Ese día llegué temprano al
departamento, y ahí estaban un par de señoras entradas en años, muy acicaladas
y muy decentemente vestidas, en compañía de mi esposa y sus amigas, según que
para hacer una demostración de productos de belleza; doble pecado, porque para
mí los productos de belleza son algo así como ofrecerle espejos a aborígenes, y
porque desde hace algunas décadas he considerado que la "profesión"
de vendedor es la peor que puede haber, ya que quienes a ella se dedican suelen
vender aquello que nadie necesita o cosas que al final van a traducirse en pingües
ganancias para extraños y onerosas pérdidas para uno. Así que presencié con
notable escepticismo esa "demostración" grandilocuente de las
virtudes de sus productos, y al serme presentadas las susodichas señoras no
pude dejar de expresar un cierto gesto de distancia y azoro, y más cuando me
dijeron que habían conocido a una familia de la que he tratado de distanciarme
desde mi adolescencia.
Algunos días después supe que de
esas venerables señoras, una era la líder y la otra la seguidora, una la
vendedora y la otra su alcahueta; también supe que efectivamente eran vecinas
mías y que habían conocido a algunos miembros de mi familia. Las odié en la
intimidad porque lo único que hicieron con mi esposa y sus amigas fue venderles
cosas que, como suele suceder, no necesitaban. Y ahí está todavía en el baño el
producto que un hábil empresario puso en el mercado para engañar a los memos, y
que una muy astuta vendedora le hizo comprar a mi esposa, con el dinero que
tanto trabajo me costó ganar.
Algunos meses después mi esposa me
dio la trágica noticia: la vendedora murió de forma repentina. Debo confesar
que sentí tristeza y lástima a la vez: tristeza, porque había juzgado muy
severamente a esa mujer, y lástima, porque en el fondo de mi ser siento que no
hay peor forma de trabajar en la vejez e incluso en cualquier etapa de la vida,
que vendiendo cualquier cosa, incluyendo productos de belleza. Aún así, me
siento culpable porque aquel día en el que conocí a la vendedora no fui más
generoso y afable, pero cómo demonios iba a saber que estaba conociendo a una
venerable anciana a la que le quedaban pocos días de vida. Todavía hoy, después
de más de un año de su deceso siento tristeza, porque al final de cuentas, por
más que odie a los vendedores, no puedo dejar de sentirme acongojado por la súbita
y triste muerte de la vendedora.
Agosto 25 de 2016
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