Un día mi madre me dijo que él era
una buena persona, porque no le había hecho ningún mal a nadie. Cierto. Pero
tampoco había hecho nada bueno por nadie. Era como una especie de figura
decorativa en una amplia galería de seres que, o habían causado daños
terribles, o habían sido tan buenos que merecían paraísos terrenales. La justificación
de la asepsia moral es posible entonces, con lo que se legitima plenamente la
existencia de aquéllos que no acarrean ningún mal, pero que tampoco producen
bien alguno. Seres neutrales, en fin, no equiparables a lindos perritos que el
mover la cola con fruición, concitan sonrisas y conmueven corazones; seres que,
más bien, son como plantas o figuras decorativas: su existencia es aséptica,
distante e intrascendente, como un viento que pasa sin mover las hojas de las
copas de los árboles, como una vida que transcurre sin dejar huella alguna en
sus semejantes. Este tipo de personas neutrales y distantes me recuerdan la
condena que Dante hace de aquellos ángeles que, ni fueron capaces de rebelarse
contra la divinidad, ni le fueron leales, y a los que el gran poeta estigmatizó
al denominarlos "coro odioso": quel cattivo coro de li angeli che
non furon ribelli, nè fur fedeli a Dio, ma per sè fuoro" (Infierno
III). No en balde estos seres banales no están en los cantos relativos al Paraíso,
sino al principio de la gran Comedia, en el Infierno.
Febrero 28 de 2017
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