EL
SER Y EL DEBER SER DEL BIBLIOTECARIO
Por Javier Brown César
Hablaré ahora de un tema poco recordado: la ética bibliotecaria. Mi objetivo es presentarles un esquema, lo más completo posible, de ética bibliotecaria. Espero triunfar en esta labor, y ustedes me dirán, hacia el final de esta conferencia qué tanto éxito tuve en mi empresa.
Partimos de un principio
contundente: del ser depende el deber ser o lo que es lo mismo: dime quién
eres, y te diré que estás destinado a ser.
La actividad bibliotecaria ha transitado, a lo largo de la historia humana, de ser una ocupación a considerarse un oficio y ya en el siglo pasado a entrar de lleno en el catálogo mundial de profesiones.
El primer dato, pues, es que
el bibliotecario es un profesionista, lo que no necesariamente significa que
sea un profesional (existen profesionistas poco profesionales y profesionistas
muy profesionales). Por ende, ser profesionista dice poco, pero ya nos dice
algo. La primera pregunta pertinente es entonces ¿qué es un profesionista?
Y la segunda, vinculada con la anterior sería ¿qué hace de un profesionista un profesional? Nuestra plática tendrá como punto de partida la pregunta inicial sobre la esencia de las profesiones y terminará dando respuesta a la segunda pregunta con lo que sabremos, con toda certeza, como ser profesionistas, que sean a la vez auténticos profesionales.
¿Qué es una profesión y qué es un profesionista? La historia del desarrollo de las profesiones es relativamente reciente: su origen es la organización del trabajo que se dio durante la Baja Edad Media. En las protociudades de la Edad Media proliferaron oficios diversos. La palabra oficio proviene del latín officium, que significa servicio. Los oficios surgen bajo la misión de prestar un servicio remunerado. Estos servidores remunerados, para proteger la dinámica y la mecánica de su oficio se organizaron en gremios, los cuales son ya los antecedentes inmediatos de las primeras asociaciones de profesionales.
Conforme evolucionaron las
universidades las profesiones comenzaron a proliferar. En un inicio no existían
los ingenieros, tampoco los economistas, los psicólogos y los sociólogos. Los
primeros profesionales que egresaban de las Universidades del Renacimiento eran
médicos, abogados, artistas o filósofos. Conforme evolucionan las sociedades
surgen nuevas profesiones que se agregan a la lista tradicional.
La palabra profesión proviene
del latín professio, que no sólo significa profesión sino también declaración,
promesa o manifestación. A su vez, la palabra professio es hermana de otra
palabra latina: professe, que significa abiertamente. Con este análisis
etimológico podemos aportar luz para analizar lo que implica una profesión.
En primer lugar, las
profesiones son ocupaciones no clandestinas y por ende legítimas y socialmente
aceptadas. Pero además, los profesioniestas deben declarar ser parte de un
gremio o asociación, y también prometer cumplir o acatar las normas y vivir la
cultura propia del gremio, y también debe manifestar públicamente su vocación o
sea, el sentirse llamados para realizar un rol social que ninguna otra persona
puede realizar.
Los profesionistas somos
únicos porque manifestamos públicamente nuestro credo, pero entonces, ¿qué es
ser profesional? Podemos decir que el profesional es un profesionista
comprometido con las exigencias propias de su gremio o asociación. El
profesional acata y aporta, es a la vez ordenado y creativo. Aquí está el
primer deber ser que nos confronta como bibliotecarios.
Pasaremos ahora al múltiple
ámbito de deberes en los que se encuentra inserto el trabajo bibliotecario,
partiendo de un orden que podemos llamar ontológico, o lo que es lo mismo
relativo al ser: pasaremos así, de los deberes para con la comunidad hasta
llegar a los deberes para con las cosas, último peldaño en la lista de deberes
que ahora esbozaré y que conforma la ética bibliotecaria.
DEBERES
GREMIALES
El deber inicial y la deuda
fundamental de todos nosotros es para con nuestro gremio, porque, como ya vimos
anteriormente, las profesiones existen sólo gracias a la acción organizada de
las personas. Aquí está no sólo un deber de gratitud –devolver al gremio lo que
el gremio nos ha dado- sino también un deber de conservación y desarrollo del
propio gremio.
