lunes, 11 de mayo de 2015

Cuento: El científico


Por Javier Brown César

Se preguntarán qué hace un renacuajo inmundo como yo "gozando de la vida" en algún lugar de la Riviera Maya, cuyo nombre no puedo ni siquiera pronunciar. Un tipo sin ningún atractivo, bajito, con lentes, de apariencia repugnante, que nunca tuvo novias y que todos pisoteaban en la escuela, como vil escupitajo, está en el paraíso, mientras que la mayor parte de la humanidad sufre y padece. ¿Cómo es posible que esté rodeado de bellezas de todas las nacionalidades que hacen lo que les pida con tal de ganarse mis favores y que saben que si me disgusto con ellas, dejarán de ser parte de mi selecto círculo de amistades? ¿Cómo es posible que hombres mucho más altos, musculosos y "bien parecidos" tengan que estar solos en la playa en busca de una conquista efímera mientras que yo estoy rodeado de mujeres de indescriptible belleza y dispuestas a "todo" con tal de agradarme? Tengo a mi servicio todo un hotel, simple y sencillamente porque el hotel es mío. ¿Qué hice para merecer todo esto?

Soy un científico prominente, una de las grandes mentes del milenio, y el único creador de uno de los remedios más esperados de todos los tiempos. Durante años experimenté con múltiples virus y vacunas hasta que al final, logré aislar y contrarrestar el virus del resfriado. Sí, el molesto virus que causa tanto sufrimiento a miles de millones de personas cada año, que provoca dolores de cabeza, calambres, intenso flujo nasal, estornudos incontrolables, tos pertinaz, problemas estomacales, fiebres intensas y malestares insoportables. En mi laboratorio aislé la vacuna y anuncié el descubrimiento en un congreso local. Iba a registrar la patente cuando se me acercó un grupo de sujetos vestidos de gris y que me ofrecieron cuatro billones de dólares por la vacuna… ¡cuatro billones! Y se las vendí.

Mi vacuna habría terminado con el negocio de antigripales, analgésicos, antihistamínicos, vitaminas, médicos, tes, menjurjes, laboratorios e innumerables recetas y remedios contra la gripe normal, así como con el sufrimiento de incontables seres humanos; pero nunca se comercializó. Y ahora nada, nada impide que una vez que el virus radique en el cuerpo de un ser humano, cause los estrategos de siempre. Todos los "remedios" lo único que hacen es inhibir los síntomas, paliar el dolor, en fin, "atontar" al sistema nervioso central, pero el virus triunfa en todo lo alto y nadie lo puede evitar. ¿Qué lo que hice es inmoral? No me importa, porque gracias a tu resfriado soy millonario. ¿Y sabes? Pude evitar tu dolor, pero te burlaste de mí y me insultaste, humillaste y heriste. Y ahora ¿quién es el ganador? Al final de cuentas, cuatro billones de dólares es una cantidad de dinero tan grande que sería capaz darle a cada ser humano un poco de mi dinero… El que ríe al último ríe mejor. Soy egoísta y déspota, por lo que prefiero que la rubia que está cerca de mí me alabe por mi "hermosura" antes que remediar tus males. Al final de cuentas todo se reduce a negocio ¿No lo crees?
 

Mayo 11 de 2015

martes, 5 de mayo de 2015

Cuento: Mientras deliro


Por Javier Brown César

 
Estoy sentado en una banca con mesa anexa, que se parece a las que se ponen en lugares donde la gente pasa su día de campo, el mal llamado "pic nic". Estoy en un amplio patio y a mi izquierda están las habitaciones. En la banca de enfrente no hay nadie pero a mi lado hay un tipo gigantesco, con mandíbula prominente y cara de estúpido. Por alguna razón sé que este tipo es algo así como mi guardaespaldas. Esto parece un manicomio. El tipo se para, en realidad es enorme, mide más de dos metros de alto, me agarra como a un bebé y me carga a mi habitación. Estoy solo y duermo.

 
Despierto y estoy de nuevo en el patio, sé que no estoy loco y que las excrecencias que dicen que como son en realidad del gigante. El tipo se distrae y tiro con la cabeza el vaso de agua que sé que tiene alguna sustancia que me impide moverme y pensar. Pasan las horas y empiezo a pensar. Un par de mujeres que se han hecho pasar por mi madre y mi hermana me tienen aquí. En realidad no estoy loco, pero este es un manicomio especial, un lugar sin escapatoria. El gigante es mi guardián, ha sido comisionado para llevarme de la habitación al patio y para darme mi dosis diaria de alimento y somnífero.
 

