domingo, 5 de mayo de 2013

La crítica a la religión de Nietzsche

NIETZSCHE: ENTRE EL INMORALISMO IRRACIONALISTA Y EL CRISTIANISMO AUTÉNTICO


Javier Brown César

Enero 11 de 2001

La actitud de Nietzsche ante la religión es ambigua, y por ende, difícil de clarificar. ¿Qué quiere decir Zarathustra cuando anuncia la muerte de Dios? ¿Qué implicaciones tiene la idea del superhombre para el ideal religioso del hombre santo? ¿Acaso Nietzsche es el sepulturero de toda religión o muy al contrario, el más ardiente defensor de un cristianismo auténtico, no contaminado por posteriores interpretaciones y dogmas? ¿Qué pretendía Nietzsche con sus múltiples aforismos? Podríamos abrir el portal a la filosofía nietzscheana con el siguiente supuesto de base: lo que pretende Nietzsche es una filosofía antisistémica que permita hundir con más firmeza las garras de la crítica kantiana, de tal forma que, en lugar de adoptar esquemas predeterminados para construir una filosofía trascendental, sea posible asumir un punto de partida diferente para realizar una crítica radical a la razón. Bajo esta lectura, Nietzsche sería el más consecuente de los kantianos y desde luego, el continuador del proyecto iniciado por el genio de Könisberg. Establezcámonos aquí y veamos que resulta.

El criticismo trascendental de Kant debía ser superado: si la crítica a la razón pretende ser absolutamente radical, no es posible asumir, como punto de partida, supuestos que contaminen el aparato crítico. Los supuestos contaminantes podrían ser dos: por un lado, la focalización del criticismo en la categoría “razón” y su posterior escisión en esferas: la física, la ética, la estética, la historia y la política; y por otro lado, el sistema de la física newtoniana como conjunto de principios verdaderos y absolutamente ciertos que hay que fundamentar con el recurso a formas puras a priori. El criticismo auténtico no puede asumir como fundamento ningún sistema de ciencia positiva, llámese aritmética, geometría o física, ya que las ciencias positivas se podrían caracterizar como sistemas cerrados, autorreferentes, circulares, por ende, pretenden quedar inmunes a la crítica bajo el argumento del purismo científico o de la neutralidad valorativa (Weber). El punto de partida no puede ser otro que la crítica a la voluntad de verdad[1], ideal con el que nació la metafísica occidental y que fue óbice para la escisión de la realidad en dos planos: la realidad real y la realidad ideal. La pregunta socrática por las cosas en sí, la búsqueda de la razón a toda costa fue el principum corruptionis no sólo de la filosofía, sino también de occidente: “El caso de Sócrates representa un error; toda la moral de perfeccionamiento, incluso la moral cristiana, ha sido un error. Buscar la luz más viva, la razón a toda costa, la vida clara, fría, prudente, consciente, despojada de instintos y en lucha con ellos, no fue más que una enfermedad, una nueva enfermedad, y en manera alguna un regreso a la virtud, a la salud, a la dicha. Verse obligado a luchar contra los instintos es la fórmula de la decadencia, mientras que en la vida ascendente, felicidad e instinto son idénticos”[2].
El criticismo, como actitud y método exige una filosofía de la demolición, en la que la dinamita pueda desmontar aquello que se ha recubierto del velo de la verdad pero que es sólo vana apariencia; por ende, no es la razón la que debe criticar a la razón, antes bien, la única forma de filosofar es mediante el martillo de la crítica implacable[3]. Este filosofar al martillo no se detiene ante nada, denuncia la apariencia y la debilidad detrás de la música, de la democracia, de la política, del comunismo, de la literatura, de la raza germánica, de la música, de la ciencia, etc. Occidente todo se pone bajo la lupa crítica porque occidente mismo es una ficción, una construcción histórica que resulta de la rebelión de los débiles, de los esclavos. Pero vayamos por partes.
Nietzsche destruye el momento de la mediación hegeliana en que el espíritu a partir del despliegue del concepto, toma conciencia de sí mismo: no existe tal mediación, ni tampoco la huella del absoluto en el hombre. El hombre no es el último eslabón en el trayecto de la naturaleza a Dios, ni el ser destinado a entrar en conocimiento con el Absoluto, el hombre es solo un frágil eslabón hacia el superhombre, por ende, es una realidad que debe ser superada, para dar paso al último hombre, al que se pondrá en contacto con el nuevo superhombre: “El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el Superhombre: una cuerda sobre un abismo... Lo más grande del hombre es que es un puente y no una meta. Lo que debemos amar en el hombre es que consiste en un tránsito y un ocaso”[4]. Todo hombre vive una experiencia rezagada, es sólo un experimento y debe actuar en consecuencia, teniendo el valor de ser aquello que ya es: “vivimos… una vida provisional o arrastramos una existencia de rezagados… y lo mejor que podemos hacer en este interregno es ser, en cuanto cabe, nuestros propios reyes, y no fundar pequeños Estados, como ensayo. Somos experimentos. ¡Tengamos el valor de serlo!”[5]. No hay ningún despliegue hacia niveles superiores de conciencia, ninguna elevación del plano material al ideal, habiendo sólo una realidad real, la única elevación posible es el reconocimiento de aquello que se es.

 

La creación de valores nuevos exige la transformación del espíritu, la superación de los estadios en los que es como camello o como león, para llegar al niño el cual instaura el juego divino del crear luchando por su voluntad propia y conquistando “su mundo”[6]. La existencia del hombre-camello se caracteriza por llevar encima el pesado fardo de ideales, aspiraciones, expectativas y creencias; su existencia se hace pesada ante la carga de su misión auto proyectada, pero esta misión resulta de una perspectiva que se origina en las fuerzas reactivas de la vida, no estando al servicio de un acrecentamiento de la fuerza, la vitalidad y el vigor, sino antes bien, al servicio de la debilidad, la renunciación y la auto negación. El camello carga con lo más pesado: se arrodilla para humillar la soberbia, se separa de los suyos, se alimenta de las bellotas y los hierbajos del conocimiento y se zambulle bajo el agua sucia de la verdad, “sin apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos”[7].

El hombre-león debe destruir este pesado fardo que constituye la joroba del camello, su cruz, liberando la espalda de su onerosa carga; en su destruir no tiene consideración alguna; crea un ser nuevo, pero el león no es todavía quien debe llegar a ser: frente al tú debes del camello, el león esgrime el yo quiero, con lo cual se propicia la libertad oponiendo un sagrado no al deber, pero el león no puede todavía crear valores nuevos, aunque sí propicie la “libertad para creaciones nuevas”[8]. En el último momento de este camino, el hombre-niño es quien verá la realidad con ojos nuevos: ante él queda la única realidad del círculo inflexible de las fuerzas activas que siempre regresan.

La denuncia nietzscheana a los ideales religiosos tiene en Zarathustra a su vocero: Dios es sólo la proyección, más allá del hombre, del desprecio de lo terrenal y corpóreo, “como hacen todos los de detrás del mundo”[9]. Este dios resulta ser un fantasma, que nace de las fuerzas reactivas, de la negación del cuerpo: “el cuerpo fue el que desesperó del cuerpo... El cuerpo fue el que renegó de la tierra”[10]. El otro mundo así fabulado, resulta ser una celestial nada, un inhumano mundo deshumanizado, contra el que debe oponerse una nueva soberbia consistente en dejar “de esconder la cabeza en las cosas celestes”[11] en llevar alto la cabeza, pero una cabeza terrena que pueda crear el sentido de la tierra. El mundo celeste y la sangre redentora fue resultado de la imaginería de enfermos y moribundos, quienes despreciaron el cuerpo y la tierra, considerando al cuerpo como una cosa enfermiza, “un pellejo. Por eso escuchan con entusiasmo a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican trasmundos”[12]. La nueva moral dice sí al cuerpo, pero a un cuerpo perfecto y cuadrado que pueda hablar con la máxima lealtad y con la máxima pureza, hablando “del sentido de la tierra”[13].

