miércoles, 4 de mayo de 2016

La Filosofía de la Religión en Hegel


Por Javier Brown César

Los tiempos que vive Hegel son de una tensión constante entre modernidad y tradición, el proceso de constante secularización de la vida cotidiana y del derecho es sólo uno de las facetas en las que la razón busca apegarse al nuevo dogma: ¡Sapere aude! La razón moderna, con su crítica a los prejuicios (Bacon) y a la tradición, pretendió instaurar un nuevo orden, pero en su intento consagró el mito de la razón instrumental, calculadora y alejada del mundo (Horkeimer y Adorno). La racionalidad científica expulsó las consideraciones teológicas de los asuntos mundanos[1], el pensamiento sobre la divinidad se vio acechado por el escepticismo[2], como resultado de una ilustración triunfante que escindió definitivamente a Dios y el mundo (Kant) o condujo a una identificación plena entre ambos (Spinoza). Hegel trata de ubicarse a sí mismo en una especie de término medio entre el total alejamiento de Dios y la identificación Dios-mundo, entre la escisión de finito e infinito y su identificación panteísta con el mundo. El cometido de la filosofía hegeliana, visto bajo esta óptica, es reinstaurar a lo absoluto e infinito en el reino de lo determinado y finito. La finitud cobrará sentido sólo a partir de la infinitud y de manera recíproca, el infinito tendrá su explicación (entendida como despliegue) en lo finito: “también el mundo vendría a ser la aparición de la vida defina bajo la forma de la finitud. Cometido del punto de vista religioso será ascender desde este estado de finitud a la causa originaria de donde todo procede”[3]“.
 
La función de la filosofía de la religión es la reconciliación entre el sentimiento propio del romanticismo religioso a la Schleirmacher y de los objetos considerados de forma materialista por la ciencia positiva: “La Filosofía de la religión es la conciliación entre estas dos partes, la revelación de lo infinito en lo finito y de lo finito en lo infinito, la reconciliación del ánimo con el conocimiento, del sentimiento religioso, absolutamente sólido, con la inteligencia”[4]. La “reconciliación” de lo infinito en lo finito y de lo finito en lo infinito aparece como una categoría fundamental de la filosofía de la religión de Hegel, pero esta reconciliación no proviene del sentimiento, sino del conocimiento: “En esta reconciliación es preciso corresponder a las supremas exigencias del conocimiento y de la razón del concepto; el conocer, el comprender no pueden ceder en nada”[5]. Cuando acontece el desencuentro entre conocimiento y sentimiento, entre inteligencia y religión, se da la desesperación, la cual “pasa a ocupar el lugar de la reconciliación. Esta desesperación viene a ser una reconciliación llevada a cabo de un modo unilateral. Se echa de lado una de las partes manteniendo sólo la otra, pero con ello no se alcanza una paz verdadera”[6].
 
En contraposición al romanticismo religioso de Schleirmacher, Hegel reivindica el papel de la razón en los asuntos religiosos: la religión es uno de los momentos del Espíritu Absoluto (el de su autoconocimiento). La religión no es solamente un apéndice del sistema hegeliano, ni, como en el caso de Kant, un reducto de los imperativos del deber propios de la razón; antes bien, la religión es parte integrante del sentido mismo del sistema hegeliano y una pieza fundamental del despliegue de la razón elevada al plano de Idea, de Absoluto: “en la obra de Hegel asistimos, de alguna manera, a la reinstauración del edificio religioso desde un punto de vista especulativo y, más en concreto, del Cristianismo”[7]. Pero Hegel, en su intento, tenía que luchar contra el olvido al que el conocimiento moderno relegaba a Dios[8] y a la religión[9]. La vinculación entre fe y razón es tan profunda en el sistema hegeliano que incluso se puede afirmar que la filosofía es teología, por lo que “ocuparse de ella o más bien en ella es para sí culto divino. Por tanto, el objeto de la Filosofía de la religión sería en general el mismo que tenemos en la filosofía en cuanto tal”[10]. Esta identificación entre teología, filosofía y religión, parecería total, sobre todo si consideramos lo dicho anteriormente sobre la religión: que ésta es la conciencia de la relación con Dios y su objeto es lo absolutamente incondicionado, absolutamente suficiente, existente por sí mismo, el comienzo y el fin último absolutos en y para sí...”[11]
 
Sin embargo, Hegel hace notar que hay diferencias entre la religión y la filosofía: la Filosofía de la religión no considera a Dios “como puro pensamiento, sino también a la vez la forma de su representación, como ser determinado (daseiend)”[12]. Dicho en otros términos, el objeto de la Filosofía de la religión no es solamente lo Absoluto “bajo la forma de su pensamiento, sino también bajo la de su manifestación en cuanto Absoluto” [13]. Lo que se debe considerar es pues, “el ser determinado de lo Absoluto en cuanto Absoluto y, dado que nuestra consideración es de carácter filosófico, tenemos que concebir de nuevo ese ser determinado mediante el pensamiento”[14]. La Filosofía de la religión tiene como cometido, mediante la comprensión filosófica, de anular el distanciamiento de la religión con el resto de la conciencia: “... de lo que se trata es de la relación en el hombre de la religión con el resto de su visión del mundo, de su conciencia, de su conocimiento, de sus fines, de sus intereses. El conocimiento filosófico se refiere a esta relación y actúa esencialmente sobre ella. Fuera de la comprensión filosófica, la relación de la religión con el resto de la conciencia consiste en que ambas son concebidas en un aislamiento recíproco. Ahí reside una de las fuente de distanciamiento respecto al impulso originario hacia la religión, y le incumbe a la filosofía el llevar a cabo la mediación, la reconciliación de las dos”[15].
 
La Filosofía de la religión puede definirse entonces “como el conocimiento de Dios bajo su forma racional, como conocimiento comprensivo”[16]. La culminación del enciclopédico edificio hegeliano no está pues en la religión, a pesar de que ella es precisamente la conciencia “de lo absolutamente verdadero, en cuanto universal, como aquello que lo abarca todo y fuera de lo cual no hay nada”[17], porque la religión consiste precisamente en este contenido especulativo, pero a modo de estado de conciencia, cuyos momentos, que poseen una plenitud concreta son los del pensamiento (la universalidad activa, la actividad del pensamiento) y la realidad en cuanto conciencia inmediata particular. La filosofía hace que la aspereza de estos momentos opuestos se desvanezca por obra de la reconciliación en el pensamiento, mientras que la religión “sólo llega al goce de la unidad llevando fuera de la escisión estos dos extremos rígidos, adecuándolos y vinculándolos entre sí”[18].
 
A continuación, Hegel pasa a la consideración del momento histórico en que se encontraban las inquisiciones teológicas en sus tiempos: dos son los frentes desde los cuales se atacó la posibilidad de la Filosofía de la religión: en el primero , se asume “el punto de vista de la metafísica del entendimiento para la que dios es algo vacío, cuyo contenido se ha desvanecido”; en el segundo, se parte del “punto de vista del sentimiento que se ha refugiado en su interioridad vacía después de la pérdida del contenido absoluto, pero que coincide con aquella metafísica en la conclusión de que toda determinación resulta inadecuada al contenido eterno –pues éste no es más que una abstracción”[19]. La característica fundamental de los tiempos que Hegel vivió es que, a pesar de la afirmación de que es preciso creer en Dios, se argumentaba que “no se debe saber en general lo que es El...”, entonces la teología en cuanto tal, se ve reducida a un mínimo de dogmas, cultivándose por otro lado una forma de “erudición rica en peroratas históricas”[20].
 
La dogmática original, que giraba en torno a un contenido doctrinal estimado como universalmente verdadero y aceptado por los creyentes como verdad absoluta[21] se fundaba esencialmente en la Biblia, la Ilustración respetó este contenido y su fundamento, pero se formó “sus propios puntos de vista divergentes”[22] intentando interpretar la palabra de Dios de otra manera, dándose la exégesis, la cual ofrece sus propias “explicaciones sobre el texto”[23]. Dado que la exégesis consulta a la razón, resultada una modificación del contenido doctrinal: “el entendimiento se ha fijado previamente sus puntos de vista y a continuación ha intentado ver cómo cabría explicar las palabras de la Escritura, de acuerdo con esos puntos de vista”[24]. Esta teología racional es paradójica: a pesar de que pretende apegarse a la letra de los textos e interpretarlos haciendo valer tan sólo la intelección de la palabra, “se ve precisada a introducir su pensamiento propio en la palabra que se trata de explicar”[25]. Esta intrusión del pensamiento, el cual “encierra para sí determinaciones, principios, presuposiciones que después se hacen valer en la tarea de la interpretación”[26] es lo que llevó a que las opiniones más opuestas se pudieran demostrar exegéticamente, convirtiendo a la Sagrada Escritura en una nariz de cera, y permitiendo que tanto las herejías como la Iglesia pudieran apelar por igual a la Sagrada Escritura”[27].
 
A la teología racional así descrita se le ha llamado también teología de la Ilustración, pero esta última no queda debidamente especificada si no se agrega además que se trata de una teología que ha renunciado a practicar la exégesis y que “se aventura a deducir un contenido doctrinal a partir de sí misma”[28]. Esta teología ha dejado al margen la razón al rechazar la filosofía, y aunque funde sus razonamientos en la doctrina cristiana y en la palabra de la Biblia, “la determinación fundamental sigue siendo la opinión y el sentimiento particulares”[29]. El punto de vista predominante, en la época de Hegel, rechazaba el principio comunitario de la razón y del espíritu, con lo que partiendo de la razón se la combate “mediante la afirmación de que dicha razón no puede conocer nada acerca de dios... De esta manera a la filosofía y a la teología ya no les queda otra cosa acerca de dios que una abstracción, el Ser Supremo, un vacío producto de la abstracción, el más allá”[30].
 
Por obra de la teología racional., la fe y la razón quedaban así francamente desvinculadas, pero Hegel pretende obrar una reconciliación entre la razón divina y la humana: no se trata de dos tipos de razón y de espíritu que difieran según su esencia y sus modos de actividad: “La razón del hombre, la conciencia de su esencia, es la razón en general, es precisamente lo divino en el hombre, y el espíritu, en cuanto es espíritu de Dios, no es un espíritu más allá de las estrellas, más allá del mundo, sino que Dios se encuentra presente y en cuanto espíritu se halla en el espíritu y en los espíritus. Dios no es algo falto de contenido, sino un Dios viviente, que es eficiente y activo. Una religión es el producto del espíritu divino, no una invención del hombre, sino el resultado de la acción divina, de su actividad productora en el hombre. Debemos mantener ante todo esta condición; de lo contrario la palabra Providencia resulta carente de sentido”[31].
 
En Hegel, la Providencia divina consiste en que, dado que Dios es razón, gobierna racionalmente al mundo, lo que parecería aproximarnos a la definición clásica de providencia, pero es fundamental considerar que mediante dicha Providencia no sólo se gobierna racionalmente al mundo, sino que antes bien, ésta forma parte del amplio despliegue del Espíritu por medio del cual éste se hace mundo y después conciencia del mundo y conciencia del espíritu: la Providencia hegeliana consiste en la determinación que el Absoluto realiza en su despliegue, siendo por ende necesaria. La libertad no es entonces la realización de cualquier plan, sino la efectuación de aquello que ya estaba como no desplegado en el Absoluto y que de manera necesaria debe desplegarse, de aquello que de lo posible pasa a lo necesario: de ahí que la auténtica libertad pueda definirse como la conciencia de esta necesidad, la cual implica el despliegue de la Idea a partir de sus momentos, hasta llegar a la conciencia de sí misma, a su plenitud, gracias a la filosofía, pasando a través de la religión.
 