Empiezo a reaccionar y a recordar, pero no me puedo mover. Hace tiempo recibí el premio nacional de ciencias por mis importantes contribuciones en el ámbito de la biopolítica. Me acompañaba la que sé que es mi esposa y a la que no he visto desde hace mucho tiempo, no sé cuanto. Empiezo a recordar y las ideas llegan a mi mente: descubrí la existencia de un gen que está presente en la mayor parte de la humanidad y que produce una condición parecida a lo que se denomina trisomía 21, con la gran diferencia de que esta última condición tiene rasgos fácilmente identificables. El gen, al que denominé omega está presente en un altísimo porcentaje en la humanidad, por lo que antes había pasado desapercibido. De hecho, la excepción a la regla es la no presencia del gen omega, pero esto sólo se da en un porcentaje marginal de los humanos. Omega es el causante de que los seres humanos digamos mentiras, asesinemos, robemos e incurramos en todo tipo de conductas que nos rebajan a niveles subhumanos, que nos "animalizan". Recuerdo haber postulado la constante de Burn según la cual, aunque se dé el mestizaje o diversas combinaciones aleatorias, omega no está presente, a lo largo de la historia, en sólo el .001 por ciento de la humanidad. Omega es el gen del mal. Ahora recuerdo que gracias a este descubrimiento me hice acreedor al premio de ciencias.

 
¿Qué pasó después? Ahí viene el gigantón y me va a llevar a mi habitación para dormir. No sé si sueño o estoy despierto. Desde que existe la humanidad, aproximadamente hace un millón de años según mis cálculos, los que no poseían el gen omega, fueron quienes evitaron la destrucción del género humano. Después de milenios de evolución las primeras civilizaciones se erigieron lideradas por quienes no poseían el gen omega y quienes eran considerados como semi dioses o como descendientes directos de los dioses gracias a sus cualidades superiores. Pues bien, estas "cualidades" no eran otra cosa que la ausencia del gen omega, el gen del mal, presente en la mayor parte de la humanidad. Así se erigieron Sumeria, Asiria, Babilonia, Egipto, China, India y Mesoamérica. Algo pasó en Grecia cuando se inventó la democracia, porque seres que no poseían el gen omega como Platón y Aristóteles criticaron un sistema político que le daba a los poseedores del gen omega un enorme poder. El filósofo de Atenas y el filosofo de Estagira sabían que Grecia caería por obra de la democracia y así fue. Este caso es tal vez uno de los primeros documentados en que la civilización cedió a la barbarie. En sus tiempos, Alejandro Magno y mucho después Napoleón lucharon para evitar que el poder lo tomaran quienes poseían el gen del mal, al primero lo asesinaron y al segundo lo recluyeron de tal forma que sólo podía aplicar sus geniales ideas jugando al ajedrez.

 
Y así, Europa fue colonizada por el gen del mal y también América y llegó la democracia y con ella se le dio poder a quienes poseían el gen del mal para robar, asesinar y ultrajar y se garantizó que mayorías poseedoras del gen del mal mantuvieran en el poder a los usurpadores, mediante el sufragio "universal". Desde esa terrible derrota, quienes no poseen el gen omega, han sido los grandes científicos, estadistas, inventores, filósofos, literatos y músicos, que siempre se han visto relegados y no han tenido ni los recursos económicos ni el poder para influir en el destino del mundo. Así, personas como Einstein, Bohr, los Curie, Gandhi, Heidegger, Wittgenstein, Mistral, Borges, Stravinsky y Heifetz han vivido a la sombra de poseedores del gen del mal y no han podido hacer nada para evitar la debacle que actualmente se vive. Si los destinos del mundo siguen siendo guiados por los poseedores del gen omega, la humanidad, en lugar de evolucionar, involucionará hasta autodestruirse.

 
Debemos reinventar a la humanidad para salvarla de su propia decadencia. Desde la ilustración nos desvivimos por los niños prodigio sin darnos cuenta de la existencia de jóvenes, adultos y ancianos prodigio. La genialidad no conoce edad y eclosiona de forma repentina en diversas fases de la vida, pero siempre viene precedida por la ausencia del gen omega. Desde el siglo XX inventamos al niño para educar al futuro trabajador, no para edificar al gobernante. Desgraciadamente protegemos al niño que hoy no tiene el gen omega para que pueda ser hábilmente explotado el día de mañana. Los hijos de los que ahora controlan los destinos de la humanidad ya están protegidos por una esfera de confort, lujo, educación privada, seguridad y salud, y así ha sido históricamente; ellos son quienes poseen el gen del mal. Quienes nos gobiernan salen de una "clase" predeterminada de gentes que poseen el gen omega y que se caracterizan por su intrínseca corrupción, son reclutados de entre: los empresarios corruptos dedicados a la construcción, el petróleo, la banca, los seguros, las manufacturas y los servicios; los políticos de siempre que han hecho su fortuna de forma dinástica; y las mafias emergentes dedicadas a la basura, la prostitución, el tráfico y trasiego de drogas y otras actividades ilícitas por conveniencia. La mayor parte de la humanidad nacerá para ser carne de cañón en las guerras, material humano para las fábricas y víctimas inocentes de los poseedores del gen del mal.
 