Al ser parte de asociaciones,
colegios o gremios de bibliotecarios debemos mantener un clima de concordia,
confianza, colaboración y compañerismo. Nos debemos conducir, con nuestros
compañeros, con honestidad y transparencia (recuerden que professe, de donde
viene profesión, significa abiertamente). Estamos así obligados, como parte de
un gremio a abrirnos a los demás, en una actitud generosa y desinteresada. Hay
que recordar que el peor enemigo de gremios y asociaciones es el egoísmo y el
autointerés, el sólo ver por uno mismo, tratando de satisfacer en todo momento
nuestros deseos personales, aún a costa del bien de las mayorías. El interés
del gremio es superior: está por encima del interés de sus integrantes. Por eso
debemos utilizar el dinero del gremio para beneficio del gremio, los recursos y
bienes del gremio para beneficio del gremio, todo lo que es común debe redundar
en un beneficio común y en muchas ocasiones, la ética nos exige que pongamos en
común lo que antes era sólo para nuestro uso privado... Por el bien del gremio.
Hacia el gremio tenemos que
expresar nuestra gratitud y hacia nuestros compañeros bibliotecarios, nuestra
amistad. Nuestro deber ineludible consiste en mantener y acrecentar el poder
del gremio, para que sea una fuerza social relevante, con capacidad de interlocución
política, cultural y social. La fuerza del gremio se manifestará en la medida
en que podamos influir en decisiones políticas con efectos en la cultura, las
artes y el mundo de los sistemas de gestión documental.
DEBERES
SOCIALES
El segundo conjunto de
deberes fundamentales se da hacia la sociedad como un todo. Es aquí donde
tenemos un conjunto de obligaciones fundamentales que podemos resumir de la
siguiente manera.
Hay un deber para con las
diversas comunidades sociales, que van desde las familias hasta las
instituciones republicanas. El deber primordial de los bibliotecarios tiene una
innegable índole social, ya que los bibliotecarios somos un medio de acceso
privilegiado a la memoria colectiva de la humanidad. Somos, en pocas palabras,
un instrumento para recordarle a la sociedad lo que ésta ha sido y para sugerir
el proyecto de lo que puede llegar a ser. Este milenio, no se caracteriza, como
el anterior, por la sinrazón, sino por la desmemoria. Las sociedades padecen
amnesia: quieren olvidar el pasado pero entonces pierden el referente para
construir su futuro. Es nuestro deber convertirnos en auténticos terapeutas de
la memoria en guerreros cuyo enemigo a vencer es la desmemoria colectiva.
Así, nosotros nos
constituimos en puentes tendidos entre generaciones, entre comunidades y entre
personas, somos factor de vinculación y unidad social porque les aportamos
aquellos documentos que detonan procesos de reflexión y aprendizaje colectivos.
Hacia la sociedad tenemos el
deber de presentarnos como un gremio unido, sólido y eficaz, como un gremio
imprescindible para el desarrollo político, económico y social. Debemos ser
para la sociedad, ejemplo de convivencia democrática y plural, de eficacia para
realizar proyectos y de eficiencia para optimizar recursos, de capacidad para
organizarnos y llegar a acuerdos.
Finalmente, nuestro deber
para con la República nos exige respetar los bienes, servicios e instituciones
públicas. Debemos ser actores capaces de fomentar el sano régimen republicano
en el que vivimos, no olvidando que lo público, por ser público, no es
patrimonio de nadie en particular, ni de ningún grupo y menos aun, de nosotros.
DEBERES
PARA CON LOS USUARIOS
Hay un sector social hacia el
cual estamos particularmente obligados: se trata de nuestros usuarios. Los
usuarios de los sistemas de gestión documental son personas que acuden a
nosotros en busca de algún bien o servicio, y mal haríamos en cerrarles las
puertas o en dejarlos ir con las manos vacías, con la cabeza llena de
inconformidades o con el corazón lleno de malestar.
Hacia los usuarios tenemos
deberes de trato: hay que ser cordiales (cordial viene de cordis, que significa
corazón), así, hay que asistir a los usuarios con el corazón en la mano y con
la mayor disposición en nuestra mente. Debemos orientar e informar al usuario
con la única meta de satisfacer cabalmente sus necesidades subjetivas de
conocer y ser más. Somos el puente entre los usuarios y las colecciones de
documentos, pero además de puentes, también somos, como dice Ortega y Gasset,
higienistas de sus lecturas, les recomendamos qué leer. Por estas razones,
debemos conocer a nuestros usuarios, porque nadie puede amar lo que no conoce.
