lunes, 22 de abril de 2013

El ser y el deber ser del bibliotecario


EL SER Y EL DEBER SER DEL BIBLIOTECARIO

 Conferencia presentada el 14 de octubre de 2004, en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada

Por Javier Brown César
 
Hablaré ahora de un tema poco recordado: la ética bibliotecaria. Mi objetivo es presentarles un esquema, lo más completo posible, de ética bibliotecaria. Espero triunfar en esta labor, y ustedes me dirán, hacia el final de esta conferencia qué tanto éxito tuve en mi empresa.

Partimos de un principio contundente: del ser depende el deber ser o lo que es lo mismo: dime quién eres, y te diré que estás destinado a ser.

La actividad bibliotecaria ha transitado, a lo largo de la historia humana, de ser una ocupación a considerarse un oficio y ya en el siglo pasado a entrar de lleno en el catálogo mundial de profesiones.

El primer dato, pues, es que el bibliotecario es un profesionista, lo que no necesariamente significa que sea un profesional (existen profesionistas poco profesionales y profesionistas muy profesionales). Por ende, ser profesionista dice poco, pero ya nos dice algo. La primera pregunta pertinente es entonces ¿qué es un profesionista?

Y la segunda, vinculada con la anterior sería ¿qué hace de un profesionista un profesional? Nuestra plática tendrá como punto de partida la pregunta inicial sobre la esencia de las profesiones y terminará dando respuesta a la segunda pregunta con lo que sabremos, con toda certeza, como ser profesionistas, que sean a la vez auténticos profesionales.

¿Qué es una profesión y qué es un profesionista? La historia del desarrollo de las profesiones es relativamente reciente: su origen es la organización del trabajo que se dio durante la Baja Edad Media. En las protociudades de la Edad Media proliferaron oficios diversos. La palabra oficio proviene del latín officium, que significa servicio. Los oficios surgen bajo la misión de prestar un servicio remunerado. Estos servidores remunerados, para proteger la dinámica y la mecánica de su oficio se organizaron en gremios, los cuales son ya los antecedentes inmediatos de las primeras asociaciones de profesionales.

Conforme evolucionaron las universidades las profesiones comenzaron a proliferar. En un inicio no existían los ingenieros, tampoco los economistas, los psicólogos y los sociólogos. Los primeros profesionales que egresaban de las Universidades del Renacimiento eran médicos, abogados, artistas o filósofos. Conforme evolucionan las sociedades surgen nuevas profesiones que se agregan a la lista tradicional.

La palabra profesión proviene del latín professio, que no sólo significa profesión sino también declaración, promesa o manifestación. A su vez, la palabra professio es hermana de otra palabra latina: professe, que significa abiertamente. Con este análisis etimológico podemos aportar luz para analizar lo que implica una profesión.

En primer lugar, las profesiones son ocupaciones no clandestinas y por ende legítimas y socialmente aceptadas. Pero además, los profesioniestas deben declarar ser parte de un gremio o asociación, y también prometer cumplir o acatar las normas y vivir la cultura propia del gremio, y también debe manifestar públicamente su vocación o sea, el sentirse llamados para realizar un rol social que ninguna otra persona puede realizar.

Los profesionistas somos únicos porque manifestamos públicamente nuestro credo, pero entonces, ¿qué es ser profesional? Podemos decir que el profesional es un profesionista comprometido con las exigencias propias de su gremio o asociación. El profesional acata y aporta, es a la vez ordenado y creativo. Aquí está el primer deber ser que nos confronta como bibliotecarios.

Pasaremos ahora al múltiple ámbito de deberes en los que se encuentra inserto el trabajo bibliotecario, partiendo de un orden que podemos llamar ontológico, o lo que es lo mismo relativo al ser: pasaremos así, de los deberes para con la comunidad hasta llegar a los deberes para con las cosas, último peldaño en la lista de deberes que ahora esbozaré y que conforma la ética bibliotecaria.

DEBERES GREMIALES

El deber inicial y la deuda fundamental de todos nosotros es para con nuestro gremio, porque, como ya vimos anteriormente, las profesiones existen sólo gracias a la acción organizada de las personas. Aquí está no sólo un deber de gratitud –devolver al gremio lo que el gremio nos ha dado- sino también un deber de conservación y desarrollo del propio gremio.