Quienes niegan el cuerpo sienten odio “contra la vida y contra la tierra”[14], no pueden crear, superándose a sí mismos. Para el que ya ha despertado, para el sabio, todo es cuerpo, el “alma no es sino el nombre de algo propio del cuerpo”[15], la razón es un instrumento del cuerpo, y el espíritu un juguete a disposición de la razón, los sentidos son también instrumentos o juguetes. Detrás de descripciones como razón, espíritu o sentidos se oculta el Sí-Mismo, que “siempre inquiere y escucha: coteja, reprime, conquista y destruye. Él domina, y también sobre el yo”[16]. El Sí-Mismo se esconde detrás de las ideas y sentimientos, siendo el que “creó tanto la estima y el menosprecio como la alegría y el dolor”[17]. Es por esto que quienes desprecian el cuerpo sirven también al cuerpo y a su Sí-Mismo. Estos despreciadores del cuerpo que con tanta atención oyen a los predicadores de la muerte, comparten con éstos una inconsciente debilidad, una envidia y un odio hacia todo lo auténticamente noble y elevado. De esta forma, los predicadores de la muerte tienen ante sí un auditorio de similares, porque también ellos desprecian el cuerpo y la vida: la vida no es sino dolor, por lo que se debe arrancarte la vida y huir de sí mismo, inclusive mediante el trabajo rudo y mediante todo lo rápido, nuevo y extraño; la lujuria es pecado, el parir es doloroso, haciendo falta compasión, pero no la compasión verdadera, que consiste en amargar “la vida de su prójimo”[18], sino la inauténtica compasión renunciadora: ¡Tomad todo lo mío, todo cuanto soy! ¡Así estaré menos atado a la vida![19]

Nietzsche comienza en su Zarathustra, la denuncia de los ideales y preceptos religiosos, que habrá de continuar en Más allá del bien y del mal, en La genealogía de la moral y El anticristo: la castidad, el amor al prójimo, la misericordia y la virtud son denunciadas como fuerzas reactivas, resultado de la debilidad, del inconsciente negar al cuerpo, a la tierra, al Sí-Mismo. Contra la inocencia de los sentidos, quienes predican la castidad exhortan a matar las sensaciones, pero en todo momento, a pesar de su renuncia disfrazada de compasión, les persigue la lasciva: “Hasta las cumbres de su virtud y hasta la frialdad de su alma, les sigue esta alimaña con su descontento”[20]. Hay en los castos una ambivalencia afectiva innegable, su pretendida elevación esconde el cieno en que consiste “lo hondo de su alma”[21]

Con respecto al amor al prójimo, Zarathustra denuncia un fenómeno similar al de la castidad: el amor al prójimo es una forma de huida del Sí-Mismo, que nace de la incapacidad de soportarse a sí mismo y de la falta de amor que se tiene para consigo mismo: “vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor hacia vosotros mismos”[22]. Zarathustra no predica el amor al prójimo, sino antes bien, al más lejano, no habla del prójimo sino del amigo: “sea el amigo, para vosotros, la fiesta de la tierra... Yo os predico el amigo y su corazón rebosante... Yo os predico el amigo en el que el mundo está completo, como una copa del bien.... yo no os aconsejo el amor al prójimo, lo que os aconsejo es el amor al más lejano”[23]. ¿Quién es este más lejano? El venidero, El Superhombre. También la virtud nace de una fuente similar: se trata de una epidermis, de un manto, que oculta la pereza de los vicios, el Sí-Mismo más querido; por medio de la virtud se busca arrancar los ojos a los enemigos y ensalzarse “solamente para humillar a los demás”[24]. En el fondo, la virtud también oculta la negación del Sí-Mismo: ¡Todo lo que yo no soy, eso, eso son para mí Dios y la virtud![25].

También la voluntad de igualdad (justicia), que “debe ser en lo sucesivo el nombre de la virtud”[26], nace de la sed de venganza: los predicadores de la igualdad son sólo “vengativos ocultos”[27], para quienes la justicia consiste en que el mundo se llene de las tempestades de su venganza[28]. Pero Zarathustra anuncia la redención de la venganza y la superación de la oculta concupiscencia tiránica detrás de la cual se oculta la igualdad: “existen lucha y desigualdad hasta en la belleza, y guerra por el poder, y por el sobrepoder: eso es lo que aquí nos enseña, en símbolo clarísimo”[29]. La vida misma requiere edificarse hacia la altura, hacia lejanos horizontes, por ello, necesita de peldaños “y de la contradicción entre los peldaños y los que suben”[30]. La vida quiere subir para superarse a sí misma, por ello, lo bueno y lo malo, lo rico y lo pobre, lo alto y lo bajo, y los restantes nombres que se refieren a los valores “deben ser otras tantas armas y estandartes que proclamen que la vida tiene que superarse continuamente a sí misma”[31].

En el origen de la decadencia está aquello en lo que se cree consiste la naturaleza del bien y la del mal. La filosofía nietzscheana pretende ubicarse más allá del bien y del mal, más allá de estas valoraciones que resultan de la desquiciada voluntad de verdad. Bien y mal no son valores absolutos, ni puntos de referencia fijos, no tienen sentido como conceptos, sólo como valoraciones perspectivistas y como proyección de los afectos: Pero aún más, bien y mal son trasformados por obra de la “neurosis religiosa”, la cual está ligada a “tres prescripciones dietéticas: soledad, ayuno y abstinencia sexual”[32]. El síntoma de esta neurosis estaría, tanto en los pueblos salvajes como en los domesticados en “la lasciva más súbita y desenfrenada, la cual se transforma luego, de modo igualmente súbito, en convulsiones de penitencia y en una negación del mundo y de la voluntad: ¿ambas cosas serían interpretables acaso como epilepsia enmascarada?”[33]

El método para denunciar las valoraciones erróneas acerca de lo bueno y lo malo que resultan de la neurosis religiosa será el del descubrimiento de la génesis e historia de los conceptos: la genealogía. “El método genealógico le [fue sugerido por]... la obra de su amigo el positivista Paul Rée, Del origen de los sentimientos morales (1877)...”[34] En su origen, el bien, lo bueno se presenta como la antítesis lógica de lo malo: “El pathos de la nobleza y de la distancia... el duradero y dominante sentimiento global y radical de una especie superior dominadora en su relación con una especie inferior, con un abajo –éste es el origen de la antítesis bueno y malo”[35]. Lo bueno se identificaba con lo noble, lo poderoso con “los hombres de posición superior y elevados sentimientos quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo”[36].

La inversión de las valoraciones originales de lo bueno y lo malo resulta de las fuerzas reactivas, de la impotencia y del resentimiento. La venganza espiritual hacia los dominadores es el motivo principal de esta transvaloración, realizada por el pueblo judío “ese pueblo sacerdotal que no ha sabido tomar satisfacción de sus enemigos y dominadores más que con una radical transvaloración de los valores de éstos”[37]. Los judíos son los que dan origen a lo que Nietzsche llama rebelión de los esclavos: “¡los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos, son los únicos buenos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformes son también los únicos piadosos, los únicos benditos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza, -en cambio vosotros, vosotros los nobles y violentos, vosotros sois, por toda la eternidad, los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos, y vosotros seréis también eternamente los desventurados, los malditos y condenados![38]

Cuando la fuerza reactiva del resentimiento se vuelve creadora y engendra valores se da la rebelión de los esclavos: “Los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido”[39]. Esta moral necesita de un mundo opuesto y externo, necesita de estímulos exteriores para actuar ya que su acción es reacción; al contrario, la moral del hombre noble surge espontáneamente, ya que su inteligencia “tiene un delicado dejo de lujo y refinamiento”[40], porque para ellos lo esencial no es la inteligencia[41] sino “la perfecta seguridad funcional de los instintos inconscientes reguladores” e incluso debemos atender al hecho de que la falta de inteligencia es propia de quienes valerosamente se lanzan a ciegas “bien sea al peligro, bien sea al enemigo, o a aquella entusiasmada subitaneidad en la cólera, el amor, el respeto, el agradecimiento y la venganza, en la cual se han reconocido en todos los tiempos las almas nobles”[42].

El otro mundo opuesto y externo, proyectado por las fuerzas reactivas y creadoras de valores del resentimiento, resulta de una ilusión perspectivista en la que el hacedor y lo hecho por él se separan, resultando así un substrato, el ser, que es el dueño de lo exteriorizado: “del mismo modo que el pueblo separa el rayo de su resplandor y concibe al segundo como un hacer, como la acción de un sujeto que se llama rayo”[43]. Con esta ficción, nace la imputación que permite decir: el ave de rapiña es sólo ave de rapiña, los malvados son los malvados, por lo tanto: “Seamos distintos de los malvados, es decir, seamos buenos”[44]. Pero aquí lo bueno es lo propio del débil y lo malo es lo propio del noble y fuerte, la debilidad bondadosa consiste en hacer lo que no violenta, en no ofender a nadie, en no atacar, en no saldar cuentas, en exigir poco de la vida[45]. Se realiza así un acto de metamorfosis, una falsificación mimética de la inteligencia que se tiene de su rango ínfimo, da lugar a una virtud renunciadora, callada, expectante; esta neurosis de conversión religiosa, mentirosamente transforma la debilidad en mérito, la impotencia que no es capaz de desquitarse en bondad, la temerosa bajeza en sumisión, la sumisión hacia quienes se odia en obediencia, lo inofensivo del débil en paciencia, el no poder vengarse en no querer vengarse o en perdón[46]. La aspiración máxima de aquellos que se consideran a sí mismos como buenos y justos es la victoria del Dios justo sobre los ateos, siendo el juicio final y el advenimiento del “reino de Dios” su consuelo por todos los sufrimientos de la vida[47].

