jueves, 12 de marzo de 2015

Cuento: El gran padrino

El Estado es el gran padrino. Esta era la tesis fundamental de mi profesor de filosofía política. No voy a decir su nombre por temor a mancillar su memoria, porque sus ideas rayaban en el más crudo anarquismo. Tengo cuadernos llenos de notas de sus clases y grabaciones de largos monólogos que dejaban a todos pasmados e inmóviles en sus asientos. Como dijo algún gran pensador, toda filosofía se basa en una sola idea y la tesis del Estado como el gran padrino era la idea del profesor. Supe que murió hace unos días de forma un tanto extraña, así que en homenaje a él transcribo sus tesis principales.

Una de las más grandes aberraciones que ha parido el género humano es el Estado, un monstruo abominable que devora a sus hijos como el Saturno de Goya. Este ser infecto se ha constituido en el gran jefe de todas las mafias, en el gran padrino que encabeza las mafias sindicales y patronales; las que administran cárceles, talleres y escuelas; las que proveen agua y alumbrado; las que recolectan basura y ordenan mercados; las que regentean prostitutas y prostitutos, las que distribuyen droga y piratería; en el líder de la delincuencia clandestina y abierta, así como de quienes deberían darnos seguridad.

Esta aberración humana, este Frankenstein, es a la vez el Estado policía que paradójicamente reprime con singular violencia a quienes lo sostienen con sus tributos; es el educador que fraudulentamente toma a nuestros hijos con la promesa de hacer de ellos mejores ciudadanos y trabajadores y los arroja a un mercado laboral que ofrece trabajos miserables; es el cobrador de impuestos que impone a todos tributos a cambio de los cuales devuelve bienes y servicios de pésima calidad; es el que envía al transporte público subterráneo a los pobres y construye vialidades en las alturas para los lujosos autos de los más pudientes; es el Estado restrictivo que limita nuestras libertades de forma arbitraria y que constantemente está pariendo leyes que cada vez se meten más en nuestras vidas privadas y en nuestras familias restándonos autonomía; es el regulador que controla todas las actividades, privatizando los beneficios y socializando los costos.

Este ser vituperable es el promotor de la mercantilización generalizada de la vida cotidiana, que convierte todo en mercancía intercambiable y que invierte los valores al lograr que valga más el tener que el ser; es el constructor de la trivialización de todo lo humano, de la vulgarización ilimitada de la existencia, de la depauperación arbitraria de gentes talentosas; es el creador de la pérdida de sentido de nuestras vidas, el productor de una cultura superficial y absurda; es el ente que le quitó al deporte, su capacidad expresiva como logro del género humano, para convertirlo en un negocio miserable, en el que ganan unos pocos y pierden los más.

Esta construcción desastrosa es la que ha invertido todos los valores, encumbrando a espíritus malignos, mezquinos, egoístas y mediocres y sepultando los anhelos de personas talentosas; es el que ha convertido nuestra vida en un circo y nuestra diversión en una telenovela barata; es el que nos ha ofrecido productos que acaban con nuestra salud y con nuestro medio ambiente; es el creador de amplios cinturones de miseria que rodean las ciudades y amenazan de forma permanente con hacer que la paz basada en la coexistencia de ricos y miserables, se convierta en una guerra de todos contra todos. Este gran padrino nos ha quitado nuestros sueños y limitado nuestros proyectos, nos ha hecho perder la esperanza y nos hace ver el futuro con enorme pesimismo.

¿Acaso la alternativa es el buen salvaje de Rousseau? ¿Y qué pasaría con la tesis de Hobbes, del homo homini lupus, en un Estado de naturaleza absolutamente brutal? ¿Sin este gran padrino nos convertiremos acaso en peores bestias de las que ya somos? ¿Pudo este ser bestial evitar que millones de personas murieran en el siglo pasado y en lo que va de este? ¿Acaso se justifica su existencia cuando ha sido incapaz de proteger la vida y el patrimonio de quienes le han cedido su poder de decidir y de actuar, así como su autonomía y sus libertades? Yo no sé ustedes, pero a mí me dan ganas de darme un tiro.