Ahí viene el gigante y está enojado. Se dio cuenta que tiré el líquido y ahora me rodea con sus brazos enormes, me lleva de nuevo a la banca y me hace beber de ese líquido que atrofia la mente y las articulaciones. Sé que si no bebo me liberaré, pero no puedo impedirlo.

 

Mayo 5 de 2015

domingo, 3 de mayo de 2015

Cuento: El vividor


Por Javier Brown César

 
… era uno de esos seres nacidos para ganarse la voluntad de los demás sin esfuerzo. Agatha Christie

 
"Nació para ser un vividor. Desde la cuna, fue uno de esos humanos privilegiados a los que el destino premió con el don del carisma". Esto me lo decía una de las tantas mujeres que se habían enamorado perdidamente de él. Ella le había dado todo tipo de lujos y comodidades a cambio de su compañía pero cuando se vio ante severos apuros económicos, él la abandonó. Así había hecho con muchas mujeres. Vivía de su dinero hasta que las hartaba o hasta que les exprimía el último centavo. Como fruto de sus aventuras tenía un amplio departamento, un automóvil de lujo y algunos trajes de diseñador, pero nada más. Se presentaba impecablemente vestido a cuanto evento social podía colarse e impresionaba a todos con su elegancia y su vana palabrería. En realidad no era una persona culta, pero había memorizado trozos de novelas, de obras de filosofía y poesías, con los que impresionaba a las damas, quienes caían rendidas ante él, porque además, era un auténtico adonis.

 
En los últimos tiempos se dedicaba a ir a las presentaciones de libros y a las inauguraciones de exposiciones donde se ofrecían bocadillos y vino, y así, se la pasaba a la caza de cuanto evento podía proporcionarle un agradable ágape. A veces tenía suerte y escapaba con alguna dama de sociedad, pero la crisis también estaba afectando su modus vivendi. Un día me lo encontré en la presentación del más reciente libro de Arturo Pérez Reverte y después de la mesa redonda en la que se habló de la vida del escritor, de sus tiempos como reportero de guerra y de su gusto por la navegación y los perros, me le acerqué llenó de asco por su modo de vida, y lo increpé directamente: "eres sólo un vividor que no está dispuesto a hacer nada por nadie, que sólo mira por su propio interés, que cree que amar es perorar y hablar, pero que no es capaz de mover un dedo para ayudar a nadie".

 
Entonces el me respondió: ¿No sientes, de vez en cuando, la sensación de que no puedes hacer lo que quieras con tu vida, de que tus talentos no se pueden desarrollar, de que no puedes hacer uso de tu tiempo libre para ti mismo, de que todo el tiempo alguien te quita lo más valioso que tienes, que es tu vida? ¿Cuánta realeza inútil se pavonea por las revistas, que no ha aportado gran cosa a la humanidad, salvo su frivolidad y su despilfarro? ¿Cuán pocos ejemplos como Marco Aurelio son la excepción a la probada inutilidad de la clase gobernante, que en lugar de talento, desborda astucia, y que es incapaz de aportar grandes creaciones como obras de arte, sinfonías o libros memorables? Esta clase se ha caracterizado por dilapidar fortunas, atropellar derechos, producir cinturones de miseria y dejar en el hambre a millones. Para ellos debería haber un castigo inflexible: un infierno en el que tengan que ver todos los días los rostros contritos de las personas que por su culpa padecieron dolor, miseria y abandono.

 
Somos controlados por poderes anónimos, sin rostro, que ven sin ser vistos y que juzgan sin ser juzgados, que te incitan a desear las cosas que no necesitas, te hacen comprar cosas que no sirven; te venden aparatos sofisticados que duran poco y que te obligan a comprar otra vez lo mismo. te invitan a endeudarte durante toda tu vida para hacerte de lujos superfluos; te hacen trabajar para la gran maquinaria y al final, cuando ya no sirves, te desechan como cualquier pedazo de basura. Naces bajo el cómodo abrazo de instituciones que al final, cuando eres viejo, te regurgitan al humus elemental del que saliste y del que desearías nunca haber salido; te venden sueños que nunca podrás alcanzar sólo para frustrar tus esperanzas, para hacer sufrir a tus seres queridos, para dilapidar miserablemente el tiempo de tu vida.
 

