sábado, 20 de junio de 2015

Ensayo: Usted no es bienvenido aquí


Por Javier Brown César

El diseño del Estado moderno se debe en gran medida a Hobbes: su justificación fue la base para la cesión del poder de las masas, mediante el contrato para consolidar el poder radicado en un "hombre" o en una asamblea de "hombres". Después del 11 de septiembre de 2011 junto con las Torres Gemelas de Manhattan cayó por tierra la justificación del Leviatán: la nación más poderosa del planeta, en términos de poderío militar y económico, fue incapaz de proteger la vida y la propiedad de sus ciudadanos. El pacto fundacional del Estado falló: se demostró que se había construido sobre una serie interminable de falacias, entre ellas la representación que es hoy una de las grandes mentiras de los sistemas democráticos: los políticos no representan a la ciudadanía, sino a intereses inconfesables y a afanes mezquinos. Las bases del Estado moderno se han venido a pique y en su lugar estamos ante una debacle mundial de las instituciones forjadas en la modernidad: la educación ha fracasado, el mercado mundial ha multiplicado a los hambrientos, los sistemas de salud no pueden evitar que las personas mueran de gripe, los abogados no han llevado la justicia a quienes la necesita y los economistas no han podido promover el pleno empleo y el crecimiento sostenido. En cambio, hemos devastado al planeta con inventos que han sofisticado la vida al costo de acabar con el medio ambiente, hemos "facilitado" la vida de clases acomodadas que se han vuelto inútiles dilapidadoras de cuantiosas fortunas en aras de una diversión caótica y potencialmente destructiva. Hemos regado el hambre, la sed y la miseria por todo el planeta. Se inventó la televisión para manipular a las masas citadinas y la radio para idiotizar a gentes rupestres. La sociedad se consume a sí misma en un afán desmedido de placer, sexo y dinero, socavando las bases de su propia felicidad. Derruimos los valores y principios construidos durante milenios, para edificar en su lugar falsos ídolos y para producir interminables pesadillas. Debemos regresar a la base de todo, a una modernidad que configuró instituciones que hoy sabemos que no sirven a la humanidad: el Estado, la fábrica, el asilo, el manicomio, la cárcel, el hospital y la escuela. Qué modernidad puede haber si somos peores que los humanos más salvajes que hayamos conocido, porque nosotros matamos a cientos de miles con una sola arma y ellos nunca tuvieron en sus manos el poder para aniquilar a comunidades completas. La política se ha convertido en la lucha de los más fuertes entre sí, para ver quién prevalece y aplasta a los más débiles. Vivimos tiempos difíciles en las que la decoración no vale la pena, porque nada nos puede ya hacer felices. Hemos perdido el gozo de vivir y sólo sobrevivimos como autómatas, porque sabemos que no hay un futuro promisorio para nosotros. ¿En qué clase de monstruos nos hemos convertido? Indiferentes a la miseria y al dolor humano, lucrando con la ignorancia y el miedo, manipulando sin miramientos a masas indolentes y sumisas. La humanidad de hoy no tiene futuro, porque vaga desmemoriada por el mundo, aniquilando su pasado y guiándose con descomunal ignorancia en el presente.

 

Junio 19 de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Ensayo: La educación que no queremos

Por Javier Brown César

Muchos estamos convencidos de que no queremos para este siglo el modelo educativo que prevaleció en el siglo XX. El fraude educativo del siglo pasado fue una de las más grandes estafas operadas por una maquinaria impresionante que absorbió cuantiosos recursos y entregó magros resultados. A los padres de familia el Estado les prometió educar a hijos exitosos y ciudadanos ejemplares y a cambio, generalizó el fracaso y el autoritarismo.

El Estado se arrogó la función de educar a la sociedad bajo un modelo iluminista que postulaba la existencia de masas ignorantes y de élites ilustradas que sacarían de la ignorancia a generaciones enteras. Durante los primeros años, el modelo funcionó bien, hasta que la masificación creció a niveles incontrolables y el aparato se convirtió en un gigantesco engendro que devoró dinero a raudales, construyó escuelas a diestra y siniestra, hizo crecer el aparato burocrático y se convirtió en un jugoso negocio estatal que engullía cerca de 1 de cada 3 pesos del presupuesto.

Los empresarios se aliaron al gran negocio educativo: papelerías, productores de libros de texto, editoriales y maquiladores de materiales y recursos didácticos se enriquecieron a costa de ventas masivas; quienes ganaban licitaciones públicas para dotar de papelería o quienes producían libros de texto elevados al rango de oficiales, hicieron el negocio de su vida, a costa de la mercantilización de la educación.