La conexión interna entre filosofía y teología se ve favorecida por dos circunstancias históricas: por un lado, debido a que los dogmas han recibido un tratamiento predominantemente histórico, la reflexión ha dejado de tener parte en el proceso, para considerarlo sólo de manera externa, como si se tratara de un registro, de donde resulta que la filosofía ya no se enfrenta “más con el reproche de que degrada los dogmas; se le reprocha más bien abarcar en sí demasiado acerca de las doctrinas de la Iglesia”[32], pero gracias a esta comprehensividad puede penetrar el concepto del Espíritu y no sólo “mantenerse modestamente fuera y divagar a lo lejos”[33]; por otro lado, esto tiene que ver con una convicción propia de los tiempos de Hegel: que la religión, que Dios se revela inmediatamente en la conciencia del hombre, que la religión consiste precisamente en que el hombre sepa inmediatamente acerca de Dios”[34], lo que entre otras cosas implica que “El contenido supremo, religioso, se revela al hombre en el espíritu mismo, que el espíritu se manifiesta en el espíritu, en este mi espíritu , que la fe tiene sus raíces en la intimidad, en la realidad más profunda de mi personalidad, que mi intimidad resulta inseparable de ello...”[35]
 
En esta manifestación del espíritu en el espíritu radica el principio del conocimiento filosófico mismo: “nuestra conciencia sabe inmediatamente acerca de Dios... el saber acerca del ser de Dios es para el hombre algo absolutamente cierto La filosofía no sólo no rechaza esta afirmación, sino que constituye una de sus determinaciones fundamentales”[36]. Desde el punto de vista de la teoría del saber inmediato, “Dios está expresado en relación con la conciencia”[37], pudiéndose distinguir: por un lado, la conciencia subjetiva de Dios y, “por otro, Dios en cuanto objeto, Dios tomado objetivamente”[38], pero no se trata aquí de dos esferas separadas, sino de una relación indisoluble, esencial, entre ambas. Se dan dos determinaciones que se encuentran en una unidad inseparable: el saber acerca de Dios y la autoconciencia. Si Dios es espíritu, entonces al preguntar de modo preciso qué es Dios, “tenemos que el concepto fundamental del espíritu es aquel cuyo desarrollo constituye toda la religión. si preguntamos de un modo provisional a nuestra conciencia qué es el espíritu, veremos que éste consiste en manifestarse, en ser para el espíritu. El espíritu es para el espíritu...”[39] El cometido de la filosofía es reconocer como contenido el principio del saber inmediato mismo y conducirlo al “verdadero desarrollo de sí mismo”[40]. En este desarrollo los muros divisorios que separan las dos esferas “de una forma absoluta, se vuelven transparentes... se produce una coincidencia absoluta, allí donde se cree que existe la máxima oposición”[41].
 
Por ende, la religión se da en la inmediatez de la conciencia, mientras que la Filosofía de la religión implica mediación, conocimiento pensante y comprensivo: “La religión en cuanto fe, sentimiento e intuición ingenuos consiste en general en el saber y en la conciencia inmediatos... La Filosofía de la religión consiste, por el contrario, en: conocimiento pensante, comprensivo de la religión; en ella se identifican el contenido absoluto, la sustancia y la forma absoluta (conocimiento)”[42]. El comienzo de la reflexión filosófica es el concepto de religión en su forma universal, la reflexión filosófica despliega dicho concepto en sus formas determinadas, las cuales “van unidas necesariamente con el concepto mismo”[43]. Por ende, el método a seguir es el del concepto que se explicita a sí mismo, ya que en éste están contenidas todas las determinaciones, aunque no preformadas,. El conocimiento desarrolla “aquello que está contenido en el concepto, pero que todavía no ha llegado a la existencia, que todavía no ha sido explicitado y expuesto”[44]. La consumación se da cuando el concepto se ha objetivado totalmente, con lo que se da paso al tercer momento en el que “el concepto retorna a sí desde su determinabilidad y finitud”, este concepto restablecido, cuyo paso previo es la objetivación total del mismo, es el concepto infinito, verdadero, la idea absoluta, la religión verdadera”[45]. La verdad del concepto exige su realización, entendida como la plena determinación del mismo, cuando la determinación es adecuada al concepto se da la realización absoluta, o sea la idea, el concepto verdadero. En cuanto concepto, la religión no es todavía la verdadera religión, porque “carece todavía de ser determinado”[46] y en esta indeterminación resulta inadecuada al concepto. Sólo cuando se da la religión absoluta se da la adecuación entre concepto y ser determinado, constituyéndose así la idea de religión .
 
A grandes rasgos, este es el proyecto de la Filosofía de la religión de Hegel: a partir de la inmediatez del concepto, en su pura y universal indeterminación, se realiza la mediación o despliegue y determinación del concepto, hasta llegar a su plenitud en la idea de religión, en la que concepto y contenido determinado se corresponden. Aquí hay una correspondencia entre los momentos del espíritu y el despliegue de la filosofía de la religión, correspondencia que es exigida por los propios presupuestos panlogicistas del sistema hegeliano: el concepto de religión, en su inmediatez, es el momento de la subjetividad espiritual, de la conciencia ingenua; al ser desplegado el concepto, por mediación del conocimiento comprensivo, se da un contenido objetivo, pletórico de determinaciones; finalmente, la “deducción” plena del contenido implica la determinación total del concepto, lo que da lugar a la inmediación última: la esfera del espíritu absoluto, en que el espíritu entra en contacto con la conciencia de sí mismo[47]. Revisemos ahora estos momentos, como son expuestos por Hegel al final de la Introducción, esto es: el concepto de religión, la religión determinada y la religión absoluta.
 
La primera parte de la Filosofía de la religión, consiste en la determinación de la universalidad : en el concepto de religión lo que aparece como contenido es lo universal, no estando presentes todavía la determinabilidad y la particularidad. En su concepto, la religión “es la relación del sujeto, de la conciencia subjetiva con Dios, que es espíritu; o bien tomando su concepto desde el punto de vista especulativo, la religión es el espíritu consciente de su esencia, consciente de sí mismo”[48]. Cuando el espíritu se convierte en objeto de sí mismo y es para sí, se da la forma de la representación: “este elemento constituye la forma de la conciencia absoluta en cuanto religión”[49]. La filosofía es esta conciencia “pero no mediante la forma de la representación, sino mediante la forma del pensamiento”[50].Como la religión es la representación del espíritu acerca de sí mismo, según su naturaleza absoluta ahí se contienen los siguientes momentos: “en primer lugar, el contenido metafísico, el pensamiento puro mismo, pero que, en segundo lugar, puesto que es conciencia, no permanece en ese estado, sino que hace acto de presencia la diferencia de la conciencia”[51]. Se dan así dos polos: el objeto “o el espíritu que sabe y el espíritu en cuanto objeto de ese saber”[52]. Pero, al consistir el concepto de espíritu en su saber acerca de sí mismo, en tercer lugar, “el espíritu supera su objetividad frente a si como ser otro y se alcanza en el culto la reconciliación de los dos polos... del espíritu finito en cuanto que sabe y del Espíritu Absoluto en cuanto objeto suyo”[53].
 
La unidad sustancial, lo universal en y para sí, lo puramente espiritual sin ulterior determinación es la relación en la idea, “aquello en que los dos polos se identifican”[54]. Después de esta primera universalidad se da la disolución de la unidad de los polos mencionados: la elevación hacia Dios, la conciencia, que es consciente de Dios “y el espíritu que se realiza en la conciencia”[55]. Se da así una conciencia subjetiva “que puede ser llamada elevación del hombre hacia Dios porque el hombre y Dios se relacionan entre sí en cuanto diferentes”[56]. Aquí es donde aparece propiamente lo que significa la religión. En esta relación del hombre con Dios se dan tres determinaciones particulares: en primer lugar, el sentimiento, donde hay que situar la certeza en general y la fe; en segundo lugar, la representación, y en tercer lugar “el pensamiento, la forma del pensamiento”[57].
 
En cuanto a su determinación general, el concepto de religión implica que ésta es para todos los hombres, pero el concepto de religión es sólo lo primero, porque el ser del espíritu no es algo inmediato, sino que “se hace para sí”[58]. El paso de lo abstracto a lo concreto se basa en la naturaleza misma del concepto, porque en éste están encubiertas sus determinaciones, sus momentos, pero “sin haber sido desarrollados todavía, sin que todavía hayan alcanzado el derecho a diferenciarse. Esta diferencia es el juicio, la categoría de la determinabilidad, lo segundo en general”[59]. De esta forma, se da el tránsito de la “subjetividad puramente interior”, al “ser determinado objetivo”. La conciencia humana es el material “donde se realiza el concepto como si se tratara del plan que él se apropia y que configura conforma a él”[60]. La religión determinada es un momento de la religión en general o de la religión consumada y la serie de configuraciones que aparecen “en el curso ascendente del desarrollo de la religión” tal como existen históricamente, dan como resultado una historia de la religión[61].
 
En las diferentes religiones determinadas, que son sólo determinaciones del espíritu o modos de su conciencia determinada, se pueden considerar los tres aspectos que aparecieron con claridad en el análisis del concepto de religión: en primer lugar, el pensamiento en su pura determinabilidad o el concepto metafísico de toda religión, presentándose aquí “el contenido que se poseía en otro tiempo en filosofía bajo la forma de las pruebas de la existencia de Dios”[62]; en segundo lugar, se deben considerar las representaciones determinadas de las diferentes religiones; y en tercer lugar, el culto en particular “la Iglesia propia de cada religión en cuanto modo de unión de la interna determinabilidad del pensamiento de cada etapa con la representación elaborada en esta etapa”[63].
 
El tercer momento consiste en que el concepto de religión pierde la finitud inherente al momento de la religión determinada, superándose a sí mismo en su no verdad, llegando a ser tal como es y adquiriendo la verdadera conciencia de sí mismo. “De este modo, el espíritu que es en y para sí ya no tiene ante sí, en su desarrollo, formas singulares, determinaciones de sí y ya no sabe de sí como espíritu finito, como espíritu en alguna determinabilidad o limitación, sino que ha dejado atrás aquellas determinaciones y es para sí aquello que es en sí”. [64] En la religión consumada (absoluta) el concepto de religión retorna a sí, dándose la idea absoluta. Las religiones anteriores (determinadas) constituyen etapas de transición del concepto de religión hacia su acabamiento en la religión revelada, que es la religión cristiana: “La religión cristiana se nos mostrará como la religión absoluta...”[65] Esta religión revelada es la religión manifiesta, ya que Dios se ha manifestado totalmente en ella, con lo que el espíritu alcanza su propio concepto, lo que es en sí: “ya no hay nada secreto en Dios”[66]. Este proceso, que es llevado a cabo por la religión, constituye la verdadera teodicea, al mostrar “como necesarias todas las realizaciones del espíritu, todas las figuras del autoconocimiento, puesto que el espíritu es viviente, pensante y lleva en sí el impulso consistente en llegar a través de la serie de sus manifestaciones a la conciencia de sí mismo en cuanto verdad total”[67].
 
De esta forma, el plan de la Filosofía de la religión de Hegel queda expuesto en su totalidad: del concepto de religión en su universalidad e indeterminación se pasa a las religiones determinadas hasta llegar a la religión cristiana como religión absoluta. Debido a la amplitud del estudio hegeliano, nosotros nos centraremos en la primera parte del proyecto: el concepto de religión. Los momentos del apartado en que se analiza la religión en su universalidad son respectivamente: la base de la religión, el saber de la religión y la realidad de la religión. Habrá que dar cuenta de las partes relevantes para este trabajo, aunque sea someramente, a saber: dentro del apartado sobre la base de la religión, el estudio del saber inmediato, el sentimiento y la representación religiosa; en lo relativo al saber de la religión, se presentará el propósito y plan general de este apartado, ya que aquí es donde se puede encontrar la teología racional hegeliana, que es materia no de la filosofía de la religión, sino de la teodicea; finalmente, el apartado sobre la realidad de la religión deberá exponerse con más detalle ya que aquí se trata del culto y de la relación de la religión con la cultura, la filosofía y el Estado.
 
El problema con el que se inicia el apartado sobre la base de la religión es el de hallar un comienzo, ya que la ciencia de la religión constituye la ciencia última, siendo por ende, resultado[68]. A partir del modo de consideración empírica se dan tres determinaciones: 1. Que el saber acerca de Dios es inmediato, por lo que “Dios no puede ser comprendido, no se debe razonar acerca de El, puesto que no ha querido hacérsenos accesible a través del conocimiento racional”[69]. 2. Que se tiene que buscar un punto de apoyo al saber inmediato, con lo que se busca el fundamento o el lugar del ser divino, el cual es el sentimiento: “El sentimiento alcanza el rango de fundamento; en él se nos ofrece el ser de Dios”[70]. 3. En este momento se da el movimiento recíproco: el sujeto sabe que no es Dios, por lo que en sí mismo es lo negativo, lo finito; por ende, Dios es lo no negativo, lo finito. El movimiento de las proposiciones de 1 y 2 “consiste en que Dios es sabido inmediatamente por nosotros y que él se encuentra en el sentimiento[71].
 
La consideración empírica asume como punto de partida el saber inmediato: la certeza de Dios. Lo universal es la conciencia de Dios, sus aspectos inmediatos son la fe y la certeza, “en la medida en que es sentimiento y se halla en el sentimiento”[72]. En segundo lugar se da el aspecto objetivo, la índole del contenido, y en tercer lugar “la forma del pensamiento en cuanto tal”[73]. La forma bajo la que Dios se da es el saber inmediato, este es propiamente un saber de la fe o certeza. Pero la certeza no es la verdad: “Nosotros oponemos la certeza a la verdad; el saber expresa el modo subjetivo bajo el que algo existe para mí, en mi conciencia, con la determinación de algo existente... Pero el carácter subjetivo del saber consiste en que el objeto no posee ser alguno fuera de este sabe, sino que sólo alcanza dicho ser en su identidad conmigo. El “objeto” existe porque su ser y el mío son idénticos, de esta forma, la certeza consiste en “la relación inmediata entre el contenido y el yo”[74]. Esta relación se puede expresar de modo incisivo diciendo que esto se sabe con tanta certeza como que existo: “En la medida en que sé con certeza que Dios existe, el saber constituye mi ser, mi conexión con este contenido; tan cierto es que existe Dios como que existo yo. Mi ser y el ser divino forman una conexión, y la relación está constituida por el ser”[75].
 