La historia de la humanidad es la de las minorías dominando a las mayorías. Antes, era la fuerza bruta la que prevalecía, cuando ser fuerte valía, pero después los débiles aprendieron a dominar a los más fuertes con mucha astucia. Luego, fue el dinero el que logró consolidar la dominación. Estos que dominan crean las leyes y las instituciones infranqueables que mantienen la cruel lógica de dominación, y como los que hacen las leyes son los que se benefician de ellas, las cosas no cambian. Ahora, es la pericia técnica, la habilidad jurídica para encontrar los vericuetos de leyes cada vez más complejas y la pericia contable para evadir impuestos, lo que permite la acumulación de dinero y poder en manos de unos pocos. Y usted me viene  con el cuento de que soy un, ¿cómo dice?, "vividor". No señor, las cosas no son como usted las piensa. Para usted la filosofía moral, que en el fondo no es otra cosa que una larga e inútil perorara sobre el bien y la virtud, es la que dicta las reglas del mundo, pero no. Todos los grandes filósofos morales, desde Platón y Aristóteles, hasta Kant pasando desde luego, por Santo Tomás de Aquino, se han empeñado en hablar del bien. Pero el bien es una extravagancia, una ocurrencia ocasional, una realidad eventual, una improbabilidad espectacular. En realidad el mal es la tónica de nuestro tiempo y lo ha sido siempre, desde que la humanidad tiene conciencia de sí misma. Por ello, y paradójicamente, la auténtica filosofía moral es la que escribieron inmoralistas como La Rochefoucauld o Nietzsche, ellos sí sabían de lo que hablaban porque lo que manda en el mundo es la maldad. Yo sólo estoy ubicado en un eje del menor mal en que vivo de los demás, soy como un vampiro benevolente que se beneficia de lo que está bola de crápulas que son parte de las clases dirigentes nos dejan a los demás. Como afirmó la gran Agatha Christie en The AB.C. Murders: "El ser humano es algo nauseabundo". Y yo, me empeño día a día en ser el menos nauseabundo de esta raza infame, de esta humanidad que es la más abominable bestia que ha engendrado la naturaleza.

 

Después de estos argumentos del vividor no pude decir nada más.

 

Mayo 3 de 2015

jueves, 16 de abril de 2015

Cuento: La teoría del amor de Juan Donnt

Por Javier Brown César

Juan predicaba en los jardines universitarios por lo menos una vez a la semana. Tenía algunos fieles seguidores que creían y apoyaban sus ideas, entre los que me encontraba yo. Su teoría del amor tenía un poder de seducción innegable, por lo que me atrevo a transcribir sus principales tesis, como un sentido homenaje a quien cambió para siempre mi visión de las relaciones humanas.

Juan Donnt estaba convencido de que el amor no es un sentimiento, ni una pasión, sino una acción o más bien, un conjunto articulado de acciones decididas para transformar, de alguna forma, la realidad, haciéndola más bella, noble, ordenada, armoniosa, justa y unida. Decía que a veces se confunde el amor con un sentimiento porque sus efectos tienen ciertas repercusiones fisiológicas; de forma similar a cuando se hace ejercicio y al final de un esfuerzo máximo se siente una intensa gratificación, también así sucede cuando uno hace algo noble por los demás, que es una de las tantas expresiones del amor.

El amor y el enamoramiento son cosas muy diferentes. El enamoramiento es una locura momentánea, un arrebato temporal que puede terminar de forma abrupta en decepción y depresión. Una causa frecuente del enamoramiento es lo que se suele llamar “atracción física”, que lleva a que la persona se siente atraída por otra desde un inicio por alguna cualidad física e incluso como resultado de reacciones químicas que no somos capaces de descubrir, porque no conocemos bien sus señales. Esta atracción inicial, cuando se acompaña de algún factor de evocación o de atracción, como puede ser el recuerdo del padre o una simple palabra o gesto puede causar esa locura temporal que es el enamoramiento.

El amor tampoco se debe confundir con el deseo sexual, cuyas bases son los instintos que compartimos con los animales superiores. Este deseo ardiente, una vez satisfecho se extingue, no dura. En ocasiones el deseo sexual mueve al ansia de conquista y al delirio que acompaña toda hazaña, pero una vez conquistada la meta, se desactiva.

Ya desde Platón se sabe que se suele amar aquello que uno percibe como bello, pero la belleza es relativa y depende tanto de la época como del lugar. Lo que es un hecho es que todo lo que es bello tiene cierta proporción y armonía que hace que agrade a la vista. A veces la belleza causa pasmo o estupidez, por eso es peligrosa, tanto para quien la contempla, como para quien la porta.

Amar es hacer algo por alguien más, darle lo mejor de uno mismo, como nuestro tiempo, nuestras caricias, nuestras mejores palabras, nuestros más queridos pensamientos, nuestro conocimiento. Amar es buscar el bien del otro, pero para esto es necesario conocer qué puede ser bueno para otras personas, porque a veces se hace mucho daño pretendiendo hacer el bien sin conocimiento adecuado.
En este mundo mercantilizado prevalece la idea falaz y ridícula de que amar es dar cosas a los demás. Pero las cosas sólo generan relaciones de esclavitud. Es absurdo pensar que entre más costoso es el regalo más grande es el amor, no hay proporción entre una cosa y otra y al contrario, a veces el vacío de amor es cubierto con la abundancia de cosas.