La alianza público privada que se consolidó con el Estado educador produjo pingües ganancias y extensas redes clientelares y de corrupción, afincadas en obras, licitaciones y contratos exorbitantes y en muchas ocasiones inflados por al ansia desmedida de ganancia a costa del aprendizaje de millones de personas.

El Estado ha pretendido educir a los nuevos patriotas de cada alumno que toma a su cargo. Desde temprano en las mañanas forma a los estudiantes para rendir honores y acendrar y exaltar su patriotismo. Pero el complejo de Penélope opera de forma inflexible ya que el patriotismo nacionalista es destruido por la devastadora realidad de una nación en la que no es posible soñar con un mejor futuro, en la que no hay esperanzas para realizar los proyectos personales, en la que día tras día se constata la corrupción generalizada que permea todas las estructuras y estratos.

En la cabeza del Estado educador se ha colocado a “servidores públicos” a los que se les premia su lealtad o que hacen carrera en la administración pública saltando de una dependencia a otra. La estructura de los mandos superiores se caracteriza por la asignación patrimonialista de cargos en los que el gobernante en turno coloca a aquellos a quienes quiere recompensar. La falta de coordinación, la lucha de egos y la improvisación, prevalecen cada vez que un nuevo grupo político llega al poder. De esta forma se contraría el ideal platónico de que la educación pública debe estar a cargo de una persona ejemplar, poseedora de cualidades notables y caracterizada por ser uno de las más eminentes personalidades del país. La labor de quienes tienen a su cargo las decisiones del sistema educativo es de la mayor trascendencia, como para dejarla en manos de políticos arribistas, tecnócratas improvisados y militantes políticos.

En la base del sistema encontramos una burocracia aséptica que llena formatos y formularios, ocupa escritorios, cobra salarios y no le rinde cuentas a nadie. Viven del sistema, pero no para mejorar los procesos, ni para encontrar oportunidades de mejora. Además les faltan parámetros adecuados para medir la eficacia del sistema. Por inercia burocrática se aplican los viejos parámetros de siempre: eficiencia terminal, reprobación y deserción. No se desarrollan nuevos instrumentos para medir la calidad o el valor agregado, dando así respuesta al urgente cuestionamiento de qué es lo que la escuela le da a la sociedad que no le puede dar cualquier otra forma de organización. Las evaluaciones permanentes se manipulan para obtener recursos económicos o como incentivos perversos. El sistema desarrolla una ceguera sistemática que le impide verse a sí mismo, volverse reflexivo y autocrítico.

En la organización escolar prevalece una estructura jerárquica y autoritaria en cuya cumbre se acumulan los privilegios y que opera para mantener un modelo verticalista, impositivo y extractor de rentas.  

Desde muy temprano se recibe a los niños como si fueran trabajadores de una fábrica que sólo genera frustración, descontento y desengaño: se enseña a leer a personas que una vez instaladas en una oficina no volverán a abrir un libro; se enseña arte para que al final se consuma la chatarra comercial que inunda el mercado; se enseñan deportes para que las personas se fanaticen con gigantescas “empresas” deportivas fraudulentas y pierdan de forma miserable el dinero ganado con tanto esfuerzo y sacrificio.

Se entrena para un mundo que ya no existe, para una sociedad que está en transición y que ya no encuentra en la educación la respuesta al problema del sentido de la existencia. Se han perdido los valores trascendentes que guían, como cartas de navegación, a la organización escolar.

Hoy día una importante cantidad de personas egresan de las universidades para nutrir las filas del desempleo o para incorporarse de manera indefinida a la economía informal y al subempleo. Los jóvenes talentos universitarios son víctimas de auténticos buitres empresariales que logran su margen de ganancia a costa de la subcontratación, la promoción de servicio social para realizar labores altamente especializadas, la evasión del pago de cuotas para la seguridad social y el uso de estratagemas legales para no dar prestaciones a los trabajadores.

El aula “moderna” está construida a similitud de la maquila y el call center, con pupitres apilados en torno a un centro de mando, como premonición del futuro que les espera a los educandos. En el salón de clases se generan mecanismos de discriminación, exclusión y segregación. La asignación de calificaciones con base en un rango y no en una norma estigmatiza a alumnos y condena a algunos al fracaso permanente.