Marzo 12 de 2015

lunes, 16 de febrero de 2015

Cuento: Escuela de Mendigos

Por Javier Brown César

Un buen día me vi en la calle, sin otra alternativa que la que me propuso mi jefe anterior: vaya buscando otro empleo. Y eso hice durante días, semanas y meses, consumiendo mis escasos ahorros y vendiendo mis limitados bienes, yendo de una entrevista de trabajo a la otra, hasta que me quedé sin un centavo en la bolsa, con mi título universitario en la mano y con un hambre de la fregada en el estómago.

No sabía qué hacer y más cuando un mendigo andrajoso del que sentí una lástima inenarrable me pidió una limosna con voz lastimera y ojos suplicantes. Y entonces se hizo la luz, si un universitario no podía conseguir empleo en este país sin oportunidades y si la vía de la ilegalidad tenía como fin la cárcel, la solución sería la mendicidad obligada. Comencé a pedir dinero hasta que caí en la cuenta de que a mis años, y con mi porte, me seguía quedando con hambre y en la calle, así que decidí consultar a un experto. José era su nombre y en su vida se había dedicado a enseñar a las personas a ser mendigos. Estás demente –me dijo- no hay nada en ti para que la gente sienta lástima, porque el primer principio de la mendicidad es que debes causar lástima y entre más mejor, porque las personas que pasan cerca de un mendigo le dan dinero para evitar verse en el espejo de sus propias miserias o por la profunda culpa que les ocasiona su vida vil y crapulosa. Así que si estás seguro tendrás que tomar medidas drásticas. Como yo estaba convencido de mi destino, gracias al rayo de luz que me iluminó, asentí y entonces José me planteó las posibilidades: cojo con muletas, cojo en silla de ruedas, sin brazos, ciego o tullido, mugroso y alcohólico. Entonces decidí que lo mejor era la ceguera, para evitar mutilaciones riesgosas para mi vida, porque siempre he sido un egoísta aferrado a mí mismo. Entonces –dijo José- si quieres tener éxito en un país como el nuestro donde la mendicidad es un modus vivendi y no una vocación, te tendremos que convertir en un ciego y para ello el método seguro es el del fierro ardiendo en los ojos, sólo así podrá ser ceguera auténtica, porque yo no enseño a simular la pobreza y la falta de órganos. Asentí y José me dijo: te alcoholizaremos hasta perderte en un sueño profundo del que despertarás ciego, pero además te desfiguraremos para envejecerte. Si decides hacerlo así no hay vuelta atrás, por lo que si llegas a mi casa hoy a las 10 de la noche sabré que tendremos un nuevo mendigo en la ciudad. Así lo hice y entonces comencé a beber hasta perder la conciencia.

Al día siguiente desperté adolorido a la penumbra eterna y comenzó mi entrenamiento en la Escuela de Mendigos. Las primeras semanas fueron indescriptibles. Al principio y para no morir de hambre tenía que alimentarme con papillas, como bebé, ya que me habían dejado sin dientes y además no podía oler lo que comía porque tenía la nariz desecha. El dolor fue cediendo gradualmente entre alcohol y papillas mientras se me enseñaba lo básico: lo primero es que uno queda sujeto a una relación de servidumbre teniendo que pagar a la Escuela y a las autoridades de la ciudad cuotas fijas diarias, lo que dejaría un pequeño margen de ganancia suficiente para no morir de hambre y para vivir en las calles; hay que saber pedir y para ello la voz es fundamental, ya que la entonación tiene que ser lastimera y dolida, pero sin llegar al extremo, y hay que crear una consigna para recibir dinero, no sirviendo ya cosas como “ayude a este pobre ciego”, que es muy trillada, así que desarrollé en esos tiempos “libres” varias consignas que no puedo revelar porque garantizaron mi subsistencia en los primeros días; la ropa y la apariencia son fundamentales, hay que ir andrajoso pero no apestoso, ya que los malos olores ahuyentan a la gente y hay que dejarse la barba y el bigote desaliñados y sucios pero no tanto como parecer malandrín, porque esto también ahuyenta a la gente. Y así pasaron los días mientras aprendía a identificar los sonidos que anunciaban un peligro potencial y a aguzar mis restantes sentidos.