Hoy la cultura del odio ha derrotado a la del amor. Cuatro son las causas principales del odio en nuestra civilización: el sexo, el poder, el dinero y las ideas. Aunque quizá la causa más común del odio es, además de las cuatro que he mencionado, la falta de amor a uno mismo o la incapacidad para amarnos. Vivimos en un mundo en el que no se aprende el amor porque las personas no crecen amándose a sí mismas: pierden el tiempo miserablemente sin poder compenetrarse de sí mismas, sin conocerse a sí mismas y sin dedicar tiempo al auténtico cuidado de uno mismo, que no es el vano maquillarse, sino el cultivo de la inteligencia y el espíritu, la realización de ejercicio adecuado y la alimentación suficiente y nutritiva.

Las ideas son causas principales de las guerras y el genocidio. Quienes se creen poseedores de la verdad pretenden excluir a otros con base en sus ideologías y con ello buscan segregar, y en el extremo, exterminar a quienes se atreven a pensar diferente.

En una sociedad mercantilizada el dinero es la causa más común de las desavenencias, la codicia produce resentimiento, la avaricia engendra mezquindad y la acumulación ilimitada de riquezas materiales produce odio ilimitado. Un mundo en el que los ricos tienen demasiado y los pobres tienen muy poco es además de injusto, insostenible.

El poder y la lucha desmedida por cada vez tener más son fuentes permanentes del odio y la confrontación. Inclusive quienes ambicionan el poder son capaces de asesinar, como lo sabemos gracias a historias que datan de hace miles de años.

Por último, el sexo también puede ser motivo de odio, ya que paradójicamente es posible que se dé el sexo sin amor, así como el amor sin el sexo. A veces se llega al extremo de matar a una persona para evitar que sea poseída por otra.

En fin, el amor es tan poco común como la bondad, por lo que a veces uno se cuestiona si no será mejor hablar del odio y de la maldad, porque ambos son los motores que parecen mover a esta humanidad convulsionada que en lugar de evolucionar, parece que cada vez retrocede más y más.

Abril 16 de 2015


jueves, 12 de marzo de 2015

Cuento: El gran padrino

El Estado es el gran padrino. Esta era la tesis fundamental de mi profesor de filosofía política. No voy a decir su nombre por temor a mancillar su memoria, porque sus ideas rayaban en el más crudo anarquismo. Tengo cuadernos llenos de notas de sus clases y grabaciones de largos monólogos que dejaban a todos pasmados e inmóviles en sus asientos. Como dijo algún gran pensador, toda filosofía se basa en una sola idea y la tesis del Estado como el gran padrino era la idea del profesor. Supe que murió hace unos días de forma un tanto extraña, así que en homenaje a él transcribo sus tesis principales.

Una de las más grandes aberraciones que ha parido el género humano es el Estado, un monstruo abominable que devora a sus hijos como el Saturno de Goya. Este ser infecto se ha constituido en el gran jefe de todas las mafias, en el gran padrino que encabeza las mafias sindicales y patronales; las que administran cárceles, talleres y escuelas; las que proveen agua y alumbrado; las que recolectan basura y ordenan mercados; las que regentean prostitutas y prostitutos, las que distribuyen droga y piratería; en el líder de la delincuencia clandestina y abierta, así como de quienes deberían darnos seguridad.

Esta aberración humana, este Frankenstein, es a la vez el Estado policía que paradójicamente reprime con singular violencia a quienes lo sostienen con sus tributos; es el educador que fraudulentamente toma a nuestros hijos con la promesa de hacer de ellos mejores ciudadanos y trabajadores y los arroja a un mercado laboral que ofrece trabajos miserables; es el cobrador de impuestos que impone a todos tributos a cambio de los cuales devuelve bienes y servicios de pésima calidad; es el que envía al transporte público subterráneo a los pobres y construye vialidades en las alturas para los lujosos autos de los más pudientes; es el Estado restrictivo que limita nuestras libertades de forma arbitraria y que constantemente está pariendo leyes que cada vez se meten más en nuestras vidas privadas y en nuestras familias restándonos autonomía; es el regulador que controla todas las actividades, privatizando los beneficios y socializando los costos.