La lucha que por milenios han sostenido el bien y el mal tiene un símbolo que dice: Roma contra Judea, Judea contra Roma”[48]. En Roma, el judío era visto “como la antinaturaleza misma, como su monstrum antipódico... en Roma se consideraba al judío convicto de odio contra todo el género humano”. Por otro lado, para los judíos, los romanos eran “los fuertes y nobles... Los judíos eran, en cambio, el pueblo sacerdotal del resentimiento par excellence[49]. Finalmente Roma sucumbió, pero en medio de la Revolución francesa, en la que la última nobleza política europea “sucumbió bajo los instintos populares del resentimiento”[50], el antiguo ideal apareció en carne y hueso, como una última indicación del otro camino: “Napoleón, esa síntesis de inhumanidad y superhombre”[51]. Frente a la consigna del resentimiento que habla del primado de los más (los resentidos, los vengativos, los débiles), resonó así la anti-consigna del primado de los menos (los nobles, los poderosos, los predicadores del cuerpo y de la tierra), con su oposición “a la voluntad de descenso, de rebajación, de nivelación, de hundimiento y crepúsculo del hombre”[52].

Cuando las fuerzas reactivas se incorporan a la actividad genérica, se da una proyección en la que cambia la naturaleza de la relación deudor-acreedor. El auténtico problema del hombre es criarlo como “un animal al que le sea lícito hacer promesas”[53]. Contra este hacer promesas obra la capacidad de olvidar, la cual no es una mera fuerza inercial, sino una fuerza “activa, positiva en el más riguroso sentido del término... a la cual hay que atribuir el que lo únicamente vivido, experimentado por nosotros, lo asumido por nosotros, penetre en nuestra conciencia...”[54] El olvido es un aparato de inhibición que si falla, da origen al tipo dispéptico, el cual “no digiere íntegramente nada”[55]; contra el olvido obra la memoria, que consiste “en un activo no-querer-volver-a-liberarse, un seguir queriendo lo querido una vez”[56]. La responsabilidad resulta de criar un animal al que le sea lícito hacer promesas, lo que implica “hacer antes al hombre, hasta cierto grado, necesario, uniforme, igual entre iguales, ajustado a la regla, y, en consecuencia, calculable”[57]

La “voluntad libre del hombre moral no es más que una consecuencia, una imposición de la fuerza coercitiva de la moral-costumbre”[58]. El hombre moral se vuelve consciente de sus culpas, gracias a una transformación de la primitiva relación contractual entre acreedor y deudor, “la cual remite a las formas básicas de compra, venta, cambio, comercio y tráfico”[59]. De la primitiva relación contractual deudor-acreedor se derivó la relación moral prejuicio-dolor, de lo que nació posteriormente el sentimiento de la culpa: “la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, -de aquella modificación ocurrida cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz”[60]. La mala conciencia requiere, por ende, del animal domesticado, del hombre, entendido como ser al que le es lícito prometer. Los conceptos de culpa y deber son moralizados para conformar el entrelazamiento “de la mala conciencia con el concepto de Dios”[61], estos conceptos se vuelven hacia atrás, en una regresión original, genealógica, hacia el deudor y después hacia el acreedor hasta llegar a la espantosa paradoja de un Dios que se paga a sí mismo, redimiendo al hombre “de aquello que para este mismo se ha vuelto irredimible”[62].

Al entrecruzamiento y reforzamiento mutuos de mala conciencia y resentimiento, se le puede denominar ideal ascético[63]. El ideal ascético, que entre otras cosas, ha corrompido “la salud y el gusto”[64], expresa una voluntad y tiene una meta. La única forma de abstenerse de este ideal es el ateísmo “descontada su voluntad de verdad”[65]. Pero: “El ateísmo incondicional y sincero... no se encuentra... en contraposición a aquel ideal , como a primera vista parece; antes bien, es tan sólo una de sus últimas fases de desarrollo, una de sus formas finales y de sus consecuencias lógicas internas, -es la catástrofe, que impone respeto, de una bimilenaria educación para la verdad, educación que, al final, se prohíbe a sí misma la mentira que hay en el creer en Dios”[66]. El cristianismo, como moral, tiene que perecer, y junto con éste el ideal ascético que da sentido al sufrimiento: “En él el sufrimiento aparecía interpretado; el inmenso vacío parecía colmado”[67]. Pero este ideal ascético, al final consiste en ser voluntad de nada: “una aversión contra la vida, un rechazo de los presupuestos más fundamentales de la vida...”[68] Pero: “el hombre prefiere querer la nada a no querer”[69].

Metáforas como tarántulas, despreciadores del cuerpo o predicadores de la muerte, dejarán de lado la semántica críptica propia del Zarathustra, para presentarse en su ruda desnudez en el Anticristo: el tipo sacerdotal es la síntesis, el sum de esta clase de hombres que han fabulado un ultramundo, más allá de éste e ideas reactivas como culpa y mala conciencia: “el sacerdote mismo se nos muestrea tal como es, como el parásito más peligroso, como la verdadera tarántula de la vida”[70] Las invenciones de los eclesiásticos y de la Iglesia, ideas como las de más allá, juicio final, inmortalidad del alma y la del alma misma son considerados como instrumentos para atormentar, como “sistema de crueldad[71] de que se valieron los sacerdotes para hacerse los amos y para seguir siéndolo cuando lo lograron”[72]. Estas ideas son parte de lo que el cristianismo niega, “falsificaciones de moneda que se han hecho para despreciar la Naturaleza y los valores naturales...”[73]

El verdadero y auténtico cristianismo no es pues el que nació de la prédica y de la organización de un credo en torno a la protección de la Iglesia; no, el cristianismo auténtico murió con Cristo, todo lo que vino después, fue sólo la perversión de un mensaje, para el que la vida era un valor afirmativo: “La palabra cristianismo es ya una equivocación. En realidad, no hubo más que un cristiano: el que murió en el Gólgota. El Evangelio murió en la cruz. Lo que después se ha llamado Evangelio, fue lo contrario de lo que el Cristo había vivido: una mala nueva, un disevangelio... Lo único cristiano es la práctica cristiana, una vida como la que vivió Jesús de Nazareth”[74]. Lo que desde hace dos milenios se llama cristiano, “no es más que un error psicológico [ya que si se le mira de cerca]... quienes reinan en él son los instintos, pero, ¡qué clase de instintos![75] Lo esencial para el cristianismo no es una fe diferente, “sino una manera de obrar diferente, no hacer ciertas cosas y, sobre todo, llevar otra vida”[76].

Cuando Cristo murió, el Evangelio quedó colgado de la cruz, esta muerte fue el origen de la rebelión contra el orden establecido, contra el judaísmo reinante, su clase directora“[77]. Pero con esto se obvió el mensaje implícito en la muerte de Jesús: el no querer “nada más que dar la prueba concluyente de su doctrina”[78]. Pero esta muerte no fue perdonada, porque debía tener sentido y una razón superior, ya que “el amor del discípulo no reconoce el azar”[79], pero con esto predominó el sentimiento menos evangélico: la venganza. Debía darse la reparación y el juicio (cosas contrarias al Evangelio), con lo que se consolidó la venganza, consistente “en elevar al maestro de una manera indirecta, apartándolo de ellos mismos, como antes los judíos, por odio a sus enemigos, se habían separado de su Dios, para elevarle a la altura. El Hijo único, el Dios único, fueron frutos del resentimiento”[80].

Todo lo que Cristo había predicado quedó suprimido por obra de esta razón perturbada y resentida: Jesús suprimió la idea de pecado, negó que existiera un abismo entre Dios y el hombre, y vivió la unión entre Dios y el hombre como buena nueva, pero paulatinamente, se contaminaron estos ideales mediante el tipo del Salvador, la doctrina del juicio y la vuelta a la Tierra, la doctrina de la muerte como sacrificio y la doctrina de la resurrección que escamotea la idea de la salvación: “El Evangelio trocóse de repente en la más despreciable de las promesas irrealizables, la doctrina impudente de la inmortalidad personal. El propio San Pablo, en su predicación, la ofrece como una recompensa”[81]

La buena nueva fue seguida por la peor de todas: la de San Pablo, en quien podemos ver “el tipo contrario del alegre mensajero, el genio del odio, el genio de la visión del odio en la implantación del odio”[82]. Aquí comenzó la gran falsificación del cristianismo auténtico, del que murió con Cristo: con San Pablo, el sacerdote busca de nuevo el poder. “Lo que el Salvador era en sí, su doctrina, su muerte, hasta lo que siguió a su muerte, nada se mantuvo intacto, nada conservó el menor parecido con su realidad. San Pablo traslada sencillamente el centro de gravedad de la existencia detrás de esa existencia, poniéndole la mentira de Jesús resucitado”[83]. También San Pablo falseó “la historia de Israel para presentarla como el prólogo de sus actos. Todos los profetas habían hablado del Salvador: La Iglesia falsificó después hasta la historia de la humanidad para convertirla en el prólogo del cristianismo”[84]. Después del cristianismo Mahoma retomó el impúdico invento de San Pablo: “la fe en la inmortalidad, es decir la doctrina del juicio final”[85]. Por ello, “hay que ponerse guantes para leer el Nuevo Testamento. Solo así nos libraremos de contagiarnos al revolver tanta basura”[86].

