
Y así, Europa fue colonizada por el gen del mal y también América y llegó la democracia y con ella se le dio poder a quienes poseían el gen del mal para robar, asesinar y ultrajar y se garantizó que mayorías poseedoras del gen del mal mantuvieran en el poder a los usurpadores, mediante el sufragio "universal". Desde esa terrible derrota, quienes no poseen el gen omega, han sido los grandes científicos, estadistas, inventores, filósofos, literatos y músicos, que siempre se han visto relegados y no han tenido ni los recursos económicos ni el poder para influir en el destino del mundo. Así, personas como Einstein, Bohr, los Curie, Gandhi, Heidegger, Wittgenstein, Mistral, Borges, Stravinsky y Heifetz han vivido a la sombra de poseedores del gen del mal y no han podido hacer nada para evitar la debacle que actualmente se vive. Si los destinos del mundo siguen siendo guiados por los poseedores del gen omega, la humanidad, en lugar de evolucionar, involucionará hasta autodestruirse.

 
Debemos reinventar a la humanidad para salvarla de su propia decadencia. Desde la ilustración nos desvivimos por los niños prodigio sin darnos cuenta de la existencia de jóvenes, adultos y ancianos prodigio. La genialidad no conoce edad y eclosiona de forma repentina en diversas fases de la vida, pero siempre viene precedida por la ausencia del gen omega. Desde el siglo XX inventamos al niño para educar al futuro trabajador, no para edificar al gobernante. Desgraciadamente protegemos al niño que hoy no tiene el gen omega para que pueda ser hábilmente explotado el día de mañana. Los hijos de los que ahora controlan los destinos de la humanidad ya están protegidos por una esfera de confort, lujo, educación privada, seguridad y salud, y así ha sido históricamente; ellos son quienes poseen el gen del mal. Quienes nos gobiernan salen de una "clase" predeterminada de gentes que poseen el gen omega y que se caracterizan por su intrínseca corrupción, son reclutados de entre: los empresarios corruptos dedicados a la construcción, el petróleo, la banca, los seguros, las manufacturas y los servicios; los políticos de siempre que han hecho su fortuna de forma dinástica; y las mafias emergentes dedicadas a la basura, la prostitución, el tráfico y trasiego de drogas y otras actividades ilícitas por conveniencia. La mayor parte de la humanidad nacerá para ser carne de cañón en las guerras, material humano para las fábricas y víctimas inocentes de los poseedores del gen del mal.
 

Ahí viene el gigante y está enojado. Se dio cuenta que tiré el líquido y ahora me rodea con sus brazos enormes, me lleva de nuevo a la banca y me hace beber de ese líquido que atrofia la mente y las articulaciones. Sé que si no bebo me liberaré, pero no puedo impedirlo.

 

Mayo 5 de 2015

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuento: El vividor


Por Javier Brown César

 
… era uno de esos seres nacidos para ganarse la voluntad de los demás sin esfuerzo. Agatha Christie

 
"Nació para ser un vividor. Desde la cuna, fue uno de esos humanos privilegiados a los que el destino premió con el don del carisma". Esto me lo decía una de las tantas mujeres que se habían enamorado perdidamente de él. Ella le había dado todo tipo de lujos y comodidades a cambio de su compañía pero cuando se vio ante severos apuros económicos, él la abandonó. Así había hecho con muchas mujeres. Vivía de su dinero hasta que las hartaba o hasta que les exprimía el último centavo. Como fruto de sus aventuras tenía un amplio departamento, un automóvil de lujo y algunos trajes de diseñador, pero nada más. Se presentaba impecablemente vestido a cuanto evento social podía colarse e impresionaba a todos con su elegancia y su vana palabrería. En realidad no era una persona culta, pero había memorizado trozos de novelas, de obras de filosofía y poesías, con los que impresionaba a las damas, quienes caían rendidas ante él, porque además, era un auténtico adonis.

 
En los últimos tiempos se dedicaba a ir a las presentaciones de libros y a las inauguraciones de exposiciones donde se ofrecían bocadillos y vino, y así, se la pasaba a la caza de cuanto evento podía proporcionarle un agradable ágape. A veces tenía suerte y escapaba con alguna dama de sociedad, pero la crisis también estaba afectando su modus vivendi. Un día me lo encontré en la presentación del más reciente libro de Arturo Pérez Reverte y después de la mesa redonda en la que se habló de la vida del escritor, de sus tiempos como reportero de guerra y de su gusto por la navegación y los perros, me le acerqué llenó de asco por su modo de vida, y lo increpé directamente: "eres sólo un vividor que no está dispuesto a hacer nada por nadie, que sólo mira por su propio interés, que cree que amar es perorar y hablar, pero que no es capaz de mover un dedo para ayudar a nadie".