Este ser vituperable es el promotor de la mercantilización generalizada de la vida cotidiana, que convierte todo en mercancía intercambiable y que invierte los valores al lograr que valga más el tener que el ser; es el constructor de la trivialización de todo lo humano, de la vulgarización ilimitada de la existencia, de la depauperación arbitraria de gentes talentosas; es el creador de la pérdida de sentido de nuestras vidas, el productor de una cultura superficial y absurda; es el ente que le quitó al deporte, su capacidad expresiva como logro del género humano, para convertirlo en un negocio miserable, en el que ganan unos pocos y pierden los más.

Esta construcción desastrosa es la que ha invertido todos los valores, encumbrando a espíritus malignos, mezquinos, egoístas y mediocres y sepultando los anhelos de personas talentosas; es el que ha convertido nuestra vida en un circo y nuestra diversión en una telenovela barata; es el que nos ha ofrecido productos que acaban con nuestra salud y con nuestro medio ambiente; es el creador de amplios cinturones de miseria que rodean las ciudades y amenazan de forma permanente con hacer que la paz basada en la coexistencia de ricos y miserables, se convierta en una guerra de todos contra todos. Este gran padrino nos ha quitado nuestros sueños y limitado nuestros proyectos, nos ha hecho perder la esperanza y nos hace ver el futuro con enorme pesimismo.

¿Acaso la alternativa es el buen salvaje de Rousseau? ¿Y qué pasaría con la tesis de Hobbes, del homo homini lupus, en un Estado de naturaleza absolutamente brutal? ¿Sin este gran padrino nos convertiremos acaso en peores bestias de las que ya somos? ¿Pudo este ser bestial evitar que millones de personas murieran en el siglo pasado y en lo que va de este? ¿Acaso se justifica su existencia cuando ha sido incapaz de proteger la vida y el patrimonio de quienes le han cedido su poder de decidir y de actuar, así como su autonomía y sus libertades? Yo no sé ustedes, pero a mí me dan ganas de darme un tiro.


Marzo 12 de 2015

lunes, 16 de febrero de 2015

Cuento: Escuela de Mendigos

Por Javier Brown César

Un buen día me vi en la calle, sin otra alternativa que la que me propuso mi jefe anterior: vaya buscando otro empleo. Y eso hice durante días, semanas y meses, consumiendo mis escasos ahorros y vendiendo mis limitados bienes, yendo de una entrevista de trabajo a la otra, hasta que me quedé sin un centavo en la bolsa, con mi título universitario en la mano y con un hambre de la fregada en el estómago.

No sabía qué hacer y más cuando un mendigo andrajoso del que sentí una lástima inenarrable me pidió una limosna con voz lastimera y ojos suplicantes. Y entonces se hizo la luz, si un universitario no podía conseguir empleo en este país sin oportunidades y si la vía de la ilegalidad tenía como fin la cárcel, la solución sería la mendicidad obligada. Comencé a pedir dinero hasta que caí en la cuenta de que a mis años, y con mi porte, me seguía quedando con hambre y en la calle, así que decidí consultar a un experto. José era su nombre y en su vida se había dedicado a enseñar a las personas a ser mendigos. Estás demente –me dijo- no hay nada en ti para que la gente sienta lástima, porque el primer principio de la mendicidad es que debes causar lástima y entre más mejor, porque las personas que pasan cerca de un mendigo le dan dinero para evitar verse en el espejo de sus propias miserias o por la profunda culpa que les ocasiona su vida vil y crapulosa. Así que si estás seguro tendrás que tomar medidas drásticas. Como yo estaba convencido de mi destino, gracias al rayo de luz que me iluminó, asentí y entonces José me planteó las posibilidades: cojo con muletas, cojo en silla de ruedas, sin brazos, ciego o tullido, mugroso y alcohólico. Entonces decidí que lo mejor era la ceguera, para evitar mutilaciones riesgosas para mi vida, porque siempre he sido un egoísta aferrado a mí mismo. Entonces –dijo José- si quieres tener éxito en un país como el nuestro donde la mendicidad es un modus vivendi y no una vocación, te tendremos que convertir en un ciego y para ello el método seguro es el del fierro ardiendo en los ojos, sólo así podrá ser ceguera auténtica, porque yo no enseño a simular la pobreza y la falta de órganos. Asentí y José me dijo: te alcoholizaremos hasta perderte en un sueño profundo del que despertarás ciego, pero además te desfiguraremos para envejecerte. Si decides hacerlo así no hay vuelta atrás, por lo que si llegas a mi casa hoy a las 10 de la noche sabré que tendremos un nuevo mendigo en la ciudad. Así lo hice y entonces comencé a beber hasta perder la conciencia.