Algunas de las peores escuelas y de los peores maestros están en los lugares donde hay más pobreza y marginación, reproduciendo así de forma interminable el perverso círculo de la pobreza generacional. Instalaciones educativas inadecuadas y escuelas multigrado se abren ahí donde hay recursos escasos, para que quienes están rezagados en el desarrollo humano, lo sigan estando por muchas generaciones. Así, el aula reproduce las desigualdades que se reflejan en la sociedad: es la gran reproductora de la inequidad y de la injusticia social.

El conocimiento se deposita en los alumnos como si se tratara de alcancías, bajo un modelo pedagógico perverso que supone que quien estudia es ignorante y no tiene nada que aportar. Se enseña a repetir datos enciclopédicos muchos de los cuales son potencialmente inútiles para la vida, en lugar de enseñar a construir conocimiento colectivo y de instalar la capacidad de aprender en los alumnos. Antes que enseñar a resolver problemas, se opera bajo un modelo de condicionamiento: Burrhus Frederic Skinner y el perro de Pavlov viven en nuestras aulas todos los días. No nos extrañe entonces que en las empresas y en el gobierno abunden personas incapaces de encontrar soluciones, pero con una sorprendente capacidad para crear problemas.

Muchos analistas aman las comparaciones entre sistemas educativos, pero casi todos los símiles son falaces. No hay un sistema educativo igual a otro. Todos son diferentes porque responden a necesidades y aspiraciones sociales diversas, así como a contextos, problemas y realidades profundamente disímiles.

De nada sirve comparar el colosal tamaño de un sistema educativo con tantos alumnos como la población entera de varios países. Hay naciones en las que tan sólo el número de maestros es superior a la matrícula total de sistemas educativos completos. Hay países que invierten tanta cantidad de recursos como el presupuesto total de otros.

Uno de los problemas fundamentales de la educación es la prevalencia de una organización sindical que garantiza el enriquecimiento desproporcionado y ofensivo de líderes que no están comprometidos con la calidad educativa. Esta organización da empleo a personas no aptas para cualquier otro tipo de empresa, ya sea por sus bajas cualificaciones o por su pobre perfil profesional.

Hoy enfrentamos la ineficiencia de una maquinaria gigantesca que se mueve con lentitud y que fue diseñada para el siglo XX. Su reforma sólo será posible con un gran acuerdo entre los diversos actores y sectores para replantear los supuestos pedagógicos, o sea, la filosofía educativa del sistema, así como para rediseñar a fondo la didáctica, o sea el diseño curricular. También se requiere un nuevo tipo de aula, una nueva forma de organización escolar y una burocracia profesional, honesta y dedicada, que encarne en sí misma los ideales educativos que pretende promover.

La transformación de sindicatos en auténticos promotores de la calidad, la eficiencia y la transparencia en educación podría poner un alto al enriquecimiento desmedido de unos pocos, logrando que los recursos que se invierten en la nómina premien a los mejores docentes y promuevan un salario magisterial digno, que atraiga al capital humano.

No se trata de gastar más sino de gastar mejor, ni de generar más leyes, sino de hacer cumplir las leyes vigentes; de cada centavo invertido en educación, una parte importante debe destinarse a mejoras en nuestras escuelas y no a engordar los bolsillos de pillos y vividores; cada nueva ley debe promover el cambio, en lugar de propiciar interpretaciones torcidas y mañosas.


La educación, que debería ser el eje de las transformaciones sociales, es hoy el lastre que carga una sociedad injusta, improductiva y conflictiva. En suma: la educación que tenemos en estos momentos no es la educación que queremos. 

Junio 11 de 2015

miércoles, 3 de junio de 2015

Cuento: A Dios rogando

Tiene toda la apariencia de ser una buena persona: bonachona, con la sonrisa en la boca cuando se le mira, siempre agradeciendo a Dios o deseando que las cosas sucedan si Dios quiere. Es devota, suele leer todos los días un librito de oraciones y también tiene la Biblia a la mano como su libro de cabecera, que es tal vez es el único libro que ha leído en los últimos años. Se viste con recato y camina con modestia. Da la apariencia de ser una persona impecable en su actuar. No habla más que de temas espirituales y si alguien le menciona a Dios se desvive en emociones y palabras de alabanza.