El Anticristo nos presenta una aporía final: si desligamos a Cristo de la labor posterior de su Iglesia, instituida por Él mismo, entonces encontraremos en Ésta la causa de la perversión del ideal evangélico, con lo que estaríamos ante el único y verdadero Anticristo: “formulo contra la Iglesia la más terrible de las acusaciones que haya lanzado fiscal alguno. Es la mayor corrupción que puede imaginarse; en ella palpita la voluntad de la máxima corrupción imaginable. La Iglesia cristiana no ha economizado la corrupción en ningún sitio; de cada valor ha hecho un sin valor; de cada verdad, una mentira; de cada integridad, una vileza. ¡Que se atrevan a hablarme todavía de sus beneficios humanitarios! Suprimir una miseria era contrario a su comercio; vive de miserias y ha creado miserias para eternizarse. El gusano del pecado, por ejemplo, es una miseria con que la Iglesia ha enriquecido a la mandad. La “igualdad de las almas ante Dios”, esa mentira, ese pretexto para los rencores más bajos, ese explosivos de la idea que acabó por tornarse Revolución, idea moderna, principio de degeneración de todo el orden social; esa es la dinamita cristiana. ¡Beneficios humanitarios del cristianismo! Hacer de la humanidad una eterna paradoja, una vergüenza, una aversión, un desprecio hacia todos los instintos buenos y rectos... El parasitismo, única práctica de la Iglesia, bebiendo, con su ideal de anemia y de santidad, la sangre el amor, la esperanza de la vida: el más allá, negación de toda realidad; la cruz, contraseña para la más sombría conspiración que ha habido jamás –conspiración contra la salud, la belleza, la rectitud, la bravura, el ingenio, la hermosura del alma, contra la vida misma”[87]. Y en el extremo de la paradoja, nosotros “medimos el tiempo empezando a contar desde el día fatal en que empieza destino tan degradante: desde el primer día del cristianismo![88]

El fundamento de esta crítica, es la distinción que se puede establecer entre religiones activas y religiones reactivas, en estas últimas: “el resentimiento y la mala conciencia representan las fuerzas reactivas que se apoderan de los elementos de la religión para liberarlos del yugo en el que las fuerzas activas los mantienen”[89], de esta forma, la religión se propone como fin último “y no como medio junto a otros medios”[90]. Para Nietzsche, la religión activa es un medio de selección y de educación “en manos del filósofo”[91], no tomando partido a favor de los malogrados. Las religiones reactivas precisamente se caracterizan por que toman partido a favor de todos estos dolientes, de este excedente de “tarados, enfermos, degenerados, decrépitos, dolientes por necesidad”[92], con esto, “ponen cabeza abajo todas las valoraciones”[93]. Pero la gran paradoja es que, tomando partido a favor de los malogrados, “consolando a los dolientes y dando ánimo a los desesperados” han dominado, “con su igualdad ante Dios”, el destino de Europa, “hasta que acabó formándose una especie empequeñecida, casi ridícula, un animal de rebaño, un ser dócil, enfermizo y mediocre, el europeo de hoy...”[94]


[1] ¿Qué es la verdad? “Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal”. Friedrich Nietzsche. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. 1. p. 25.
[2] El crepúsculo de los ídolos. El caso Sócrates. XI. p. 25.
[3] “Toda verdad es sencilla. ¿No es esto una doble mentira?. El crepúsculo de los ídolos o cómo se filosofa al martillo. IV. p. 8.
[4] Así habló Zaratustra. Primera parte. Prólogo de Zaratustra. IV. P. 29
[5] Aurora. p. 171-172.
[6] Así habló Zarathustra. Los discursos de Zarathustra. De las tres transformaciones. p. 43.
[7] Ibid. p. 42.
[8] Ibid. p. 43.
[9] Ibid. De los de detrás del mundo. p. 47.
[10] Ibid. p. 48.
[11] Ibid. p. 49.
[12] Ibid. p. 50.
[13] Idem.
[14] Ibid. De los despreciadores del cuerpo. p. 52.
[15] Ibid. p. 50.
[16] Ibid. p. 51.
[17] Ibid. p. 52.
[18] Ibid. De los predicadores de la muerte. p. 64.
[19] Idem.
[20] Ibid. De la castidad. p. 74.
[21] Ibid. p. 73.
[22] Ibid. Del amor al prójimo. p. 80.
[23] Ibid. p. 81.
[24] Segunda parte. De los virtuosos. p. 115.
[25] Ibid. p. 114.
[26] De las tarántulas. p. 120.
[27] Ibid. p. 119.
[28] Cf. Idem.
[29] Ibid. p. 121.
[30] Idem.
[31] Idem.
[32] Más allá del bien y del mal. Sección tercera. El ser religioso. 47. p. 74.
[33] Idem.
[34] Teófilo Urdánoz. Historia de la filosofía: V. p. 535.
[35] Genealogía de la moral. Tratado primero. 2. p. 32.
[36] Ibid. p. 31.
[37] Ibid. 7. p. 39.
[38] Ibid. p. 39-40.
[39] Ibid. p. 42.
[40] Ibid. 10. p. 44.
[41] Como en los esclavos, ya que ellos acabarán por ser más inteligentes que cualquier raza noble, considerando incluso a la inteligencia como “la más importante condición de su existencia”. Ibid. 45.
[42] Ibid. p. 45.
[43] Ibid. 13. p. 51.
[44] Ibid. p. 52.
[45] Cf. Idem.
[46] Ibid. 14. p. 53-54.
[47] Cf. Idem. p. 55.
[48] Ibid. 16. p. 59.
[49] Ibid. p. 59-60.
[50] Ibid. p. 60.
[51] Ibid. p. 61.
[52] Idem.
[53] Tratado segundo: Culpa, mala conciencia y similares. 1. p. 65.
[54] Idem.
[55] Ibid. p. 66.
[56] Idem.
[57] Ibid. 2. p. 67.
[58] Teófilo Urdánoz. Historia de la filosofía: V. p. 539.
[59] Ibid. 4. p. 72.
[60] Ibid. 16. p. 95.
[61] Ibid. 21. p. 104.
[62] Ibid. p. 105.
[63] Cf. Gilles Deleuze. Nietzsche y la filosofía. p. 204.
[64] Genealogía de la moral. Tratado tercero: ¿qué significan los ideales ascéticos? 23, p. 169.
[65] Ibid. 27. p. 182.
[66] Ibid. p. 183.
[67] Ibid. 28. p. 185.
[68] Ibid. p. 186.
[69] Idem.
[70] El anticristo. XXXVIII, p. 78.
[71] La crueldad tiene también su propia historia: en el periodo premoral de la humanidad (Cf. Teófilo Urdánoz. Op. cit. p. 537): “la gente sacrificaba a su dios seres humanos, acaso precisamente a aquellos a quienes más amaba” (Más allá del bien y del mal. El ser religioso. 55. p. 80); en el periodo moral: “la gente sacrificaba a su dios los instintos más fuertes que poseía, la naturaleza propia; esta alegría festiva brilla en la cruel mirada del asceta, del hombre entusiásticamente antinatural” (idem); finalmente, se sacrifica a Dios mismo por la nada: este misterio paradójico de la crueldad suprema ha quedado reservado a la generación que precisamente ahora surge en el horizonte: todos nosotros conocemos ya alto de esto” (Ibid. p. 81).
[72] El anticristo. XXXVIII, p. 78.
[73] Idem.
[74] Ibid. XXIX. p. 80.
[75] Ibid. p. 81.
[76] Ibid. p. 80.
[77] Ibid. XL. p. 83.
[78] Idem.
[79] Idem.
[80] Ibid. p. 84.
[81] Ibid. XLI. p. 85-86.
[82] Ibid. XLII. P. 86.
[83] Ibid. p. 87.
[84] Idem.
[85] Ibid. p. 88.
[86] Ibid. XLVI. p. 98.
[87] Ibid. LXII. p. 142-143.
[88] Ibid. p. 143.
[89] Gilles Deleuze. Nietzsche y la filosofía. p. 202.
[90] Más allá del bien y del mal. El ser religioso. 62. p. 88.
[91] Idem.
[92] Idem.
[93] Ibid. p. 89.
[94] Ibid. p. 90. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Escrito inédito sobre Nietzsche (en lo que escribo mi libro)


FRIEDRICH NIETZSCHE: PROFETA DEL MILENIO

Por Javier Brown César

Karen Horney, la gran discípula de Freud, decía que quien padece de angustia se siente como una hoja en la tormenta: indefenso, abandonado, inseguro. Alfred Adler, otro notable discípulo del fundador del psicoanálisis, creó los términos complejo de inferioridad y afán de superioridad, este último bajo la indudable influencia de Friedrich Nietzsche, filósofo austriaco que influyó de manera decisiva en pensadores de la talla de José Ortega y Gasset, Herbert Marcuse o Martín Heidegger. Nietzsche no sólo fue hoja en la tormenta –“traicionado” por su amigo Richard Wagner, defraudado por su amor perdido Lou von Salomé, víctima de la sífilis y abandonado por su madre y hermana en un manicomio- sino que también fue tormenta –él mismo, en un ejercicio de “autocrítica” literaria, se consideraba como dinamita.