Al día siguiente desperté adolorido a la penumbra eterna y comenzó mi entrenamiento en la Escuela de Mendigos. Las primeras semanas fueron indescriptibles. Al principio y para no morir de hambre tenía que alimentarme con papillas, como bebé, ya que me habían dejado sin dientes y además no podía oler lo que comía porque tenía la nariz desecha. El dolor fue cediendo gradualmente entre alcohol y papillas mientras se me enseñaba lo básico: lo primero es que uno queda sujeto a una relación de servidumbre teniendo que pagar a la Escuela y a las autoridades de la ciudad cuotas fijas diarias, lo que dejaría un pequeño margen de ganancia suficiente para no morir de hambre y para vivir en las calles; hay que saber pedir y para ello la voz es fundamental, ya que la entonación tiene que ser lastimera y dolida, pero sin llegar al extremo, y hay que crear una consigna para recibir dinero, no sirviendo ya cosas como “ayude a este pobre ciego”, que es muy trillada, así que desarrollé en esos tiempos “libres” varias consignas que no puedo revelar porque garantizaron mi subsistencia en los primeros días; la ropa y la apariencia son fundamentales, hay que ir andrajoso pero no apestoso, ya que los malos olores ahuyentan a la gente y hay que dejarse la barba y el bigote desaliñados y sucios pero no tanto como parecer malandrín, porque esto también ahuyenta a la gente. Y así pasaron los días mientras aprendía a identificar los sonidos que anunciaban un peligro potencial y a aguzar mis restantes sentidos.

No cabe duda de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido. Ya sin vista te vuelves dependiente total del oído, el tacto y el olfato, en ese orden. El oído se aguza necesariamente porque todo lo que uno percibe de forma inmaterial y en un rango de distancia extenso son ruidos: personas, autos y otros vehículos, radios y televisiones, entonces la ciudad se nos aparece como una inmensa amalgama de sonidos en muchas ocasiones caóticos, que uno se va acostumbrando a organizar en el espacio mental, porque el espacio deja de ser percibido como algo externo para convertirse en una construcción de la imaginación. Los metros y centímetros dejan de tener sentido pero nuevas categorías lo comienzan a adquirir, y así el cerca-lejos y el amenazante o no amenazante son cruciales para quien no ve.

El bastón blanco, que antes se llamaba tiento y que es el palo de los ciegos, se convierte en el instrumento privilegiado del tacto, en una especie de extremidad ampliada que permite saber qué hay delante de uno y aunque es prácticamente infalible, uno se puede llegar a equivocar si hay un obstáculo que en lugar de estar soportado por el piso cuelga de algo, como me llegó a suceder con un cartel que estaba a mitad de una banqueta y que colgaba de una marquesina, pero eso fue algo excepcional. Llega también una nueva percepción del tiempo: la vida se vuelve más pausada y el tiempo se hace todavía más relativo, difícilmente se pueden tener prisas porque no hay manera de ir al ritmo de los demás, hay que caminar despacio con el bastón blanco describiendo un arco de aproximadamente una pulgada más que el propio cuerpo, moviendo solo los dedos y la muñeca, para formar un mapa mental de los obstáculos y del tipo de superficie sobre la que uno está. En esto de la caminada hay que ir lento porque si bien es fácil detectar cuando se está enfrente a unos escalones que suben, cuando los escalones bajan la punta del bastón se hunde drásticamente, literalmente se pierde el piso y no sabe uno si está ante un abismo o ante escaleras. Después de cerca de medio año de aprender a utilizar el bastón blanco pude salir a todas partes para mendigar libremente. Todo lo que había aprendido me era extremadamente útil para mi nueva vida. Al día recibía una importante cantidad de dinero. Lo problemático siempre fue cuando me daban billetes, que yo suponía eran de baja denominación, hasta que un día pagando unos tacos doña Lupe -que era una señora bien honrada que desafortunadamente pasó a mejor vida cuando su marido la mató a golpes por serle infiel- me hizo ver que le estaba pagando con un billete de cincuenta pesos, por lo que desde ese entonces voy al banco y cambio algunos billetes por otros de fácil identificación al tacto.


Desde que salí a las calles a mendigar hasta el día de hoy han pasado más de veinte años y mis canas y arrugas reales me han ayudado a tener cada vez más ganancias. No me puedo quejar, me va mucho mejor que cuando trabajaba en una oficina y además de que soy libre, en una mañana gano lo que antes ganaba en una semana. Como bien y vivo en un buen lugar. No me cabe la menor duda que las cosas que más extraño, además de las formas y las figuras que nos descubre la vista, son la posibilidad de correr libremente y de ver el sol de un nuevo día, porque sólo sé que amaneció por el calor que siento en la cara. También extraño los colores y los rostros que ahora sólo puedo tocar y las formas que ya no puedo ver… como dije antes, uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.