En el fondo, es una mala persona, con muy mal genio. Durante su vida se ha dedicado a intrigar y a esparcir rumores. Siempre que puede habla mal de los demás. Es de ese tipo de personas que si uno oculta un diamante en medio de un montón de desperdicios, lo único que ve son los desperdicios. A todo le ve el pero y pocas cosas le parecen. Trabaja, pero dado que recibe la protección de su empleador, no se le puede pedir gran cosa. No suele esforzarse para hacer más de lo que usualmente hace que es ir a entregar documentos a otras oficinas. Ya no le interesa estudiar ni aprender nada más y su tiempo lo ocupa sólo para sí misma. Cada vez que uno le da la espalda comienza su crítica destructiva: que si uno llegó tarde, que si está mal vestido, etcétera. En el trabajo cumple las funciones de reloj de oficina y si alguien llega tarde, no para en sus críticas hasta destrozar al prójimo, sin detenerse a pensar si acaso los hijos se enfermaron o si la esposa falleció y por eso no se pudo ser puntual. Constantemente pide permisos para ausentarse y se los conceden, porque al final de cuentas, la mayor parte del tiempo es tan útil como una planta y tan agradable como un ogro. Eso sí, a Dios no se lo quita nadie de la boca. Es de esas personas que, como dice el dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”, sólo que esto último lo aplica en el sentido literal.

Junio 3 de 2015

lunes, 11 de mayo de 2015

Cuento: El científico


Por Javier Brown César

Se preguntarán qué hace un renacuajo inmundo como yo "gozando de la vida" en algún lugar de la Riviera Maya, cuyo nombre no puedo ni siquiera pronunciar. Un tipo sin ningún atractivo, bajito, con lentes, de apariencia repugnante, que nunca tuvo novias y que todos pisoteaban en la escuela, como vil escupitajo, está en el paraíso, mientras que la mayor parte de la humanidad sufre y padece. ¿Cómo es posible que esté rodeado de bellezas de todas las nacionalidades que hacen lo que les pida con tal de ganarse mis favores y que saben que si me disgusto con ellas, dejarán de ser parte de mi selecto círculo de amistades? ¿Cómo es posible que hombres mucho más altos, musculosos y "bien parecidos" tengan que estar solos en la playa en busca de una conquista efímera mientras que yo estoy rodeado de mujeres de indescriptible belleza y dispuestas a "todo" con tal de agradarme? Tengo a mi servicio todo un hotel, simple y sencillamente porque el hotel es mío. ¿Qué hice para merecer todo esto?

Soy un científico prominente, una de las grandes mentes del milenio, y el único creador de uno de los remedios más esperados de todos los tiempos. Durante años experimenté con múltiples virus y vacunas hasta que al final, logré aislar y contrarrestar el virus del resfriado. Sí, el molesto virus que causa tanto sufrimiento a miles de millones de personas cada año, que provoca dolores de cabeza, calambres, intenso flujo nasal, estornudos incontrolables, tos pertinaz, problemas estomacales, fiebres intensas y malestares insoportables. En mi laboratorio aislé la vacuna y anuncié el descubrimiento en un congreso local. Iba a registrar la patente cuando se me acercó un grupo de sujetos vestidos de gris y que me ofrecieron cuatro billones de dólares por la vacuna… ¡cuatro billones! Y se las vendí.

Mi vacuna habría terminado con el negocio de antigripales, analgésicos, antihistamínicos, vitaminas, médicos, tes, menjurjes, laboratorios e innumerables recetas y remedios contra la gripe normal, así como con el sufrimiento de incontables seres humanos; pero nunca se comercializó. Y ahora nada, nada impide que una vez que el virus radique en el cuerpo de un ser humano, cause los estrategos de siempre. Todos los "remedios" lo único que hacen es inhibir los síntomas, paliar el dolor, en fin, "atontar" al sistema nervioso central, pero el virus triunfa en todo lo alto y nadie lo puede evitar. ¿Qué lo que hice es inmoral? No me importa, porque gracias a tu resfriado soy millonario. ¿Y sabes? Pude evitar tu dolor, pero te burlaste de mí y me insultaste, humillaste y heriste. Y ahora ¿quién es el ganador? Al final de cuentas, cuatro billones de dólares es una cantidad de dinero tan grande que sería capaz darle a cada ser humano un poco de mi dinero… El que ríe al último ríe mejor. Soy egoísta y déspota, por lo que prefiero que la rubia que está cerca de mí me alabe por mi "hermosura" antes que remediar tus males. Al final de cuentas todo se reduce a negocio ¿No lo crees?
 

