miércoles, 22 de febrero de 2017

Cuento: ¡Asesiné a mi madre!

Por Javier Brown César


Todo fue perfectamente planeado, nada dejé al azar. Un diecinueve de septiembre la visité en el día de su cumpleaños para establecer mi coartada, celebré con sus amistades, salí de forma prematura y afuera esperé pacientemente a que una a una abandonaran la casa que alguna vez habitamos mi padre y yo. Cuando todos se marcharon regresé esgrimiendo un fútil pretexto y así nos quedamos solos en un ambiente de manifiesta tensión y evidente conflicto. Fue entonces que le eché en cara mis más profundos resentimientos, la ira contenida se desató en una larga narración de mis desventuras y sinsabores. Al final me vio con un enojo que se hacía evidente en el tono rojizo de su rostro, y fue en ese momento que la golpeé directamente en la frente, cayó desmayada y supe que había llegado el momento, agarré su cuello con mis manos y lo apreté con violencia ejemplar, en su desmayo reaccionó con espasmos violentos, luchando desde la inconciencia para tratar de liberarse del inhóspito arrebato de furia. La vi luchar con sus fuerzas restantes, agitar sus piernas y brazos en sorpresiva plegaria, hasta que el color azul inundó su rostro y las últimas excrecencias abandonaron su cuerpo para dar paso a un último aliento. Entonces la tomé en mis brazos, emulando el gesto agónico de la Piedad de Miguel Ángel y la conduje al féretro que había dispuesto, clavando su caja mortuoria para sepultarla en el sótano de la casa, donde hoy todavía descansa. Me alejé y dejé todo al destino.

 
Al paso de los días fue evidente su desaparición, pero nada dije y oculté todo a todos. Con el transcurrir del tiempo empecé a sentir, en el fondo de mi ser, la llamada de la conciencia, el remordimiento que corroe las entrañas, el arrepentimiento que impide el sueño. Y un buen día la perdoné por todas las afrentas y la quise ver de nuevo, pero me di cuenta que había asesinado a mi madre, al ser que me dio la vida, a la persona que casi muere para verme vivir, a quien me alimentó en mis primeros días, a quien nutrió mis primeros esmeros, a quien alentó mis primeros pasos. Hoy, con la conciencia intranquila y el alma desecha vago por las calles sin encontrar consuelo, odiándome a mí mismo por mi acto abominable, y grito desesperado a quien me ve que cometí el crimen más artero, más vil y repugnante del que un ser humano es capaz. Hoy son un ser desecho, un vil despojo de lo peor del género humano, un gusano hediondo que se atrevió a la peor de las abominaciones. Hoy pido perdón a quien quiera que me escuche, a un dios que no sé si me brinde consuelo, a un jurado que seguramente me condenará. Vago moribundo por estas calles inciertas, con la terrible culpa y la mala conciencia de quien asesinó a una anciana inocente, a una mujer buena, a la luz de mis días, a mi madre.

 

Agosto 28 de 2016

martes, 21 de febrero de 2017

Cuento: El impostor

Por Javier Brown César


Era un ser insignificante, nadie al verlo creería el inmenso poder que llegó a tener. La historia de su vida pendía entera de una serie articulada y muy bien tramada de mentiras que mutuamente se reforzaban y daban sentido a una vida que no había vivido. Se decía de noble cuna, descendiente de reyes y reinas exóticos, su apariencia no presagiaba ese origen ilustre, pero algo en su forma de hablar daba la impresión de que era entendido en asuntos mundanos y extramundanos. Presumía de un inquietante dominio de lenguas exóticas que quienes lo rodeaban no conocían, era capaz de repetir frases articuladas con una dicción tan puntual y correcta que no se podía dudar de que hablaba con sabiduría y rectitud. Pulcro en su vestimenta y de modales escrupulosamente estudiados decía poseer diplomas de disciplinas que para quienes le rodeaban eran exóticas, por decir lo menos; se decía bachiller en lógica estoica, maestro en fenomenología y doctor en teodicea, por universidades extranjeras que no animaban a nadie a indagar en los respectivos historiales académicos. Dicen que un buen día apareció de la nada, con sus formas correctas y su atuendo impecable, hablando con un extraordinario, melodioso y meloso acento. Así fue encumbrado a las más altas esferas, vivió como rey y casi murió como tal. Fui yo, su primer biógrafo, quien desentrañó el fraude descomunal. En sus años mocos había sido condenado por robar la riqueza de hospicios y las reliquias de iglesias. En la cárcel aprendió de otros frases en griego antiguo, arameo y latín, durante su larga reclusión aprendió el arte de la seducción y el engaño. Al salir asesinó a un culto gentilhombre y vestido con sus atuendos e imitando las formas y modos de la gente rica se hizo con un pasado ilustre que todos creyeron ser real, aquel día que llegó a la fiesta de gala en palacio. Desde ese día vivió los favores de reyes y príncipes, presumiendo su exótico linaje, así acumuló fama, fortuna y mujeres. Quiso el destino que un día se tuviera que liar con otro por un problema de faldas y en duelo matutino fue masacrado por quien rebeló que su dominio del florete era tan falso como su regia ascendencia. Al contar esta historia llena de mentiras y artificios me pregunto cuántos de quienes nos gobiernan no se habrán hecho con el poder de forma similar.