Para muchos filósofos nada ha sido igual después de Nietzsche, para otros –principalmente Heidegger, la metafísica llegó a su fin con el autor de “Así habló Zaratustra”. Sobre Nietzsche escucharemos las opiniones más diversas, las interpretaciones más extremas y las ideas más descabelladas, porque él mismo fue diverso en sus opiniones e incluso contradictorio, extremista hasta ser reaccionario y creador de ideas –como el superhombre, la voluntad de poder y el eterno retorno -que en su época parecían francos desatinos para los legos, pero que en el fondo llevan el proyecto kantiano de la crítica a sus últimas consecuencias.

Nietzsche debe ser leído con cautela y estudiado con cuidado, ubicando con claridad su proyecto filosófico en la amplia trama de la filosofía occidental. ¿Qué pretendía el autor del Anticristo con su forma de filosofar al martillo y sus múltiples aforismos? ¿Cuál es el sentido, críptico para casi todos, que encierra su Zaratustra? ¿Qué misterios le fueron revelados y qué verdades le fueron vedadas? ¿A qué lo condujo su filosofía? Muchos coinciden en que la filosofía de Nietzsche no tiene antecedente inmediato: que su filosofía, como la de Kierkegaard, es una respuesta al panlogismo de Hegel, que su filosofía antisistemática es el mejor remedio contra los grandes sistemas filosóficos que él denunció –el platonismo, la filosofía sistemática de inspiración cristiana y el idealismo absoluto-; para éstos, la única forma de comprender a Nietzsche es dar un salto hacia atrás de más de dos milenios: antes de Sócrates. 

Nietzsche y Heidegger son en buena medida “culpables” de que muchos filósofos estén actualmente hurgando antes de Platón, en busca de la auténtica filosofía, desentrañando así el sentido críptico de textos de Parménides, Heráclito, Zenón de Elea o Anaximandro de Mileto. Gilles Deleuze, uno de los más lúcidos intérpretes de Nietzsche nos diría: no hay que ir tan lejos, tan sólo es necesario regresar un siglo, a los inicios del idealismo, a Kant y su criticismo trascendental; ahí están las raíces de Nietzsche, la anticipación lúcida de un proyecto, que recibe un complemento importante de Schopenhauer y su magna obra: El mundo como voluntad y representación. Todo indica que tal vez estos indicios son suficientes.

Parte del atractivo de Nietzsche para nuestros contemporáneos, y de manera principal, para nuestros contemporáneos jóvenes, es su reivindicación radical de los instintos, del dominio de la carne y del imperio de la voluntad sobre la inteligencia; la otra parte de su atractivo radica para muchos en su anuncio de la muerte de Dios, que a decir de Dostoievsky, si ya falleció, entonces todo está permitido. El permisivismo y el instintivismo son algunas de las grandes ilusiones que los promotores de la sociedad de consumo defienden a ultranza: eres libre para consumir, para satisfacer tus deseos y para hacer lo que quieras: “En una época -como la actual- que glorifica lo espontáneo, lo liberador, lo no represivo, el que se presente como promotor de las inclinaciones instintivas del pueblo cobra inmediatamente fama de persona al día, avanzada, abierta al progreso. Ello le da ascendiente, le otorga credibilidad, lo pone en condiciones de ejercer las artes del ilusionismo mental –o manipulación- sin levantar sospechas y ser acusado de falsario”[1]. Aquí está, en parte, la explicación de por qué Nietzsche es considerado un gran profeta para Occidente: glorificó lo espontáneo, lo liberador, lo no represivo, lo instintivo y con esto dio al pueblo argumentos suficientes para el desenfreno, para la vida dionisiaca.

Pero Nietzsche fue un gran crítico de la masa, del ser humano promedio, del individuo del pueblo, a quien consideró sólo una cuerda tendida hacia el superhombre: “… el manipulador envilece al pueblo para tener libertad de maniobra y evitar el riesgo de ser escarnecido”[2]. La filosofía al martillo nietzscheana es demoledora, no deja edificio en pie y con ello contribuye a hacer que toda filosofía posterior sea, ante todo, arqueología; no en balde, uno de los grandes seguidores de Nietzsche, Michel Foucault sistematizó el método seguido en Las palabras y las cosas, La historia de la locura y El nacimiento de la clínica en su obra La arqueología del saber. Todo parece indicar que a los filósofos actuales Nietzsche sólo les ha dejado una función clara: ser arqueólogos; ya ni siquiera esclavos de la teología o guardianes del conocimiento. La crítica nietzscheana al proyecto occidental es demoledora: música, literatura, arquitectura, poesía, todo cae bajo la ley del martillo. Y he aquí la veta más positiva de esta filosofía: su criticismo. Así es, Nietzsche es el más excelso de los neokantianos, porque es el único que fue capaz de retomar el proyecto de su maestro, realizando una crítica total de la razón.
A diferencia de Kant, Nietzsche no pretende defender la ciencia de inspiración newtoniana, no le interesan las matemáticas, ni la física, ni defender el apriorismo del tiempo y el espacio. Para Nietzsche, todo concepto es perspectiva, es un dicho enunciado por alguien; por ello, lo fundamental no es el análisis de los argumentos, sino saber quién dice las cosas, desde qué posición, bajo qué tipo de fuerza. En consecuencia con lo anterior, Nietzsche desarrolla a fondo su crítica de la razón occidental: contra la idea de un tiempo histórico cerrado a futuro, plantea el eterno retorno de todas las cosas; contra la idea de un alma encarcelada en el cuerpo, plantea la superación a futuro del espíritu encarnado; contra la idea de una razón capaz de llegar a desentrañar la verdad del mundo, plantea los límites de la aventura racional y su sometimiento a la voluntad. Su renovado criticismo es puntual, pero sus respuestas son fallidas en la medida en que en lugar de dejar las cuestiones abiertas y apuntar horizontes futuros plenificadores, dio respuestas utópicas y dogmáticas.
Filosóficamente es correcto criticar la interpretación redentorista de la historia[3]: nada apunta, en el plano empírico, a una historia que al cerrarse sobre sí misma lleve a una era de plenitud terrenal paradisíaca, esto es materia de fe, no de razón. En última instancia y en un futuro al que nadie puede acceder materialmente, sólo la fe es capaz de cerrar la trama de la historia humana con la redención vía dispensaciones sucesivas, sólo la fe es capaz de vislumbrar un horizonte futuro de perfección luminosa y vital; la razón llega sólo a la noción de que algo hay en el ser humano que es por esencia inmaterial y divino: Nietzsche criticó a Sócrates por su conceptualismo, pero dejó intacto a su daimón.
Nietzsche anunció en La Gaya ciencia la muerte de Dios, afirmación polémica que ha causado dolores de cabeza a más de un teófilo. Para los creyentes, si es considerada con seriedad, la afirmación de Nietzsche: Dios ha muerto, es un sinsentido, una de aquellas frases que a decir de Wittgenstein no tiene razón de ser. Si como decía San Anselmo, Dios es, en tanto que concepto, la realidad más alta, noble y perfecta que se puede pensar, entonces la inmortalidad, la infinitud, la ilimitación y la eternidad son sus atributos esenciales. Dios no puede morir, porque no tiene principio ni fin.
De aquí que algunos interpreten que la afirmación de Nietzsche, para no pasar sólo como frase desafortunada o desatino filosófico sólo puede ser formulada como: cierta noción de Dios ha muerto. Tal vez el problema de fondo al anunciar la muerte de Dios, es que se pretende aniquilar al inmortal, pero al sacar de la casa al concepto de Dios, digamos por la puerta grande, como lo hizo Nietzsche, éste entra por la ventana, pero de tal modo disfrazado que ya no es reconocido por nadie.
Para el ser humano del siglo XXI la inexistencia absoluta de lo supremo no es real: ya que aparece insistentemente como destino (Hitler, Monrow), como materia (Feuerbach, Mach), como espíritu (Hegel), o como una multiplicidad de seres semidivinos bajo la guía de un desconocido pero absoluto (henoteísmo contemporáneo). Esto nos lleva a pensar que lo que entendemos como Dios no puede morir y el intento de aniquilarlo sólo tiene como resultado su sustitución con algún otro poder superior que en el fondo, no es otro que el mismísimo Dios. Cuando Santo Tomás prueba la existencia de Dios en sus justamente famosas cinco vías no dice: y por lo tanto Dios existe, sino por ejemplo: a esta causa primera del movimiento le llamamos Dios. Dios es sólo el nombre que expresa la realidad del que es, del Yo soy absoluto, de la personalidad suprema.
Más allá del problema de Dios y su existencia, que nos lleva directamente a la teodicea (justificación de la existencia de Dios) y a la teología (ciencia de Dos), es fundamental retomar el hilo de nuestra argumentación. La idea del eterno retorno no es desafortunada si pensamos que todas las cosas buenas regresarán, porque este es en sí el proyecto de un cosmos en evolución: lo bueno permanece y retorna de manera constante, a pesar del mal relativo en el mundo. La idea del superhombre tampoco es desafortunada si pensamos que el ser humano a la vez que debe superarse debe ser superado: de hecho, cada persona es superada al morir, porque hay algo que está por encima (super) de ella, por lo menos, la muerte. Pero efectivamente, y esto también es materia de fe, el ser humano concreto es superado cuando se inicia la larga carrera espiritual ya sin el peso de este mundo y sin los ojos de este cuerpo. Finalmente, Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles decía que el alma puede hacerse todas las cosas, y esto es cierto, puede conocer todo, pero ninguno de estos grandes filósofos dijo que podemos conocer toda la Verdad.
Nietzsche tuvo intuiciones acertadas, pero conclusiones filosóficamente cuestionables. Quizá tuvo un atisbo o una iluminación súbita pero en el fondo, y este es el gran problema de la filosofía, las grandes verdades son materia de preguntas y no tanto de respuestas, porque cada respuesta es sólo provisional y si encontráramos la gran Verdad, tal vez, como dijo Gorgias, no la podríamos comunicar a nadie; porque esta gran Verdad es sólo materia de experiencia, no de discurso, transforma al que la experimenta, pero es incapaz de convertir a quienes la niegan a ultranza.
En este milenio, muchos le tenemos simpatía a Nietzsche, y por ello su final nos resulta trágico y elocuente: al parecer Nietzsche fue recluido por su madre y hermana sin estar totalmente loco. Si hacemos caso a Foucault, la locura se caracterizaría por la ausencia de obra: loco es el que al no poder aportar algo a la sociedad, es recluido. Pero ese no parece ser el caso del autor del Zarathustra. Hace poco tiempo apareció la edición de una obra titulada Mi hermana y yo, un libro que se dice que Nietzsche entregó a un compañero de manicomio, ya que desconfiaba de su madre y hermana; el libro parece auténtico y documenta la presencia de pensamiento en un hombre en apariencia perdido en la oscuridad de su tormento. Y sin embargo, el tormento de Nietzsche era terrible y su locura, episódica.
En este milenio Nietzsche despierta admiración, una de las razones de su prestigio es su crítica despiadada a un Occidente en franca decadencia. El vaticinio nietzscheano se hace experiencia viva en Samuel Becket quien “Luchó bravamente en las filas de la Resistencia francesa contra los nacionalsocialistas, y celebró con entusiasmo el día de la liberación. Poco después advirtió que la Europa libe era objeto de una invasión interior, de apariencia pacífica y benéfica, pero mucho más peligrosa y difícil de vencer que la invasión exterior que había padecido”[4]. Nosotros lo vivimos ahora, el Imperio se revela contra el Islam y con el argumento de la lucha contra el terrorismo instaura aún más terrorismo, dejando de lado el legado cristiano auténtico y haciendo que la muerte de Cristo en la cruz parezca inútil. Una buena parte de Occidente está encerrado en un nuevo fundamentalismo desde el cual pretende instalar “su verdad” en los seguidores de Mahoma.
Occidente está encerrado en una lógica de violencia y venganza que deja de lado los ideales de perdón –típicamente aquél expresado tan santamente: perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen-, y la paz heredada por Dios hecho hombre. Occidente está tirando a la basura, con su individualismo, su materialismo y sus otros ismos, lo mejor de un legado que constituye su carta más fuerte frente al Islam, sino es que su única carta para evitar la conflagración mundial: el espíritu universalista, el catolicismo abierto y dialogante. Estamos en un momento álgido de tensión: Jihad versus McWorld; y tal vez instalados en la inminente Tercera Guerra Mundial (ninguna de las guerras mundiales anteriores se describió a sí misma como mundial, aunque todas fueron europeas, tal vez esta tercera sí sea auténticamente mundial).
 