Mayo 11 de 2015

martes, 5 de mayo de 2015

Cuento: Mientras deliro


Por Javier Brown César

 
Estoy sentado en una banca con mesa anexa, que se parece a las que se ponen en lugares donde la gente pasa su día de campo, el mal llamado "pic nic". Estoy en un amplio patio y a mi izquierda están las habitaciones. En la banca de enfrente no hay nadie pero a mi lado hay un tipo gigantesco, con mandíbula prominente y cara de estúpido. Por alguna razón sé que este tipo es algo así como mi guardaespaldas. Esto parece un manicomio. El tipo se para, en realidad es enorme, mide más de dos metros de alto, me agarra como a un bebé y me carga a mi habitación. Estoy solo y duermo.

 
Despierto y estoy de nuevo en el patio, sé que no estoy loco y que las excrecencias que dicen que como son en realidad del gigante. El tipo se distrae y tiro con la cabeza el vaso de agua que sé que tiene alguna sustancia que me impide moverme y pensar. Pasan las horas y empiezo a pensar. Un par de mujeres que se han hecho pasar por mi madre y mi hermana me tienen aquí. En realidad no estoy loco, pero este es un manicomio especial, un lugar sin escapatoria. El gigante es mi guardián, ha sido comisionado para llevarme de la habitación al patio y para darme mi dosis diaria de alimento y somnífero.
 

Empiezo a reaccionar y a recordar, pero no me puedo mover. Hace tiempo recibí el premio nacional de ciencias por mis importantes contribuciones en el ámbito de la biopolítica. Me acompañaba la que sé que es mi esposa y a la que no he visto desde hace mucho tiempo, no sé cuanto. Empiezo a recordar y las ideas llegan a mi mente: descubrí la existencia de un gen que está presente en la mayor parte de la humanidad y que produce una condición parecida a lo que se denomina trisomía 21, con la gran diferencia de que esta última condición tiene rasgos fácilmente identificables. El gen, al que denominé omega está presente en un altísimo porcentaje en la humanidad, por lo que antes había pasado desapercibido. De hecho, la excepción a la regla es la no presencia del gen omega, pero esto sólo se da en un porcentaje marginal de los humanos. Omega es el causante de que los seres humanos digamos mentiras, asesinemos, robemos e incurramos en todo tipo de conductas que nos rebajan a niveles subhumanos, que nos "animalizan". Recuerdo haber postulado la constante de Burn según la cual, aunque se dé el mestizaje o diversas combinaciones aleatorias, omega no está presente, a lo largo de la historia, en sólo el .001 por ciento de la humanidad. Omega es el gen del mal. Ahora recuerdo que gracias a este descubrimiento me hice acreedor al premio de ciencias.

 
¿Qué pasó después? Ahí viene el gigantón y me va a llevar a mi habitación para dormir. No sé si sueño o estoy despierto. Desde que existe la humanidad, aproximadamente hace un millón de años según mis cálculos, los que no poseían el gen omega, fueron quienes evitaron la destrucción del género humano. Después de milenios de evolución las primeras civilizaciones se erigieron lideradas por quienes no poseían el gen omega y quienes eran considerados como semi dioses o como descendientes directos de los dioses gracias a sus cualidades superiores. Pues bien, estas "cualidades" no eran otra cosa que la ausencia del gen omega, el gen del mal, presente en la mayor parte de la humanidad. Así se erigieron Sumeria, Asiria, Babilonia, Egipto, China, India y Mesoamérica. Algo pasó en Grecia cuando se inventó la democracia, porque seres que no poseían el gen omega como Platón y Aristóteles criticaron un sistema político que le daba a los poseedores del gen omega un enorme poder. El filósofo de Atenas y el filosofo de Estagira sabían que Grecia caería por obra de la democracia y así fue. Este caso es tal vez uno de los primeros documentados en que la civilización cedió a la barbarie. En sus tiempos, Alejandro Magno y mucho después Napoleón lucharon para evitar que el poder lo tomaran quienes poseían el gen del mal, al primero lo asesinaron y al segundo lo recluyeron de tal forma que sólo podía aplicar sus geniales ideas jugando al ajedrez.

 
Y así, Europa fue colonizada por el gen del mal y también América y llegó la democracia y con ella se le dio poder a quienes poseían el gen del mal para robar, asesinar y ultrajar y se garantizó que mayorías poseedoras del gen del mal mantuvieran en el poder a los usurpadores, mediante el sufragio "universal". Desde esa terrible derrota, quienes no poseen el gen omega, han sido los grandes científicos, estadistas, inventores, filósofos, literatos y músicos, que siempre se han visto relegados y no han tenido ni los recursos económicos ni el poder para influir en el destino del mundo. Así, personas como Einstein, Bohr, los Curie, Gandhi, Heidegger, Wittgenstein, Mistral, Borges, Stravinsky y Heifetz han vivido a la sombra de poseedores del gen del mal y no han podido hacer nada para evitar la debacle que actualmente se vive. Si los destinos del mundo siguen siendo guiados por los poseedores del gen omega, la humanidad, en lugar de evolucionar, involucionará hasta autodestruirse.