 
Entonces el me respondió: ¿No sientes, de vez en cuando, la sensación de que no puedes hacer lo que quieras con tu vida, de que tus talentos no se pueden desarrollar, de que no puedes hacer uso de tu tiempo libre para ti mismo, de que todo el tiempo alguien te quita lo más valioso que tienes, que es tu vida? ¿Cuánta realeza inútil se pavonea por las revistas, que no ha aportado gran cosa a la humanidad, salvo su frivolidad y su despilfarro? ¿Cuán pocos ejemplos como Marco Aurelio son la excepción a la probada inutilidad de la clase gobernante, que en lugar de talento, desborda astucia, y que es incapaz de aportar grandes creaciones como obras de arte, sinfonías o libros memorables? Esta clase se ha caracterizado por dilapidar fortunas, atropellar derechos, producir cinturones de miseria y dejar en el hambre a millones. Para ellos debería haber un castigo inflexible: un infierno en el que tengan que ver todos los días los rostros contritos de las personas que por su culpa padecieron dolor, miseria y abandono.

 
Somos controlados por poderes anónimos, sin rostro, que ven sin ser vistos y que juzgan sin ser juzgados, que te incitan a desear las cosas que no necesitas, te hacen comprar cosas que no sirven; te venden aparatos sofisticados que duran poco y que te obligan a comprar otra vez lo mismo. te invitan a endeudarte durante toda tu vida para hacerte de lujos superfluos; te hacen trabajar para la gran maquinaria y al final, cuando ya no sirves, te desechan como cualquier pedazo de basura. Naces bajo el cómodo abrazo de instituciones que al final, cuando eres viejo, te regurgitan al humus elemental del que saliste y del que desearías nunca haber salido; te venden sueños que nunca podrás alcanzar sólo para frustrar tus esperanzas, para hacer sufrir a tus seres queridos, para dilapidar miserablemente el tiempo de tu vida.
 

La historia de la humanidad es la de las minorías dominando a las mayorías. Antes, era la fuerza bruta la que prevalecía, cuando ser fuerte valía, pero después los débiles aprendieron a dominar a los más fuertes con mucha astucia. Luego, fue el dinero el que logró consolidar la dominación. Estos que dominan crean las leyes y las instituciones infranqueables que mantienen la cruel lógica de dominación, y como los que hacen las leyes son los que se benefician de ellas, las cosas no cambian. Ahora, es la pericia técnica, la habilidad jurídica para encontrar los vericuetos de leyes cada vez más complejas y la pericia contable para evadir impuestos, lo que permite la acumulación de dinero y poder en manos de unos pocos. Y usted me viene  con el cuento de que soy un, ¿cómo dice?, "vividor". No señor, las cosas no son como usted las piensa. Para usted la filosofía moral, que en el fondo no es otra cosa que una larga e inútil perorara sobre el bien y la virtud, es la que dicta las reglas del mundo, pero no. Todos los grandes filósofos morales, desde Platón y Aristóteles, hasta Kant pasando desde luego, por Santo Tomás de Aquino, se han empeñado en hablar del bien. Pero el bien es una extravagancia, una ocurrencia ocasional, una realidad eventual, una improbabilidad espectacular. En realidad el mal es la tónica de nuestro tiempo y lo ha sido siempre, desde que la humanidad tiene conciencia de sí misma. Por ello, y paradójicamente, la auténtica filosofía moral es la que escribieron inmoralistas como La Rochefoucauld o Nietzsche, ellos sí sabían de lo que hablaban porque lo que manda en el mundo es la maldad. Yo sólo estoy ubicado en un eje del menor mal en que vivo de los demás, soy como un vampiro benevolente que se beneficia de lo que está bola de crápulas que son parte de las clases dirigentes nos dejan a los demás. Como afirmó la gran Agatha Christie en The AB.C. Murders: "El ser humano es algo nauseabundo". Y yo, me empeño día a día en ser el menos nauseabundo de esta raza infame, de esta humanidad que es la más abominable bestia que ha engendrado la naturaleza.

 

Después de estos argumentos del vividor no pude decir nada más.