No cabe duda de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido. Ya sin vista te vuelves dependiente total del oído, el tacto y el olfato, en ese orden. El oído se aguza necesariamente porque todo lo que uno percibe de forma inmaterial y en un rango de distancia extenso son ruidos: personas, autos y otros vehículos, radios y televisiones, entonces la ciudad se nos aparece como una inmensa amalgama de sonidos en muchas ocasiones caóticos, que uno se va acostumbrando a organizar en el espacio mental, porque el espacio deja de ser percibido como algo externo para convertirse en una construcción de la imaginación. Los metros y centímetros dejan de tener sentido pero nuevas categorías lo comienzan a adquirir, y así el cerca-lejos y el amenazante o no amenazante son cruciales para quien no ve.

El bastón blanco, que antes se llamaba tiento y que es el palo de los ciegos, se convierte en el instrumento privilegiado del tacto, en una especie de extremidad ampliada que permite saber qué hay delante de uno y aunque es prácticamente infalible, uno se puede llegar a equivocar si hay un obstáculo que en lugar de estar soportado por el piso cuelga de algo, como me llegó a suceder con un cartel que estaba a mitad de una banqueta y que colgaba de una marquesina, pero eso fue algo excepcional. Llega también una nueva percepción del tiempo: la vida se vuelve más pausada y el tiempo se hace todavía más relativo, difícilmente se pueden tener prisas porque no hay manera de ir al ritmo de los demás, hay que caminar despacio con el bastón blanco describiendo un arco de aproximadamente una pulgada más que el propio cuerpo, moviendo solo los dedos y la muñeca, para formar un mapa mental de los obstáculos y del tipo de superficie sobre la que uno está. En esto de la caminada hay que ir lento porque si bien es fácil detectar cuando se está enfrente a unos escalones que suben, cuando los escalones bajan la punta del bastón se hunde drásticamente, literalmente se pierde el piso y no sabe uno si está ante un abismo o ante escaleras. Después de cerca de medio año de aprender a utilizar el bastón blanco pude salir a todas partes para mendigar libremente. Todo lo que había aprendido me era extremadamente útil para mi nueva vida. Al día recibía una importante cantidad de dinero. Lo problemático siempre fue cuando me daban billetes, que yo suponía eran de baja denominación, hasta que un día pagando unos tacos doña Lupe -que era una señora bien honrada que desafortunadamente pasó a mejor vida cuando su marido la mató a golpes por serle infiel- me hizo ver que le estaba pagando con un billete de cincuenta pesos, por lo que desde ese entonces voy al banco y cambio algunos billetes por otros de fácil identificación al tacto.


Desde que salí a las calles a mendigar hasta el día de hoy han pasado más de veinte años y mis canas y arrugas reales me han ayudado a tener cada vez más ganancias. No me puedo quejar, me va mucho mejor que cuando trabajaba en una oficina y además de que soy libre, en una mañana gano lo que antes ganaba en una semana. Como bien y vivo en un buen lugar. No me cabe la menor duda que las cosas que más extraño, además de las formas y las figuras que nos descubre la vista, son la posibilidad de correr libremente y de ver el sol de un nuevo día, porque sólo sé que amaneció por el calor que siento en la cara. También extraño los colores y los rostros que ahora sólo puedo tocar y las formas que ya no puedo ver… como dije antes, uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.