 
Debemos reinventar a la humanidad para salvarla de su propia decadencia. Desde la ilustración nos desvivimos por los niños prodigio sin darnos cuenta de la existencia de jóvenes, adultos y ancianos prodigio. La genialidad no conoce edad y eclosiona de forma repentina en diversas fases de la vida, pero siempre viene precedida por la ausencia del gen omega. Desde el siglo XX inventamos al niño para educar al futuro trabajador, no para edificar al gobernante. Desgraciadamente protegemos al niño que hoy no tiene el gen omega para que pueda ser hábilmente explotado el día de mañana. Los hijos de los que ahora controlan los destinos de la humanidad ya están protegidos por una esfera de confort, lujo, educación privada, seguridad y salud, y así ha sido históricamente; ellos son quienes poseen el gen del mal. Quienes nos gobiernan salen de una "clase" predeterminada de gentes que poseen el gen omega y que se caracterizan por su intrínseca corrupción, son reclutados de entre: los empresarios corruptos dedicados a la construcción, el petróleo, la banca, los seguros, las manufacturas y los servicios; los políticos de siempre que han hecho su fortuna de forma dinástica; y las mafias emergentes dedicadas a la basura, la prostitución, el tráfico y trasiego de drogas y otras actividades ilícitas por conveniencia. La mayor parte de la humanidad nacerá para ser carne de cañón en las guerras, material humano para las fábricas y víctimas inocentes de los poseedores del gen del mal.
 

Ahí viene el gigante y está enojado. Se dio cuenta que tiré el líquido y ahora me rodea con sus brazos enormes, me lleva de nuevo a la banca y me hace beber de ese líquido que atrofia la mente y las articulaciones. Sé que si no bebo me liberaré, pero no puedo impedirlo.

 

Mayo 5 de 2015

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuento: El vividor


Por Javier Brown César

 
… era uno de esos seres nacidos para ganarse la voluntad de los demás sin esfuerzo. Agatha Christie

 
"Nació para ser un vividor. Desde la cuna, fue uno de esos humanos privilegiados a los que el destino premió con el don del carisma". Esto me lo decía una de las tantas mujeres que se habían enamorado perdidamente de él. Ella le había dado todo tipo de lujos y comodidades a cambio de su compañía pero cuando se vio ante severos apuros económicos, él la abandonó. Así había hecho con muchas mujeres. Vivía de su dinero hasta que las hartaba o hasta que les exprimía el último centavo. Como fruto de sus aventuras tenía un amplio departamento, un automóvil de lujo y algunos trajes de diseñador, pero nada más. Se presentaba impecablemente vestido a cuanto evento social podía colarse e impresionaba a todos con su elegancia y su vana palabrería. En realidad no era una persona culta, pero había memorizado trozos de novelas, de obras de filosofía y poesías, con los que impresionaba a las damas, quienes caían rendidas ante él, porque además, era un auténtico adonis.

 
En los últimos tiempos se dedicaba a ir a las presentaciones de libros y a las inauguraciones de exposiciones donde se ofrecían bocadillos y vino, y así, se la pasaba a la caza de cuanto evento podía proporcionarle un agradable ágape. A veces tenía suerte y escapaba con alguna dama de sociedad, pero la crisis también estaba afectando su modus vivendi. Un día me lo encontré en la presentación del más reciente libro de Arturo Pérez Reverte y después de la mesa redonda en la que se habló de la vida del escritor, de sus tiempos como reportero de guerra y de su gusto por la navegación y los perros, me le acerqué llenó de asco por su modo de vida, y lo increpé directamente: "eres sólo un vividor que no está dispuesto a hacer nada por nadie, que sólo mira por su propio interés, que cree que amar es perorar y hablar, pero que no es capaz de mover un dedo para ayudar a nadie".