El saber consiste en que el objeto “sea lo otro, pero de forma que su ser esté vinculado con el mío”[76]. Pero el momento de la certeza sólo posee este ser del objeto, “su qué (sein Was) todavía no se ha desvelado”[77]. Este saber es inmediato: rechaza todas las diferencias, consistente en el pensamiento puro, en su “universalidad totalmente abstracta, carente de contenido”[78]. Por el contrario, el conocer es “un saber desplegado, un saber de lo universal que aparece a la vez en su particularidad, en la determinabilidad de su naturaleza que es en sí y para sí”[79]. El pensamiento es un movimiento mediador, siendo propio de él “el deducir una cosa de otra”: “El pensamiento mediador consiste en deducir;: se comienza por materias y determinaciones particulares, diferentes y las transforma en algo universal... el pensamiento inmediato sólo contiene, por el contrario, lo universal carente de mediación y particularización”[80].
 
Para la filosofía de la religión, el contenido del saber inmediato no es “un objeto corporal, sino Dios, que es totalmente universal, carente de particularidad, y si bien es sabido también como persona., se trata, no obstante, de la personalidad totalmente abstracta, de la singularidad en su universalidad”[81]. Al pensamiento, como saber inmediato acerca de Dios, como saber acerca de un objeto que es totalmente universal hay que añadirle, en segundo lugar y “con vistas a la determinación de lo universal... que lo universal es. Acto seguido debemos dar cuenta, desde el concepto, de esta observación y ver en qué medida lo universal adquiera esta determinación según la cual es”[82]. El sentido del saber inmediato es que saber es pensar, pero esto constituye el pensamiento más pobre, que se desenvuelve en el nivel de la lógica abstracta. Dios en el saber inmediato y universal es objeto de mi conciencia, pero sin determinaciones ulteriores, sólo se sabe que lo universal es, pero “este ens es lo más vacío”[83]..
 
“Al saber mediato pertenece el saber de la necesidad”[84]. Como la inmediatez significa el ser en general, dicho saber se da cuando no poseemos la conciencia de la mediación. Pero puesto que todo lo inmediato es también mediado, el saber religioso es esencialmente de “un saber mediato. Se cual fuere la religión a la que uno pertenezca, sabemos todos que hemos sido educados en esa religión y que hemos sido instruidos en ella. Esta instrucción, esta educación me proporciona un saber; está mediado por la doctrina”[85]. Si se deja de lado el esencial momento de la mediación se “rechaza manifiestamente lo que es manifiesto en una religión positiva, la instrucción, la educación, etc.”[86] El saber de la religión es necesario, pero para llegar a este se requiere mediación: la religión no es algo mecánico, sino una estimulación; la fe y la convicción son algo mediado.
 
La estimulación propia de la religión, expresada de modo externo, místico, no filosófico, alude a un contenido conocido en un estadio precedente, que es recordado (la reminiscencia platónica). Pero la determinación interna de la religión se da porque ésta se halla en el hombre mismo, en su razón y en su libertad en general: “El espíritu da testimonio del espíritu. Este testimonio es la propia naturaleza interna del espíritu”[87]. La certeza es la unidad de dos polos: Dios y el sujeto que sabe, pero Dios “es la universalidad que es en sí y para sí, fuera de mí, independiente de mí, que no es meramente en mí”[88]. Por ello, Dios es distinto y autónomo respecto a mí, pero de aquí no se sigue necesariamente que esto sea verdadero: algo puede ser cierto, “pero otro problema es saber si es verdadero”[89].
 
La primera forma de la certeza en general es la fe, la cual es “una certeza que se posee sin intuición sensible inmediata, sin esta inmediatez sensible y a la vez sin llegar a comprender la necesidad de este contenido”[90]. La fe en Dios sólo tiene un fundamento: la autoridad: “La fe descansa en el testimonio y de este modo posee un fundamento”[91]. Pero la confirmación externa e histórica de la fe vía milagros no es propiamente un fundamento, ya que el “verdadero contenido de la religión tiene como confirmación suya el testimonio del propio espíritu... Mi espíritu sabe acerca de sí mismo, acerca de su esencia; esto es el saber inmediato, la determinación simple, verdadera, de esta certeza que se llama fe”[92]. Así, los apartados finales de este capítulo inicial sobre la base de la religión deberán considerar dos formas limitadas y defectuosas de la certeza: el sentimiento (punto de visa subjetivo) y la representación (modo objetivo del contenido).
 
Lo más íntimo, la base de lo absolutamente cierto, el “lugar en el que Dios se encuentra en mi ser es el sentimiento. Por eso se dice que tenemos sentimiento religioso; que en él se nos ha comunicado la fe en Dios”[93]. La determinabilidad del sentimiento es lo que aparece como su contenido: sólo después de haber sentido un objeto sabemos si es duro o no, la dureza es, por tanto, una de las determinaciones del sentimiento, pero “la dureza sólo se convierte en sentimiento en cuanto se encuentra en el yo y también en el objeto; no se ha de separar el yo y el objeto en cuanto sentimiento de la dureza”[94]. La división entre la conciencia y el objeto no se da en el sentimiento como tal, sino que es obra de la reflexión, porque en el sentimiento “el que siente y lo sentido son una misma cosa... en el sentimiento, la determinabildiad del objeto se convierte en mía. Por el contrario, en la medida en que lo otro permanece como autónomo, no se encuentra en el sentimiento, no es sentido, gustado, etc.”[95]
 
El sentimiento puede asumir el contenido más diverso, comprendiendo no solamente lo real, sino también lo imaginario. Así, si algo forma parte del contenido del sentimiento, nada se dice por ello sobre su excelencia, porque su “carácter verdadero, auténtico, no depende del sentimiento en cuanto sentimiento, sino del contenido encubierto bajo esta forma”[96]. El contenido del sentimiento es algo contingente para mí: se trata de “lo particular, lo limitado, y de este modo resulta indiferente que él sea este contenido; también puede haber otro contenido en mi sentimiento”[97]. En el sentimiento Dios se encuentra “de modo totalmente contingente, como un contenido particular junto a otros”[98]. Si este sentimiento es justo y verdadero, todo depende de sus determinabilidades, del contenido del sentimiento, pero el sentimiento es una forma que el hombre tiene en común con el animal por lo que se da la sospecha de que Dios se revela esencialmente a través del pensamiento, con lo que surge ante nosotros “el hecho de que únicamente el hombre, no el animal, tiene religión”[99]. En consecuencia, la teología que se ocupa en describir sentimientos, permanece por ende “en un nivel empírico, en la historia y sus contingencias, no se ocupa todavía de pensamientos que tienen un contenido. Dios no es en el sentimiento un ser libre en y para sí”[100]. Sin embargo, lo que en el hombre tiene su base en el pensamiento (como el derecho, la libertad y la eticidad), puede revestir la forma contingente del sentimiento, esto es, la forma como se encuentra en nosotros.
 
El sentimiento pertenece al ámbito de nuestra corporeidad: “Todo el ámbito del sentir es lo que se llama corazón, ánimo”[101]. Debido a que el sentimiento, como tal, es momentáneo y fugaz, se “debe llevar en el corazón el derecho, la eticidad a Dios”[102], ya que en el corazón es expresado como algo persistente, como existencia estable. La religión ha de ser llevada al corazón, “de esta forma se requiere que el individuo haya de ser formado ética, jurídica y religiosamente”[103]. Lo que se lleva en el corazón constituye nuestra forma de pensar: el sentimiento expresa la “identificación del contenido con la subjetividad, con la personalidad del individuo”[104]. El contenido que está en el corazón, “está presente en la certeza de mí mismo, en mi inteligencia, en mi voluntad como tal o bien la conciencia de la particularidad de mi persona va unida con ello”[105]. El corazón es la primera forma bajo la que el contenido aparece en el sujeto, por ello, el corazón justifica creer en un contenido determinado y obrar de acuerdo con ciertas determinaciones: “la religión del sentimiento posee, de hecho, un carácter verdadero”[106].
 
Pero al sentimiento, en su referencia a la forma de la fe subjetiva, se puede oponer la representación de lo objetivo, del contenido: “La representación se refiere al aspecto objetivo del contenido, y el sentimiento al modo como el contenido se encuentra presente en nuestra particularidad, en la particularidad de la conciencia”[107]. La formación religiosa comienza con la representación: ”Mediante la doctrina, la enseñanza, son despertados, purificados y formados los sentimientos, llevados al corazón. Pero este llevar al corazón posee también, de un modo esencial, otro aspecto, a saber, que esta determinabilidad originaria reside en la naturaleza misma del espíritu”. Sin embargo, la representación es necesaria para que esta esencia, que está originariamente en el espíritu llegue al sentimiento y a la conciencia, “para que se manifieste en la conciencia y sea sentido. Esta representación requiere la enseñanza, la doctrina. A partir de aquí comienza en todas partes la formación religiosa”[108].
 
La certeza inmediata de Dios revista la forma del sentimiento y de la representación, aunque también asume la forma del pensamiento bajo lo que llamamos convicción. La convicción “consiste en que yo reconozca el contenido, en que sea sabido como mío, mientras que el corazón constituye mi carácter inmediato, el modo inconsciente según el que el ser del contenido se halla en mí”[109]. En el sentimiento se produce la constante reminiscencia del yo, pero quien sólo se ocupa de su sentimiento es un principiante en el saber y en el obrar: “La presencia del contenido en la convicción está mediada en mayor medida por el pensamiento, por la inteligencia”[110].
 
El contenido de la certeza, que corresponde al aspecto objetivo, es Dios. Dios se ofrece primero al hombre bajo la forma de la representación; también se puede “utilizar para ello el término intuición”[111], como “la conciencia de algo que se tiene como objeto ante sí”[112]. A la representación pertenecen las formas, las configuraciones sensibles, a las que se puede diferenciar llamándolas imágenes: “De un modo general podemos llamar imágenes a las formas sensibles cuyo contenido fundamental y cuyo modo fundamental de la representación provienen de la intuición inmediata”[113]. El modo de la representación no sólo “abarca lo que es manifiestamente imagen, sino también lo que ha de ser tenido como histórico”[114]. Lo histórico en cuanto tal es... lo que existe para la representación”[115].
 
En segundo lugar a la representación pertenecen también las configuraciones no sensibles: “Todo contenido espiritual, todas las relaciones en general, de cualquier tipo que sean, un príncipe, un tribunal, etc., son representaciones; el espíritu mismo es una representación”[116], la creación del mundo es una representación, Dios mismo es una representación. El contenido de la representación “en la medida en que no tiene un carácter relativo a la imagen, sensible o histórico, sino que es algo espiritual, pensado, es tomado en su relación simple, abstracta consigo”[117]. En la representación, la imagen ha sido elevada a la forma de la universalidad, del pensamiento, pero sin embargo, el contenido todavía no aparece ahí como pensamiento: la representación está en “una tensión permanente entre la intuición sensible inmediata y el pensamiento propiamente tal”[118]. Pensar consiste propiamente en poner algo en relación con otra cosa, pero en la representación, “las distintas determinaciones se encuentran para sí, ya formen parte de un todo, ya estén separadas entre sí”[119].
 
Con estas consideraciones, Hegel inicia gradualmente el tránsito a la dialéctica finitud-infinitud, que abarcará el resto del Capítulo I. Debido a las limitaciones de espacio, debemos dar un “golpe de timón” con el fin de, tomando como punto de partida la idea de que la representación es superada (aufgehoben) a partir del pensamiento, consignar aquí los fragmentos relevantes del Capítulo II, el saber de la religión, para proceder, a continuación, a exponer con más detalle el Capítulo III, la realidad de la religión.
 
Si bien la intuición y la representación nos dan totalidades, la reflexión es quien establece diferencias en ellas, manteniendo estas diferencias como separadas entre sí, y olvidando “la unidad existente en ellas”[120]. La filosofía, como conciencia de lo especulativo, es aquello que nos permite tomar conciencia del contenido especulativo más universal. Lo que en primer lugar se nos aparece en el concepto de religión es “lo puramente universal, el momento del pensamiento en su universalidad”[121]. Gracias a este concepto, sabemos “que la religión es en general conciencia de Dios, ya revista esta conciencia la forma del sentimiento, de la representación, del concepto, del saber u otra cualquiera”[122].
 