Febrero 16 de 2005

lunes, 9 de febrero de 2015

Cuento: Traidor a la Patria

Por Javier Brown César

Queda también prohibida la pena de muerte por delitos políticos, y en cuanto a los demás, sólo podrá imponerse al traidor a la Patria en guerra extranjera, al parricida, al homicida con alevosía, premeditación y ventaja, al incendiario, al plagiario, al salteador de caminos, al pirata y a los reos de delitos graves del orden militar.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos promulgada el 5 de febrero de 1917

Hace varios años que me desvelo hurgando en el pasado familiar para tratar de desentrañar quién soy y por qué soy como soy. Alguien me dijo hace tiempo que si quería conocer con certeza meridiana mi misión en la tierra, debía indagar en las vocaciones, historias y andanzas de mis antepasados, para no repetir sus errores, para aprender de sus aciertos y comprender las razones por las que tengo ciertas habilidades particulares. Inquiriendo durante años en archivos y entrevistando a familiares y personas ya muy mayores llegué a conocer mejor mi pasado. De todas las historias que escuché no hay ninguna más perturbadora que la de mi tatarabuelo Don José Guajardo, un norteño de Parral que su Patria olvidó porque era un tipo con ideas abiertamente descabelladas.

Don José es lo que podríamos considerar un mexicano ingrato, un traidor a la Patria. Gracias a mis investigaciones pude saber que mi infame ancestro conoció a un tal Lorenzo de Zavala, defensor del pensamiento liberal y ávido promotor de los gringos, que aprendió por sí mismo el idioma inglés, visitó los Estados Unidos y escribió un panegírico sobre el vecino del norte en el que ensalzaba su talante laborioso, reflexivo, libre y perseverante. Supe que mi antepasado siguió a los gringos en sus campañas militares desde las batallas de Palo Alto y Resaca, Buenavista, hasta la de Molino del Rey, el ataque a la Casa Mata y la victoria en Chapultepec, y que consideró que el día más importante en la historia de nuestro país fue cuando la bandera de las barras y las estrellas fue izada en el Zócalo de la ciudad en la mañana del 14 de septiembre de 1847. Lo que pasaría después de ese acontecimiento que humilló a sus compatriotas es confuso y nadie me ha podido dar razones de mi ancestro.

Don José Guajardo tenía la extraña convicción de que nuestro país estaba destinado a la prosperidad, con tal de que superara el cerrado nacionalismo de los conservadores y “abriera el corazón de sus hijos a la causa de los Estados Unidos del Norte de América”. En uno de sus primeros panfletos, titulado Sobre la conveniencia de un México protestante, Don José argumentaba en contra de dos prácticas recurrentes de la iglesia: la compra de indulgencias y la confesión; con respecto a las indulgencias decía: “ahora compramos un cachito de cielo a los curitas y de seguro mañana terminaremos comprando los favores de los políticos conservadores mientras no nos deshagamos de esa runfla de vividores y buenos para nada”; para la confesión no era menos lacónico: “si la confesión sólo sirve para limpiarnos la conciencia y seguir siendo los mismos rufianes de siempre mal servicio nos da esta práctica que nos va a llevar a ser un país de ladrones, pillastres y asesinos”. Más adelante escribía en tono exaltado: “hoy intermedian para que logremos la gracia de un dios que todos dicen amar, aunque traicionen a sus propios hermanos, y mañana seguramente crearán grupúsculos de vividores que intermediarán entre quienes nos ofrecen el cielo en la tierra y quienes padecen el infierno en la tierra”. En otro de sus lapidarios panfletos titulado Sobre las diferencias entre el norte y el sur mi ancestro contrastaba de manera abierta el temperamento y carácter de los pueblos ubicados a ambos lados del río Bravo: “mientras que los que viven al norte trabajan día y noche y acumulan riqueza, explotando a una naturaleza poco prolija e ingrata, nosotros que vivimos en jauja y que con estirar la mano gozamos de los generosos frutos de la tierra nos hemos convertido en una nación de palurdos, salvajes y holgazanes incapaces de hacer nada para extraer la verdadera riqueza de donde está que es en las entrañas mismas de esta tierra”. Sin duda su escrito polémico más radical es Sobre la conveniencia de ser todos Americanos del Norte en el que argumentaba a favor de adoptar el inglés como lengua nacional y de la ideología liberal como filosofía de vida para “deshacernos de los malos prejuicios inculcados por quienes tiene al pueblo sumido en la miseria y la ignorancia”.