 
Entonces el me respondió: ¿No sientes, de vez en cuando, la sensación de que no puedes hacer lo que quieras con tu vida, de que tus talentos no se pueden desarrollar, de que no puedes hacer uso de tu tiempo libre para ti mismo, de que todo el tiempo alguien te quita lo más valioso que tienes, que es tu vida? ¿Cuánta realeza inútil se pavonea por las revistas, que no ha aportado gran cosa a la humanidad, salvo su frivolidad y su despilfarro? ¿Cuán pocos ejemplos como Marco Aurelio son la excepción a la probada inutilidad de la clase gobernante, que en lugar de talento, desborda astucia, y que es incapaz de aportar grandes creaciones como obras de arte, sinfonías o libros memorables? Esta clase se ha caracterizado por dilapidar fortunas, atropellar derechos, producir cinturones de miseria y dejar en el hambre a millones. Para ellos debería haber un castigo inflexible: un infierno en el que tengan que ver todos los días los rostros contritos de las personas que por su culpa padecieron dolor, miseria y abandono.

 
Somos controlados por poderes anónimos, sin rostro, que ven sin ser vistos y que juzgan sin ser juzgados, que te incitan a desear las cosas que no necesitas, te hacen comprar cosas que no sirven; te venden aparatos sofisticados que duran poco y que te obligan a comprar otra vez lo mismo. te invitan a endeudarte durante toda tu vida para hacerte de lujos superfluos; te hacen trabajar para la gran maquinaria y al final, cuando ya no sirves, te desechan como cualquier pedazo de basura. Naces bajo el cómodo abrazo de instituciones que al final, cuando eres viejo, te regurgitan al humus elemental del que saliste y del que desearías nunca haber salido; te venden sueños que nunca podrás alcanzar sólo para frustrar tus esperanzas, para hacer sufrir a tus seres queridos, para dilapidar miserablemente el tiempo de tu vida.
 

La historia de la humanidad es la de las minorías dominando a las mayorías. Antes, era la fuerza bruta la que prevalecía, cuando ser fuerte valía, pero después los débiles aprendieron a dominar a los más fuertes con mucha astucia. Luego, fue el dinero el que logró consolidar la dominación. Estos que dominan crean las leyes y las instituciones infranqueables que mantienen la cruel lógica de dominación, y como los que hacen las leyes son los que se benefician de ellas, las cosas no cambian. Ahora, es la pericia técnica, la habilidad jurídica para encontrar los vericuetos de leyes cada vez más complejas y la pericia contable para evadir impuestos, lo que permite la acumulación de dinero y poder en manos de unos pocos. Y usted me viene  con el cuento de que soy un, ¿cómo dice?, "vividor". No señor, las cosas no son como usted las piensa. Para usted la filosofía moral, que en el fondo no es otra cosa que una larga e inútil perorara sobre el bien y la virtud, es la que dicta las reglas del mundo, pero no. Todos los grandes filósofos morales, desde Platón y Aristóteles, hasta Kant pasando desde luego, por Santo Tomás de Aquino, se han empeñado en hablar del bien. Pero el bien es una extravagancia, una ocurrencia ocasional, una realidad eventual, una improbabilidad espectacular. En realidad el mal es la tónica de nuestro tiempo y lo ha sido siempre, desde que la humanidad tiene conciencia de sí misma. Por ello, y paradójicamente, la auténtica filosofía moral es la que escribieron inmoralistas como La Rochefoucauld o Nietzsche, ellos sí sabían de lo que hablaban porque lo que manda en el mundo es la maldad. Yo sólo estoy ubicado en un eje del menor mal en que vivo de los demás, soy como un vampiro benevolente que se beneficia de lo que está bola de crápulas que son parte de las clases dirigentes nos dejan a los demás. Como afirmó la gran Agatha Christie en The AB.C. Murders: "El ser humano es algo nauseabundo". Y yo, me empeño día a día en ser el menos nauseabundo de esta raza infame, de esta humanidad que es la más abominable bestia que ha engendrado la naturaleza.

 

Después de estos argumentos del vividor no pude decir nada más.

 

Mayo 3 de 2015

jueves, 16 de abril de 2015

Cuento: La teoría del amor de Juan Donnt

Por Javier Brown César

Juan predicaba en los jardines universitarios por lo menos una vez a la semana. Tenía algunos fieles seguidores que creían y apoyaban sus ideas, entre los que me encontraba yo. Su teoría del amor tenía un poder de seducción innegable, por lo que me atrevo a transcribir sus principales tesis, como un sentido homenaje a quien cambió para siempre mi visión de las relaciones humanas.