Estamos obligados a
proporcionar a los usuarios información pertinente, relevante, oportuna y
satisfactora de necesidades y hacia los usuarios estamos obligados a mantener,
bajo llave, su información personal: tenemos una obligación ineludible de
confidencialidad, reservándonos información –o sólo compartiéndola con los que
harán un uso heruístico de ella- sobre dónde viven nuestros usuarios, cuántos
años tienen, en qué trabajan, que idiomas habla, en fin, toda loa información
que pueda ser parte de nuestros perfiles de usuarios, los cuales son
instrumentos para un mejor conocimiento de ellos.
Un usuario perdido es un
usuario que ya no regresa y que además, se comunicará con otros usuarios reales
o potenciales para documentar nuestra ineptitud, torpeza o ineficacia. Un
gremio fortalecido se debe a la calidad humana de los profesionistas que lo
integran. Debo aquí recordar un principio fundamental: si bien desde el punto
de vista de la investigación, los sistemas de gestión documental y los
documentos son nuestra prioridad, desde el punto de vista del ser y del deber
ser, o sea, de la ontología y de la ética, nuestra prioridad absoluta es el
usuario.
Hacia el usuario tenemos
deberes y compromisos que ennoblecen nuestra labor: en primer lugar debemos
luchar y evitar toda forma de trato discriminatorio: en nuestras relaciones con
los usuarios debemos ser imparciales, sin favorecer o conceder privilegios a
grupos, amistades o sectores sociales. Sólo si estamos trabajando en
bibliotecas especializadas y privadas, debemos atender antes a investigadores y
al personal interno, pero en los demás ámbitos de nuestra actividad, no podemos
discriminar por razones de clientelas, género, raza, credo, afiliación política
o características físicas.
Además, debemos mantener
firme nuestro compromiso con la objetividad y con la veracidad. El imperativo
de ser objetivos implica que debemos siempre atender a otros puntos de vista
con lo que no sólo nos volvemos negativamente tolerantes sino y sobre todo,
positivamente plurales.
FUNCIONES
DEL BIBLIOTECARIO
Hay múltiples actividades en
las que los bibliotecarios nos involucramos y en las que se dan deberes
específicos. Así, cuando actuamos como facilitadores, garantizando que se dé el
encuentro entre personas, y entre personas y soportes documentales, debemos
mantener lazos afectivos sólidos y vínculos organizativos eficaces. Como
facilitadores tenemos el deber de mediar entre los usuarios y aquellos
documentos que pueden satisfacer sus diversas necesidades.
Cuando estamos al frente de
bibliotecas o de academias o asociaciones de bibliotecarios ejercemos la función
de gestores. Nuestra obligación, al frente del trabajo administrativo consiste
en una gestión eficaz y eficiente, eficaz porque nos lleva al logro de
objetivos y metas y eficiente, porque los objetivos y metas se consiguen
optimizando recursos. Cuando administramos también debemos ser imparciales,
objetivos, honestos, honrados y veraces. Estamos obligados a mantener y
acrecentar la vida de las organizaciones y a cuidar que los cargos y los
beneficios se repartan de manera justa y equitativa.
Cuando tenemos el poder de
contratar a alguien debemos atenernos a la lógica del profesionista que a la
vez es profesional: siempre que se abra una nueva plaza estamos obligados a
buscar a la persona idónea que cubra cabalmente el perfil. Nada peor que hacer
de la administración de las instituciones bibliotecarias un negocio familiar,
que es administrado sólo para beneficiar a camadas, grupúsculos o fracciones .
No debemos contratar familiares o amigos si estos no cumplen con los requisitos
mínimos de profesionalismo, compromiso y entrega. En muchas ocasiones, es más
importante la rectitud que la amistad por mera utilidad e incluso que la misma
consanguinidad.
También ejercemos funciones
de representación y comunicación y aquí es donde debemos ser voceros eficaces y
veraces. Estamos obligados a cuidar nuestra imagen pública, porque somos la
cara del gremio y del lugar en el que trabajamos. Nuestra función comunicativa
nos exige abrir canales y no cerrarlos, abrir puertas y no cerrarlas. Nadie
peor que quien dice que las cosas no se pueden hacer. Nada hay imposible, salvo
la muerte, quien dice imposible a algo está cerrando las puertas y no abriendo
nuevos mundos; no es creativo, sino meramente reactivo y trivial. Nosotros no
somos candados sino ventanas, no somos estructuras rígidas sino ámbitos
abiertos a la realidad, sensibles a ella y atentos a las necesidades de los
demás.