No cabe duda que el tatarabuelo tenía ideas extrañas. Todavía hoy me pregunto qué hubiera pasado si sus sueños se hubieran vuelto realidad, entonces veo a los Estados Unidos y me pongo a temblar, pensando en Corea y Viet Nam, en el tío Sam y el pato Donald, y tanta plebe gringa llena de lana pero en su mayoría ignorantes, comparada con una Patria que no ha vivido una sola guerra desde la Revolución y con una raza pobre hasta los huesos, pero eso sí muy orgullosa y mayoritariamente ignorante.

Febrero 9 de 2015

jueves, 5 de febrero de 2015

Cuento: El reclutador

Por Javier Brown César

Desconfío de los mal llamados “head hunters” desde que un ex presidente, famoso por su evidente falta de inteligencia, confesó que armó su gabinete recurriendo a los servicios de las agencias de casa talentos. Un día tuve el extraño atrevimiento de considerarme un talento, y quién no pensaría así en un país en el que es un dato marginal y exótico para la estadística, la cantidad de personas que han dedicado más de 20 años de su vida a estudiar en instituciones de educación superior, que han sido beneficiadas con becas nacionales e internacionales y que tienen experiencia probada en el sector público y privado. Así que un buen día decidí enviar mi trayectoria de vida, que esto significa curriculum vitae, en nuestra amado idioma, a cuanta agencia de casa talentos encontré en la gran red mundial; también envié alguno que otro curriculum para postularme a empleos que requerían un perfil como el mío. Mi decepción fue mayúscula cuando sólo recibí la respuesta de una de estas mentadas agencias y de uno de los empleos que solicité; la agencia me decía algo así como: qué interesante trayectoria, lo tomaremos en cuenta cuando alguien busque un perfil extravagante como el suyo, y un esbirro del empleador me envió un comunicado en el que, palabras más palabras menos decía que almacenaría mi curriculum en el gabinete de talentos. Así que cuál sería mi sorpresa cuando el hombre me abordó repentinamente en mi trabajo. Sabía más cosas de mí que mi misma madre y tenía listo un contrato con todas las cláusulas de ley y un atractivo empleo que difícilmente podía negarme a aceptar. Entonces me di cuenta de que no era el único elegido, había un nutrido grupo de personas entre las que reconocí prestigiados académicos, reputados servidores públicos e intelectuales destacados. El reclutador era un hombre de unos sesenta años con barba bien cuidada, impecablemente vestido, y una notable calvicie que sólo le dejaba cabellos a ambos lados de la cabeza; por alguna razón me resultaba familiar, pero sin duda me inspiraba confianza: hablaba con soltura cuidando bien las palabras, lo que daba cuenta de una inteligencia sobresaliente, sus modales eran refinados y su apariencia impecable. Todas estas señales ahuyentaron de mi imaginación el fantasma de la duda y más cuando al leer el contrato me di cuenta de que no había letras pequeñas y todo era formal y jurídicamente correcto. Así que accedí y entonces trajo una constitución y protesté guardarla y hacerla guardar, así como las leyes que de ella emanan. Lo que más me asombró fue que ese gobierno en particular se cuidara de buscar a personas con experiencia, pericia y talento, a través de los servicios de un reclutador confiable y discreto. Era algo tan sorprendente que mi primer pensamiento fue que por primera vez en muchos años veía que alguien quería hacer bien las cosas… y lo primero que escuché fue la voz de mi esposa que decía: ¡niños!, ¡despiértense!, ¡es hora de ir a la escuela! Y entonces, desperté de mi sueño.