Pero en la religión encontramos dos momentos: el objeto de la religión y la conciencia. Si sólo tratáramos del objeto, esta Filosofía de la religión equivaldría a lo que se llamaba “theologia naturalis, una parte de la antigua metafísica, la doctrina sobre Dios, [y] sus propiedades...”[123], pero la meta de la Filosofía de la religión es la religión consumada: el “que Dios sea sabido como esta totalidad que es espíritu...”[124]. En cuanto espíritu, Dios está esencialmente en su comunidad, en la unidad y reconciliación de lo objetivo y de lo subjetivo, el “restablecimiento de sí, el sentimiento positivo de la participación, de participar en El, el alcanzar la unidad a partir de aquella escisión, gozar de su positividad, realizarse, esta es mi acción, mi actividad, y a la vez en mayor medida el saber divino externo o interno, el culto en general”[125].
 
El culto, bajo su significado más limitado (como actividad impropia y a la vez esencial, externa, pública, sin resaltar tanto la actividad interna del ánimo) pertenece esencialmente al concepto de religión”[126]  “La religión, en cuanto realidad subjetiva y culto constituye, por tanto, el otro momento esencial en la consideración de la religión en general”[127]. Con esto llegamos al umbral de la tercera parte de la Filosofía de la religión de Hegel, la realidad de la religión, en donde el culto será considerado en su realización determinada. El momento del culto es propiamente el de la relación práctica: “En la intuición, en la relación teórica, se da tan sólo un objeto cuya realidad me domina; yo no sé nada acerca de mí. Pero lo verdadero consiste en la relación entre yo y este objeto”[128]. La relación práctica comienza cuando “yo soy para mí, me opongo al objeto y ahora tengo que producir mi unidad con él consistente no sólo en saber acerca de él, en estar dominado por él, sino en saberme como dominado por él, en saberlo a él en cuanto se encuentra en mí y, asimismo, a mí en cuanto me encuentro en él, que es la verdad, y en saberme, por tanto, en la verdad. La actividad o la función del culto consiste en producir esta unidad”[129].
 
Los momentos del culto son: la unidad presupuesta, la esfera de la separación y la libertad que se restablece a sí en la objetivación[130]. El culto es el proceso entero del sujeto que consiste en identificarse con su esencia. La superación de la escisión, la cual se manifiesta como actividad, se da a través del culto. En el momento de la unidad presupuesta “Los momentos del concepto de la religión se presentan... bajo la determinación de la unión”[131]. Esta unidad se encuentra en el concepto de Dios: “El objeto absoluto se determina... respecto a la conciencia como la totalidad acorde consigo misma”[132].  Pero esta totalidad se presenta también bajo la forma de la separación y de la finitud. El contenido total del concepto es puesto aquí como abstracciones, bajo la forma de la separación, de la diferencia. El primer momento de la diferencia es el ser-en-sí, el ser “idéntico consigo mismo”, informe, objetivo; el segundo momento se le opone el ser-para-sí, lo negativo, la forma, esta negatividad, bajo su “forma inicialmente indeterminada, aparece como la negatividad del mundo”[133]; la negatividad frente al “sentirse a-sí-mismo, frente al ser determinado y a la conservación es el mal”[134], esta negatividad aparece primero como mal en el mundo, pero también se presenta como “el ser-para-sí de la autoconciencia, como el espíritu finito”[135]; el tercer momento corresponde al de la reconciliación, en la que participa el culto: “Lo que se produce mediante el culto es lo que en otro tiempo se llamaba unio mystica, este sentimiento, este goce, de que yo me encuentre en gracia de dios, de que su espíritu viva en mí, la conciencia de mi unión, de mi reconciliación con Dios”[136].
 
La realidad íntima del culto y su primera forma es el recogimiento, el cual “está presente cuando la fe se hace más viva, cuando el sujeto ora, cuando no se limita a ocuparse de este contenido a modo de objeto, cuando se sumerge en él; el fuego, el calor del recogimiento es aquí lo esencial”[137]. En segundo lugar, pertenecen al culto las formas externas, como los sacramentos y sacrificios, en los que el sentimiento de reconciliación es realizado “de una forma externa sensible”[138]. En tercer lugar, lo más elevado del culto “consiste en que el hombre se despoje de su subjetividad, en que renuncie no sólo a las cosas externas como la propiedad, sino en que inmole a Dios su corazón, su intimidad, y en que en esta intimidad abrigue sentimientos de remordimiento y contrición.
 
Aquí es justo recapitular algo de lo logrado: superficialmente podemos decir que la religión es la relación con Dios, siendo la creación un diferenciarse del Espíritu Absoluto (Dios) con respecto al espíritu particular (el ser determinado racional). La primera relación que se da, es la teórica; la segunda, la práctica, y el tercer momento, es el de la religión real. Debido a las limitaciones de espacio y a la extensión del proyecto hegeliano, debemos conformarnos, por ahora, con lo dicho ya sobre la fe y el culto (temas en los que ahonda el resto de la sección segunda), para concentrarnos en la parte final de las Lecciones: la relación de la religión con el arte, la filosofía y el Estado. Con esta exposición concluiremos el apartado sobre Hegel.
 
El punto de vista religioso “es un punto de vista universal, común al arte, a la religión y a la Ciencia, y corresponde a la determinación del concepto de religión establecer esta distinción y determinación más precisas: ellas conciernen esencialmente a la forma bajo la que se encuentra la verdad absoluta en la religión”[139]. La distinción o la forma reside en la determinación de la relación objetiva de la religión frente al arte y la filosofía. La distinción entre arte y religión no es absoluta, ya que el contenido, lo que es para la conciencia, es el mismo: en el arte hay representaciones y pensamientos y en la religión hay arte, intuición inmediata y pensamiento[140]. La ley y el contenido del arte es la verdad, pero el arte “se basa y tiene su origen en el interés de exponer la idea espiritual para la conciencia, y ante todo para la intuición inmediata... el punto de vista de la religión misma no es el punto de vista de la sensación, sino otro desarrollado bajo una forma más acabada[141]”. “A la obra de arte le falta la subjetividad consumada”[142]: el artista tiene que exponer la verdad de la idea bajo una forma sensible, limitada e individualizada “y en este sentido no resulta posible evitar las contingencias del mundo sensible”[143].
 
La obra de arte se presenta a la intuición como un objeto externo totalmente común y como tal sólo existe en el sujeto de la intuición, “en la conciencia subjetiva; para ello se requiere una comunidad que sepa acerca del objeto expuesto y lo represente como la verdad sustancial, y además, el culto en genera para que tampoco esta representación permanezca como algo externo, sino para que la conciencia supere precisamente la exterioridad, la relación carente de vida, es decir, la separación y se dé a sí el sentimiento conciente de poseer su esencia en el objeto”[144]. En la medida en que la religión y el arte se diferencian, se puede hablar de que existe un arte independiente; aquel arte que no existe ni puede existir absolutamente sin religión es tan sólo “La exposición objetiva del contenido religioso en la intuición sensible, en la imagen o en los mitos”[145].
 
La religión no se limita a la forma de la intuición inmediata y de la imagen mítica, porque ésta es lo existente, “lo interior, lo más profundo según el modo, bajo la forma del pensamiento”[146], si bien Dios, el alma y el mundo pueden ir unidos a imágenes, el pensamiento es el factor predominante, además, a la religión “le pertenece esencialmente el culto, la conciencia subjetiva, su proceso, su dinámica e identificación”[147]. Cuando la religión ofrece su contenido bajo la figura de la representación, posee una doctrina y una verdad.: “Su contenido es y vale como verdad; pues él se presenta bajo la forma de la representación, pero ésta no debe ser subjetiva, sino objetiva”[148]. El contenido de la religión es polémico porque no es aprehendido inmediatamente mediante la imagen, en la intuición sensible, sino de forma mediata, por medio de la abstracción, a partir “de la elevación de la imagen de lo sensible, a lo universal, una elevación que va unida al rechazo de la imagen...”[149] La religión posee un contenido que puede ser enseñado, transmitido, lo que explica que este contenido representado pueda ser comunicado: la doctrina.
 
El modo peculiar bajo el que se encuentra la verdad en la religión es la representación, una realidad concreta, Dios, mundo, “afirmada como autónoma, bajo la simple forma de la universalidad”[150]. La filosofía traslada “lo que se encuentra bajo la forma de la representación a la forma del concepto”[151]. La representación aprehende lo sensible en su universalidad, en su interioridad pensante pero “bajo la forma de la singularidad y de la sensibilidad”[152]. El objeto representado tiene un carácter espacial y temporal, no puede liberarse de lo natural, ya que la universalidad se encuentra ahí bajo la forma de su naturalidad, por ello, la representación recurre “a las imágenes como medio de expresión, a las analogías o a formas determinadas[153]. La religión constituye el verdadero contenido, pero bajo la forma de la representación, con lo que no se da en ella la conexión entre las circunstancias de carácter universal y las particulares, es el pensamiento quien proporciona a la autoconciencia la relación absoluta de la libertad. En la representación, los diversos momentos se relacionan sin renunciar a su autonomía, pero bajo el pensamiento se da una relación de idealidad, “de tal manera que ninguna configuración se presenta de una manera autónoma y aislada para sí, cada una de ellas reviste más bien la forma de una apariencia respecto de la otra”[154]. Cuando se alcanza la adecuación absoluta del contenido y de la forma, desaparece la relación de la no libertad, “tanto del contenido como del sujeto... El contenido es en sí libre, y su aparecer en sí mismo constituye su forma absoluta, y en el objeto el sujeto tiene ante sí la actividad de la idea, del concepto que es en y para sí y que es él mismo”[155]. Esta determinación es la que aporta el conocimiento filosófico de la verdad, y de manera especial, la filosofía totalmente especulativa.
 
“El concepto de libertad en la religión y en el Estado es uno solo. Este único concepto es lo supremo que posee el hombre y es realizado por el hombre”[156]. El Estado es la libertad en el mundo, es el concepto de libertad que lleva un pueblo en su autoconciencia; en la religión, el hombre es libre ante Dios, ya que al adecuar su voluntad a la voluntad divina se encuentra a sí mismo en ella. La representación de la conexión entre religión y Estado se expresa “señalando que las leyes, la autoridad, la Constitución política proceden de Dios; mediante este hecho, ellas quedan sancionadas y ciertamente mediante la suprema autoridad que posee la representación”[157]. La unidad de religión y Estado se da sólo en los Estados protestantes, ya que ahí: Las leyes del Estado son consideradas como racionales y como algo divino a causa de la presuposición de esta armonía originaria, y la religión no tiene unos principios propios que contradigan a los que tienen valor en el Estado”[158].
 
Cuando el Estado y la religión se escinden se da una diferencia entre lo mundano y lo religioso y entre los principios de ambos: “La religión no se limita a permanecer en su dominio propio, sino que también se dirige al sujeto, le impone prescripciones en lo referente a su religiosidad y, por consiguiente, en lo referente a su actividad. Estas prescripciones que la religión impone al individuo, pueden diferir de los principios básicos del derecho y de la eticidad que tienen validez en el Estado”[159]; las exigencias del Estado se encaminan al derecho y a la eticidad y las de la religión a la santidad. La primera forma de eticidad es el matrimonio al que se “opone como algo sagrado la continencia, el celibato”; en segundo lugar, el hombre como existencia singular tiene como ley ética hacerse autónomo mediante su actividad y entendimiento, pero el deber religioso que se opone a este deber mundano “exige que el hombre no actúe de este modo, que no se inquiete con tales preocupaciones”[160]; en tercer lugar, , la forma más elevada de eticidad en el Estado radica en la ejecución de la voluntad racional universal, pero el deber religioso exige que el hombre permanezca sin voluntad propia y que se someta a una obediencia religiosa, con lo que el sujeto “debe renunciar a sí y rechazar su mismidad”[161]. La oposición entre religión y Estado, cuando brota en el hombre la libertad subjetiva, se da en los Estados católicos. “En esta oposición, la religión sólo se manifiesta de una forma negativa y exige del hombre su renuncia a toda libertad...”[162]
 
A raíz de esta escisión, se puede decir que “la Constitución política debe permanecer a un lado y la religión al otro, pero ahí existe el peligro de que aquellos principios permanezcan en una perspectiva unilateral”[163] o también, la religión en cuanto Iglesia “puede ciertamente aparecer... como prudente y externamente tolerante, pero entonces se produce un estado de incoherencia en los espíritus”[164]. Cuando la religión y el Estado se encuentran en contradicción, la primera es dejado de lado : “Es considerada tan sólo como un trasunto individual acerca del que no tiene que preocuparse el Estado y después se añade, además, que la religión no se ha de mezclar en los asuntos del Estado”[165]. La solución de esta escisión bajo la consideración de que a la Constitución política no le interesa la forma de pensar o la religión de los individuos es unilateral, porque “las leyes son aplicadas por los jueces, y ahí entran en juego tanto su rectitud como su inteligencia”[166], pero en los tiempos actuales no se quiere confiar en la comprensión racional sino que todo se pretended regular de acuerdo a leyes positivas.
 