 

Febrero 20 de 2017

domingo, 19 de febrero de 2017

Cuento: La Academia de los irremplazables

Por Javier Brown César


Dicen que la Academia existe en algún lugar, no me consta. Quienes la dirigen sostienen la extraña teoría de que un patrón universal, un algoritmo casi indiscernible, guía los destinos de la humanidad. Este guión aparentemente inflexible "hace" que cada determinado tiempo aparezca un genio indiscutible, no importa si en las artes, las ciencias o los negocios, tarde o temprano el genio aparecerá. Pero lo realmente relevante no es el hecho fortuito de la aparición de algún ignoto talento de la humanidad en las cercanías del Rin o allende el Ganges o el Papaloapan, el genio aparecerá y si las condiciones no lo impiden transformará, de alguna manera u otra, el destino de la humanidad. Los defensores de esta teoría afirman que muchos genios han desaparecido sin dejar rastro, ya sea porque nunca encontraron condiciones propicias para florecer, porque fueron perseguidos y asesinados o porque sus obras se perdieron irremediablemente por fanatismo o ignorancia. De ahí que la misión de la Academia sea descifrar el arcano, el oculto algoritmo que subyace a la aparición del genio y actuar antes de que el destino realice su obra de desaparición, para evitar que la humanidad progrese. Algunos afirman que la mentada Academia tiene hoy más de mil alumnos y que en un futuro no muy remoto éstos cambiarán el destino de la humanidad, para bien o para mal. Ellos creen que si Beethoven no hubiera escrito su novena sinfonía nadie lo hubiera hecho: ni un compositor genial, ni una computadora súper poderosa, ni un ser humano inmortal; lo mismo afirman de algunas de las obras de Balzac, Dostoievsky, Mahler, Tchaikovsky, Picasso y de las obras de miles de seres humanos que han cambiado para siempre la forma como pensamos y sentimos. Extraña academia es esa que cree que el genio es predecible.

 

Hoy llegaron a mi casa unos sujetos con apariencia de lerdos, formas sutiles y aires de suficiencia, argumentando que yo era uno de esos genios exóticos. Sinceramente no les creí… y sigo sin creerles.

 

Febrero 18 de 2017

sábado, 18 de febrero de 2017

Cuento: La estraña teoría del bibliotecario

Por Javier Brown César

A Jorge Luis Borges, el inefable


Un buen día, como todo diletante, fui a buscar al sabio bibliotecario al que suelo frecuentar cuando estoy aburrido, sólo para escuchar una más de sus muy disparatadas teorías, que en resumidas cuentas, dice más o menos así:


"Todos los libros son la creación de un único y supremo autor universal. Quienes creen que escriben lo hacen movidos por un gran arquitecto que es quien en realidad dicta cada frase de cada obra, cada línea de cada novela, cuento o narración; cada estrofa de los diversos poemas que al final no son sino uno; los escritores son como títeres en manos de un diestro titiritero que ha escrito y escribirá absolutamente todo lo que existe en el planeta: desde libros sagrados como la Biblia, el Corán o el Bhagavad Gita hasta obras consideradas por muchos como prohibidas, comos Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade, la Historia del ojo de Georges Bataille, El Anticristo de Friedrich Nietzsche y los Trópicos de Henry Miller. Todos los libros establecen la enunciación suprema de quien ha querido revelar facetas de sí mismo a los seres humanos, y que tiene que hacerlo de acuerdo a la forma como es cada quien, por eso no puede haber un solo libro universal que congregue a toda la humanidad en torno a él; no es posible que exista un libro sagrado, ni siquiera una gran novela que sea bien recibida por todos en todas partes: el Quijote tuvo y tiene sus detractores, como también la Divina comedia, Hamlet o Tartufo, por mencionar algunas de las más insignes obras, que no pocos consideran como dignas de crédito y aceptación unánimes. Con los libros pasa como con las religiones, la revelación no puede ser una sino que tiene que ser múltiple, para adecuarse a las diversas culturas e inteligencias, a las diferentes sensibilidades y animadversiones. Los seres humanos nunca comprendieron la enseñanza detrás de Babel, que no es otra que la plasmación metafórica de una de las pocas verdades que, junto con la muerte, deber ser unánimemente aceptada: no hay una sola interpretación del sentido de la existencia humana que sea válida para todos y en todo lugar. Las guerras interminables por motivos ideológicos e incluso religiosos nacen de la incomprensión de esta verdad fundamental y del intento por demás absurdo de tratar de imponer las ideas de unos a otros por medios violentos. Si Babel no fue posible, menos lo es y llegará a ser cualquier misión planetaria ideológica, destinada a imponer un solo mito humano hegemónico; la diversidad humana nos hermana tanto como la muerte".

 

Febrero 18 de 2017

miércoles, 15 de febrero de 2017

Cuento: Nuestro nuevo oscurantismo


 Por Javier Brown César

Cuánto saber perdido tal vez para siempre, decía el bibliotecario mientras sus ávidos ojos devoraban de forma vertiginosa un gran tomo de pastas blancas cuyo nombre no pude descifrar. Nunca el ser humano ha tenido tantos saberes al alcance de su mano y nunca había sido tan abominablemente ignorante como ahora. Los libros dejan una estela interminable de sabiduría que ya nadie es capaz de seguir. A cada segundo se generan conocimientos que sólo sujetos dispersos, separados y rutinarios pueden tomar por separado para tratar de darles un sentido que sólo le interesa a quien persigue fines inconfesables y turbios. Tanta imagen y sonido, tantas letras y números caen en el vacío por falta de un gran intérprete que le dé sentido a esta exultante cacofonía. Todos los afanes de escritores, poetas, críticos literarios, músicos, pintores, escultores, en fin, de tanto talento creativo, son inútiles debido a la falta de diletantes devotos. Pasa con el arte y la literatura como antes sucedía con la música popular: la mayor parte de las personas está atenta a los vaivenes de la moda, y sus veleidosos gustos imponen que hoy se den ciertas tendencias y mañana otras; el autor que ayer fue ensalzado hoy es casi unánimemente olvidado. Esto está produciendo una nueva generación de memos, de idiotas sin ilustración ni cultura. El supuesto oscurantismo medieval se queda corto ante la abrumadora ignorancia de la inmensa mayoría de la población. Mire usted si no estoy en lo cierto con un simple ejercicio: supongamos que hay 3,650 libros que son indispensables para nutrir la inteligencia del ser humano, incluyamos en esta nómina, no necesariamente exhaustiva, a los clásicos griegos y latinos, a los autores del alto y bajo medioevo, a los renacentistas e ilustrados, a los modernos y contemporáneos, y no sólo a todos los premios Nobel, sino también a quienes injustamente fueron excluidos del insigne galardón, digamos para empezar con los nuestros, Juan Rulfo que aunque breve en su obra ha sido determinante para las generaciones posteriores, Carlos Fuentes no debidamente laureado por su amplia obra universal, el autodidacta Juan José Arreola cuentista genial; luego sigamos con los que no son tan cercanos en distancia pero si en inspiración, el siempre creativo Julio Cortázar o Jorge Luis Borges, el inefable; sigamos con Marcel Proust o James Joyce, en fin, una interminable nómina de autores que llegaría hoy día a un escritor aparentemente distante como Goran Petrovic. En fin, supongamos que cada quien puede leer un libro al día, y con esto contabilizamos diez años de vida, bajo el entendido de que obras como la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, la Ciudad de Dios de San Agustín de Hipona o la Fenomenología del espíritu de Wilhelm Georg Friedrich Wilhem Hegel pudieran ser leídas en un solo día. Diez años de lectura rápida que implica no rumiar grandes monumentos literarios como el Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes, las tragedias de Shakespeare, la Divina Comedia de Dante Alighieri, las comedias de Moliere y el paraíso perdido de John Milton. En fin, hoy vemos que las personas se obstinan por garantizar que en su vida se dé el máximo de felicidad, bajo los criterios utilitaristas de Jeremy Bentham o de John Stuart Mill. Ahora podrá usted dimensionar la magnitud de nuestra tragedia, que pretendemos ignorar bajo un supuesto conocimiento experto basado en la posibilidad de superar nuestra ignorancia prendiendo un ordenador y haciendo una rápida consulta. No me cabe la menor duda de que esta época, comparada con la supuestamente oscura Edad Media es la del más profundo oscurantismo. Marchamos, sin saberlo, rumbo a "El corazón de las tinieblas". Aquí el bibliotecario guardó silencio e intuí que el grueso volumen que tenía ante sí era precisamente el de la Narrativa breve completa de Joseph Conrad. A continuación abrió el libro en un lugar indeterminado y comenzó a fatigar sus casi interminables páginas, al tiempo que con la mano claramente señalaba que debía retirarme de su presencia. Así que lo dejé solo, en sus cavilaciones, ensimismado en sus libros, y me fui pensando que tal vez tenía razón, que nuestra supuesta sociedad del conocimiento es cada vez más ignorante y que nada hay que pueda evitar que la humanidad se encamine de manera implacable a una nueva era de ignorancia y superstición.