 
Simpatizamos con Nietzsche por haber visto la debacle de Occidente gracias a la inversión de los valores, a su tergiversación, todo esto un siglo antes de que aconteciera. Él mismo vivió la debacle ya que tal como revela la historia clínica de sus últimos días, la vida del genial filósofo fue en muchos sentidos adversa; vivió el abandono hasta el final de sus días. El gran artífice de la voluntad de poder, el defensor de los instintos, el profeta del superhombre, el vindicador de Zarathustra, se nos presenta al final como un ser humano, demasiado humano y demasiado frágil, como un espíritu debilitado en un cuerpo debilitado, y como decía Alfred Adler, necesitado de sobre-compensar sus debilidades hechas síndrome.
Efectivamente, y como bien ha visto Pappini, la nota que caracteriza a nuestro pensador no es la fortaleza sino la debilidad, y si bien Nietzsche atinadamente defendió la importancia de la voluntad para la vida –ya Kant decía que la inteligencia es, ante todo, práctica- al final de su vida ya no tuvo voluntad: “A pesar de las imágenes y de las alegorías, a pesar de los amplios horizontes escenográficos y de los crescendos de las sinfonías, se ha descubierto el secreto de Nietzsche. En una palabra -en una sola e insignificante palabra- está el secreto de Nietzsche: en la palabra DEBILIDAD. ¿De qué os sonreís? ¿De qué os maravilláis? ¿Tal vez porque Nietzsche ha hecho la apoteosis del poder y ha compuesto himnos a la fuerza? ¡Por eso mismo os aseguro yo que fue un débil en toda la melancólica extensión de la palabra!”[5]. Eso hace que Nietzsche sea como cualquier persona y que en el fondo de nuestro corazón aumenten a la vez nuestra admiración por el gran pensador y nuestra solidaridad con el compañero de lucha.




[1] López Quintás, Alfonso. La manipulación del hombre a través del lenguaje: estudio de los recursos manipuladores y del antídoto contra los mismos. Primer curso, Roma, 2001. p. 66.
[2] López Quintás. Loc. cit.
[3] Este tipo de interpretación es la que dio el pueblo judío a la noción de mesías; Cristo se encargó de criticar esta interpretación a fondo, dejando en claro que su hay un reino celestial por venir, éste no se dará en la tierra: “mi reino no es de este mundo”.
[4] López Quintás. Op. cit., p. 62.
[5] Pappini, Giovanni. El crepúsculo de los filósofos.

Ponencia: qué estudia la bibliotecología


QUE ESTUDIA LA BIBLIOTECOLOGÍA

POR JAVIER BROWN CÉSAR
 

(Ponencia presentada en el II Encuentro Nacional de Profesores y Estudiantes de Bibliotecología: 1996)

¿Qué estudia la bibliotecología? Esta es una pregunta fundamental que estudiantes, profesores y profesionales de la bibliotecología nos hacemos por igual. En el fondo de este cuestionamiento radica el problema del objeto de estudio y el de la esencia de la bibliotecología. Toda ciencia o disciplina es determinada en sus principios, postulados, teorías, tesis, métodos, técnicas y prácticas por el objeto que estudia. Cuando preguntamos qué es algo hacemos una pregunta radical que busca como respuesta una definición clara de la cosa. Pero además, antes de preguntar qué es la bibliotecología debemos contestar qué estudia para así poder determinar con claridad si es una ciencia (en caso de que su objeto de estudio permita desarrollar una discursividad científica con conceptos universales y necesarios y con postulados y principios también de aplicación universal y por tanto, necesarios) o una técnica o un arte.

En este trabajo tratamos de contestar esta pregunta fundamental, para lo cual analizamos los diferentes objetos que posiblemente pueden ser estudiados por la bibliotecología, como pueden ser los libros, las bibliotecas, los usuarios, la información, la transmisión de información o la organización de la misma, etc. De estos objetos tratamos de determinar en primer lugar si cumplen con las características de universalidad y necesidad requeridas para el desarrollo de un discurso científico y en segundo lugar, si son objetos comunes a otras ciencias o disciplinas (en cuyo caso la bibliotecología sólo estudiaría algún aspecto de ellos) o si son objetos propios solamente de la bibliotecología. En todo esto seguimos un método que tiene como características: el acercarnos de manera directa a la cosa que se estudia, sin prejuicios, sin aceptar tampoco ninguna teoría hasta no haber contrastado sus postulados teóricos con la realidad; y finalmente, tratar de llegar a la esencia misma del objeto, con sus características y notas esenciales.

Después de analizar los posibles objetos de estudio y de descartar todos aquellos que no cumplen con los requisitos de universalidad y necesidad y que caen fuera de la región de la bibliotecología, llegamos a la conclusión (y tesis central de este trabajo) de que la bibliotecología tiene por objeto de estudio al soporte documental. Concluyendo esto, definimos qué es el soporte documental y cuál es la diferencia que existe entre la bibliotecología y la archivonomía, y el soporte documental y el soporte de la información, y damos una definición provisional de la bibliotecología.

INTRODUCCIÓN

El problema inicial que me planteo en este trabajo es delimitar con claridad el objeto de estudio de la bibliotecología. Existe mucha ambigüedad y confusión entre los mismos profesionales sobre cuál pueda ser el objeto de estudio de la bibliotecología, ya que como objetos posibles se han propuesto por lo menos los siguientes: los libros, las bibliotecas, los usuarios, la información y el almacenamiento y la transmisión de información. El problema es grave si consideramos que toda ciencia (o disciplina e incluso técnica o arte) es determinada en sus métodos, técnicas, principios y teorías por el objeto de estudio. El objeto de estudio tiene prioridad en el discurso científico, porque define el ámbito de aplicación de cualquier práctica. 

