miércoles, 18 de septiembre de 2013

Poema: Ojos

Ojos

Por Javier Brown César

Ojos que me miran

Amorosos y enternecidos

Resplandecen encendidos

Me perturban

Me admiran

 

Ojos bellos y muy vivos

Me otean desde lo fijo

Conmoviendo mi alma entera

Lanzando llamas y suspiros

 

Ojos grandes que me miran

Desde amorosas pupilas

No me dejen de observar

Si no: me enterrarán

 

Octubre 30 de 2005

Poema Dolor

Dolor

Por Javier Brown César


Me duele el alma de tanto sufrir

Me duele el vientre

Me duele la cara

Es mucha la angustia

Y poca la calma

 

Estoy tan dolido

Que hasta el olvido

Olvidó mi sufrir

No siento la vida

No siento agonía

No puedo vivir

 

Oh dolor inmenso

Oh dolor intenso

¿Por qué dueles tanto?

¿Y te dueles en mí?

 
Octubre 9, 2005

Poema Instante

Instante

Por Javier Brown César


¡Aire brizna precisamente!

En mi mente

En mi mente

Vagancia ajena conoce rüido

Es tiempo fenecido

Instante huido

Instante sido

¿Para qué planear horizontes?

-Proyecciones vanas-

Vagancias humanas

La incertidumbre yace

En la mente toda

Y es tan sola

Y es tan sola

¡Sí! Lo conozco

El instante –ahora-

Y es nada

¡Y es nada!

 

Septiembre 18 2013

Poema dolido

Poema dolido

Por Javier Brown César

Ante mí yace la humanidad dolida

Víctima entera de su sangre herida

Suicida deseosa de melancolía

Inocente amante de hipocresía

 

Es el día final de su letanía

El grito postrero de su agonía

El último adiós de la sabiduría

La cruel bienvenida de su insanía

 

Y ante mí veo humanidad podrida

La carne henchida de vil cobardía

Estos huesos llenos de misantropía

Vacua generación ¡por siempre perdida!

 

Septiembre 18 de 2013

martes, 17 de septiembre de 2013

Cuento: La misión


LA MISIÓN

Por Javier Brown César 

Estaba al frente de la misión. No sabíamos que encontraríamos, pero el peligro acechaba en cada rincón de esa casa, que más que vivienda tradicional con sus cuartos y jardines, parecía un complejo de trincheras interconectadas por el peligro inminente.

 

Guié a mis hombres, marchando por delante, como lo debe hacer cualquier líder honesto, tentando el camino, olfateando el ambiente, mirando a todas partes. Nos adentramos en la construcción, paso a paso. Ante nosotros se presentó un pasillo con tres habitaciones a la izquierda y un jardín a la derecha, custodiado eficazmente por una barda de concreto de más un metro de altura.

 

Sabía que detrás de la barda podríamos encontrar cualquier ser vivo u obstáculo que pondría en riesgo la misión. Aun así avancé lentamente. La primera habitación no tenía puerta, de hecho, era un basto recinto en el que había arañas e iguanas, conviviendo en una extraña simbiosis.

 

Fue entonces que lo vi, me encaró de frente, era un enorme lagarto de unos cinco metros de longitud, a simple vista supe, por la particular configuración de su hocico, que se trataba de un cocodrilo. El gigantesco reptil se aproximó a mí. En ese momento fue “conciente” de que estaba a su alcance y que de una dentellada podría acabar con mi vida. Rápidamente retrocedí y me escabullí a una habitación que se encontraba antes del pasillo y sus habitaciones misteriosas. A diferencia de la habitación para arácnidos e iguánidos que había visto, esta era común y ordinaria, con una cama forrada por un edredón rojo, un buró y una lámpara. Rápidamente me interné en la habitación seguido por mi persecutor. Entonces, apoyándome en el colchón de la cama, salté por encima de él y cerré rápidamente la puerta. Una bestia había sido encerrada.

 

Regresé con mi pequeño y expectante ejército justo para percibir que algo se movía en la tercera habitación. Pasamos de largo por el mundo de las arañas y las iguanas, cerré la segunda de las puertas y me adelanté al grupo. Ante mí se encontraba una inmensa cobra con un cuerpo de aproximadamente treinta centímetros de diámetro con una cabeza tan grande como la de un perro doberman. La cobra yacía a la espera. Quedé petrificado por el impacto, la bestia se abalanzó y entonces cerré la puerta golpeándola en la cabeza. Una tercera bestia había sido encerrada.

 

Pasé con mis hombres por el final del pasillo tapizado de lodo e inmundicia para adentrarnos en la siguiente sección de la vivienda. No podía imaginar que ese pasillo había sido diseñado para impedir la llegada de cualquier ser vivo a la gran habitación azul que ante nosotros se imponía. En el medio, una enorme pecera guardaba a la más maravillosa y terrible de las bestias vistas alguna vez por el ojo humano.