Febrero 5 de 2015

martes, 3 de febrero de 2015

Cuento: El Gremio

Por Javier Brown César

Debí haberlo sabido cuando el día en que se elegiría al nuevo jefe, a pesar de mi probada experiencia y lealtad, otro fue el afortunado. Desde entonces a la fecha, testimonié la aberrante arbitrariedad que se da cuando se nombra a quienes han de tener roles protagónicos y toman decisiones importantes. A pesar de ello terminé mis estudios con honores con el sueño de integrarme exitosamente al gremio, a cambio fui recibido con frialdad y miradas recelosas; sin embargo, todavía tenía la esperanza de que la disciplina, la honestidad y el trabajo eran condicionantes del éxito profesional y que tarde o temprano llegaría muy alto. Mi frustración fue mayúscula cuando descubrí el primer escándalo de corrupción, derivado del uso de recursos del gremio para apoyar la campaña personal de su dirigente y para renovar su parque vehicular; a cambio de mis denuncias tuve como recompensa la indiferencia, el desprecio e incluso la denostación. Jamás me hubiera imaginado que los profesionistas del gremio fueran capaces de solapar e incluso abrazar la causa de la corrupción, pero inquiriendo un poco más desentrañé una larga historia de abusos, corruptelas y encubrimiento: desvío de recursos de los agremiados para financiar viajes y lujos, deudas contraídas para pagar desmanes inagotables y jornadas de gula y lujuria, sobornos a funcionarios del gobierno para obtener concesiones, y un largo etcétera de aberraciones. Con el tiempo me di cuenta que los agremiados formaban una caterva de pillos mediocres y egoístas, que entre ellos se repartían los mejores cargos, las becas y los viajes y que impedían el libre acceso a posiciones de poder; controlaban elecciones, encubrían fraudes y exigían cuotas al margen de los estatutos del gremio. Debo decir que no soporté mucho tiempo la degeneración de mi profesión, degradada como la de todos aquéllos que en lugar de defender a las personas las defraudan y las condenan a la cárcel o de aquéllos que inventan un tumor para operar y para pagarse sus próximas vacaciones o de aquéllos que ayudan a evadir impuestos. Como podrá ver, esa es la razón por la que conduzco este taxi, a pesar de ser profesionista y tener una cédula profesional, que gustoso quemaría para olvidarme de todo lo que he visto que hacen quienes han convertido a los gremios en cuevas de bandidos. Por cierto… parece que ya podemos avanzar.