Finalmente, tenemos un deber
irrenunciable como educadores. Creo que aquí hay una confusión lamentable:
muchos piensan que la misión del bibliotecario es educar a la humanidad. No nos
confundamos, los grandes educadores de la humanidad son los filósofos y los
pedagogos. Seamos humildes y realistas, si bien no educamos a la humanidad sí
ponemos en contacto a la humanidad con sus educadores. Recuerden somos
auténticos puentes humanos que tejen de manera constante vínculos, abren
oportunidades y crean nuevos mundos. Dejemos que la educación moral de la
humanidad sea la misión de quienes a eso están dedicados y comprometámonos con
nuestros auténticos roles como formadores de usuarios y como educadores de los
futuros bibliotecarios.
Como formadores de usuarios
estamos obligados a transmitirles la ética del cuidado de las instalaciones,
los documentos y la ética del respecto a las otras personas. La formación de
usuarios da a los demás las herramientas para que cada vez dependan menos del
bibliotecario profesional: nuestra misión no es esclavizar usuarios sino ante
todo, ayudar a que las conciencias se liberen. Somos de vital importancia para
enseñar cómo se usan los documentos, los medios de acceso y los diferentes
recursos de los sistemas de gestión documental y aquí, en la formación de
usuarios, tenemos una labor irrenunciable. Es lamentable que muchos que se
creen inspirados digan que educan a la humanidad a la cual sólo la pueden
pensar en abstracto cuando en realidad se desentienden de ese representante de
la humanidad que requiere que se le forme como usuario.
Como educadores de las nuevas
generaciones de bibliotecarios debemos ofrecer lo mejor de nosotros: el
conocimiento más actualizado, las mejores técnicas y métodos, los mejores
recursos y desde luego, debemos ser puntuales, y exigentes a la vez que
cordiales. La formación de nuevos bibliotecarios es crucial porque de esta
manera se garantiza la permanencia de la profesión y la proliferación de
auténticos profesionales. Nada peor que el maestro que cree que educar
bibliotecarios consiste en humillarlos, torturarlos y marginarlos. La educación
de bibliotecarios es una labor de edificación de las futuras generaciones: es
arquitectura y no arqueología. Arquitectura, porque edifica el futuro del
gremio. Nos convertiríamos en arqueólogos si dejamos en ruinas al gremio, lo
cual sería francamente mezquino y miserable.
Al formar a nuevos bibliotecarios
no sólo les transmitimos conocimientos, fomentamos habilidades y transformamos
actitudes, también modificamos percepciones y formas de pensar, transmitimos
ideales y valores y promovemos formas de relaciones interpersonales. La función
fundamental de quien educa a los nuevos bibliotecarios es la creación y
recreación constante de la cultura bibliotecaria.
DEBERES
PERSONALES
Ahora, y para
terminar con las cuestiones personales aterricemos al nivel individual, o sea,
el de los deberes que tiene el bibliotecario para con signo mismo. Es aquí
donde muchos se confunden: la ética penetra hasta lo más hondo de nuestras
vidas y va, desde el plano social hasta el plano individual. La ética es a la
vez privada y pública y se refleja en la congruencia entre el pensamiento, la
palabra y la acción, o sea, la verdad moral. Les recuerdo aquí las bases de la
filosofía ISO 9000 las cuales establecen un mínimo de congruencia en el trabajo
y en la administración del mismo: hay que decir lo que se hace, hacer lo que se
dice, registrar lo que se hace y mejorar lo que ya se ha hecho.
Nuestra vida personal, además
de su compromiso con la congruencia, debe tender hacia la máxima realización
personal posible. Debemos pasar de la preocupación por nosotros mismos a la
ocupación por los demás, debemos pasar de la lógica del poder a la lógica del
dar, debemos pasar del deseo de satisfacer necesidades básicas a la necesidad
de autorrealizarnos. Podemos aspirar a la perfección y a la eternidad porque
estamos en medio de la eternidad: las ideas que están en los documentos vivirán
ahí y en la cabeza de cada persona que los recree, hasta que este mundo deje de
ser lo que es.