Nuestro método inicial consistirá en analizar brevemente los posibles objetos de estudio y ver si reúnen las características de universalidad (o sea que no sólo exista en todas partes sino que también permita desarrollar un discurso estructurado con conceptos de aplicación general), necesidad (o sea, que excluya la contingencia; esto es, si nuestro objeto de estudio es un accidente histórico, entonces tendrá un inicio y un fin previsibles y entonces ya no podrá estudiarse en un momento dado) y además debe fundamentarse en algún tipo de evidencia (para así poder constituir conocimientos que tengan como fundamento la certeza). Comencemos.

EL OBJETO DE ESTUDIO DE LA BIBLIOTECOLOGÍA

Inicialmente veamos si el libro es el objeto de estudio de la bibliotecología. Si consideramos al libro como toda publicación, no periódica, con una extensión mínima de 49 páginas sin considerar las tapas y formando volumen (esta definición es dada por la UNESCO), entonces podremos constatar que el libro, como objeto de estudio de la bibliotecología es muy limitado, ya que en las bibliotecas, además de libros encontramos casetes, discos compactos, videocasetes, y publicaciones seriadas, entre otros medios. Pero además, el libro no siempre ha existido, es un invento relativamente reciente en la historia de la humanidad, es un accidente histórico que ha comenzado a existir y quizá pueda dejar de existir algún día. Y además, el libro ya es estudiado por la bibliología.

Después del libro se nos presentan las bibliotecas como posible objeto de estudio de la bibliotecología. Pero nuevamente, la biblioteca presenta un problema análogo al del libro: son un accidente histórico. Esto se pone en evidencia en la actualidad cuando ya no sólo hablamos de bibliotecas sino de centros de documentación y de centros de documentación e información (lo que hace que el concepto de biblioteca parezca en la actualidad obsoleto). Así, si la bibliotecología estudia a las bibliotecas entonces no estudiará a este tipo de centros mencionados o estudiará algo que abarque a todos estos objetos de estudio, pero entonces el problema se complica.

Si no se estudian las bibliotecas, entonces es posible que se estudien los usuarios de las mismas. El usuario es sin duda alguna el fin de toda actividad que se desarrolla en una biblioteca, pero, los usuarios cambian de acuerdo a la sociedad, de acuerdo a la biblioteca y también de acuerdo a la época. Por lo tanto, es difícil encontrar dentro de la dinámica social, algo que no sea contingente en el usuario, y es en general difícil hacer una tipología universal de usuarios que valga para toda época, para todo país y para toda biblioteca o centro de documentación e información.

La información se nos ofrece a continuación como otro posible objeto de estudio de la bibliotecología. Pero existe una grave ambigüedad respecto a lo que el término significa. Algunos creen que la información son los libros (y en general cualquier otro tipo de medio, sea impreso o electrónico) y otros piensan que la información es lo que estos medios contienen. Para ser precisos daremos una definición de información lo más científica posible y diremos que información es: “un conjunto de mecanismos que permiten al individuo retomar los datos de su ambiente y estructurarlos de una manera determinada, de modo que le sirvan como guía de su acción”[1]. De esta forma, la información es algo subjetivo y no una realidad independiente del sujeto; en pocas palabras, no existe en ningún lugar, fuera de las personas, lo que llamamos información. Pero entonces, ¿qué encontramos en los libros (y en otros medios)? La respuesta es simple: encontramos un código, y este código requiere ser decodificado para convertirse en información para un usuario[2]. Por esta razón, si el usuario no comprende el código, entonces no puede descifrar (o decodificar) el mensaje (este puede ser el caso de un ciego al que se le pida que lea un libro escrito en caracteres normales o el de un mexicano que no habla japonés y se le pida que lea un libro en japonés).

Finalmente es posible que el almacenamiento y transmisión de la información sean objeto de estudio de la bibliotecología. Nuevamente nos encontramos aquí con las ambigüedades del concepto información. Para almacenar información se requiere por principio un código y en segundo lugar un medio o soporte donde plasmar el código; por otro lado, para transmitir información se requiere comunicar un mensaje mediante un código entendible (o decodificable) para un usuario. Pero, curiosamente, estos procesos de encodificación y decodificación no son estudiados por la bibliotecología sino por la ciencias de la comunicación y de la información.

Nos encontramos ahora ante un callejón sin salida: si ni el libro, ni las bibliotecas, ni los usuarios, ni la información, ni el almacenamiento y la transmisión de la información son el objeto de estudio de la bibliotecología, entonces ¿qué estudia la bibliotecología? En este trabajo aventuraremos la siguiente respuesta: la bibliotecología estudia al soporte documental. El soporte documental es el objeto propio y adecuado de estudio de la bibliotecología.

Pero, ¿qué es el soporte documental? Definiré al soporte documental como un medio físico que contiene en sí un testimonio codificado. Aquí aparecen ya una serie de conceptos que requerimos definir con claridad. Un soporte es un medio físico, o sea está hecho de algún material (sea éste papel, pergamino, cera, arcilla, cinta magnética o cinta óptica o inclusive película fotográfica y piedra); esto explica el porqué la producción de soportes a lo largo de la historia de la humanidad ha estado condicionada por el desarrollo de la técnica y la tecnología y por los recursos disponibles en un momento dado.

Pero además, el soporte contiene algo diferente a la mera materia, tiene un valor intrínseco que está dado por un contenido determinado. Todo soporte contiene algún tipo de código idealmente decodificable para algún usuario en algún momento dado y que puede informarlo sobre algún hecho o acontecimiento o sobre algún dato. A esto le podemos dar el nombre de testimonio codificado[3].

Algunos han llamado al soporte documental, soporte de la información o soporte de la información documental. Pero nuevamente estos términos parecen imprecisos por un problema fundamental, el soporte documental antes que ser soporte de información es soporte de un código, por lo que es más preciso llamarle al soporte de la información soporte del código. Y además, para que el código sea información, se requiere que un usuario pueda decodificarlo[4] y entonces informarse con el contenido del documento. En el fondo, nosotros podemos llamarle también soporte del código, pero preferimos llamarle soporte documental, porque hemos considerado que todo documento contiene un testimonio codificado y que el valor del soporte es fundamentalmente testimonial.

Habiendo definido nuestro objeto de estudio resta ver si el soporte documental reúne las características de universalidad, necesidad y evidencia requeridas, para, a partir de él, desarrollar un discurso científico. Comencemos por la necesidad contra la contingencia (esto es, tenemos que ver si el soporte documental no es un accidente histórico que pueda dejar de existir en algún momento dado). Nos encontramos aquí con un hecho en verdad sorprendente: la historia de la humanidad nace propiamente con los soportes documentales, antes sólo se puede hablar de prehistoria. Esto es, el hombre comienza a tener historia a partir del momento que logra plasmar sus testimonios en un medio físico diferente al mero lenguaje oral y este medio se conserva para dar testimonio de una civilización humana. Imaginemos cuántos grupos humanos habrán existido sin que sepamos de ello, por no contar con un testimonio escrito de su presencia sobre la tierra. Pero además de esto, la historia humana terminará cuando ya no sea posible plasmar testimonio alguno sobre un soporte físico.

Respecto al carácter universal de los soportes documentales, toda civilización contemporánea hace uso de ellos y además, el hecho de que sea usado en todo el planeta permite desarrollar un sistema de categorías universal con el que puedan formarse diferentes tipos de enunciados (como pueden ser hipótesis, leyes y teorías) para llegar a un conocimiento científico.

Finalmente, en lo que respecta a la evidencia, el soporte documental posee una evidencia incuestionable que es llamada en términos técnicos evidentia credibilitatis o evidentia in attestante[5]. Esto quiere decir: nosotros damos fe o creemos en que, por ejemplo, la Metamorfosis fue escrita por Kafka y que lo que yo estoy leyendo en el libro fue efectivamente escrito por este autor; pero también damos fe o creemos en que la edición que yo tengo en las manos fue realizada por la Red Editorial Iberoamericana y que fue traducida por una persona con un nombre x, y así: damos fe a lo que vemos en el soporte, creemos en lo que éste dice.

Hemos encontrado en el soporte documental todas las características requeridas por la ciencia para, con un objeto de estudio, poder desarrollar un discurso científico. Pero, existe un problema adicional: ¿bajo qué punto de vista o enfoque es estudiado el soporte documental por la bibliotecología (esto se lama objeto formal de la ciencia[6])? Esto es, la historia también estudia soportes documentales, pero lo que más le interesa de éstos es el contenido, o sea, la historia se enfoca al contenido de los soportes. Aquí es donde la biblioteca y los usuarios entran en juego. Nuestra tesis fundamental es que la bibliotecología estudia a los soportes documentales más no en sí mismos y de manera absoluta, sino bajo un esquema de relaciones doble: con su desarrollo, ordenación y disposición en una unidad documental y con los usuarios para los que ha sido organizado. De esta forma, aventuro una definición de la bibliotecología como la ciencia (o técnica) que estudia a los soportes documentales desde el punto de vista de su gestión en unidades de documentación y de la relación que tienen con los usuarios de las mismas. Esta definición contiene el objeto material (el soporte documental) y el objeto formal (su gestión y relación con usuarios) de la bibliotecología. Pero además, en esta definición se da el género próximo (que la bibliotecología es una ciencia o una técnica, lo cual todavía está por discutirse) y la diferencia específica (que estudia soportes documentales bajo un cierto aspecto).