 

Febrero 14 y 15 de 2017

domingo, 12 de febrero de 2017

Poema: La muerte es bella en su rostro último

Por Javier Brown César


A Tomy

 

La muerte es bella en su rostro último
Abraza de forma inclemente
Inflexible, directa y ruda
Lanza su dardo al centro del ser
 
Aniquila sin reconocer tiempo ni espacio
Sin pensar en dignidades o miserias cae unánime
A todos iguala en su hálito final
Repentina o lenta atrapa sin escapatoria
Del fondo de cada uno extrae la energía vital
Convoca sin respiro y sin apelación
Una vez que te llega te hace suya
Secuestra vida y aliento y todo
 
Somos llamados a su encuentro cierto
Y en su manto final somos abrazados
Sin tribunal, ni defensa, ni prórroga
Nos invita a ser soberanamente liberados
 
En su paso inclemente por el mundo de la vida
Extrae de todo el plasma elemental
Recorre regiones y fatiga ánimas en pie
Levanta el pedestal de la hora final
 La muerte es bella en su rostro último

 

Febrero 9 de 2017

Cuento: Vanas esperanzas

Por Javier Brown César


Vivimos esperando a que algo mágico o absolutamente inusual nos saque de la rutina. Así, consultamos el horóscopo todos los días con la vana ilusión de que presagiará un presente portentoso que sea la antesala de un futuro de gloria. Al despertar por la mañana creemos que el día nos deparará una serie de sucesos afortunados que cambiarán de forma dramática nuestras vidas. En las noches, esperamos que eclipses, lunas llenas, cometas u otros fenómenos meteorológicos anticipen un cambio dramático de nuestras vidas, incluso pedimos a una estrella luminosa un deseo largo tiempo acariciado que ha esperado por años su realización plena. Quisiéramos que el mundo no sea como sabemos que es, que repentinamente se invirtieran los roles si somos pobres, y si somos ricos no sentirnos tan solos y amargados. Tal vez un automóvil invisible nos golpee repentinamente y de él baje un ser superior y luminoso que a la vez que nos ofrezca sanación puntual nos ofrezca las llaves de un mundo nuevo. Estamos a la espera de encontrar la lámpara que Aladino frotó, para así despertar al genio que nos concederá tres deseos, sin saber precisamente qué es lo que tenemos que desear primero. Y así, soñando que las cosas van a cambiar de un día para otro, o como dicen, de la noche a la mañana, no hacemos lo necesario para cambiarlas aquí y ahora, apostando por transformarnos a nosotros mismos. Se nos olvida que si por alguna razón dejamos de ser como somos, en el momento en que esto suceda, el mundo dejará de ser como era, para pasar a ser un mundo diferente. Al final, vivimos de vanas esperanzas.

 

Febrero 12 de 2017