Al ser parte de asociaciones, colegios o gremios de bibliotecarios debemos mantener un clima de concordia, confianza, colaboración y compañerismo. Nos debemos conducir, con nuestros compañeros, con honestidad y transparencia (recuerden que professe, de donde viene profesión, significa abiertamente). Estamos así obligados, como parte de un gremio a abrirnos a los demás, en una actitud generosa y desinteresada. Hay que recordar que el peor enemigo de gremios y asociaciones es el egoísmo y el autointerés, el sólo ver por uno mismo, tratando de satisfacer en todo momento nuestros deseos personales, aún a costa del bien de las mayorías. El interés del gremio es superior: está por encima del interés de sus integrantes. Por eso debemos utilizar el dinero del gremio para beneficio del gremio, los recursos y bienes del gremio para beneficio del gremio, todo lo que es común debe redundar en un beneficio común y en muchas ocasiones, la ética nos exige que pongamos en común lo que antes era sólo para nuestro uso privado... Por el bien del gremio.

Hacia el gremio tenemos que expresar nuestra gratitud y hacia nuestros compañeros bibliotecarios, nuestra amistad. Nuestro deber ineludible consiste en mantener y acrecentar el poder del gremio, para que sea una fuerza social relevante, con capacidad de interlocución política, cultural y social. La fuerza del gremio se manifestará en la medida en que podamos influir en decisiones políticas con efectos en la cultura, las artes y el mundo de los sistemas de gestión documental.

DEBERES SOCIALES

El segundo conjunto de deberes fundamentales se da hacia la sociedad como un todo. Es aquí donde tenemos un conjunto de obligaciones fundamentales que podemos resumir de la siguiente manera.

Hay un deber para con las diversas comunidades sociales, que van desde las familias hasta las instituciones republicanas. El deber primordial de los bibliotecarios tiene una innegable índole social, ya que los bibliotecarios somos un medio de acceso privilegiado a la memoria colectiva de la humanidad. Somos, en pocas palabras, un instrumento para recordarle a la sociedad lo que ésta ha sido y para sugerir el proyecto de lo que puede llegar a ser. Este milenio, no se caracteriza, como el anterior, por la sinrazón, sino por la desmemoria. Las sociedades padecen amnesia: quieren olvidar el pasado pero entonces pierden el referente para construir su futuro. Es nuestro deber convertirnos en auténticos terapeutas de la memoria en guerreros cuyo enemigo a vencer es la desmemoria colectiva.

Así, nosotros nos constituimos en puentes tendidos entre generaciones, entre comunidades y entre personas, somos factor de vinculación y unidad social porque les aportamos aquellos documentos que detonan procesos de reflexión y aprendizaje colectivos.

Hacia la sociedad tenemos el deber de presentarnos como un gremio unido, sólido y eficaz, como un gremio imprescindible para el desarrollo político, económico y social. Debemos ser para la sociedad, ejemplo de convivencia democrática y plural, de eficacia para realizar proyectos y de eficiencia para optimizar recursos, de capacidad para organizarnos y llegar a acuerdos.

Finalmente, nuestro deber para con la República nos exige respetar los bienes, servicios e instituciones públicas. Debemos ser actores capaces de fomentar el sano régimen republicano en el que vivimos, no olvidando que lo público, por ser público, no es patrimonio de nadie en particular, ni de ningún grupo y menos aun, de nosotros.

DEBERES PARA CON LOS USUARIOS

Hay un sector social hacia el cual estamos particularmente obligados: se trata de nuestros usuarios. Los usuarios de los sistemas de gestión documental son personas que acuden a nosotros en busca de algún bien o servicio, y mal haríamos en cerrarles las puertas o en dejarlos ir con las manos vacías, con la cabeza llena de inconformidades o con el corazón lleno de malestar.

Hacia los usuarios tenemos deberes de trato: hay que ser cordiales (cordial viene de cordis, que significa corazón), así, hay que asistir a los usuarios con el corazón en la mano y con la mayor disposición en nuestra mente. Debemos orientar e informar al usuario con la única meta de satisfacer cabalmente sus necesidades subjetivas de conocer y ser más. Somos el puente entre los usuarios y las colecciones de documentos, pero además de puentes, también somos, como dice Ortega y Gasset, higienistas de sus lecturas, les recomendamos qué leer. Por estas razones, debemos conocer a nuestros usuarios, porque nadie puede amar lo que no conoce.