 

Mayo 3 de 2015

jueves, 16 de abril de 2015

Cuento: La teoría del amor de Juan Donnt

Por Javier Brown César

Juan predicaba en los jardines universitarios por lo menos una vez a la semana. Tenía algunos fieles seguidores que creían y apoyaban sus ideas, entre los que me encontraba yo. Su teoría del amor tenía un poder de seducción innegable, por lo que me atrevo a transcribir sus principales tesis, como un sentido homenaje a quien cambió para siempre mi visión de las relaciones humanas.

Juan Donnt estaba convencido de que el amor no es un sentimiento, ni una pasión, sino una acción o más bien, un conjunto articulado de acciones decididas para transformar, de alguna forma, la realidad, haciéndola más bella, noble, ordenada, armoniosa, justa y unida. Decía que a veces se confunde el amor con un sentimiento porque sus efectos tienen ciertas repercusiones fisiológicas; de forma similar a cuando se hace ejercicio y al final de un esfuerzo máximo se siente una intensa gratificación, también así sucede cuando uno hace algo noble por los demás, que es una de las tantas expresiones del amor.

El amor y el enamoramiento son cosas muy diferentes. El enamoramiento es una locura momentánea, un arrebato temporal que puede terminar de forma abrupta en decepción y depresión. Una causa frecuente del enamoramiento es lo que se suele llamar “atracción física”, que lleva a que la persona se siente atraída por otra desde un inicio por alguna cualidad física e incluso como resultado de reacciones químicas que no somos capaces de descubrir, porque no conocemos bien sus señales. Esta atracción inicial, cuando se acompaña de algún factor de evocación o de atracción, como puede ser el recuerdo del padre o una simple palabra o gesto puede causar esa locura temporal que es el enamoramiento.

El amor tampoco se debe confundir con el deseo sexual, cuyas bases son los instintos que compartimos con los animales superiores. Este deseo ardiente, una vez satisfecho se extingue, no dura. En ocasiones el deseo sexual mueve al ansia de conquista y al delirio que acompaña toda hazaña, pero una vez conquistada la meta, se desactiva.

Ya desde Platón se sabe que se suele amar aquello que uno percibe como bello, pero la belleza es relativa y depende tanto de la época como del lugar. Lo que es un hecho es que todo lo que es bello tiene cierta proporción y armonía que hace que agrade a la vista. A veces la belleza causa pasmo o estupidez, por eso es peligrosa, tanto para quien la contempla, como para quien la porta.

Amar es hacer algo por alguien más, darle lo mejor de uno mismo, como nuestro tiempo, nuestras caricias, nuestras mejores palabras, nuestros más queridos pensamientos, nuestro conocimiento. Amar es buscar el bien del otro, pero para esto es necesario conocer qué puede ser bueno para otras personas, porque a veces se hace mucho daño pretendiendo hacer el bien sin conocimiento adecuado.
En este mundo mercantilizado prevalece la idea falaz y ridícula de que amar es dar cosas a los demás. Pero las cosas sólo generan relaciones de esclavitud. Es absurdo pensar que entre más costoso es el regalo más grande es el amor, no hay proporción entre una cosa y otra y al contrario, a veces el vacío de amor es cubierto con la abundancia de cosas.

Hoy la cultura del odio ha derrotado a la del amor. Cuatro son las causas principales del odio en nuestra civilización: el sexo, el poder, el dinero y las ideas. Aunque quizá la causa más común del odio es, además de las cuatro que he mencionado, la falta de amor a uno mismo o la incapacidad para amarnos. Vivimos en un mundo en el que no se aprende el amor porque las personas no crecen amándose a sí mismas: pierden el tiempo miserablemente sin poder compenetrarse de sí mismas, sin conocerse a sí mismas y sin dedicar tiempo al auténtico cuidado de uno mismo, que no es el vano maquillarse, sino el cultivo de la inteligencia y el espíritu, la realización de ejercicio adecuado y la alimentación suficiente y nutritiva.

Las ideas son causas principales de las guerras y el genocidio. Quienes se creen poseedores de la verdad pretenden excluir a otros con base en sus ideologías y con ello buscan segregar, y en el extremo, exterminar a quienes se atreven a pensar diferente.

En una sociedad mercantilizada el dinero es la causa más común de las desavenencias, la codicia produce resentimiento, la avaricia engendra mezquindad y la acumulación ilimitada de riquezas materiales produce odio ilimitado. Un mundo en el que los ricos tienen demasiado y los pobres tienen muy poco es además de injusto, insostenible.

El poder y la lucha desmedida por cada vez tener más son fuentes permanentes del odio y la confrontación. Inclusive quienes ambicionan el poder son capaces de asesinar, como lo sabemos gracias a historias que datan de hace miles de años.