 

Era difícil saber si se trataba de un ser de otro mundo, una creación de la imaginación delirante o la visión de una quimera. Un monstruo anfibio de un metro de largo nos contemplaba desde su roja coraza. Jamás he visto un rojo más intenso ni sentido un peligro más grande. Su coraza brillaba como si fuera de metal, la bestia parecía una especie de híbrido entre langosta y escarabajo. Sus pequeños ojos oteaban a los presentes desde una negrura inescrutable.

 

Nos acercamos lentamente. La bestia inmóvil parecía aguardar a su presa. La pecera se rompió y la bestia quedó en medio. Una enorme llamarada salió de su boca y cubrió a mis hombres. El caos se hizo presente, algunos se arrastraban por el piso, otros huían despavoridos y los menos dirigían las ráfagas de sus armas de fuego a la bestia, que inmune a las balas, arrojaba por su boca fuego de un rojo intenso. Sentí un fuerte golpe y caí viendo ante mis ojos una negrura interminable.

 

Yazco ahora en total reposo, con quemaduras de primer y segundo grado. Todos los miembros de mi equipo murieron incinerados y sus cuerpos carbonizados están en la morgue, en espera de ser reconocidos, todos salvo el cuerpo del ingeniero. Me pregunto qué habrá pasado con la bestia abominable que fue capaz de acabar con veinte seres humanos en cuestión de segundos. Más allá todavía, me pregunto no sólo de dónde procede o quién fue su creador, sino en manos de quién estará. Sé que un monstruo poderoso y acorazado, con esas características y aparentemente invulnerable es un arma descomunal al servicio de la industria de la muerte. El sueño me invade y llega a mí la visión de la fiera, brutal, inexplicable, misteriosa.

 

Febrero 17 de 2009

domingo, 15 de septiembre de 2013

Cuento: El pez


EL PEZ

 

Por Javier Brown César

 

Llegó como un don repentino. El pez fue el regalo que nunca pedí, y con el pez me dieron todo lo necesario para administrar su supervivencia: su habitáculo, el oloroso y laminoso alimento y las piedras decorativas. ¿Y el agua? Esa la proveyó el monopolio gubernamental que nos abastece de ese líquido inodoro, incoloro e insípido, que en sueños suele representar la vida, aunque en ocasiones cause la muerte.

 

Con el paso del tiempo sentí cariño por el pez. Al fin y al cabo, éramos los únicos habitantes de un mundo personal que con trabajos construí tras décadas de esfuerzo. Con el tiempo también pensé que entre nosotros había algún tipo de conexión metafísica. Traté de hablar con él, pero nuestros lenguajes no tenían nada en común; traté de experimentar con él, pero su comportamiento era como un jeroglífico agitándose de un lado a otro de la pecera; traté de hacerle escuchar mi música y de acercarlo al sol para que se calentara en los fríos días de invierno. Quería jugar con él, pero él tenía un juego propio que no atinaba a descifrar.

 

Mis más profundos pensamientos llegaron a estar con el pez. Y así un día llegué a la conclusión de un silogismo que conminaba al estoicismo: el pez en la pecera; desde la distancia de un mundo de aire con respecto a un mundo de agua yo soy su Dios; ¿quién a su vez será mi Dios desde otro mundo diferente?

 

Y un buen día, al despuntar la mañana, abrí el cuarto donde estaba su pecera, y la pecera estaba vacía. Busqué al pez por el suelo, sin fortuna; lo busqué sobre la mesa donde estaba la pecera, también sin fortuna. Fui por mis lentes para buscarlo mejor, pero aún así no lo encontré. Entonces pensé que una mano divina lo había sacado de su cautiverio. ¡Milagro! En sus últimos días se le veía feliz: nadaba y restregaba su cabeza contra la pecera. Me nadaba a mí, a su Dios; era el ritual mágico y magnánimo del pez.

 

Fue entonces que mis vanas especulaciones cayeron por tierra: vi en la mesa el papel higiénico y en él envuelto, como si fuera su mortaja, estaba el pez. Bueno –pensé- llegó con el otoño y se fue con el invierno. Sin duda la prolongada práctica de vuelo, consistente en saltar y saltar, dio sus frutos, y un día al fin dio el salto que le permitió salir de la pecera rumbo a la libertad.

 

Cuando lo encontré estaba seco y vuelto sobre sí, en posición fetal, como si unas manos de enterrador lo hubieran doblado sobre sí. Muerto se veía como si le hubieran sacado los ojos. Pero brillaba como nunca. Aunque su brillo era opaco, sus colores resaltan en la penumbra del amanecer, pero habían perdido la brillantez de la vida y adquirido la peculiar luminosidad de la muerte. ¡Qué esplendorosos tonos rojo azulinos tenía! Así, muerto, parecía que brillaba aun más. Pero era un brillo seco, mortuorio, así que deduje que hacía horas que había saltado.