De esta forma, cuando en la Constitución formalmente establecida se deja de lado la forma de pensar, imperan la contradicción y la inconsciencia. Si bien la forma de pensar no necesariamente debe adoptar la forma de la religión, en lo que se refiere el pueblo, su verdad última “no se presenta bajo la forma de pensamiento y principios; por el contrario, lo que debe valer para el pueblo como derecho, sólo podrá serlo en la medida en que es algo determinado, particular. Ahora bien, esta condición determinada del derecho y de la eticidad sólo alcanza su última confirmación bajo la forma de una religión presente y si ésta no es acorde con los principios de la libertad, siempre se produce una fisura, una escisión no resuelta, una relación hostil que no debe tener lugar, por cierto, en el Estado”[167].




[1] “Este conocimiento no sobrepasa... la esfera de la finitud ni exige tampoco sobrepasarla. Se trata de un universo del conocimiento que no necesita para sí de Dios y que se halla fuera de la religión. Ese conocimiento constituye el ámbito de lo que denominamos ciencia y conocimientos técnicos particulares. No constituyen ninguna religión y nada tienen que ver directamente con ella. En ellos el conocer se adentra en sus relaciones y conexiones y de este modo tiene de su parte toda materia y todo contenido determinados, de forma que no queda margen alguno para la otra parte, la parte de lo infinito y de lo eterno”. Hegel. Lecciones. Nota preliminar. Sección segunda. b) El desarrollo de la oposición”, p. 76-77. Y más adelante: “... las sciencies exactes se oponen a la religión”. Ibid. p. 77.
[2] “la doctrina de que no podemos saber más acerca de Dios, de que no podemos conocerlo, se ha convertido en nuestro tiempo en una verdad totalmente reconocida, en un asunto concluido –una especie de prejuicio...”. Hegel. Lecciones. Nota preliminar. p. 60. 
[3] Arsenio Guinzo, “En torno a la filosofía de la religión de Hegel”, en El concepto de religión. p. 20-21
[4] Hegel. Lecciones. Nota preliminar. Sección segunda. c) Conciliación de la oposición. p. 78.
[5] Idem.
[6] Ibid., p. 81.
[7] Guinzo. Ibid., p. 10.
[8] “Ya no le causa a nuestra época pesadumbre alguna no saber nada acerca de Dios; se considera más bien como el punto de vista más elevado el decir que este conocimiento no es siquiera posible. Lo que la religión cristiana, lo mismo que las demás religiones, declara ser el mandamiento supremo, absoluto: “conoced a Dios”, es considerado ahora como una necedad”. Lecciones. Nota preliminar. p. 61.
[9] “La religión tropieza especialmente con el obstáculo de que el conocimiento no está reconciliado con ella. Entre ambos se encuentra un muro divisorio; el pensamiento no se decide a una consideración seria de la religión y a tomar un interés profundo en ella. La tarea de la Filosofía de la religión consiste en eliminar esta grieta, este impedimento”. Hegel. Lecciones. Nota preliminar. Sección segunda. c) Conciliación de la oposición. p. 83.
[10] Hegel. Lecciones. Nota preliminar. Sección tercera. Filosofía, filosofía de la religión y religión. p. 85. 
[11] Lecciones. Introducción, Sección primera. p. 63.
[12] Lecciones. Nota preliminar. Sección tercera. Filosofía, filosofía de la religión y religión. p. 86.
[13] Ibid. p. 87.
[14] Idem.
[15] Lecciones. Introducción, Sección primera. Finalidad de la filosofía de la religión. p. 66-67.
[16] Lecciones. Nota preliminar. Sección tercera. Filosofía, filosofía de la religión y religión. p. 88.
[17] Ibid. p. 89.
[18] Idem.
[19] Lecciones. Nota preliminar. Sección cuarta. La filosofía de la religión y la teología contemporánea. A) las distintas formas de la teología racional. p. 90.
[20] Ibid. p. 91.
[21] Hegel define un credo como: “todo aquello que constituye la naturaleza de Dios...[y] que consiste, en un sentido subjetivo, en aquello que es creído, y en sentido objetivo, en aquello que ha de ser considerado como contenido de la religión cristiana de acuerdo con el cual Dios se ha revelado”. Ibid. p. 92
[22] Idem.
[23] Idem.
[24] Idem.
[25] Idem.
[26] Ibid. p. 93.
[27] Idem.
[28] Ibid. p. 94.
[29] Idem.
[30] Ibid. p. 95.
[31] Lecciones. Nota preliminar. Sección cuarta. b) La conexión de la teología y la filosofía. p. 97-98.
[32] Ibid. p. 101.
[33] Ibid. p. 102.
[34] Idem.
[35] Idem.
[36] Ibid. p. 103.
[37] Ibid. p. 104.
[38] Ibid. p. 105.
[39] Idem.
[40] Ibid. p. 106.
[41] Idem.
[42] Lecciones. Introducción. Sección quinta. Estructura de la Filosofía de la religión. p. 115.
[43] Idem.
[44] Ibid. p. 116.
[45] Ibid. p. 117.
[46] Idem.
[47] Desde el punto de vista lógico: en la primera esfera se da el momento de la determinabilidad de lo universal, en la segunda, que es la esfera de la particularidad, los momentos aparecen como autónomos y en la tercera, la esfera de la singularidad, se “retorna al verdadero silogismo que se media a sí mismo en la totalidad de las determinaciones”. Ibid. p. 118.
[48] Introducción. Sección quinta. Estructura de la Filosofía de la religión. a) El concepto de religión. p. 119.
[49] Idem.
[50] Idem.
[51] Idem.
[52] Idem.
[53] Ibid. p. 120.
[54] Idem.
[55] Idem.
[56] Idem.
[57] Idem.
[58] Introducción. Sección quinta. Estructura de la Filosofía de la religión. b) La religión determinada. p. 123.
[59] Ibid. p. 122.
[60] Ibid. p. 123.
[61] Ibid. p. 124.
[62] Ibid. p. 125.
[63] Idem.
[64] Introducción. Sección quinta. Estructura de la Filosofía de la religión. c) La religión absoluta. p. 126.
[65] Idem.
[66] Ibid. p. 127.
[67] Ibid. p. 127-128.
[68] Cf. Capítulo I. La base de la religión. p. 129.
[69] Ibid. p. 132.
[70] Idem.
[71] Idem.
[72] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. I. El saber inmediato. p. 133.
[73] Idem.
[74] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. I. El saber inmediato. 1. Su forma. p. 135.
[75] Idem.
[76] Ibid. p. 136.
[77] Idem.
[78] Idem.
[79] Idem.
[80] Ibid. p. 137.
[81] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. I. El saber inmediato. 2. Su contenido. p. 137.
[82] Ibid. p. 137-138.
[83] Ibid. p. 139.
[84] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. I. El saber inmediato. 3. Su verdad- p. 139.
[85] Ibid. p. 141.
[86] Idem.
[87] Ibid. p. 142.
[88] Ibid. p. 143.
[89] Idem. Debido a que en el primer apartado sobre el concepto de religión (la base de la religión), el concepto aparece en su universalidad abstracta e indeterminada, no puede darse prueba alguna de la verdad de esta certeza. En el apartado sobre el saber de la religión, cuando Hegel examina las pruebas de la existencia de Dios, alude a la verdad de esta certeza, pero si bien Hegel prueba la verdad de esta certeza, el saber de la religión está incompleto porque certeza y verdad sólo coinciden al final, en la idea de religión, pero para ello se debe dar el paso (mediado) del saber indeterminado al saber absoluto.
[90] Ibid. p. 144.
[91] Idem.
[92] Idem. p.
[93] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. II. El sentimiento religioso. 1. La forma del sentimiento. p. 146.
[94] Ibid. p. 147.
[95] Idem.
[96] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. II. El sentimiento religioso. 2. El contenido del sentimiento. p. 148.
[97] Idem.
[98] Ibid. p. 149.
[99] Ibid. p. 151.
[100] Idem.
[101] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. II. El sentimiento religioso. 3. El significado del sentimiento. p. 152.
[102] Idem.
[103] Idem.
[104] Ibid. p. 153.
[105] Idem.
[106] Idem.
[107] Ibid. p. 154.
[108] Ibid. p. 155.
[109] Ibid. p. 157.
[110] Idem.
[111] Capítulo I. Sección primera. La consideración empírica. III. La representación religiosa. 1. Representación y pensamiento. p. 157.
[112] Ibid. p. 158. Por ende, la intuición no es concebida aquí por Hegel como intuición sensible, sino intelectual.
[113] Idem.
[114] Ibid. p. 159.
[115] Ibid. p. 160.
[116] Ibid. p. 161.
[117] Idem.
[118] Ibid. p. 163.
[119] Ibid. p. 164.
[120] Capítulo II. El saber de la religión. Sección primera, la prueba de la religión. I. Su concepto especulativo. 1. La determinación simple del concepto. p. 197.
[121] Ibid. p. 198.
[122] Ibid. p. 199.
[123] Idem.
[124] Ibid. p. 201.
[125] Ibid. p. 202.
[126] Idem.
[127]. Capítulo II. El saber de la religión. Sección primera, la prueba de la religión. I. Su concepto especulativo. 2. Su despliegue interno. p. 202.
[128] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección primera. El culto. p. 267.
[129] Ibid. p. 267-268.
[130] Cf. Capítulo III. La realidad de la religión. Sección primera. El culto. I. La relación práctica. Los momentos del culto. p. 272.
[131] Ibid. p. 273.
[132] Idem.
[133] Idem.
[134] Idem.
[135] Ibid. p. 274.
[136] Ibid. p. 275.
[137] Idem.
[138] Idem.
[139] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. p. 316.
[140] Cf. Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. I. Relación de la religión con el arte. 1. Intuición e imagen de la verdad. p. 317.
[141] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. I. Relación de la religión con el arte. 2. La verdad en el arte. p. 318.
[142] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. I. Relación de la religión con el arte. 3. La obra de arte y la comunidad. p. 320.
[143] Ibid. p. 319.
[144] Idem.
[145] Ibid. p. 321.
[146] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. II. Relación de la religión con la filosofía. 1. Fe y subjetividad. p. 322.
[147] Idem.
[148] Idem.
[149] Idem.
[150] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. II. Relación de la religión con la filosofía. 2. Representación y concepto. p. 330.
[151] Ibid. p. 332.
[152] Ibid. p. 333.
[153] Idem.
[154] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. II. Relación de la religión con la filosofía. 3. El conocimiento especulativo. p. 335.
[155] Idem.
[156] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. III. Relación de la religión con el Estado. 1. Unidad de religión y eticidad. p. 339. .
[157] Ibid. p. 340.
[158] Idem.
[159] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. III. Relación de la religión con el Estado. 2. Escisión entre Estado y religión. p. 342.
[160] Idem.
[161] Ibid. p. 343.
[162] Idem.
[163] Capítulo III. La realidad de la religión. Sección segunda. Religión y cultura. III. Relación de la religión con el Estado. 3. La libertad como ley y como forma de pensar. p. 345.
[164] Ibid. p. 344.
[165] Ibid. p. 345.
[166] Ibid. p. 346.
[167] Ibid. p. 347.

martes, 3 de mayo de 2016

13 comentarios a Wittgenstein


Comentarios a las Observaciones Filosóficas de Wittgenstein

La corriente de la vida, o la corriente del mundo, fluye y nuestras proposiciones son verificadas en determinados instantes. Luego son conmensurables con el presente”. No. 70

1. Wittgenstein afirmó que el concepto de comprensión es un concepto fluido. Esto ubica al lenguaje en la historia. ¿Qué sucede con una proposición que no puede ser verificada en el instante actual? Parece que el sentido de toda proposición es que pueda ser verificada en cualquier instante, aunque sólo sea por parte del quien la pronunció y en el instante que éste la pronuncia. ¿Pero no será acaso reivindicar al lenguaje privado? Parece por el contrario, que la idea de Wittgenstein se refiere más a una verificación colectiva en un momento dado.

Un modo equívoco de representación en nuestro lenguaje es el uso de la palabra “yo”, sobre todo cuando se le usa en la representación de la vivencia inmediata. ¿Cómo sería el que una vivencia así fuera representada sin usar el pronombre personal?” No. 78

2. La vivencia inmediata es siempre mía: mi experiencia, mi dolor, mi placer. La cuestión de fondo parecer ser lo que la palabra “yo” exprese, sea una unidad trascendental de fenómenos, sea la permanencia de un conjunto de estados de conciencia. Cuando digo “yo”, ¿a qué me refiero? 

La generalidad de una aseveración matemática es diferente de la generalidad de la proposición probada. Una proposición matemática es una alusión a una prueba. Una generalización sólo tiene sentido si ella -i. e. todos los valores de sus variables- está completamente determinada”. No. 133.