Por último, el sexo también puede ser motivo de odio, ya que paradójicamente es posible que se dé el sexo sin amor, así como el amor sin el sexo. A veces se llega al extremo de matar a una persona para evitar que sea poseída por otra.

En fin, el amor es tan poco común como la bondad, por lo que a veces uno se cuestiona si no será mejor hablar del odio y de la maldad, porque ambos son los motores que parecen mover a esta humanidad convulsionada que en lugar de evolucionar, parece que cada vez retrocede más y más.

Abril 16 de 2015


jueves, 12 de marzo de 2015

Cuento: El gran padrino

El Estado es el gran padrino. Esta era la tesis fundamental de mi profesor de filosofía política. No voy a decir su nombre por temor a mancillar su memoria, porque sus ideas rayaban en el más crudo anarquismo. Tengo cuadernos llenos de notas de sus clases y grabaciones de largos monólogos que dejaban a todos pasmados e inmóviles en sus asientos. Como dijo algún gran pensador, toda filosofía se basa en una sola idea y la tesis del Estado como el gran padrino era la idea del profesor. Supe que murió hace unos días de forma un tanto extraña, así que en homenaje a él transcribo sus tesis principales.

Una de las más grandes aberraciones que ha parido el género humano es el Estado, un monstruo abominable que devora a sus hijos como el Saturno de Goya. Este ser infecto se ha constituido en el gran jefe de todas las mafias, en el gran padrino que encabeza las mafias sindicales y patronales; las que administran cárceles, talleres y escuelas; las que proveen agua y alumbrado; las que recolectan basura y ordenan mercados; las que regentean prostitutas y prostitutos, las que distribuyen droga y piratería; en el líder de la delincuencia clandestina y abierta, así como de quienes deberían darnos seguridad.

Esta aberración humana, este Frankenstein, es a la vez el Estado policía que paradójicamente reprime con singular violencia a quienes lo sostienen con sus tributos; es el educador que fraudulentamente toma a nuestros hijos con la promesa de hacer de ellos mejores ciudadanos y trabajadores y los arroja a un mercado laboral que ofrece trabajos miserables; es el cobrador de impuestos que impone a todos tributos a cambio de los cuales devuelve bienes y servicios de pésima calidad; es el que envía al transporte público subterráneo a los pobres y construye vialidades en las alturas para los lujosos autos de los más pudientes; es el Estado restrictivo que limita nuestras libertades de forma arbitraria y que constantemente está pariendo leyes que cada vez se meten más en nuestras vidas privadas y en nuestras familias restándonos autonomía; es el regulador que controla todas las actividades, privatizando los beneficios y socializando los costos.

Este ser vituperable es el promotor de la mercantilización generalizada de la vida cotidiana, que convierte todo en mercancía intercambiable y que invierte los valores al lograr que valga más el tener que el ser; es el constructor de la trivialización de todo lo humano, de la vulgarización ilimitada de la existencia, de la depauperación arbitraria de gentes talentosas; es el creador de la pérdida de sentido de nuestras vidas, el productor de una cultura superficial y absurda; es el ente que le quitó al deporte, su capacidad expresiva como logro del género humano, para convertirlo en un negocio miserable, en el que ganan unos pocos y pierden los más.

Esta construcción desastrosa es la que ha invertido todos los valores, encumbrando a espíritus malignos, mezquinos, egoístas y mediocres y sepultando los anhelos de personas talentosas; es el que ha convertido nuestra vida en un circo y nuestra diversión en una telenovela barata; es el que nos ha ofrecido productos que acaban con nuestra salud y con nuestro medio ambiente; es el creador de amplios cinturones de miseria que rodean las ciudades y amenazan de forma permanente con hacer que la paz basada en la coexistencia de ricos y miserables, se convierta en una guerra de todos contra todos. Este gran padrino nos ha quitado nuestros sueños y limitado nuestros proyectos, nos ha hecho perder la esperanza y nos hace ver el futuro con enorme pesimismo.

¿Acaso la alternativa es el buen salvaje de Rousseau? ¿Y qué pasaría con la tesis de Hobbes, del homo homini lupus, en un Estado de naturaleza absolutamente brutal? ¿Sin este gran padrino nos convertiremos acaso en peores bestias de las que ya somos? ¿Pudo este ser bestial evitar que millones de personas murieran en el siglo pasado y en lo que va de este? ¿Acaso se justifica su existencia cuando ha sido incapaz de proteger la vida y el patrimonio de quienes le han cedido su poder de decidir y de actuar, así como su autonomía y sus libertades? Yo no sé ustedes, pero a mí me dan ganas de darme un tiro.