Febrero 16 de 2005

lunes, 9 de febrero de 2015

Cuento: Traidor a la Patria

Por Javier Brown César

Queda también prohibida la pena de muerte por delitos políticos, y en cuanto a los demás, sólo podrá imponerse al traidor a la Patria en guerra extranjera, al parricida, al homicida con alevosía, premeditación y ventaja, al incendiario, al plagiario, al salteador de caminos, al pirata y a los reos de delitos graves del orden militar.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos promulgada el 5 de febrero de 1917

Hace varios años que me desvelo hurgando en el pasado familiar para tratar de desentrañar quién soy y por qué soy como soy. Alguien me dijo hace tiempo que si quería conocer con certeza meridiana mi misión en la tierra, debía indagar en las vocaciones, historias y andanzas de mis antepasados, para no repetir sus errores, para aprender de sus aciertos y comprender las razones por las que tengo ciertas habilidades particulares. Inquiriendo durante años en archivos y entrevistando a familiares y personas ya muy mayores llegué a conocer mejor mi pasado. De todas las historias que escuché no hay ninguna más perturbadora que la de mi tatarabuelo Don José Guajardo, un norteño de Parral que su Patria olvidó porque era un tipo con ideas abiertamente descabelladas.

Don José es lo que podríamos considerar un mexicano ingrato, un traidor a la Patria. Gracias a mis investigaciones pude saber que mi infame ancestro conoció a un tal Lorenzo de Zavala, defensor del pensamiento liberal y ávido promotor de los gringos, que aprendió por sí mismo el idioma inglés, visitó los Estados Unidos y escribió un panegírico sobre el vecino del norte en el que ensalzaba su talante laborioso, reflexivo, libre y perseverante. Supe que mi antepasado siguió a los gringos en sus campañas militares desde las batallas de Palo Alto y Resaca, Buenavista, hasta la de Molino del Rey, el ataque a la Casa Mata y la victoria en Chapultepec, y que consideró que el día más importante en la historia de nuestro país fue cuando la bandera de las barras y las estrellas fue izada en el Zócalo de la ciudad en la mañana del 14 de septiembre de 1847. Lo que pasaría después de ese acontecimiento que humilló a sus compatriotas es confuso y nadie me ha podido dar razones de mi ancestro.

Don José Guajardo tenía la extraña convicción de que nuestro país estaba destinado a la prosperidad, con tal de que superara el cerrado nacionalismo de los conservadores y “abriera el corazón de sus hijos a la causa de los Estados Unidos del Norte de América”. En uno de sus primeros panfletos, titulado Sobre la conveniencia de un México protestante, Don José argumentaba en contra de dos prácticas recurrentes de la iglesia: la compra de indulgencias y la confesión; con respecto a las indulgencias decía: “ahora compramos un cachito de cielo a los curitas y de seguro mañana terminaremos comprando los favores de los políticos conservadores mientras no nos deshagamos de esa runfla de vividores y buenos para nada”; para la confesión no era menos lacónico: “si la confesión sólo sirve para limpiarnos la conciencia y seguir siendo los mismos rufianes de siempre mal servicio nos da esta práctica que nos va a llevar a ser un país de ladrones, pillastres y asesinos”. Más adelante escribía en tono exaltado: “hoy intermedian para que logremos la gracia de un dios que todos dicen amar, aunque traicionen a sus propios hermanos, y mañana seguramente crearán grupúsculos de vividores que intermediarán entre quienes nos ofrecen el cielo en la tierra y quienes padecen el infierno en la tierra”. En otro de sus lapidarios panfletos titulado Sobre las diferencias entre el norte y el sur mi ancestro contrastaba de manera abierta el temperamento y carácter de los pueblos ubicados a ambos lados del río Bravo: “mientras que los que viven al norte trabajan día y noche y acumulan riqueza, explotando a una naturaleza poco prolija e ingrata, nosotros que vivimos en jauja y que con estirar la mano gozamos de los generosos frutos de la tierra nos hemos convertido en una nación de palurdos, salvajes y holgazanes incapaces de hacer nada para extraer la verdadera riqueza de donde está que es en las entrañas mismas de esta tierra”. Sin duda su escrito polémico más radical es Sobre la conveniencia de ser todos Americanos del Norte en el que argumentaba a favor de adoptar el inglés como lengua nacional y de la ideología liberal como filosofía de vida para “deshacernos de los malos prejuicios inculcados por quienes tiene al pueblo sumido en la miseria y la ignorancia”.

No cabe duda que el tatarabuelo tenía ideas extrañas. Todavía hoy me pregunto qué hubiera pasado si sus sueños se hubieran vuelto realidad, entonces veo a los Estados Unidos y me pongo a temblar, pensando en Corea y Viet Nam, en el tío Sam y el pato Donald, y tanta plebe gringa llena de lana pero en su mayoría ignorantes, comparada con una Patria que no ha vivido una sola guerra desde la Revolución y con una raza pobre hasta los huesos, pero eso sí muy orgullosa y mayoritariamente ignorante.

Febrero 9 de 2015