Para con nosotros mismos
debemos mantener una política de cuidado del yo. No sólo es importante fomentar
virtudes que nos hacen fuertes, sino hábitos que nos hacen socialmente
atractivos: la pulcritud, el arreglo cuidadoso de nosotros, el decoro en el
trato interpersonal, la sobriedad en el vestir y el actuar, la decencia para
con todos, la integridad moral, el compromiso con la capacidad de aprender y
con la capacidad de servir, la disciplina para hacer lo que tenemos que hacer,
la dedicación para enfocarnos en lo que hacemos, el esmero para conservar la
atención, la constancia y la perseverancia para no desfallecer a pesar de las
dificultades, la honestidad para decir la verdad, el valor para defender
nuestras ideas, el sentido de la justicia para ejercer nuestras obligaciones,
la fortaleza para no desfallecer a pesar de las adversidades, la prudencia para
actuar con cuidado y la temperancia para soportar a todos aquellos que quieren
poner precio a nuestra dignidad.
El compromiso ético más
íntimo es con nosotros mismos. Si somos íntegros, sinceros y transparentes para
con nosotros mismos podremos serlo para los demás. Recuerden esta verdad
trivial: nadie da de lo que no tiene. El que no es cortés consigno mismo no lo
es con los demás, el que no se respeta a sí mismo no respeta a los demás, el
que no está dispuesto a quererse a sí mismo, difícilmente querrá a los demás.
Este gremio debería caracterizarse por el amor que nos tenemos y que nos une, y
no por el odio que nos guardamos y que nos divide. No dejemos que nos pase
aquello que ya decía Jacinto Benavente: “más se reúnen los hombres en torno de
un mismo odio, que en torno de un mismo amor”.
DEBERES
OBJETUALES
Por último hablaré de
nuestros deberes para con objetos y cosas, si bien estos deberes son
ontológicamente inferiores a los deberes para con las personas tienen el mismo
peso normativo: esto es, también nos obligan a la acción.
Hay varios ámbitos de
objetivos que debemos cuidar basados en los siguientes principios:
Primero: los bienes de las
instituciones públicas son para todos y por ende no pueden ser utilizados con
fines meramente privados; en la contraparte, los bienes privados son para fines
privados y no pueden hacerse públicos, salvo decisión legítima de los
propietarios.
Segundo, debemos mantener en
orden las cosas y cuidar que no se deterioren, debemos promover un entorno de
trabajo y convivencia limpio, porque está demostrado que a mayor limpieza mayor
seguridad y que a mayor suciedad menor motivación. los bienes que administremos
deben estar ubicados bajo un orden inteligente y eficaz y sujetos a un
constante mantenimiento, así como a dispositivos de seguridad y medidas de
contingencia que eviten su deterioro o posible destrucción.
Tercero: debemos poner al
servicio de las personas los bienes que están destinados para este fin y por
ende, no podemos hacer uso de estos bienes con fines personales, en todo
momento debemos cuidar el patrimonio de las instituciones y hacer buen uso de
ellos.
Cuarto: los bienes que
administramos son para hacer ricos a los demás y no a nosotros mismos. El
bibliotecario más rico no es el que más tiene sino el que más da. He conocido
bibliotecarios que tienen mucho dinero pero un espíritu enano, no seamos de
esos: que nuestro espíritu sea gigante aunque nuestro dinero sea pequeño.
Bajo estos principios debemos cuidar objetos como: instalaciones, edificios, catálogos, documentos y colecciones de documentos, archivos y correspondencia, mobiliario y equipo. papelería y otros objetos útiles y consumibles, vehículos y decorado, en fin, todo aquello que forma parte del equipamiento y de los servicios destinados a usuarios de los sistemas de gestión documental.
CONCLUSIÓN
En un mundo en el que muchos exigen
sus derechos pero pocos se hacen responsables de sí mismos y de los demás, los
bibliotecarios tenemos el reto de asumir como nuestra, la conciencia clara y
contundente del deber. Antes que los derechos que como gremio podemos exigir
están nuestros y personales, los cuales, como han visto, son arduos y
numerosos, pero al final de cuentas, su cumplimiento cabal redunda en beneficio
de nuestro México. Si cumplimos, podremos tener la frente en alto y ver de
frente a otros profesionistas para decirles: aquí hay un gremio comprometido y
eficaz, aquí hay n gremio lleno de profesionistas auténtica y genuinamente
profesionales, aquí hay un gremio unido y valiente, aquí hay un gremio
auténtico que no sólo es patrimonio de los bibliotecarios que lo conformamos,
sino también, y sobre todo, de México y de toda la humanidad. Muchas gracias.
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