Marzo 12 de 2015

lunes, 16 de febrero de 2015

Cuento: Escuela de Mendigos

Por Javier Brown César

Un buen día me vi en la calle, sin otra alternativa que la que me propuso mi jefe anterior: vaya buscando otro empleo. Y eso hice durante días, semanas y meses, consumiendo mis escasos ahorros y vendiendo mis limitados bienes, yendo de una entrevista de trabajo a la otra, hasta que me quedé sin un centavo en la bolsa, con mi título universitario en la mano y con un hambre de la fregada en el estómago.

No sabía qué hacer y más cuando un mendigo andrajoso del que sentí una lástima inenarrable me pidió una limosna con voz lastimera y ojos suplicantes. Y entonces se hizo la luz, si un universitario no podía conseguir empleo en este país sin oportunidades y si la vía de la ilegalidad tenía como fin la cárcel, la solución sería la mendicidad obligada. Comencé a pedir dinero hasta que caí en la cuenta de que a mis años, y con mi porte, me seguía quedando con hambre y en la calle, así que decidí consultar a un experto. José era su nombre y en su vida se había dedicado a enseñar a las personas a ser mendigos. Estás demente –me dijo- no hay nada en ti para que la gente sienta lástima, porque el primer principio de la mendicidad es que debes causar lástima y entre más mejor, porque las personas que pasan cerca de un mendigo le dan dinero para evitar verse en el espejo de sus propias miserias o por la profunda culpa que les ocasiona su vida vil y crapulosa. Así que si estás seguro tendrás que tomar medidas drásticas. Como yo estaba convencido de mi destino, gracias al rayo de luz que me iluminó, asentí y entonces José me planteó las posibilidades: cojo con muletas, cojo en silla de ruedas, sin brazos, ciego o tullido, mugroso y alcohólico. Entonces decidí que lo mejor era la ceguera, para evitar mutilaciones riesgosas para mi vida, porque siempre he sido un egoísta aferrado a mí mismo. Entonces –dijo José- si quieres tener éxito en un país como el nuestro donde la mendicidad es un modus vivendi y no una vocación, te tendremos que convertir en un ciego y para ello el método seguro es el del fierro ardiendo en los ojos, sólo así podrá ser ceguera auténtica, porque yo no enseño a simular la pobreza y la falta de órganos. Asentí y José me dijo: te alcoholizaremos hasta perderte en un sueño profundo del que despertarás ciego, pero además te desfiguraremos para envejecerte. Si decides hacerlo así no hay vuelta atrás, por lo que si llegas a mi casa hoy a las 10 de la noche sabré que tendremos un nuevo mendigo en la ciudad. Así lo hice y entonces comencé a beber hasta perder la conciencia.

Al día siguiente desperté adolorido a la penumbra eterna y comenzó mi entrenamiento en la Escuela de Mendigos. Las primeras semanas fueron indescriptibles. Al principio y para no morir de hambre tenía que alimentarme con papillas, como bebé, ya que me habían dejado sin dientes y además no podía oler lo que comía porque tenía la nariz desecha. El dolor fue cediendo gradualmente entre alcohol y papillas mientras se me enseñaba lo básico: lo primero es que uno queda sujeto a una relación de servidumbre teniendo que pagar a la Escuela y a las autoridades de la ciudad cuotas fijas diarias, lo que dejaría un pequeño margen de ganancia suficiente para no morir de hambre y para vivir en las calles; hay que saber pedir y para ello la voz es fundamental, ya que la entonación tiene que ser lastimera y dolida, pero sin llegar al extremo, y hay que crear una consigna para recibir dinero, no sirviendo ya cosas como “ayude a este pobre ciego”, que es muy trillada, así que desarrollé en esos tiempos “libres” varias consignas que no puedo revelar porque garantizaron mi subsistencia en los primeros días; la ropa y la apariencia son fundamentales, hay que ir andrajoso pero no apestoso, ya que los malos olores ahuyentan a la gente y hay que dejarse la barba y el bigote desaliñados y sucios pero no tanto como parecer malandrín, porque esto también ahuyenta a la gente. Y así pasaron los días mientras aprendía a identificar los sonidos que anunciaban un peligro potencial y a aguzar mis restantes sentidos.