3. ¿No podrá de aquí deducirse acaso la imposibilidad de aplicar el modelo matemático puro a las generalizaciones relativas a nuestra experiencia o a las generalizaciones científicas? ¿No acaso puede haber generalizaciones no expresables matemáticamente? Ello parece conectarse con los problemas por los que atraviesa la física actual respecto a las partículas subatómicas y a la necesidad de hacer uso de la estadística en lugar de la matemática pura para acercarse a estas realidades. Con ello se critican las ideas de Russell y su formalismo.

“Un sistema es una serie de formas y es precisamente en las reglas de la serie que se describen las iteraciones que de manera sucesiva generan a sus miembros”. XIII

4. Así por ejemplo, el sistema político, el cual consta fundamentalmente de dos series de formas: unas de carácter normativo (las leyes) y otras transmitidas generacionalmente por la sociedad (usos y costumbres, tradiciones, estereotipos, prejuicios, etc.) Las formas normativas establecen un límite a las formas de interacción social. Ambas formas tienen sus reglas propias, pero las reglas de las formas de interacción social no deben contradecir a las reglas de las leyes. Quizá la diferencia entre la organización social conocida como Estado y las formas de organización social anteriores (no necesariamente en el tiempo, sino en cuanto a perfección) sea la relativa presencia o relativa ausencia de leyes que limiten las formas de interacción social. Puede también considerarse que ambas formas se oponen, a partir de la diferenciación que se ha establecido entre lo público y lo privado (como dos esferas).

Comentarios a la Gramática Filosófica de Wittgenstein

“Una oración es un código: ¿En qué momento de la traducción comienza la comprensión?

Las palabras de una oración son arbitrarias; las sustituyo, pues, por letras. Pero ahora no puedo pensar inmediatamente el sentido de la oración en la nueva expresión” Número 81

5. Todo lenguaje formalizado tiene el carácter de la mediatez. La formalización, como tal, se mueve en un plano de abstracción donde se pierde el contacto inmediato con la realidad. Entre más se formaliza un sistema más abstracto deviene, y por ende, resulta más mediatizado y mediatizador, y más nos aleja de la realidad sensible. Un lenguaje o un sistema formalizados son entonces abstractos (las matemáticas, la lógica simbólica).

“¿Cuál es el criterio para determinar que una expresión quiere decir eso? Una cuestión acerca de la relación entre dos expresiones lingüísticas. A veces una traducción a otro modo de representación”. Número 83

6. La función de las definiciones verbales es sustituir una expresión desconocida por otra expresión conocida. Acudir a un diccionario se convierte en muchas ocasiones en una labor de búsqueda de expresiones sustitutas o sucedáneas. La traducción a otro modo de interpretación es plena (completa y correcta) si el sentido original de la expresión se mantiene en el nuevo contexto, o sea, si su referencia al mundo real no se pierde. En muchas ocasiones traducir una expresión a otro modo de representación se realiza sustituyendo una expresión por otra considerada como equivalente, aunque los códigos de ambas puedan parecer tan diferentes: lo importante es que signifiquen o se refieran a un mismo hecho de experiencia o a una misma cosa. 

“¿No hay acaso un hueco entre orden y ejecución? “Lo comprendo, pero sólo porque agrego algo, a saber, la interpretación” -pero si dijera; “Toda oración requiere una interpretación”, eso significaría: ninguna oración puede ser comprendida sin algo adicional”. No. 87

7. La conclusión parece ser válida, o sea, una oración no puede ser comprendida por sí misma. Las oraciones sólo tienen sentido en una situación histórica que marque su contexto y a partir de la existencia de un intérprete. Si el caso es el de una orden, lo primero es comprender aquello a lo que la orden se refiere, después interpretar el sentido de la orden y finalmente ejecutar lo establecido en la orden. Véase también el número 313: “No importa cuántos pasos intermedios intercale yo entre el pensamiento y su aplicación, a un paso intermedio sigue siempre, de manera inmediata, el siguiente, del mismo modo que la aplicación sigue al último paso intermedio. No podemos atravesar el puente hacia la ejecución (de una orden) antes de estar allí”.

“En un lenguaje que nos es familiar experimentamos las diversas clases de palabras de manera completamente distinta. La uniformidad de las palabras nos es clara sólo en un idioma extraño”. No. 109

8. En nuestro lenguaje las diversas clases de palabras tienen diferentes usos. Parece ser entonces el uso el que hace la diversidad, de tal manera que en un idioma extraño, al no estar familiarizados con este uso particular de las palabras, llegamos a la conclusión de la indiferencia de una palabra respecto a otra, simplemente por semejanza externa (visual, auditiva, etc.). Así, por ejemplo, en el idioma chino existen términos cuyo significado varía de acuerdo a su uso, pero cuya escritura y pronunciación es totalmente igual, su diferente significado sólo puede descubrirse a partir de un contexto en donde el uso interviene de manera decisiva.

“¿Es el significado realmente sólo el uso de la palabra? ¿No es la manera en la cual este uso interviene en la vida?” No. 123

9. Aquí puede apreciarse la influencia que el pragmatismo ha tenido en el segundo Wittgenstein. El significado está determinado por una cuestión de índole meramente práctica. Entonces el nombre es totalmente arbitrario y puede ser sustituido por otro (“¿Si me decidiera usar una nueva palabra en lugar de “rojo”, ¿cómo se mostraría que esa palabra ha tomado el lugar de “rojo”? No. 111), ¿cómo saber que una palabra sustituye a otra para designar el mismo objeto? Por medio de la manera como su uso interviene en nuestra vida. Consecuencia: nominalismo.

“¿No son nuestras oraciones parte de un mecanismo? Como en una pianola. Pero, ¿qué tal si ésta se encuentra descompuesta? Entonces, no es el efecto, sino el propósito, lo que constituye el sentido de los signos (las perforaciones en el rollo de la pianola) Su propósito dentro del mecanismo”.

10. Aquí está la teoría instrumentalista del lenguaje. Pero si el propósito constituye el sentido de los signos y no su efecto, entonces ¿es posible tener un propósito al emitir una orden y que su efecto sea exactamente contrario al propósito que se buscaba al emitirla? Claro que sí. Además ¿qué sucedería si el mecanismo estuviera siempre descompuesto?: entonces produciría siempre otros efectos diferentes a los originales y sería en absoluto desconocido en su sentido original. ¿Podría haber un sistema político, por ejemplo, en el que los gobernantes tuvieran un propósito con sus comunicados, pero que un descompuesto mecanismo de opinión pública los transmitiera de tal manera que produjeran efectos contrarios a los que se buscaban?

“Se llama comprensión a un estado mental y se caracteriza como un proceso hipotético”. No. 157

11. ¿Cómo interpretar este estado hipotético? Supongamos, yo recibo una instrucción, pienso comprenderla y entonces actúo en concordancia con ella, la hipótesis entonces se demuestra en el momento de actuar. La comprensión es un proceso hipotético, porque sólo deja de ser hipótesis cuando tiene efectos reales para la acción. De tal manera, comprensión sin acción parece ser algo absurdo. Entonces, toda experiencia genuina de comprensión debe llevarme a la acción; sólo entonces las hipótesis enunciadas en la comprensión se demuestran o no, por sus consecuencias prácticas. ¿Pero qué pasa cuando la comprensión no conduce de manera inmediata a la acción?

“Ningún signo nos lleva más allá de sí mismo”. No. 221

12. Si esto es así, entonces todo nuestro sistema de signos sólo se remite a sí mismo. Con ello se cierra el signo a la trascendencia y al mundo real. Resultado: el sistema de signos sólo vale por su uso, pero no existe un sentido que remita a la realidad, ni a algo que esté más allá de esta realidad. Pero si el signo lleva implícito un más allá, entonces su riqueza no está sólo en su uso sino en un sentido más profundo. Entonces la metafísica es posible, porque el signo está abierto a algo diferente. Entonces, el signo remite algo que hay que buscar, porque se encuentra fuera del sistema de los signos. El signo del pan en la comunión no remite acaso a algo diferente que a sí mismo, entonces ¿no se cierra también Wittgenstein a toda teología? Se podría pensar que esta es una frase aislada, pero entonces ¿cómo explicar el que se repita, casi textualmente en las Observaciones filosóficas (XII p. 155): “Reflexionamos demasiado poco en que el signo realmente no puede significar más de lo que es”.

“La tarea de la filosofía no es la creación de un lenguaje ideal, sino aclarar el uso del lenguaje existente”. No. 223

13. Este es el fin terapéutico de la filosofía, según Wittgenstein, pero si aclaramos el uso del lenguaje existente, entonces ¿no cerramos con ello el lenguaje a la analogía? Pero además este aclarar su uso ¿no se convertirá acaso en una labor imposible?, ya que para aclarar el uso del lenguaje lo tengo que hacer remitiéndome a los casos en que éste se usa, pero ¿no tienden estos casos a ser ilimitados? O ¿acaso se refiere la aclaración del uso a un promedio, a una norma? Entonces, la aclaración del uso puede cerrarse a la analogía del lenguaje, ya que el signo queda encuadrado dentro de un uso particular, específico y por ende, cerrado (esquemático). ¿Acaso las palabras no significan algo más allá que su mero uso? Habría que ir más allá del concepto utilitario del lenguaje. ¿Qué pasa entonces con la poesía? Pero además, ¿qué pasa cuando el lenguaje se usa para disfrazar la realidad? ¿No acaso entonces aclarar el uso es poner en evidencia su uso falaz, mediante la comparación de lo que es falso con lo que es verdadero? Aún más, la verdad no consiste en la claridad, aunque la claridad es una nota de ciertas verdades. Aclarar entonces no necesariamente nos pone en contacto con la verdad, pudiendo sólo ser un preámbulo para prepararnos para la recepción de la verdad: v. gr. fui injusto en algún momento dado, aclaro entonces mis pensamientos y me doy cuenta de la injusticia, sólo entonces estoy preparado para confesar mi injusticia y arrepentirme (sólo después de esta confesión y de este arrepentimiento estoy listo para conocer o recibir en mi la verdad -la palabra de Dios, la comunión-).

martes, 26 de abril de 2016

Los mitos de la clase media


Por Javier Brown César

 

La clase media carece de identidad, quienes son parte de ella no se consideran ni pobres ni ricos, ni prósperos ni indigentes, ni amos ni esclavos. Habitan una región que sólo ellos conocen, eso sí, son buenos por sus modales e intenciones, pulcros porque no usan la misma ropa más de una vez y se bañan todos los días, y decentes porque en público no insultan ni denigran a nadie, aunque en privado hagan lo contrario.

 

En el sexo son decentes y recatados, aunque su sangre arda por la pasión, se contienen y son conservadores hasta en las poses sexuales, nada de sexo oral ni de poses extrañas, aunque en el fondo las deseen con furor y las piensen con obstinación.

 

Ante la mesa siempre tiene buenos modales, tan buenos que desperdician la comida en aras de la buena educación. No abren la boca cuando comen, ni eructan después de comer, no ponen los codos sobre la mesa y se duelen internamente del sufrimiento de los pobres, aunque en el fondo los detestan y limpian sus culpas donando dinero a la caridad o dando limosna a falsos mendigos e indigentes.

 

Se saben medianos y mediocres, aunque aspiran a ser ricos. Después de la universidad no vuelven a abrir un solo libro salvo que se trate de las obras de moda que todos leen y que digieren con tal de tener un tema de conversación interesante. Su cerebro está ayuno de ideas, constantemente repiten los mismos prejuicios y reiteran viejos moldes.

 

Como sus padres son buenas personas, no hacen el mal a nadie, aunque tampoco le hacen bien a nadie. Son moralmente neutros, indefensos, insípidos e incoloros, aunque llenan su vida de perfumes y sus vacíos existenciales de banalidades.

 

Son maniqueos irredentos, para los que el mundo se divide en dos bandos, y desde luego, ellos son los buenos. Todo se reduce a dos colores, dos morales, dos cosmovisiones y dos formas de ser.

 

Viven amando a las cosas y despreciando a quienes no son como ellos. Les gusta estar rodeados de placeres y quieren ser como los ricos, pero no pueden vivir como ellos, y a veces se endeudan e hipotecan su futuro para vivir momentos orgiásticos y realizar viajes exóticos sólo para contarles a otros sus aventuras en el safari africano, en el campamento en las montañas o en sus viajes en yates por mares e islas remotas.

 

No conocen de cualidades, todo para ellos es cantidad, por eso aman en exceso el dinero y lo atesoran y acumulan. En el fondo son pobres no porque tengan poco, sino porque comparten poco y cuando lo hacen es sólo para dar las sobras inútiles y los remanentes superfluos, para limpiar sus culpas y para lavar sus "pecados".