Febrero 3 de 2015

miércoles, 28 de enero de 2015

Cuento: Confesión

Por Javier Brown César

Todo comenzó el día en que hizo cachitos decenas de fotos en las que habíamos depositado parte de la memoria de nuestros días más felices. Fue inexorable. Una a una destruyó cada foto sin dar cuartel y sin escuchar razones. Tal vez desde entonces me di cuenta de su carácter irreflexivo, de sus impulsos violentos y de su capacidad para destruir todo lo que decía amar. En aquel momento, víctima de la furia y más aún de la impotencia, rompí uno de los muebles que me había heredado mi abuelita. Esa sería la primera vez que rompería algo para canalizar mi frustración y vengar mi incapacidad para hacer que juntos reflexionáramos sobre lo que vale la pena en la vida. Durante más de una década tuve que tragarme mi orgullo y como dicen, hacer de tripas corazón, para evitar mayores confrontaciones e incluso para no utilizar objetos como armas en respuesta a las muchas ofensas de las que habría de ser objeto. Pero sus tropelías apenas comenzaban. Un buen día me di cuenta de que vació el cochinito en el que había ahorrado sistemáticamente monedas de a cinco y de a diez pesos. Lo ordeñó hasta dejarlo casi limpio, con algunas pocas monedas que sonaban en el fondo. Y uno sabe que le han ordeñado el chancho cuando siente el peso en sus manos y se da cuenta de que ya no tiene las mismas monedas. Y después fue capaz de entrar a mi oficina privada a hurgar en mis cosas para seguir vaciando sistemáticamente mis ahorros, los que dilapidaba miserablemente en comprarse cosas superfluas o adornos insulsos, porque siempre lo he dicho, un adorno que estorba es un obstáculo y no un adorno. Y si yo decía algo con respecto a las monedas robadas se enfurecía como animal salvaje y golpeaba lo que podía incluyéndome a mí, negando hasta la saciedad sus actos. No sé si eso es dipsomanía o vil cinismo, pero el hecho es que se pierde la confianza en quien hace estas cosas. Un buen día me hizo enojar a tal grado que para no liarnos a golpes rompí la puerta de cristal del baño con la pierna, afortunadamente no pasó a mayores, pero durante años tuvimos que utilizar una madera y clavos para lograr algo de intimidad mientras hacíamos nuestras necesidades. El colmo fue cuando un buen día llegó con su hermana y en sus brazos mi hijita con el pómulo destrozado. Cuando bajé las escaleras y vi al espectáculo de mi hija con esa carita desfigurada y con las lágrimas que corrían por sus mejillas se me partió el corazón. Su padre, que no es un mal hombre, pero que es un sujeto elemental que después de terminar sus estudios no volvió a abrir un libro para hacerse más culto, propuso la absurda idea de que la lleváramos a una clínica del gobierno. Tomé a mi hijita entre mis brazos, subí a mi hijo a la parte trasera del auto y la llevé a una clínica privada donde pagué para que un buen médico cerrara la herida con varias puntadas, mientras oía los gritos de mi hija y sentía que el llanto me helaba las entrañas. Esa noche le recriminé lo que había hecho, porque la versión que había dado es que la niña se había caída debido al cansancio, pero la realidad es que le había puesto el pie y se había ido de bruces contra una rejas para partirse ahí el pómulo. Yo me decía que hay que ser un desgraciado o un infeliz para hacerle algo así a un hijo y más a mi pequeña, que es la niña de mis ojos. Esa noche discutimos amargamente y saqué parte de mi frustración y resentimiento en una larga perorata mientras me hacía de valor con una cerveza, pero se violentó y tomó la botella estrellándola contra mi cara. Entonces sentí el dolor y caí de bruces mientras un chorro de sangre salía de mi nariz y caía sobre la alfombra que había comprado mi abuelita. Le dije que me llevara al médico pero en realidad sólo me había partido la piel de la nariz en dos en la parte de arriba del tabique por lo que bastaron unas cervezas para anestesiarme y el reposo con una tremenda costra en la cara, una espantosa cruda moral y el dolor por lo que le pasó a mi hijita, que me dura hasta el día de hoy. Porque hay cosas que no se olvidan y más cuando la veo todos los días y veo la cicatriz que tardará años en quitarse, como la que llevo en el alma por su maldita culpa. Lo que pasó después de eso ha sido una larga espiral de deterioro mental: escudándose en una supuesta enfermedad, alimentada por algunos parientes y alguna que otra amistad desquiciada, ha usado el dinero que tanto trabajo me cuesta ganar cada día, para pagarse costosos análisis médicos escatimando en comida, y cuando alguien le sugiere locura o la conveniencia de ver a un psiquiatra su reacción es de desproporcionada violencia. Mis hijos viven a veces con hambre y en ocasiones también con miedo, como el día en que mi hijo se le enfrentó y a cambió recibió un par de violentos azotes con un cinturón de piel. Así estaban las cosas hasta el día en que me colmó la paciencia, y no pude más y todos los demonios y los fantasmas y los resentimientos y el odio me transfiguraron y me derrotó la violencia, me ofusqué e hice lo que Usted ya sabe. Espero que comprenda lo que pasó, Señor Juez, porque es debido a las razones que le he mencionado y a otras más que no le puedo contar, que ayer asesiné a mi marido.


Enero 27 de 2015

martes, 20 de enero de 2015

Cuento: El mundo se acabó en 2001


Por Javier Brown César

El mundo se acabó en 2001 o por lo menos eso es lo que quiero creer en estos momentos. Me digo que no es posible que hayamos testimoniado cosas tan absurdas, como la llegada a posiciones de poder de algunos sujetos a los que antes tachábamos de absolutos inútiles y corruptos. Ahora veo en los anuncios espectaculares que hay en varias partes de la ciudad, la cara del tipo que yo sabía desde hace años que era un pillo y un rufián, además de un mediocre, drogadicto y alcohólico.