No cabe duda de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido. Ya sin vista te vuelves dependiente total del oído, el tacto y el olfato, en ese orden. El oído se aguza necesariamente porque todo lo que uno percibe de forma inmaterial y en un rango de distancia extenso son ruidos: personas, autos y otros vehículos, radios y televisiones, entonces la ciudad se nos aparece como una inmensa amalgama de sonidos en muchas ocasiones caóticos, que uno se va acostumbrando a organizar en el espacio mental, porque el espacio deja de ser percibido como algo externo para convertirse en una construcción de la imaginación. Los metros y centímetros dejan de tener sentido pero nuevas categorías lo comienzan a adquirir, y así el cerca-lejos y el amenazante o no amenazante son cruciales para quien no ve.

El bastón blanco, que antes se llamaba tiento y que es el palo de los ciegos, se convierte en el instrumento privilegiado del tacto, en una especie de extremidad ampliada que permite saber qué hay delante de uno y aunque es prácticamente infalible, uno se puede llegar a equivocar si hay un obstáculo que en lugar de estar soportado por el piso cuelga de algo, como me llegó a suceder con un cartel que estaba a mitad de una banqueta y que colgaba de una marquesina, pero eso fue algo excepcional. Llega también una nueva percepción del tiempo: la vida se vuelve más pausada y el tiempo se hace todavía más relativo, difícilmente se pueden tener prisas porque no hay manera de ir al ritmo de los demás, hay que caminar despacio con el bastón blanco describiendo un arco de aproximadamente una pulgada más que el propio cuerpo, moviendo solo los dedos y la muñeca, para formar un mapa mental de los obstáculos y del tipo de superficie sobre la que uno está. En esto de la caminada hay que ir lento porque si bien es fácil detectar cuando se está enfrente a unos escalones que suben, cuando los escalones bajan la punta del bastón se hunde drásticamente, literalmente se pierde el piso y no sabe uno si está ante un abismo o ante escaleras. Después de cerca de medio año de aprender a utilizar el bastón blanco pude salir a todas partes para mendigar libremente. Todo lo que había aprendido me era extremadamente útil para mi nueva vida. Al día recibía una importante cantidad de dinero. Lo problemático siempre fue cuando me daban billetes, que yo suponía eran de baja denominación, hasta que un día pagando unos tacos doña Lupe -que era una señora bien honrada que desafortunadamente pasó a mejor vida cuando su marido la mató a golpes por serle infiel- me hizo ver que le estaba pagando con un billete de cincuenta pesos, por lo que desde ese entonces voy al banco y cambio algunos billetes por otros de fácil identificación al tacto.


Desde que salí a las calles a mendigar hasta el día de hoy han pasado más de veinte años y mis canas y arrugas reales me han ayudado a tener cada vez más ganancias. No me puedo quejar, me va mucho mejor que cuando trabajaba en una oficina y además de que soy libre, en una mañana gano lo que antes ganaba en una semana. Como bien y vivo en un buen lugar. No me cabe la menor duda que las cosas que más extraño, además de las formas y las figuras que nos descubre la vista, son la posibilidad de correr libremente y de ver el sol de un nuevo día, porque sólo sé que amaneció por el calor que siento en la cara. También extraño los colores y los rostros que ahora sólo puedo tocar y las formas que ya no puedo ver… como dije antes, uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.

Febrero 16 de 2005

lunes, 9 de febrero de 2015

Cuento: Traidor a la Patria

Por Javier Brown César

Queda también prohibida la pena de muerte por delitos políticos, y en cuanto a los demás, sólo podrá imponerse al traidor a la Patria en guerra extranjera, al parricida, al homicida con alevosía, premeditación y ventaja, al incendiario, al plagiario, al salteador de caminos, al pirata y a los reos de delitos graves del orden militar.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos promulgada el 5 de febrero de 1917

Hace varios años que me desvelo hurgando en el pasado familiar para tratar de desentrañar quién soy y por qué soy como soy. Alguien me dijo hace tiempo que si quería conocer con certeza meridiana mi misión en la tierra, debía indagar en las vocaciones, historias y andanzas de mis antepasados, para no repetir sus errores, para aprender de sus aciertos y comprender las razones por las que tengo ciertas habilidades particulares. Inquiriendo durante años en archivos y entrevistando a familiares y personas ya muy mayores llegué a conocer mejor mi pasado. De todas las historias que escuché no hay ninguna más perturbadora que la de mi tatarabuelo Don José Guajardo, un norteño de Parral que su Patria olvidó porque era un tipo con ideas abiertamente descabelladas.