Estamos obligados a proporcionar a los usuarios información pertinente, relevante, oportuna y satisfactora de necesidades y hacia los usuarios estamos obligados a mantener, bajo llave, su información personal: tenemos una obligación ineludible de confidencialidad, reservándonos información –o sólo compartiéndola con los que harán un uso heruístico de ella- sobre dónde viven nuestros usuarios, cuántos años tienen, en qué trabajan, que idiomas habla, en fin, toda loa información que pueda ser parte de nuestros perfiles de usuarios, los cuales son instrumentos para un mejor conocimiento de ellos.

Un usuario perdido es un usuario que ya no regresa y que además, se comunicará con otros usuarios reales o potenciales para documentar nuestra ineptitud, torpeza o ineficacia. Un gremio fortalecido se debe a la calidad humana de los profesionistas que lo integran. Debo aquí recordar un principio fundamental: si bien desde el punto de vista de la investigación, los sistemas de gestión documental y los documentos son nuestra prioridad, desde el punto de vista del ser y del deber ser, o sea, de la ontología y de la ética, nuestra prioridad absoluta es el usuario.

Hacia el usuario tenemos deberes y compromisos que ennoblecen nuestra labor: en primer lugar debemos luchar y evitar toda forma de trato discriminatorio: en nuestras relaciones con los usuarios debemos ser imparciales, sin favorecer o conceder privilegios a grupos, amistades o sectores sociales. Sólo si estamos trabajando en bibliotecas especializadas y privadas, debemos atender antes a investigadores y al personal interno, pero en los demás ámbitos de nuestra actividad, no podemos discriminar por razones de clientelas, género, raza, credo, afiliación política o características físicas.

Además, debemos mantener firme nuestro compromiso con la objetividad y con la veracidad. El imperativo de ser objetivos implica que debemos siempre atender a otros puntos de vista con lo que no sólo nos volvemos negativamente tolerantes sino y sobre todo, positivamente plurales.

FUNCIONES DEL BIBLIOTECARIO

Hay múltiples actividades en las que los bibliotecarios nos involucramos y en las que se dan deberes específicos. Así, cuando actuamos como facilitadores, garantizando que se dé el encuentro entre personas, y entre personas y soportes documentales, debemos mantener lazos afectivos sólidos y vínculos organizativos eficaces. Como facilitadores tenemos el deber de mediar entre los usuarios y aquellos documentos que pueden satisfacer sus diversas necesidades.

Cuando estamos al frente de bibliotecas o de academias o asociaciones de bibliotecarios ejercemos la función de gestores. Nuestra obligación, al frente del trabajo administrativo consiste en una gestión eficaz y eficiente, eficaz porque nos lleva al logro de objetivos y metas y eficiente, porque los objetivos y metas se consiguen optimizando recursos. Cuando administramos también debemos ser imparciales, objetivos, honestos, honrados y veraces. Estamos obligados a mantener y acrecentar la vida de las organizaciones y a cuidar que los cargos y los beneficios se repartan de manera justa y equitativa.

Cuando tenemos el poder de contratar a alguien debemos atenernos a la lógica del profesionista que a la vez es profesional: siempre que se abra una nueva plaza estamos obligados a buscar a la persona idónea que cubra cabalmente el perfil. Nada peor que hacer de la administración de las instituciones bibliotecarias un negocio familiar, que es administrado sólo para beneficiar a camadas, grupúsculos o fracciones . No debemos contratar familiares o amigos si estos no cumplen con los requisitos mínimos de profesionalismo, compromiso y entrega. En muchas ocasiones, es más importante la rectitud que la amistad por mera utilidad e incluso que la misma consanguinidad.

También ejercemos funciones de representación y comunicación y aquí es donde debemos ser voceros eficaces y veraces. Estamos obligados a cuidar nuestra imagen pública, porque somos la cara del gremio y del lugar en el que trabajamos. Nuestra función comunicativa nos exige abrir canales y no cerrarlos, abrir puertas y no cerrarlas. Nadie peor que quien dice que las cosas no se pueden hacer. Nada hay imposible, salvo la muerte, quien dice imposible a algo está cerrando las puertas y no abriendo nuevos mundos; no es creativo, sino meramente reactivo y trivial. Nosotros no somos candados sino ventanas, no somos estructuras rígidas sino ámbitos abiertos a la realidad, sensibles a ella y atentos a las necesidades de los demás.