 

Un día antes de su muerte vi en sueños el nombre de quien me lo regaló. Sólo su nombre de pila, no su rostro. Pero su nombre me evocó a la persona. Ahora pienso que tal vez esa persona había arrojado una maldición sobre el pez o que tal vez padecía una maldición que hacía que todo lo que había tocado moriría. Ese día le cambié el agua. La calenté. La preparé. Lo cambié a su nueva pecera. Le trituré la comida. Se le veía feliz. Nadie se hubiera imaginado que a las pocas horas se suicidaría.

 

Por lo menos ahora –pensé- lo molestarán menos: mis insulsos amigos no pegarán ya más la cara a la pecera diciendo idioteces como ¡mira qué bonito pescadito! o meterán la red en la pecera iniciando una frenética persecución en la que el pez sea la víctima.

 

En la perspectiva que dan los días creo ahora que el pez restregaba su cabeza contra la pecera en señal de su infortunio. Nunca tuvo compañera. Siempre estuvo solo. Tal vez le faltó su costilla: su Eva acuática. Y entonces buscó nuevos mares, nuevas piscinas, nuevas peceras. Pero sólo encontró el blanco y seco papel sanitario, con el que batalló antes de morir. Paradoja del destino: con el papel conoció el límite de sus proyectos.

 

Su última morada fue el caño, lo velé en el escusado. Pero me consuelo pensando que no hubo una babel que le impidiera llegar al cielo. Así que llegó. Su salto fue un salto voluntario, fue un salto cualitativo, cuántico... hacia una nueva realidad.

 

Pensado y diseñado en 2005, terminado el 15 de septiembre de 2013

sábado, 14 de septiembre de 2013

Cuento: El árbol de zapatos


El árbol de zapatos

Por Javier Brown César 

El paso de una de las ruedas del autobús sobre un bache o una piedra en el camino me hizo despertar abruptamente. Vagábamos desde hacía varias horas en busca de algún pueblo, ranchería o negocio perdido en medio de la nada. Estábamos exhaustos después de un largo viaje en medio de puro desierto y amplio desasosiego. Entonces apareció ante nosotros, como un nuevo continente, un oasis de civilización. Parecía ser una vieja hacienda olvidada en medio del desierto, con grandes puertas herrumbradas y una construcción firme y robusta cubierta de gris por el paso del tiempo. El camión se detuvo ante lo que parecía un almacén abandonado, con los cristales rotos por obra de algún repentino meteoro.

 

En su interior pude otear una interminable hilera de anaqueles, henchidos de polvo y vacíos. Vencimos las puertas de metal con extrema facilidad y penetramos al interior de un majestuoso complejo, que sin duda en tiempos no muy remotos, fue una pequeñísima ciudad, de no más de doscientos habitantes. Ante nuestra mirada atónita se revelaban las casas geométricamente ordenadas, bajo una simetría casi divina. Nos adentramos en la ciudad.

 

Caminé alejándome del grupo y pude contemplar los vestigios de una gran piscina, cubierta en sus paredes por el musgo y circundada por ranas de piedra que cual inertes centinelas contemplaban un charco turbio en el que tal vez se gestaba un nuevo mundo. Me había rezagado contemplando este caldo de cultivo de viejas o tal vez nuevas formas de vida, cual oasis en medio de este desierto remoto e inmenso. Caminé rápidamente hacia las casas y pude sentir la ausencia del ser humano por aquellas remotas regiones. Subí por unas escaleras y ante mí se ofreció un espectáculo único: de un árbol reseco pero todavía firme y enhiesto, colgaban de sus agujetas, decenas de pares de zapatos de diversos tamaños, colores y diseños.

 

Una voz me despertó de mi contemplación furtiva:

 

- Sé lo que estás pensando. Estos zapatos pertenecieron a los habitantes de este pueblo que ahora está en medio de la nada pero antes fue un próspero oasis minero. La fiebre de los metales llegó a su fin y todos se quedaron esperando que volviera. Poco a poco se terminaron las subsistencias y el agua y los animales y los habitantes comenzaron a devorarse unos a otros para poder sobrevivir. En este árbol, que poco a poco se fue secando ante el espectáculo de tan inhumana depravación, se colgaron los zapatos de cada habitante sacrificado, hasta que al final el último habitante puso sus zapatos en el árbol, se tendió en el suelo y exhaló su último aliento.

 

Sorprendido ante tan extraña revelación voltee y vi ante mi, con su sombrero y ropa de trabajo, y su barba desaliñada y profusa, lo que debió ser uno de los habitantes de ese viejo pueblo minero en medio de la nada. Uno de mis colegas me llamó y al buscar de nuevo a aquel ser espectral supe que había desaparecido y que tal vez había sido el último habitante.

 

No encontramos nada. Ni un rastro de gasolina, ni una lata de alimento, ni una gota de agua. Exhausto de gasolina el tanque del camión, tuvimos que tomar la decisión de permanecer en el pueblo hasta que alguien diera con nosotros.

Coyoacán, Distrito Federal, septiembre 14 de 2013