Don José es lo que podríamos considerar un mexicano ingrato, un traidor a la Patria. Gracias a mis investigaciones pude saber que mi infame ancestro conoció a un tal Lorenzo de Zavala, defensor del pensamiento liberal y ávido promotor de los gringos, que aprendió por sí mismo el idioma inglés, visitó los Estados Unidos y escribió un panegírico sobre el vecino del norte en el que ensalzaba su talante laborioso, reflexivo, libre y perseverante. Supe que mi antepasado siguió a los gringos en sus campañas militares desde las batallas de Palo Alto y Resaca, Buenavista, hasta la de Molino del Rey, el ataque a la Casa Mata y la victoria en Chapultepec, y que consideró que el día más importante en la historia de nuestro país fue cuando la bandera de las barras y las estrellas fue izada en el Zócalo de la ciudad en la mañana del 14 de septiembre de 1847. Lo que pasaría después de ese acontecimiento que humilló a sus compatriotas es confuso y nadie me ha podido dar razones de mi ancestro.

Don José Guajardo tenía la extraña convicción de que nuestro país estaba destinado a la prosperidad, con tal de que superara el cerrado nacionalismo de los conservadores y “abriera el corazón de sus hijos a la causa de los Estados Unidos del Norte de América”. En uno de sus primeros panfletos, titulado Sobre la conveniencia de un México protestante, Don José argumentaba en contra de dos prácticas recurrentes de la iglesia: la compra de indulgencias y la confesión; con respecto a las indulgencias decía: “ahora compramos un cachito de cielo a los curitas y de seguro mañana terminaremos comprando los favores de los políticos conservadores mientras no nos deshagamos de esa runfla de vividores y buenos para nada”; para la confesión no era menos lacónico: “si la confesión sólo sirve para limpiarnos la conciencia y seguir siendo los mismos rufianes de siempre mal servicio nos da esta práctica que nos va a llevar a ser un país de ladrones, pillastres y asesinos”. Más adelante escribía en tono exaltado: “hoy intermedian para que logremos la gracia de un dios que todos dicen amar, aunque traicionen a sus propios hermanos, y mañana seguramente crearán grupúsculos de vividores que intermediarán entre quienes nos ofrecen el cielo en la tierra y quienes padecen el infierno en la tierra”. En otro de sus lapidarios panfletos titulado Sobre las diferencias entre el norte y el sur mi ancestro contrastaba de manera abierta el temperamento y carácter de los pueblos ubicados a ambos lados del río Bravo: “mientras que los que viven al norte trabajan día y noche y acumulan riqueza, explotando a una naturaleza poco prolija e ingrata, nosotros que vivimos en jauja y que con estirar la mano gozamos de los generosos frutos de la tierra nos hemos convertido en una nación de palurdos, salvajes y holgazanes incapaces de hacer nada para extraer la verdadera riqueza de donde está que es en las entrañas mismas de esta tierra”. Sin duda su escrito polémico más radical es Sobre la conveniencia de ser todos Americanos del Norte en el que argumentaba a favor de adoptar el inglés como lengua nacional y de la ideología liberal como filosofía de vida para “deshacernos de los malos prejuicios inculcados por quienes tiene al pueblo sumido en la miseria y la ignorancia”.

No cabe duda que el tatarabuelo tenía ideas extrañas. Todavía hoy me pregunto qué hubiera pasado si sus sueños se hubieran vuelto realidad, entonces veo a los Estados Unidos y me pongo a temblar, pensando en Corea y Viet Nam, en el tío Sam y el pato Donald, y tanta plebe gringa llena de lana pero en su mayoría ignorantes, comparada con una Patria que no ha vivido una sola guerra desde la Revolución y con una raza pobre hasta los huesos, pero eso sí muy orgullosa y mayoritariamente ignorante.