Pero entonces, de acuerdo a esta definición, ¿qué diferencia hay entre bibliotecología y archivonomía? El que la bibliotecología estudia soportes que han sido producidos de manera ilimitada o no restringida con un eminente fin social, mientras que la archivonomía estudia soportes que han sido producidos de manera limitada o restringida y con un fin eminentemente institucional. Esto, claro está, no excluye absolutamente el que el soporte que estudia la bibliotecología pueda también tener intereses institucionales, o el que el soporte que estudia la archivonomía pueda tener también intereses sociales; pero el interés primario y preeminente en cada caso es para la bibliotecología el social y para la archivonomía el institucional.
CONCLUSIONES Y RECOMENDACIÓN

Hemos llegado a la conclusión de que la bibliotecología tiene por objeto material de estudio al soporte documental de producción ilimitada y no restringida y de interés eminentemente social.

Este objeto de estudio es universal, necesario y contiene en sí un tipo particular de evidencia que deriva del valor intrínseco del carácter documental o testimonial del contenido.

Hemos definido al soporte documental como un medio físico que contiene en sí mismo un testimonio codificado y hemos visto que este testimonio no es información hasta que haya alguien capaz de decodificarlo.

Llegamos a una definición de la bibliotecología como la ciencia o la técnica que estudia al soporte documental desde el punto de vista de su gestión en unidades documentales y de su relación con los usuarios de las mismas.

Finalmente, diferenciamos entre el tipo de soportes estudiados por la bibliotecología y por la archivonomía. La primera tiene por objeto al soporte de producción ilimitada y de interés principalmente social, la segunda tiene por objeto al soporte de producción limitada y de interés principalmente institucional.

A partir de aquí, queda planteado el reto de desarrollar un discurso científico en torno a este objeto de estudio. Este trabajo es deseable que sea realizado por las nuevas generaciones de bibliotecarios y puede ser un reto institucional asumido por nuestra Escuela. El reto está ahí... la moneda está en el aire.
 

POST SCRIPTUM DE MAYO DE 2013
 
Al día de hoy sostengo la tesis de que, tanto la biblioteconomía como la bibliotecología, tienen como objeto material de estudio al documento bajo el aspecto formal de su integración, representación y puesta a disposición de usuarios en sistemas de gestión documental (SGD). En la ponencia hablaba de soporte documental, pero el soporte es sólo el medio físico en el que "radica" el documento. Por ello, hablar de documento es más amplio y preciso.

A este respecto caben algunas reflexiones posteriores a la ponencia de 1996:

1. La información es un fenómeno demasiado amplio como para ser abarcado por una sola disciplina y en su aspecto genérico es demasiado poco específico como objeto de estudio, ya que cabe pensar en la transmisión de información por un lado, en la selección de información por el otro y en lo que para las personas es relevante en cada caso como información. Aquí podemos incluir, por ejemplo, a las estaciones de radio, a los sistemas de inteligencia y a las agencias periodísticas. Asimilar quehacer bibliotecario a ciencias de la información es una grave equivocación.

2. Las necesidades de información que acercan a los usuarios a SGD se refieren a la expectativa de satisfacción de las mismas vía recursos documentales. Otro tipo de necesidades de información se satisfacen de forma distinta, como puede ser leer un periódico, ver el cielo para saber si es inminente que llueva o ver las placas de un vehículo para saber si es de algún conocido. Las necesidades de información documental son del mayor interés para los bibliotecarios.

3. Si las escuelas que forman bibliotecarios quieren dar un paso adelante deben transformar sus planes y programas de estudio para incluir un curriculum interdisciplinario, ya que los profesionales que trabajan en bibliotecas deben servir como “puente” entre usuarios diversos y recursos documentales también diversos. La diversificación es una clave de la profesión bibliotecaria.

4. El uso genérico del término ciencias de los sistemas de gestión documental puede ser atractivo en términos de estrategias de mercado para atraer más estudiantes a las escuelas, esto implica, desde luego, la transformación del curriculum. Es importante pensar en términos del mercado potencial y no sólo del mercado tradicional.

5. Las ciencias de los sistemas de gestión documental son eminentemente administrativas, ya que se encargan del estudio de la gestión de documentos y de todo lo necesario para su puesta a disposición de usuarios. Estas ciencias son parte del campo de estudio de los bibliotecarios pero no son todo su campo de estudio, ya que además se requiere la formación técnica en aspectos de evaluación, selección y adquisición de recursos documentales, así como de su representación. Las ciencias administrativas son de gran relevancia para los bibliotecarios.

6. El día de hoy, y gracias a los avances tecnológicos, la formación de bibliotecarios debe privilegiar los aspectos interdisciplinarios sobre los técnicos, y elevar el nivel teórico de la formación para fomentar la innovación y la orientación de la práctica profesional hacia la agregación de valor. El valor agregado es otra de las claves de la profesión bibliotecaria.

7. El valor agregado a los recursos documentales, que por ejemplo se da en representaciones catalográficas de tercer nivel no está automatizado. Este es un tipo de actividad en la que la pericia y el discernimiento humanos están por encima de las máquinas. La agregación de valor con creatividad, discernimiento y criterios de evaluación es el plus que la actividad bibliotecaria debe agregar hoy en día a los SGD para estos sean competitivos y atractivos a los usuarios. Esta última tesis la explico con todo detalle en mi trabajo “El giro lingüístico en la teoría de las necesidades de información documental”.



NOTAS
 
[1] J. Antonio Paoli. Comunicación e información: perspectivas teóricas. p. 15
[2] “Un código, como sistema para transmitir y conservar información, está constituido por un conjunto de símbolos (o alfabeto) y un conjunto de reglas para su combinación (o gramática)... También las lenguas se pueden interpretar como un tipo de código. En ocasiones, las escrituras se definen como códigos gráficos o visuales: si son alfabéticas, tienen como plano del contenido los conjuntos de sonidos de consonantes y vocales de las lenguas en relación a las cuales son usadas; si no son alfabéticas, pueden tener como plano del contenido el de las lenguas, pero pueden tener también un plano del contenido no lingüístico”. Código-mensaje En Enciclopedia de la filosofía.
[3]  El testimonio viene a ser así “el recurrir a las experiencias de otros o a las aserciones de otros como método de prueba para las proposiciones que expresan hechos. Ya Aristóteles señaló que el testimonio puede referirse a cuestiones de hecho o a cuestiones de caracteres personales, que también son cuestiones de hecho... El objeto del testimonio se denomina el hecho (factum) y su validez constituye lo que se llama la credibilidad histórica (credibilitas historica)”. Testimonio En Nicola Abagnano. Diccionario de filosofía. 
[4] Esto ha sido llamado competencia lingüística por Noam Chomsky, la cual consiste “en el sistema de reglas, interiorizadas por el hablante, que le permiten producir y comprender un número infinito de frases diferentes”. Cfr. Enciclopedia de la filosofía. Esta noción es también utilizada por Habermas: “Toda habla actual presupone una precomprensión fáctica acerca de qué significa comunicar en un lenguaje, entender y malentender emisiones, llegar a un consenso o dirimir un desacuerdo, es decir: acerca de cómo habérselas con el lenguaje”. Teoría de la acción comunicativa: complementos y estudios previos. P. 91-92
[5] ¿Tenemos derecho a llamar evidente a un juicio cuya verdad no aparece, un objeto que no es visible en sí mismo. Sin duda, no será con el mismo sentido. Pero si se ve que el juicio es verdadero, aunque no se vea su verdad, ¿no tenemos también una evidencia? Creemos que sí, y adoptaremos para designarla la expresión de evidencia extrínseca que es corriente en la escolástica moderna. ¿En dónde se encuentra esta extraña evidencia? En algunos casos en forma de testimonio: también se llama evidentia in attestante. Pues el testimonio es incapaz por naturaleza de hacer evidente el hecho atestiguado. No lo hace ver, no lo demuestra, solamente garantiza que ha tenido lugar... La evidencia extrínseca, a fin de cuentas, no recibe desacertadamente el nombre de evidentia credibilitatis, puesto que una afirmación determinada por la voluntad es un acto de fe”. Roger Verneaux. Epistemología general o crítica del conocimiento. p. 154
[6] La distinción entre objeto material y objeto formal de una ciencia es fundamental. Toda ciencia es determinada por el objeto formal, de ahí recibe su especificación, ya que el objeto material puede ser común a varias ciencias: “Hay que distinguir entre el objeto material (obiectum materiale), es decir, el objeto íntegro concreto a que se dirige la ciencia, y el objeto formal (obiectum formale), es decir, al aspecto particular en que se considera el todo; lo que caracteriza a cada ciencia es su objeto formal, al paso que el material puede ser común a varias ciencias. En Walter Brugger. Diccionario de filosofía. p. 105