 

Van a museos para presumir que conocen, van a conciertos para que no digan que son ignorantes y consumen cultura para que otros hablen bien de ellos, porque para ellos no hay peor tormento, que otros hablen mal de ellos.

 

Sus vacaciones son el escape de hogares intolerables, de trabajos esclavizantes y de ciudades que detestan, por ello buscan huir de una vida que en el fondo, saben que es miserable.

 

Basan su plenitud en lo que llaman el matrimonio feliz, en el que nadie pelea, pero todos viven en un infierno privado, odiándose unos a otros, como sólo ellos saben odiar. Se creen felices con casa, auto y mascotas, pero en el fondo son la clase más infeliz, porque no tienen identidad, ni moral, ni tienen sabiduría, porque no tienen vergüenza y porque en el fondo quisieran ser como otros.

 

Pobre clase media, tan lejos de Dios y tan cerca de sí misma. No es capaz de valorar al otro, porque no tiene la capacidad de valorarse a sí misma, porque en el fondo es la elocuente expresión del vació existencial, de la nada venida al mundo, de la inanidad de la vida.

 

Abril 26 de 2016

martes, 19 de abril de 2016

KANT: ALCANCES Y LÍMITES DEL CRITICISMO


Por Javier Brown César

EL CONTEXTO DE LA FILOSOFÍA KANTIANA

Cuando nació Kant en Könisberg el 22 de abril de 1824 habían transcurrido cinco lustros desde la publicación de la importante obra de Newton Philosophiae naturalis principia mathematica. Los estudios iniciales del filósofo de Könisberg realizados alternativamente en el Collegium Friedericianum y en la Universidad de Könisberg fueron decisivos para su futura orientación intelectual y para el planteamiento de los problemas fundamentales de su filosofía crítica.

En el Friedericianum, Kant estudió con el profesor de teología y predicador Franz Albert Schultz, quien como los padres del filósofo, se movía dentro de los círculos pietistas. Pero también, Schultz se hallaba bastante familiarizado con la filosofía alemana de su tiempo, debido a haber sido discípulo de Wolff, en cuya escuela se había continuado con el racionalismo de Leibniz. En la Universidad, Kant estudia filosofía, ciencias naturales y matemáticas bajo la dirección de Martin Knutzen, filósofo wolffiano y gran admirador de Newton.

Así, Kant se encuentra ante una doble tradición: por un lado, la física de Newton como un sistema de interpretación del cosmos apoyado en principios y leyes construidos en términos de conceptos matemáticos, y por el otro, la metafísica dogmática de Wolff, que interpretaba la realidad a partir de un sistema de conceptos abstractos obtenidos a partir del análisis y que se fundamentaba en la existencia de entidades cuya realidad no se encontraba suficientemente demostrada. Por un lado tenemos entonces el problema de la física de Newton: ¿qué estructuras reales o ideales hacen posible la exactitud de la física newtoniana? ¿Cuál es el fundamento filosófico de semejante física? ¿En qué radica su objetividad? Por otro lado, el problema de la metafísica wolffiana: ¿es acaso posible desarrollar la metafísica en los términos en que Wolff lo ha hecho? ¿Cuál debe ser el rumbo de la metafísica para que se establezca sobre bases tan sólidas como las de la física de Newton?

Si bien las cuestiones sobre la física newtoniana dominan sus primeros escritos, en el escrito de 1755 Principiorum primorum cognitiones metaphysicae nova dilucidatio, Kant se aparta del racionalismo de Leibniz y Wolff. Al año siguiente, en su Monadología física separa dos esferas del saber: la ciencia de la naturaleza, fundada en una concepción mecánica; la esfera de la moral y la religión, que precisa explicar mediante la idea de libertad. Pero no sería sino hasta 1765 que Kant recibiría su última gran influencia con la lectura del Contrato social y del Emilio de Rousseau.

EL PROBLEMA DE LA METAFÍSICA

Ante todo, es fundamental evitar las interpretaciones simplistas de la Crítica de la razón pura. Esta obra no es solamente una teoría (crítica) del conocimiento o una fundamentación de la metafísica o un análisis de los presupuestos de la física newtoniana como ideal científico. A dos problemas acuciantes parece enfrentarse Kant en su primera Crítica: ¿cómo ha sido posible la física de Newton como ciencia? ¿Cómo es posible la metafísica como ciencia? Para responder a la primera cuestión, es necesario considerar antes los fundamentos matemáticos sobre los que se apoya la concepción científica newtoniana, en pocas palabras ¿cómo puede garantizarse la objetividad del tiempo y la del espacio? La estética trascendental realiza esta fundamentación a partir de la conceptualización del tiempo y del espacio como leyes del sujeto cognoscente que al aplicarse a la realidad la determinan como experiencia. Estas leyes encuentran su punto de fundamentación en una intuición a priori de carácter sumamente complejo. Las intuiciones a priori del tiempo y del espacio se dan en la sensibilidad como formas puras que determinan la materia del conocimiento, dada por el fenómeno, el cual es indeterminado en sí mismo.

El problema que radica en el fondo de la fundamentación kantiana es la existencia de conocimientos a priori concebidos como aquellos que son absolutamente independientes de toda experiencia. Pero el hecho de que se den estos conocimientos puros no parece del todo evidente. Para sustentar la tesis de que existen conocimientos a priori (puros) es indispensable desarrollar una argumentación similar a la kantiana. La distinción entre juicios analíticos y juicios sintéticos, así como la que se da entre juicios a priori y juicios a posteriori se ordena a la demostración de la existencia de conocimientos puros, libres de toda experiencia. La médula de la argumentación se encuentra en la idea del juicio sintético a priori: si se demuestra la existencia de este tipo de juicios será posible afirmar sin duda alguna, la existencia de conocimientos a priori.

El problema de los juicios sintéticos a priori es fundamental para la aproximación a la filosofía kantiana. La afirmación de que todos los juicios matemáticos son sintéticos contiene en sí un argumento que parece no poderse sostener con certeza apodíctica. Utilizando el ejemplo dado por Kant de un juicio sintético a priori: 7+5=12. En un primer momento, cabe cuestionar si el juicio 7+5=12 es sintético o analítico. Para ello, debe desglosarse el juicio en sus elementos: el sujeto estará conformado por la expresión 7+5, el enlace está dado por el signo de igual y el predicado es 12. Para ser sintético este juicio al concepto del sujeto se le debe añadir un predicado que no estaba pensado en él y no hubiera podido sacarse por análisis alguno. Pero en este juicio en particular el predicado no añade nada al concepto del sujeto. Si se nos da como predicado 12, se puede, a partir de las matemáticas, analizar sus posibles sujetos, llegando finalmente a 7+5=12, el cual es sólo una de las posibles formas de enlace con el predicado 12. Por otro lado, dado el sujeto 7+5 el predicado se enlaza con él sacándose directamente, también mediante un análisis matemático. Por otro lado, si la aprioridad del juicio radica en que el enlace del sujeto con el predicado es absolutamente necesario, podemos recurrir a la experiencia para demostrar que, en una primera aproximación a los juicios matemáticos, sean de la índole que sean, no puede darse asentimiento alguno si antes no se presupone que el signo “7” equivale a “siete” y que el signo “5” equivale a “cinco”, pero que además, tanto el signo “5” como el signo “7” equivalen a abstracciones de la cantidad discreta que idealmente representarían a un conjunto de objetos homogéneos que reunidos permite formar una especie de definición ostensiva de ambos conceptos. Es además evidente, que la definición de los conceptos “5” y “7” no es esencial: “5” es un número que está antes del 4 y que antecede al 6 (en esta definición, la especificidad del 5 no está dada, sólo su género, que es número, el resto de la definición sólo se puede establecer a partir de comparaciones entre lo que el “5” representa y lo que éste no representa). ¿Acaso entonces es cualquier cantidad numérica un concepto a priori?

Además, este juicio parece no darse a priori, ya que para su formación se requiere ante todo de la abstracción de la cantidad de los cuerpos, la cual sólo es posible realizarla a partir de la experiencia sensible. Pero también, el juicio 7+5=12 exige un elevado nivel de codificación y formalización, el cual no puede darse a priori en la inteligencia finita del hombre. De hecho, cualquier abstracción del accidente de cantidad, presupone una representación que en su alejamiento de la cosa real, demuestra un alto nivel de abstracción, de convencionalismo lingüístico y de poca motivación, definida ésta como una relación entre el significante y el significado no arbitraria. Cuando reflexionamos sobre cualquier cantidad matemática, digamos “5, en términos de un signo lingüístico, constaremos que la relación entre significante (imagen psíquica del número 5) y el significado (cualquier grupo homogéneo de cinco objetos, por ejemplo sillas) es totalmente arbitraria, ya que en el significado podemos incluir cualquier grupo de cinco objetos homogéneos); esta relación es inclusive menos arbitraria que la que se da entre el significante “mamá” y la representación de una madre; en este ejemplo, la relación entre significado y significante es más motivada que en el de la relación entre cualquier cantidad y su significado. Todo esto nos lleva a concluir que la matemática es un juego de lenguaje sumamente codificado, pero en el fondo es simplemente un esquema de representación-interpretación-explicación de lo real.

Antes bien, lo que parece darse absolutamente a priori no es tanto un contenido del conocimiento como lo puede ser un juicio, sino las condiciones formales en el sujeto para que el juicio 7+5=12 se dé. Estas condiciones formales estarían efectivamente dadas por formas de la sensibilidad, ya que los órganos de los sentidos no pueden contener la materia de la sensación; por ejemplo, el color, en tanto que contenido material no puede estar en el ojo, sino sólo las condiciones para que éste sea percibido. En el acto de conocimiento la sensación y el fenómeno se dan de manera simultánea, con determinación recíproca: el fenómeno aporta una cierta materia, que es determinada por la sensación del sujeto, pero que también determina la sensación de éste; el sujeto determina con las condiciones formales de su sensibilidad el contenido del fenómeno, por ello, el conocimiento es una relación y es siempre relativo a un sujeto. De aquí que la limitación en cuanto a la facultad del conocimiento es real, porque se refiere siempre a un ente finito y este es un mérito indiscutible de Kant.

Dentro de la relación cognoscitiva, Kant puso el acento en el sujeto, como giro fundamental de su especular. Heidegger encuentra en la Crítica de la razón pura, la fundamentación de la metafísica en términos de una ontología fundamental, que en el fondo se constituye como antropología y busca las condiciones del conocimiento en el ente finito, en el Dasein. El énfasis en el sujeto es un giro fundamental ya vislumbrado por la filosofía cartesiana, pero llevado a sus consecuencias gnoseológicas últimas por la filosofía del criticismo. El énfasis en el sujeto implica un cuestionamiento sobre el alcance de su facultad cognoscitiva y una paradoja: es la razón la que debe reflexionar sobre sus propios límites, es la razón la que debe ponerse cadenas para no hacer un uso arbitrario de las nociones, es la razón la que debe señalar el umbral entre un uso empírico correcto de los conceptos y un uso trascendental que lleva a regiones ontológicas en las que no es dado encontrar respuestas, sino sólo interrogantes.

La expresión juicio a priori es también problemática, porque el juicio representa siempre un cierto enlace, el cual difícilmente se puede dar a priori si no se conocen los elementos del enlace (sujeto y predicado). Vale esto para el juicio 7+5=12, el cual resulta desconocido para muchos; sin embargo, si es cierto que este juicio no es evidente e incluso puede resultar ininteligible para muchos, es posible aprender el significado de los elementos del juicio y comprender su enlace, ya que las condiciones para esto sí se encuentran dadas a priori. Lo a proiri entonces, aparece antes que nada como condición del conocimiento.