Febrero 9 de 2015

jueves, 5 de febrero de 2015

Cuento: El reclutador

Por Javier Brown César

Desconfío de los mal llamados “head hunters” desde que un ex presidente, famoso por su evidente falta de inteligencia, confesó que armó su gabinete recurriendo a los servicios de las agencias de casa talentos. Un día tuve el extraño atrevimiento de considerarme un talento, y quién no pensaría así en un país en el que es un dato marginal y exótico para la estadística, la cantidad de personas que han dedicado más de 20 años de su vida a estudiar en instituciones de educación superior, que han sido beneficiadas con becas nacionales e internacionales y que tienen experiencia probada en el sector público y privado. Así que un buen día decidí enviar mi trayectoria de vida, que esto significa curriculum vitae, en nuestra amado idioma, a cuanta agencia de casa talentos encontré en la gran red mundial; también envié alguno que otro curriculum para postularme a empleos que requerían un perfil como el mío. Mi decepción fue mayúscula cuando sólo recibí la respuesta de una de estas mentadas agencias y de uno de los empleos que solicité; la agencia me decía algo así como: qué interesante trayectoria, lo tomaremos en cuenta cuando alguien busque un perfil extravagante como el suyo, y un esbirro del empleador me envió un comunicado en el que, palabras más palabras menos decía que almacenaría mi curriculum en el gabinete de talentos. Así que cuál sería mi sorpresa cuando el hombre me abordó repentinamente en mi trabajo. Sabía más cosas de mí que mi misma madre y tenía listo un contrato con todas las cláusulas de ley y un atractivo empleo que difícilmente podía negarme a aceptar. Entonces me di cuenta de que no era el único elegido, había un nutrido grupo de personas entre las que reconocí prestigiados académicos, reputados servidores públicos e intelectuales destacados. El reclutador era un hombre de unos sesenta años con barba bien cuidada, impecablemente vestido, y una notable calvicie que sólo le dejaba cabellos a ambos lados de la cabeza; por alguna razón me resultaba familiar, pero sin duda me inspiraba confianza: hablaba con soltura cuidando bien las palabras, lo que daba cuenta de una inteligencia sobresaliente, sus modales eran refinados y su apariencia impecable. Todas estas señales ahuyentaron de mi imaginación el fantasma de la duda y más cuando al leer el contrato me di cuenta de que no había letras pequeñas y todo era formal y jurídicamente correcto. Así que accedí y entonces trajo una constitución y protesté guardarla y hacerla guardar, así como las leyes que de ella emanan. Lo que más me asombró fue que ese gobierno en particular se cuidara de buscar a personas con experiencia, pericia y talento, a través de los servicios de un reclutador confiable y discreto. Era algo tan sorprendente que mi primer pensamiento fue que por primera vez en muchos años veía que alguien quería hacer bien las cosas… y lo primero que escuché fue la voz de mi esposa que decía: ¡niños!, ¡despiértense!, ¡es hora de ir a la escuela! Y entonces, desperté de mi sueño.

Febrero 5 de 2015

martes, 3 de febrero de 2015

Cuento: El Gremio

Por Javier Brown César

Debí haberlo sabido cuando el día en que se elegiría al nuevo jefe, a pesar de mi probada experiencia y lealtad, otro fue el afortunado. Desde entonces a la fecha, testimonié la aberrante arbitrariedad que se da cuando se nombra a quienes han de tener roles protagónicos y toman decisiones importantes. A pesar de ello terminé mis estudios con honores con el sueño de integrarme exitosamente al gremio, a cambio fui recibido con frialdad y miradas recelosas; sin embargo, todavía tenía la esperanza de que la disciplina, la honestidad y el trabajo eran condicionantes del éxito profesional y que tarde o temprano llegaría muy alto. Mi frustración fue mayúscula cuando descubrí el primer escándalo de corrupción, derivado del uso de recursos del gremio para apoyar la campaña personal de su dirigente y para renovar su parque vehicular; a cambio de mis denuncias tuve como recompensa la indiferencia, el desprecio e incluso la denostación. Jamás me hubiera imaginado que los profesionistas del gremio fueran capaces de solapar e incluso abrazar la causa de la corrupción, pero inquiriendo un poco más desentrañé una larga historia de abusos, corruptelas y encubrimiento: desvío de recursos de los agremiados para financiar viajes y lujos, deudas contraídas para pagar desmanes inagotables y jornadas de gula y lujuria, sobornos a funcionarios del gobierno para obtener concesiones, y un largo etcétera de aberraciones. Con el tiempo me di cuenta que los agremiados formaban una caterva de pillos mediocres y egoístas, que entre ellos se repartían los mejores cargos, las becas y los viajes y que impedían el libre acceso a posiciones de poder; controlaban elecciones, encubrían fraudes y exigían cuotas al margen de los estatutos del gremio. Debo decir que no soporté mucho tiempo la degeneración de mi profesión, degradada como la de todos aquéllos que en lugar de defender a las personas las defraudan y las condenan a la cárcel o de aquéllos que inventan un tumor para operar y para pagarse sus próximas vacaciones o de aquéllos que ayudan a evadir impuestos. Como podrá ver, esa es la razón por la que conduzco este taxi, a pesar de ser profesionista y tener una cédula profesional, que gustoso quemaría para olvidarme de todo lo que he visto que hacen quienes han convertido a los gremios en cuevas de bandidos. Por cierto… parece que ya podemos avanzar.


Febrero 3 de 2015