Finalmente, tenemos un deber irrenunciable como educadores. Creo que aquí hay una confusión lamentable: muchos piensan que la misión del bibliotecario es educar a la humanidad. No nos confundamos, los grandes educadores de la humanidad son los filósofos y los pedagogos. Seamos humildes y realistas, si bien no educamos a la humanidad sí ponemos en contacto a la humanidad con sus educadores. Recuerden somos auténticos puentes humanos que tejen de manera constante vínculos, abren oportunidades y crean nuevos mundos. Dejemos que la educación moral de la humanidad sea la misión de quienes a eso están dedicados y comprometámonos con nuestros auténticos roles como formadores de usuarios y como educadores de los futuros bibliotecarios.

Como formadores de usuarios estamos obligados a transmitirles la ética del cuidado de las instalaciones, los documentos y la ética del respecto a las otras personas. La formación de usuarios da a los demás las herramientas para que cada vez dependan menos del bibliotecario profesional: nuestra misión no es esclavizar usuarios sino ante todo, ayudar a que las conciencias se liberen. Somos de vital importancia para enseñar cómo se usan los documentos, los medios de acceso y los diferentes recursos de los sistemas de gestión documental y aquí, en la formación de usuarios, tenemos una labor irrenunciable. Es lamentable que muchos que se creen inspirados digan que educan a la humanidad a la cual sólo la pueden pensar en abstracto cuando en realidad se desentienden de ese representante de la humanidad que requiere que se le forme como usuario.

Como educadores de las nuevas generaciones de bibliotecarios debemos ofrecer lo mejor de nosotros: el conocimiento más actualizado, las mejores técnicas y métodos, los mejores recursos y desde luego, debemos ser puntuales, y exigentes a la vez que cordiales. La formación de nuevos bibliotecarios es crucial porque de esta manera se garantiza la permanencia de la profesión y la proliferación de auténticos profesionales. Nada peor que el maestro que cree que educar bibliotecarios consiste en humillarlos, torturarlos y marginarlos. La educación de bibliotecarios es una labor de edificación de las futuras generaciones: es arquitectura y no arqueología. Arquitectura, porque edifica el futuro del gremio. Nos convertiríamos en arqueólogos si dejamos en ruinas al gremio, lo cual sería francamente mezquino y miserable.

Al formar a nuevos bibliotecarios no sólo les transmitimos conocimientos, fomentamos habilidades y transformamos actitudes, también modificamos percepciones y formas de pensar, transmitimos ideales y valores y promovemos formas de relaciones interpersonales. La función fundamental de quien educa a los nuevos bibliotecarios es la creación y recreación constante de la cultura bibliotecaria.

DEBERES PERSONALES

Ahora, y para terminar con las cuestiones personales aterricemos al nivel individual, o sea, el de los deberes que tiene el bibliotecario para con signo mismo. Es aquí donde muchos se confunden: la ética penetra hasta lo más hondo de nuestras vidas y va, desde el plano social hasta el plano individual. La ética es a la vez privada y pública y se refleja en la congruencia entre el pensamiento, la palabra y la acción, o sea, la verdad moral. Les recuerdo aquí las bases de la filosofía ISO 9000 las cuales establecen un mínimo de congruencia en el trabajo y en la administración del mismo: hay que decir lo que se hace, hacer lo que se dice, registrar lo que se hace y mejorar lo que ya se ha hecho.

Nuestra vida personal, además de su compromiso con la congruencia, debe tender hacia la máxima realización personal posible. Debemos pasar de la preocupación por nosotros mismos a la ocupación por los demás, debemos pasar de la lógica del poder a la lógica del dar, debemos pasar del deseo de satisfacer necesidades básicas a la necesidad de autorrealizarnos. Podemos aspirar a la perfección y a la eternidad porque estamos en medio de la eternidad: las ideas que están en los documentos vivirán ahí y en la cabeza de cada persona que los recree, hasta que este mundo deje de ser lo que es.