El problema del espacio como posibilidad de la geometría, presupone que las proposiciones geométricas son apodícticas y por lo tanto, a priori. Kant tiene a la vista la idea de un espacio absoluto que era presupuesto de la física de Newton, pero el problema de la exposición metafísica del concepto y muy en particular la demostración de que no se puede representar más que un único espacio, se vuelve problemática como fundamento de la física actual, la cual ha roto con la idealidad de un espacio absoluto a partir de la teoría de la relatividad y con el paradigma de la absoluta determinabilidad del sistema cósmico, echada por tierra por el principio de incertidumbre de Heisenberg y por el muy particular comportamiento de las partículas subatómicas (el cual  no puede predecirse con certeza absoluta, sino sólo con probabilidad estadística). Ciertamente, el espacio es un concepto problemático en filosofía, el cual por lo menos en la física aristotélica, no puede darse sin las cosas: el espacio es el lugar de la cosa. Bajo la concepción kantiana, es difícil eludir el planteamiento aporético del espacio que se da en Zenón de Elea: si las cosas están en el espacio (aunque este espacio sea dado a priori y sea absoluto), entonces el espacio es algo o es nada. Si es algo (aunque sea concepto o forma a priori) debe estar en otro espacio, y éste en otro, y así sucesivamente hasta el infinito. Pero si el espacio es nada, entonces las cosas extensas están en la nada. Así, el espacio como concepto es meramente inteligible y puede representarse como el espacio de un espacio, pero como concepto absoluto sería algo vacío, ya que llenarlo de cosas sería equivalente a determinarlo; pero entonces, en este espacio vacío no hay sustento alguno de la espacialidad, por la carencia de la cosa, ni hay razón de ser del concepto. Tal concepción del espacio es similar a la concepción de la nada absoluta: de ambos cabe afirmar que tienen validez como entes de razón, pero que son contradictorios en términos de experiencia; de ahí que tanto un espacio absoluto, como una nada absoluta, no puedan funcionar como leyes o principios a priori, sino solamente como conceptos negativos: lo opuesto al ser es el no-ser; la nada como tal es solamente pensable, pero no puede determinar experiencia alguna. Lo mismo parece suceder con un espacio absoluto: podemos pensar en él, pero no puede funcionar como ley mientras no se conciba como el espacio de este ente concreto en él. Un espacio único absoluto, al que todos los espacios se refieran y en el que todos se resuelvan, sin duda alguna representa un elevado grado de abstracción formal, pero por lo mismo, permanece como indeterminado y por este carácter como incapaz de determinar concepto alguno y menos aún, las condiciones de la experiencia.

El tiempo es también concebido en términos absolutos, únicos y nuevamente el carácter relativo y derivado del concepto queda de lado para permitir. Una fundamentación de la matemática pura La idea de que todas nuestras representaciones del tiempo se refieren a un tiempo único, es en el fondo correcta, pero este tiempo único, no es un absoluto, sino el presente. El problema de la temporalidad en la filosofía kantiana es uno de los más difíciles de abordar, Heidegger interpreta el pensamiento kantiano, tal como se da en la primera edición de la Crítica y sobre todo en la forma como en esta edición se plantea la parte del esqumat6ismo trascendental, para vincular al tiempo con la imaginación trascendental y a esta como raíz tanto de la intuición sensible, como de los conceptos del entendimiento. Si es cierto que diferentes tiempos no son más que partes de un mismo tiempo, entonces resulta un concepto que antes que a priori es absolutamente empírico: la noción de tiempo requiere ante todo de una labor comparativa a posteriori, derivada totalmente de la experiencia concreta: el tiempo es medida, pero es también percepción de la duración; pero para que, tanto medida como percepción de la duración se den, es precisa la percepción de un ahora que sea punto de referencia; ahora bien, para que se dé un ahora, es preciso un contenido de la facultad sensible sea capaz de evocar que algo ha transcurrido, tanto en términos de comparación de medidas, como en términos de duración o percepción subjetiva del devenir, pero esta percepción sólo puede darse a posteriori y gracias a la existencia en el sujeto de la memoria. Resulta entonces que lo absolutamente a priori de la percepción de tiempo es la condición subjetiva para que el concepto de tiempo se forme y la posibilidad de evocar un pasado en tanto que pasado y de proyectar un futuro en términos de futuro. Por un lado entonces, como condición a priori del concepto del tiempo se encuentra la existencia de la facultad denominada memoria, y por el otro, la posibilidad de proyectar sobre hechos devenidos a partir de la imaginación sobre lo que ha de transcurrir y la pro-yección sobre el actuar presente.

La cuestión relativa a la fundamentación de la física viene después de la fundamentación de la matemática y es expuesta en la primera parte de la lógica trascendental. En este apartado la base de la argumentación es la teoría de las categorías. El problema de las categorías, como determinaciones a priori del entendimiento, comienza con la cuestión de que la única facultad intuitiva es la sensibilidad, y que por consiguiente el entendimiento es siempre discursivo. Si además, espacio y tiempo radican en la sensibilidad como formas a priori y leyes aplicables a todo fenómeno, resulta entonces que el entendimiento tiene una doble limitación: no es capaz de intuición alguna y no puede obrar más que a condición de presuponer en la sensibilidad la realidad del espacio y el tiempo como formas a priori. Entonces, resulta que el entendimiento es una facultad de conocer por medio de conceptos a priori, pero entonces, ¿cómo pueden ser estos conceptos a priori si no son de carácter intuitivo? ¿Qué, sino la intuición, es lo que garantiza a estos conceptos del entendimiento su aprioridad?

En la lógica Aristotélica, el estudio del juicio es antecedido por el de sus elementos constitutivos: las categorías; pero en Kant las categorías están después del juicio. Este es el orden inverso, el giro copernicano dado por Kant: del sujeto al objeto. Sólo partiendo del sujeto se hace posible que los juicios determinen las categorías y no al contrario. Pero, ¿será el juicio el lugar en donde de manera primaria se revele el ser,  de la verdad? Por otro lado ¿no acaso si el entendimiento carece de intuiciones, no habría que negarle carácter o potencialidad apriosística? ¿Nos deberíamos entonces contentar sólo con la objetividad del tiempo y del espacio y relegar la razón a un plano inferior, llegando así al empirismo llano?

Hay en la deducción trascendental un problema que parece medular ¿por qué hay variaciones significativas entre la versión de la primera edición y la segunda de la Crítica? En la primera edición el fundamento de la imaginación trascendental como raíz del entendimiento y de la intuición plantea la cuestión ineludible del predominio de imaginación sobre entendimiento. ¿No acaso habrá llegado aquí Kant a una conclusión que parecía destrozar por entero el edificio de la razón pura? ¿Acaso la segunda edición representa un retroceso en su concepción de la deducción respecto de la segunda? Quizá, de haber ido más allá, desarrollando los presupuestos de su teoría de la imaginación trascendental, tal como se expone en la primera edición, Kant hubiera concluido que el lenguaje (incluyendo desde luego el matemático y el físico) no es más que una metáfora, una representación de la realidad, y por cierto una representación muy inapropiada de la realidad. Entre la palabra y la cosa, entre e inclusive entre la misma representación sensible y en el juicio del entendimiento parece haber una distancia infranqueable respecto de la cosa.

La sección del esquematismo trascendental es otro de los apartados más delicados de la Crítica ¿Cómo es posible el esquema en tanto que enlace entre los conceptos y las intuiciones sensibles, siendo ambos heterogéneos?

El tránsito de la razón pura a la razón práctica es problemático, tomando en cuenta que las ideas trascendentales de Dios, la inmortalidad del alma y la realidad del mundo quedan fuera del ámbito de la ciencia, permaneciendo sólo como ideas regulativas de la razón práctica y como principios heurísticos de la razón pura. El enlace de las críticas se realiza a través del concepto de libertad.

El problema para realizar el tránsito a la política se da no sólo al nivel del enlace que se dé entre la razón práctica y la política, sino también en la conciliación de la autonomía de la razón pura con la conservación de las instituciones estatales. Existe el problema adicional de llevar el método crítico al plano concreto de los actos de gobierno, de las leyes, de las instituciones y poderes estatales, ¿puede seguirse consecuentemente  método crítico en estas cuestiones?

Al presuponer un estado de naturaleza beligerante Kant parece traicionar los principios del método crítico al dar por supuesta una noción a posteriori como recurso originario de la comunidad política.

La crítica del juicio parece representar un último intento por establecer una unión entre la razón pura y la razón práctica a través de la facultad de juicio.

El deseo e incluso quizá hasta obsesión de Kant por las formas puras a priori, por las síntesis no reflejará de alguna manera la personalidad del filósofo. Detrás de esta búsqueda no habrá que ver acaso un rasgo fundamental de la personalidad Kant. Kant nunca salió de Könisberg, pero se cuenta que era capaz de descubrir con suma precisión lugares en los que nunca había estado. El lema de Kant parecía ser, dadme un concepto y os construiré un universo.

En la pequeñez y fragilidad del cuerpo de Kant cabría ver un constitutivo esencial de su personalidad: pequeño y grande, la existencia de la paradoja en el individuo, en el caso de Kant un cuerpo pequeño, débil, frágil y un espíritu gigantesco. Atado a este cuerpo, el espíritu se revela a los obstáculos de la materia, para divagar por las más altas cumbres, especular reflejando al mundo y saborear las delicias del conocimiento último; entonces, aparece una forma de compensar la fragilidad de la carne, con la magnanimidad del espíritu. Para un espíritu tan elevado, un cuerpo así debió haber representado el principio de la corrupción, la revelación de la contingencia, la fatalidad del sino, contra todo esto pareció haber luchado Kant. La cosa en-sí, esa incógnita, esa “x” del conocimiento que permanece inaccesible al espíritu parece un reflejo de todos los lugares en sí que Kant no pudo visitar pero que sí pudo representar.

Dos momentos de la Crítica atienden a ambas cuestiones: la analítica a la primera, la dialéctica a la segunda. A su vez, la dialéctica encuentra sus presupuestos fundamentales en la analítica. Mientras que la analítica explica cómo es posible la física de Newton, la dialéctica critica la metafísica de Wolff demostrando su imposibilidad: la analítica es constructiva; la dialéctica, destructiva. Pero aún con su poder de destrucción, la dialéctica tiene un aspecto positivo: señala los límites de la razón.

Pero el gran mérito de la filosofía kantiana no se encuentra sin duda, ni en los complejos esquemas de la analítica, ni en las difíciles argumentaciones de la dialéctica sino en la forma particular de abordar el problema de la filosofía. No es ahora el objeto el que dicta sus leyes a la facultad del conocimiento, no es el conocimiento un acto que consista en una mera receptividad, lo que se conoce no se conoce tal como es en sí mismo. El problema crítico no se refiere ya al conocimiento del objeto, sino a la forma de conocer al objeto. Lo trascendental será así no lo que se refiera a lo que está más allá del objeto, sino a nuestra facultad de conocer objetos. La experiencia no será ya más la mera receptividad del objeto sino la actividad del sujeto que con sus leyes determina al objeto. El giro es en verdad fascinante y la idea monumental: poner un límite a la facultad de conocimiento y señalar el alcance de la razón. Nunca más la razón deberá extralimitarse, sus ideas e ideales deberán someterse a los conceptos y las leyes del entendimiento.

sábado, 9 de enero de 2016

La manipulación del animal humano

Por Javier Brown César
 
Dicen que Joseph de Maistre dijo que "cada nación tiene el gobierno que se merece". No tengo a la mano la frase original por lo que no puedo decir si está bien traducida, aunque sí suscribo la idea: podemos constatar que los gobernantes son el fiel reflejo del pueblo que gobiernan. La estupidez, corrupción, arbitrariedad y abuso del poder representan los males endémicos de las sociedades que se encarnan de forma sublime y superlativa en su clase gobernante.
 

De forma análoga podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la televisión es el fiel reflejo de la sociedad. Al recorrer la programación diaria, y por más variedad de canales que se tenga a la mano, no encuentra uno mas que lugares comunes, mitos burgueses, romance barato, gazmoñería interminable y estupidez humana desbordante. La televisión y su programación es la proyección de una sociedad incapaz de abrazar de forma generalizada las artes y las ciencias, es la respuesta puntual a las masas que se refugian en lo barato y comercial para evitar el esfuerzo de buscar por sí mismas, la bondad y la verdad.

 
Si las personas dejaran de ver la basura de todos los días, las televisoras tendrían que revisar sus contenidos, porque lo que mucha gente no sabe es que si la televisión está llena de mierda, es porque a quienes ven la televisión les gusta la misma basura de siempre. Por eso, sólo veré televisión si transmiten un torneo de ajedrez, una ópera, un concierto con alguna sinfónica o filarmónica, la presentación de un libro o disquisiciones que arrojen algo de luz sobre la forma como la estupidez humana es tan sólo un reflejo del mal inherente, perseverante y radical que nos aqueja a todos por igual.

 
La propaganda televisiva está diseñada para activar los resortes instintivos más profundos y "secretos" del animal humano. Está destinada a influir en las zonas inconscientes más profundas, a activar los miedos, las pasiones y las pulsiones básicas. Sexo, violencia y muerte se combinan en programas, películas y comerciales para obligar a que el ser humano compre lo que no necesita y a que hipoteque su futuro en aras de un presente orgiástico pero efímero.

 
La televisión activa endorfinas, como si fuera una droga cuyo efecto secundario es el permanente atontamiento de las capacidades básicas del ser humano, de aquellas que lo impulsan a buscar con inquietud permanente la verdad, la belleza y el bien. El ser humano renuncia a lo que es más valioso en aras del consumo de lo banal, de lo superfluo, de lo absurdo, quedando atrapado en los brazos macabros de la mercancía, abrazando por siempre la dinámica inflexible de la mercantilización generalizada de su propia existencia; existencia que no está por demás decir, se vuelve ridícula, se desperdicia en la búsqueda de lo inútil, en la conquista de lo inservible, en la colonización de lo accesorio.

Diciembre 20 de 2015 con revisión del 9 de enero de 2016