Juan Donnt estaba convencido de que el amor no es un sentimiento, ni una pasión, sino una acción o más bien, un conjunto articulado de acciones decididas para transformar, de alguna forma, la realidad, haciéndola más bella, noble, ordenada, armoniosa, justa y unida. Decía que a veces se confunde el amor con un sentimiento porque sus efectos tienen ciertas repercusiones fisiológicas; de forma similar a cuando se hace ejercicio y al final de un esfuerzo máximo se siente una intensa gratificación, también así sucede cuando uno hace algo noble por los demás, que es una de las tantas expresiones del amor.

El amor y el enamoramiento son cosas muy diferentes. El enamoramiento es una locura momentánea, un arrebato temporal que puede terminar de forma abrupta en decepción y depresión. Una causa frecuente del enamoramiento es lo que se suele llamar “atracción física”, que lleva a que la persona se siente atraída por otra desde un inicio por alguna cualidad física e incluso como resultado de reacciones químicas que no somos capaces de descubrir, porque no conocemos bien sus señales. Esta atracción inicial, cuando se acompaña de algún factor de evocación o de atracción, como puede ser el recuerdo del padre o una simple palabra o gesto puede causar esa locura temporal que es el enamoramiento.

El amor tampoco se debe confundir con el deseo sexual, cuyas bases son los instintos que compartimos con los animales superiores. Este deseo ardiente, una vez satisfecho se extingue, no dura. En ocasiones el deseo sexual mueve al ansia de conquista y al delirio que acompaña toda hazaña, pero una vez conquistada la meta, se desactiva.

Ya desde Platón se sabe que se suele amar aquello que uno percibe como bello, pero la belleza es relativa y depende tanto de la época como del lugar. Lo que es un hecho es que todo lo que es bello tiene cierta proporción y armonía que hace que agrade a la vista. A veces la belleza causa pasmo o estupidez, por eso es peligrosa, tanto para quien la contempla, como para quien la porta.

Amar es hacer algo por alguien más, darle lo mejor de uno mismo, como nuestro tiempo, nuestras caricias, nuestras mejores palabras, nuestros más queridos pensamientos, nuestro conocimiento. Amar es buscar el bien del otro, pero para esto es necesario conocer qué puede ser bueno para otras personas, porque a veces se hace mucho daño pretendiendo hacer el bien sin conocimiento adecuado.
En este mundo mercantilizado prevalece la idea falaz y ridícula de que amar es dar cosas a los demás. Pero las cosas sólo generan relaciones de esclavitud. Es absurdo pensar que entre más costoso es el regalo más grande es el amor, no hay proporción entre una cosa y otra y al contrario, a veces el vacío de amor es cubierto con la abundancia de cosas.

Hoy la cultura del odio ha derrotado a la del amor. Cuatro son las causas principales del odio en nuestra civilización: el sexo, el poder, el dinero y las ideas. Aunque quizá la causa más común del odio es, además de las cuatro que he mencionado, la falta de amor a uno mismo o la incapacidad para amarnos. Vivimos en un mundo en el que no se aprende el amor porque las personas no crecen amándose a sí mismas: pierden el tiempo miserablemente sin poder compenetrarse de sí mismas, sin conocerse a sí mismas y sin dedicar tiempo al auténtico cuidado de uno mismo, que no es el vano maquillarse, sino el cultivo de la inteligencia y el espíritu, la realización de ejercicio adecuado y la alimentación suficiente y nutritiva.

Las ideas son causas principales de las guerras y el genocidio. Quienes se creen poseedores de la verdad pretenden excluir a otros con base en sus ideologías y con ello buscan segregar, y en el extremo, exterminar a quienes se atreven a pensar diferente.

En una sociedad mercantilizada el dinero es la causa más común de las desavenencias, la codicia produce resentimiento, la avaricia engendra mezquindad y la acumulación ilimitada de riquezas materiales produce odio ilimitado. Un mundo en el que los ricos tienen demasiado y los pobres tienen muy poco es además de injusto, insostenible.

El poder y la lucha desmedida por cada vez tener más son fuentes permanentes del odio y la confrontación. Inclusive quienes ambicionan el poder son capaces de asesinar, como lo sabemos gracias a historias que datan de hace miles de años.

Por último, el sexo también puede ser motivo de odio, ya que paradójicamente es posible que se dé el sexo sin amor, así como el amor sin el sexo. A veces se llega al extremo de matar a una persona para evitar que sea poseída por otra.

En fin, el amor es tan poco común como la bondad, por lo que a veces uno se cuestiona si no será mejor hablar del odio y de la maldad, porque ambos son los motores que parecen mover a esta humanidad convulsionada que en lugar de evolucionar, parece que cada vez retrocede más y más.

Abril 16 de 2015