Para con nosotros mismos debemos mantener una política de cuidado del yo. No sólo es importante fomentar virtudes que nos hacen fuertes, sino hábitos que nos hacen socialmente atractivos: la pulcritud, el arreglo cuidadoso de nosotros, el decoro en el trato interpersonal, la sobriedad en el vestir y el actuar, la decencia para con todos, la integridad moral, el compromiso con la capacidad de aprender y con la capacidad de servir, la disciplina para hacer lo que tenemos que hacer, la dedicación para enfocarnos en lo que hacemos, el esmero para conservar la atención, la constancia y la perseverancia para no desfallecer a pesar de las dificultades, la honestidad para decir la verdad, el valor para defender nuestras ideas, el sentido de la justicia para ejercer nuestras obligaciones, la fortaleza para no desfallecer a pesar de las adversidades, la prudencia para actuar con cuidado y la temperancia para soportar a todos aquellos que quieren poner precio a nuestra dignidad.

El compromiso ético más íntimo es con nosotros mismos. Si somos íntegros, sinceros y transparentes para con nosotros mismos podremos serlo para los demás. Recuerden esta verdad trivial: nadie da de lo que no tiene. El que no es cortés consigno mismo no lo es con los demás, el que no se respeta a sí mismo no respeta a los demás, el que no está dispuesto a quererse a sí mismo, difícilmente querrá a los demás. Este gremio debería caracterizarse por el amor que nos tenemos y que nos une, y no por el odio que nos guardamos y que nos divide. No dejemos que nos pase aquello que ya decía Jacinto Benavente: “más se reúnen los hombres en torno de un mismo odio, que en torno de un mismo amor”.

DEBERES OBJETUALES

Por último hablaré de nuestros deberes para con objetos y cosas, si bien estos deberes son ontológicamente inferiores a los deberes para con las personas tienen el mismo peso normativo: esto es, también nos obligan a la acción.

Hay varios ámbitos de objetivos que debemos cuidar basados en los siguientes principios:

Primero: los bienes de las instituciones públicas son para todos y por ende no pueden ser utilizados con fines meramente privados; en la contraparte, los bienes privados son para fines privados y no pueden hacerse públicos, salvo decisión legítima de los propietarios.

Segundo, debemos mantener en orden las cosas y cuidar que no se deterioren, debemos promover un entorno de trabajo y convivencia limpio, porque está demostrado que a mayor limpieza mayor seguridad y que a mayor suciedad menor motivación. los bienes que administremos deben estar ubicados bajo un orden inteligente y eficaz y sujetos a un constante mantenimiento, así como a dispositivos de seguridad y medidas de contingencia que eviten su deterioro o posible destrucción.

Tercero: debemos poner al servicio de las personas los bienes que están destinados para este fin y por ende, no podemos hacer uso de estos bienes con fines personales, en todo momento debemos cuidar el patrimonio de las instituciones y hacer buen uso de ellos.

Cuarto: los bienes que administramos son para hacer ricos a los demás y no a nosotros mismos. El bibliotecario más rico no es el que más tiene sino el que más da. He conocido bibliotecarios que tienen mucho dinero pero un espíritu enano, no seamos de esos: que nuestro espíritu sea gigante aunque nuestro dinero sea pequeño.

Bajo estos principios debemos cuidar objetos como: instalaciones, edificios, catálogos, documentos y colecciones de documentos, archivos y correspondencia, mobiliario y equipo. papelería y otros objetos útiles y consumibles, vehículos y decorado, en fin, todo aquello que forma parte del equipamiento y de los servicios destinados a usuarios de los sistemas de gestión documental.
 
CONCLUSIÓN
 
En un mundo en el que muchos exigen sus derechos pero pocos se hacen responsables de sí mismos y de los demás, los bibliotecarios tenemos el reto de asumir como nuestra, la conciencia clara y contundente del deber. Antes que los derechos que como gremio podemos exigir están nuestros y personales, los cuales, como han visto, son arduos y numerosos, pero al final de cuentas, su cumplimiento cabal redunda en beneficio de nuestro México. Si cumplimos, podremos tener la frente en alto y ver de frente a otros profesionistas para decirles: aquí hay un gremio comprometido y eficaz, aquí hay n gremio lleno de profesionistas auténtica y genuinamente profesionales, aquí hay un gremio unido y valiente, aquí hay un gremio auténtico que no sólo es patrimonio de los bibliotecarios que lo conformamos, sino también, y sobre todo, de México y de toda la humanidad. Muchas gracias.

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