Me pregunto por qué el conocimiento tiene que costar en un mundo en el que quienes pueden pagar no se interesan por él en lo más mínimo y quienes están sedientos de él no lo pueden pagar. Me pregunto también cómo es posible que con la promesa de una nueva era de despertar espiritual y conversión de la especie humana hallamos llegado a estos niveles de insensatez y de absoluta y abominable decadencia. Hace algunos años todavía se hablaba de la era de Acuario como de la emergencia de una nueva generación y repetíamos como lerdos la exitosa canción: "this is the dawning of the age of Aquarius"; y se hablaba de niños índigo y de un nuevo y glorioso futuro para todos.

Pero el ser humano sigue siendo, después de las atroces guerras del siglo XX, una bestia estúpida y el peor de los seres vivos sobre la tierra. Nos hemos convertido en la plaga de un planeta que no tiene anticuerpos para deshacerse de ella. Hoy los pillos siguen triunfando, los oportunistas son alabados y los justos y virtuosos son humillados. Todo está al revés y nada parece estar en su sitio.

Y mientras tanto, un tipo como yo, con cuatro títulos universitarios y múltiples escritos a cuestas, tiene todavía la jodida esperanza de que el estudio realmente sea valorado, mientras me veo ante la triste necesidad de pedir dinero para sobrevivir, al tiempo que holgazanes que lo único que han hecho en su vida es tener un padre político o narco o empresario mafioso y corrupto, gozan de una fortuna que gustoso cambiaría por una buena biblioteca con las obras completas de Homero y Hesíodo, de Herodoto y Tucídides, de Cervantes y Shakespeare, de Moliere y Rabelais, de Goethe y Dickens, de Tolstoi y Dostoievski, de Joyce y Flaubert, de Pérez Galdós y Baudelaire, de Faulkner y Dos Pasos, de Borges y Cortázar, de García Márquez y Fuentes, de Vargas Llosa y Pérez Reverte, de Neruda y Paz, de Platón y Aristóteles, de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, de Descartes y Leibniz, de Kant y Hegel, de Nietzsche y Heidegger, de Jaspers y Marcel, de Zubiri y Cioran, y un largo etcétera; o por una discoteca con la música completa de Bach y Handel, de Hayden y Mozart, de Beethoven y Brahms, de Schubert y Schumann, de Tchaikovsky y Sibelius, de Debussy y Ravel, de Rimsky Korsakov y Mussorgsky, de Prokofiev y Stravinsky, de Berio y Stockhausen y un largo etcétera.

Y como baluarte del espíritu emprendedor tenemos empresarios mediocres y corruptos rodeados de abogados, para defenderlos de su mezquina actitud y de un modus vivendi ridículo que en lugar de buscar la innovación y generar empleos, ofrece basura barata a un pueblo cada vez más ignorante y miserable. Y mucha gente que quiere viajar para aprender y visitar museos y bibliotecas en lugar de ir a bares y cantinas no lo puede hacer, y quienes quieren aprender otro idioma tienen que comprar cursos baratos porque no pueden pagarse clases de cierto nivel o fraternizar con otras personas para aprender de sus costumbres y cultura.

Ahora somos gobernados por políticos que representan a una marca y no a ideas vigorosas que al ponerse en práctica generan bienes públicos, mientras que la gente culta es relegada a posiciones marginales; y tenemos excelsas pantallas planas para proyectar una televisión que nos ofrece la misma porquería de siempre, para gente mediocre y conformista que sigue pegada a los mismos canales que sólo transmiten basura, día y noche, noche y día.

En estos momentos quiero creer que el mundo se acabó en los primeros segundos de 2001, porque todo esto que estamos viviendo es una inmunda pesadilla una broma absurda del destino, del muy mal gusto. Así que cierro los ojos con la esperanza de que todo esto haya sido un mal sueño.

Enero 17 de 2015